EN LA COLINA DE TARA GERRY #2
65%

GERRY #2

- ¡Por el amor de Dios, eres más médico que cualquiera que lleve dos años o tres de carrera!

La medicina es parte de ti desde hace años, ¿cómo que no te define?

, no me hagas reír. Sabías la ubicación de cada órgano, nervio, arteria antes de sabes cómo se llamaban.

Salvaste a tu amigo cuando se ahogó en el río Ure, has salvado vidas y aún ni siquiera has empezado la carrera.

- No estudiaré.

- No te lo permitiré. Debes ir donde tu padre, hazlo por mí. Si no cumples tu sueño, no seré capaz de perdonármelo nunca.

- ¿Y por qué deberías culparte?

- Por depender de ese hombre, por depender de ti. Por no haber trabajado por mi hijo. Además, es su obligación, es tu padre.

- Tú eres mi madre. Ese hombre no es nada para mí.

- Te lo suplico hi…….

- ¿Mamá qué te pasa, mamá?

Ese fue el primer infarto que tuvo. En cuanto se recuperó fui donde Colm a petición de ella. Qué lejos estaba de entender que la causa de su corazón destruido era entregarme a él.

Pasé un mes del verano a su lado. Seguía siendo todo lo que recordaba de él, un hombre distante, frío.

No entendía su deseo de verme, si al ir no hizo nada que me demostrara su interés por mí, era pedante, insufrible, no había nadie más perfecto que él.

Yo odiaba nuestros rasgos físicos en común, los mismos ojos, la misma altura, la forma de la nariz.

Desde el primer momento noté que había algo siniestro en él. Tenía una serie de secretismos. La casa en la que vivía no era la misma, había comprado una mucho más grande a un antiguo socio y en ella había varios sitios prohibidos.

La siguiente vez que fui, fue en el verano de mi primer año en medicina, poco le interesaron mis estudios o mi persona en general, me excluía de las fiestas que realizaba, lo cual agradecía.

No teníamos nada en común, no entendía como ella se pudo fijar en alguien así.

La única persona que me presentó fue a un anciano, que mostró más interés por mí que él.

Comíamos juntos todos los días, dábamos largos paseos por los jardines de la casa, ese hombre era un erudito, hablaba de cualquier tema, ciencias, historia, arte, era políglota.

No entendía como un hombre tan interesante y con tanta sensibilidad y cultura podía ser amigo de Colm.

El siguiente verano descubrí la habitación de los horrores.

Colm se había ido fuera del pueblo el día que llegué.

Si bien tenía un empleado que me seguía por toda la casa, donde quiera que fuera estaba él, supuestamente para servirme en todo lo que necesitase, pero era evidente que me controlaba.

Ese día estaba muy enfermo, delirante por la fiebre y nadie me siguió en su lugar, por lo que en la noche aproveché la soledad de las estancias para explorar la zona prohibida de la mansión.

Todas las puertas siempre estaban cerradas, pero sabía que mi padre tenía una llave maestra, busqué en su habitación, milagrosamente estaba en uno de los cajones del ropero.

No podía creer lo fácil que me resultó localizar una llave que abría las habitaciones que tan obsesivamente protegía.

La mansión de Colm, era enorme, constaba de dos alas laterales y una central.

En el centro del edifico se encontraba la majestuosa entrada con una escalinata en mármol blanco que llevaba a una u otra ala de la mansión, un salón enorme, un invernadero, el majestuoso comedor, el salón de caballeros y otro para damas, era una configuración ridícula para los tiempos que corrían, pero la propiedad, aunque remodelada era muy antigua.

No podía negar que el gusto de ese hombre era excelente, los suelos de mármol en las estancias sociales eran elegantes sin ser recargados, los techos embovedados, muy altos llevaban detalles exquisitamente trabajados, los muebles eran elegantes sin caer en el exceso, la mansión era luminosa, los suelos claros, los muebles en suaves tonos, que le daban un aire de pureza.

Estaba plagada de antigüedades, que daban un toque de distinción, las puertas en blanco y no los tonos oscuros habituales eran un detalle que me agradaba mucho.

Decidí empezar por la puerta doble que había pasado el invernadero.

Era una biblioteca magnifica, llena de cientos de primeras ediciones, contaba con un doble piso al cual se accedía por una escalera circular de caoba, al igual que los estantes, configurados de tal manera que creaban pequeños saloncitos de lectura, en el segundo piso podías ver la forma real de la biblioteca, que era en forma de estrella de siete puntas.

Había la enorme chimenea de mármol, con un cuadro en la parte superior, un ancestro por el nombre y la fecha.

No recordaba haber visto ese cuadro nunca, tal vez cuando era pequeño también mantuvo las habitaciones cerradas o simplemente era muy pequeño para prestar atención.

Otra de las habitaciones era una larga estancia con varios animales disecados, desde insectos hasta enormes osos, varios cuadros, muebles que supongo no se adecuaban a sus gustos y debieron pertenecer al antiguo dueño, pero los conservó en esa enorme estancia; otra era una habitación prácticamente vacía; otra su despacho, no vi nada anormal en él, salvo que todos los cajones estaban cerrados bajo llave.

Por supuesto, no me quería arriesgar buscando demasiado tiempo, así que salí, ya entraría en ella en la siguiente oportunidad.

En el salón contiguo estaba la habitación de los horrores, una cuerda de cuero atada al techo, dos argollas en el suelo que seguramente las usaba para atar las piernas, diferentes tipos de látigos, instrumentos que desconocía y otros que se asemejaban a instrumental médico.

Mi mente me llevó a los cuatro años y el grito infantil que tanto me había atormentado, era mi propia voz al ver en un salón similar a mi madre tan joven, tan enferma.

Salí como loco de esa habitación y de esa casa.

No pensaba volver en lo que me quedara de vida.

Al llegar a Londres, fui directamente a visitar a mi madre, estúpidamente le dije lo que había visto y que no entendía por qué me hacía pasar los veranos con ese sádico perverso.

Ella no supo que contestar, únicamente lloraba, herido me fui y la dejé con su dolor.

Al día siguiente me llamó la señora Harris, el ama de llaves de mamá, para decirme que había sufrido otro infarto y éste había sido fatal.

Ese año en la universidad me hundí, pensé dejar los estudios, pero luego me aferré a ellos como tabla de salvación, tal era mi culpa por lo que había hecho.

Yo había matado a mi madre, le hablé de lo más vergonzoso de su vida, yo su hijo, la persona que menos debió querer que lo supiera.

Ella era prácticamente una niña, que demonios hizo ese bastardo con ella.

La madre que conocí fue la de luego del accidente, esa era la verdadera Beatrix O'Hartigan, no la que había deformado Kavanagh.

No debí confrontarla, debí agradecerle por sanar por su hijo, por criarme como lo hizo, como un niño feliz y seguro de sí mismo.

Mejor aún, debí guardar y cerrar ese recuerdo tal como Colm lo hacía con sus habitaciones, quizás tratar de entender porque me enviaba con él, sin juzgarla.

Unos días después de su muerte, su abogado me entregó una carta que me había escrito la misma noche que murió.

Amado hijo:

Eres la luz de mi vida. Nunca hubiese salido del agujero en el que me encontraba, si no hubiese sido por ti, gracias a ti, pues eres todo luz y esa brillante luz me enseñó el camino a la salvación, sin ti jamás habría podido salir de la oscuridad.

Me ayudaste a vivir por ti y en el camino me encontré a mí misma, descubrí que yo también resplandecía.

Te voy a contar lo más duro que jamás contaré a nadie, lo he guardado muy profundo, lo dejé en la oscuridad para poder salir de ella, esas eran las cadenas que me ataban y no me permitían llegar a ti, tu accidente las rompió, lo demás sólo fue seguir tu luminoso rastro.

Hoy debo entrar en la oscuridad para poder explicarte lo que tanto intenté encerrar. Pero entiendo que debo hacerlo, sólo por ti lo haría, sólo tú mereces una explicación.

Yo provenía de una familia humilde, cuando cumplí los once años tu padre se interesó en mí. Era un hombre muy atractivo, seductor. Yo era una niña y lo que verdaderamente me atraía de él era el interés que tenía en mí. Nunca a nadie le importé hasta entonces.

Yo era la única mujer de diez hermanos, mi padre era un borracho, una bala perdida, mi madre era, no sé qué era esa mujer, la recuerdo siempre con dos o tres niños llenos de mocos y orines colgados a ella, siempre cocinando las mismas gachas, el mismo caldo insípido hecho con sobras de otros, siempre gritando, tan inferior de mente y de espíritu.

Recuerdo que mi padre le agarraba el pecho o una nalga delante de nosotros, mis hermanos le reían la gracia, mi madre se reía también sin ningún pudor.

Compartíamos la misma habitación, unos dormíamos en el suelo repugnante; otros, los más pequeños dormían en su cama, el olor de ese colchón era una mezcla de sudor, orina, sexo, mugre y decadencia.

Por la noche los escuchaba fornicar, esa era la idea de familia o de las relaciones para mí.

Sabía que estaba mal, pero no sabía que podía haber más, hasta que lo conocí.

Mis “padres” me vendieron a él. Colm contrató un tutor para que me educara.

Por su parte, me enseño que la única forma de amar era a base del dolor y yo lo relacioné con el placer.

Debes entender, hijo mío, que yo en ese momento no me consideraba nada, él me dio todo y yo lo recibí, con la idea de que eso era lo mejor y lo único que merecía.