EN LA COLINA DE TARA GERRY
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GERRY

- ¡Dr. Kavanagh, deprisa se está desangrando! -dijo aterrorizada la enfermera Davis-

- No quite la mano, debe ejercer presión. ¡Nos vamos a quirófano ya!

- Doctor lo necesitamos, -solicitó el Dr. Nelson-

- Voy a quirófano, si no morirá la niña aquí mismo.

La pequeña de siete años había recibido como pequeñas balas en su delicada piel, decenas de diminutos proyectiles al reventar los cristales de su coche mientras se dirigía con su padre a un refugio antiaéreo.

La inexperta enfermera Davis decidió quitar los cristales en una de las camillas improvisadas en los pasillos, en principio todos inferiores a los 3mm.

Pero al extraer uno de ellos, muy cercano a la arteria carótida, cercenó parcialmente la carótida exterior, regueros de sangre mancharon su cara, bata, y paredes incluidas.

El cristal, de casi un centímetro, había pasado a milímetros de la arteria hasta que la enfermera decidió extraerlo y en el proceso romperla.

Pese a ello tuvo la cabeza de taponar la herida con sus dedos.

En la sala de operaciones logré introducir un catéter y suturar la vena, evitando que la falta de riego sanguíneo al cerebro culminara con un accidente cerebrovascular.

Es tan difícil trabajar en estas condiciones, muchas veces se hace lo que se puede y no lo que se debe. Faltan existencias y sobre todo personal médico cualificado, no estudiantes inexpertos.

Hacemos intensas jornadas de más de cuarenta y ocho horas, la vorágine de casos hace que actúe mecánicamente, casi por intuición, tantas quemaduras, tantos cuerpos destrozados. Las alarmas previas al bombardeo son como las trompetas de Jericó, anunciando la devastación y el horror.

El mundo se derrumba y yo intento recomponerlo. Me siento inútil, torpe, obsoleto, tanto por aprender y tan poco tiempo.

En los periodos de calma y después de visitar a mis pacientes, camino por los pasillos, rutina que utilizo para no dormirme, en esos periodos mi cuerpo baja la guardia y no puedo permitírmelo.

Camino de un lado a otro, pongo en orden mis ideas, evalúo mentalmente lo casos, repaso mis fallos y mis aciertos.

Así me encontraba sumergido en los casos del día, cuando vi salir de una de las habitaciones al francés, creo que se llamaba Pierre, ahora tiene algunas canas incipientes, pero seguro es él.

Lleva un traje de chaqueta crema, un color raro para un Londres dominado por los tonos oscuros, tan lúgubres como nuestra situación actual.

La presencia de ese hombre es imponente, desprende una energía muy especial, su sola imagen me transportó a Irlanda.

El horario de visitas había concluido, intrigado por saber a quién visitó decidí ir a la habitación de donde había salido.

En una de las camas estaba la señora O' Donell, extremadamente delgada y débil como una rama a punto de romperse.

Sus ojos estaban cerrados, parecía dormir, por lo que la miré detenidamente, su rostro con oscuras ojeras y su tez cetrina, le daban una apariencia francamente preocupante.

Tomé su historial, la hemoglobina la tenía por debajo de 10mg/dl, los eritrocitos, aumentados de tamaño por falta de proteínas, lo que indicaba una Anemia Hipocrómica Macrocítica.

El aumento de leucocitos daba cuenta que pasaba por algún tipo de proceso infeccioso, debido a su mal estado nutricional.

¿Por qué estaba desnutrida y deshidrata, qué le pudo pasar?

Pensé en Luisa, ¿habría pasado algo con ella también?

No quería despertar a la mujer, así que me senté en la silla que se hallaba muy pegada a su cama, debió ponerla así el francés, su mesilla además la tenía llena de flores.

Verlos me retrotrajo a aquel día que tanto he intentado olvidar, pero me ha sido imposible.

Luisa desnuda, atada, sangrando. Esa imagen me causaba doble agonía, porque me recordaba también a mi madre.

Solamente tenía cuatro años y tan profundo se clavó esa misma imagen en mi memoria, pese a que tardé años en sacarla a flote.

Ella estaba atada igual que Luisa y él la golpeaba, pero Beatrix no se defendía, su cara no era de miedo o dolor, aunque en ese momento no lo entendí, con los años lo supe, era de placer.

No obstante, a esa edad en lo más profundo de mi ser sabía que no era normal, por eso la imagen se implantó en mi memoria infantil.

Di un grito tan fuerte, muchas veces me despierto con ese mismo grito.

Durante años mi mente eliminó el recuerdo, pero mantuvo el grito, la guerra con la sirena de los stukas tan similar al grito, los trae constantemente de vuelta, ahora también lo hacen Marie y el francés.

Meses después de descubrirlos, mi madre decidió dejarlo o más bien él decidió que se fuera. Era solamente una niña cuando la conoció y él además era quince años mayor. Mi madre me tuvo a los dieciséis, pero había vivido cuatro años con él antes de tenerme.

Cuando fui un adulto, me confesó que Colm había dejado de interesarse en ella al crecer, por lo que empezó a buscar niñas para saciar sus impulsos.

Mi madre, en ese entonces, estaba atada de una manera enfermiza a él.

El día que nos fuimos los escuché pelear, ella lo amenazaba con contarlo todo si la dejaba. Él se reía en su cara.

- ¿Quién te creerá? Si sigues viva es porque le necesito. Tendrás todo, vivirás como una reina y no como la puta que eres. No me interesa quedármelo, pero si quieren vivir, debe venir cuando lo solicite. ¡Me escuchas, a ti no te quiero volver a ver, me asqueas!

Ella lloró, se arrodilló, suplicó, Colm salió de la habitación y al verme escondido detrás de la puerta, no dijo nada, sólo me miró con desaprobación, esa fue la última vez que lo vi hasta que crecí. Una vez se hubo marchado fui corriendo a los brazos de mi madre.

- Mami no llores, eres muy buena y linda. No llores, por favor.

- Mamá no llorará más, no lo haré por ti, mi amor.

Los primeros años sin él, mi madre fue prácticamente un fantasma, no lloraba como prometió, pero sonreía forzadamente, me besaba porque debía, me miraba cuando se lo pedía.

Todo lo hacía como un autómata carente de emoción o sentimiento alguno, tanto le quitó ese hombre que de ella sólo quedó un contenedor vacío.

Un día en el parque, como siempre, se encontraba con la mente lejana, yo a esa edad deseaba con todas mis fuerzas tener un perrito, así que al ver aquel cachorro corrí detrás de él.

- ¡Mira mamá el perrito!

- Si.

Dijo mirando sin ver, yo lo seguí hasta la calle, tan centrado en el pequeño animalito iba que no vi el carruaje acercarse, el caballo asustado me rompió varios huesos a coces. Pasé varios meses en el hospital y gané dos cosas, a mi madre y una vocación.

Me fascinó el trabajo de los médicos, me parecía milagroso ver como soldaron mis huesos y podía nuevamente caminar, ¿cómo lo conseguían?

, para mi eran magos. Así como mis huesos sanaban poco a poco, mi madre salió de su ostracismo.

La idea de poder perderme hizo que decidiera vivir por primera vez en años, amar la vida, su vida y la de su hijo.

Esos meses en el hospital fueron los primeros realmente felices de mi vida, no puedo negarlo, creí que los médicos no solamente me curaron a mí, sino también el corazón de mi madre.

Empezó a relacionarse con otras madres, me compraba todos los libros de medicina que tuvieran dibujos.

Mis primeros estudios en medicina fueron dibujos del aparato circulatorio, de tendones, músculos, cisuras y circunvalaciones del cerebro, era un niño raro para el resto, pero yo era feliz.

Mi madre se sentía orgullosa de mí y yo de ella.

Reíamos y jugábamos. Al ir creciendo era mi confidente, mi amiga, me educó sin juzgarme.

Pese a relacionarse socialmente, salió con pocos hombres a lo largo de los años, y jamás se volvió a casar, aunque le pidieron matrimonio en más de una ocasión.

Si bien cuando era pequeño la quería solo para mí, al ir creciendo, deseaba que llegara aquel al que le diera el sí, un hombre que no le hiciera daño.

A los trece años recé porque aceptara a Liam, era un tipo genial, se llevaban maravillosamente.

Ella resplandecía a su lado y era médico, con eso me tenía ganado, pasábamos horas hablando de anatomía.

Íbamos al parque a jugar a rugby, los tres parecíamos la familia perfecta, esa con la que siempre soñé.

Hasta que llegó el día en el que le pidió matrimonio y mi madre no aceptó.

Lloró toda la noche y la semana y el mes, luego escondía su dolor, pero a mí no me engañó.

Liam un año más tarde se casó con otra, una amiga de mamá, eso la destrozó.

No entendía porque no había aceptado, estaba claro que lo amaba.

Discutimos mucho por ese motivo, hasta que al final decidí no meterme en ese asunto, no quería causarle más dolor.

A partir de Liam mamá no volvió a salir con ningún otro hombre.

Al terminar la secundaria, Colm me mandó a llamar por primera vez, no entendía por qué mi madre dejaba que fuese con él, jamás se interesó por mí y ¿debía ir porque él así lo quería?

- Gracias a tu padre, comes, te vistes, estudias, viajamos, básicamente tenemos una vida desahogada. Por eso le debes respeto.

- Mamá trabajaré, cuidaré de ti. Nos adaptaremos, pero no dependeremos de ese hombre.

- Quieres ser médico, si trabajas no podrás cumplir tu sueño.

- Trabajaré, puedo conseguir una beca.

- No sólo es por el dinero. Estoy segura de que puedes conseguir una beca, pero medicina es una carrera dura, con prácticas. No podrás además trabajar y ganar lo suficiente para mantenernos.

- Pues seré otra cosa, la medicina no me define.