EN LA COLINA DE TARA LA RÉSISTANCE #3
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LA RÉSISTANCE #3

Llegamos al coche de Yale, que era oficial. Éramos tan notorios que resplandecíamos.

- ¿No estamos demasiado expuestos?

- Por eso no nos mirarán.

No estaba convencida de eso. Llegamos a la salida de París y pasamos el control sin mayor problema. En el segundo control el soldado me miró más de lo normal, pero era amigo de Yale y le felicitó por tener una hermana tan guapa. ¡No podía creerlo!

Poco antes de entrar al pueblo escondimos el coche detrás de una arboleda, lo camuflamos como pudimos. Yale se cambió de ropa y tomamos nuestra documentación francesa.

Entramos al pueblo y fuimos a la cafetería, nos sentamos en una mesa y esperamos.

- ¿No deberíamos decir algo?, tal vez se olvidaron decirnos una clave o a quién buscar.

- Espero que sepan de nuestra llegada, todos se conocen en los pueblos y saben que somos foráneos. Me sorprende también, que no hubiese ningún control en la entrada del pueblo.

- Hemos pasado varios controles, pero habrá más, todos serán en la carretera. No debemos quedarnos mucho, no sabes la cantidad de ojos que tenemos en cada sitio.

- Lo intuyo.

Esperamos 15 minutos, pedimos cafés y nada pasaba. En la pequeña cafetería no había nadie a esas horas, el camarero nos miraba con sospecha. Tal vez era porque no éramos del pueblo, tal vez él era el contacto y dudaba de nosotros o era uno de esos ojos de los que hablaba Yale.

- Pasen a la cocina -dijo el hombre- Él era el contacto, que manera de dudar de esta gente.

- Buenas tardes, nos envía…

- Sé quién les envía. No sé por qué demonios hablas con ese acento, tienes una pinta de alemán que no te la quitas. Debéis ser más sensatos si queréis salir vivos.

- ¿Qué debemos hacer?

- ¡Quítate esas gafas que te tropiezas con todo, niña por Dios!

- Lo siento.

- Me han dicho que irías vestido de uniforme, ¿qué ha pasado? Me parecía una idea excelente.

- He robado el coche, no lo notaran hasta esta tarde. No podemos usarlo más, ni puedo ir de soldado.

- ¡Merdé! Pues hijo ese pelo debemos teñirlo, lo poco que tienes al menos y creo que si te pones una boina será aún mejor. Debemos cruzar la montaña, les dejaré en la casa de unos compañeros.

- Gracias, ¿Cuándo partimos?

- Lo que cueste que te tiña el cabello, no podemos esperar más, vamos tengo tinte de mi mujer, es difícil conseguirlo, me odiará por esto. ¿Sabes cómo se pone muchacha?

- Sí -media hora más tarde salimos por la parte trasera de la cafetería-

- Tenemos tres horas para llegar antes de que oscurezca, deben seguirme el paso, si me agacho se agachan, si digo escóndanse, buscan dónde, si me paro, se paran. No me pregunten tontamente por qué, así se cargaron con un disparo en la cabeza a uno hace un mes. ¡Hacen lo que haga y calladitos!

- Entendido -respondimos-

- Eso espero, porque yo no espero a nadie.

- Lo entendemos, seguiremos su paso- dije-

- Muy bien adelante entonces.

El hombre tenía oídos en todas partes, notaba todo lo que en el bosque podía sonar, ramas rotas, movimiento de animales o por el viento, como mimos repetíamos todos sus movimientos.

Casi no paramos hasta que divisamos una cabaña, al llegar toco cuatro veces la puerta y sin esperar que abriesen, se giró y nos dijo.

- Les dejo en buenas manos, me voy a cenar.

De la cabaña salió una mujer de mediana edad muy delgada y su marido, imagino, un hombre alto y regordete.

- Vamos a pasar.

Sin decir nada más abrieron una trampilla en el suelo, y nos hicieron entrar. Pusieron una alfombra encima y nos dijo.

- No quiero escuchar ni un ruido

Con dificultad entrábamos los dos, el calor era opresivo, estaba agotada, Yale me tomó la mano y me la apretó. Estábamos juntos en esto, la vida nos había llevado a un minúsculo zulo, nada estaba en nuestras manos, aunque al menos no estábamos solos.

No nos dijeron nada, no sabía si estaríamos horas, minutos, nada.

Me quedé dormida pese al miedo, al calor, al hambre, a mi conciencia sucia, ya que el cansancio pudo más. Tal vez mi mente necesitaba desconectar.

Estaba apoyada en el dolmen de la Colina de Tara, en la piedra del Destino.

Desde lejos escuchaba la marcha de Brian Boru traído por la brisa.

La certeza de saberlo cerca me lleno de una felicidad indescriptible.

Cerré los ojos, expectante, hasta que sentí sus labios, su olor, ya no recordaba ese olor y de repente todo volvió a mí.

Toqué su pecho, sentía el fuerte latido de su corazón.

Abrí lentamente los ojos y lloré al verlo tan llenos de amor.

- Mo Ruadhan, eres tan hermosa, pese a que me gusta más tu pelo de fuego, como decías de niña, éste te queda bien.

- Es del color de tus ojos, no, nada es de ese tono. Eres la noche profunda, indómita.

- Luisa te amo de tal manera que me cuesta respirar, no me llega el oxígeno si no estás conmigo. Ahora siento que al fin consigo llenar mis pulmones.

Respiró profundamente, yo hice lo mismo

- Te entiendo, mi vida.

- Ha muerto, Killian, quise hacerlo yo, pero se adelantó, él mismo acabó con su vida y lo odié por ello -le conté atropelladamente, quería que lo supiese cuanto antes-

- ¿De quién hablas?

- De Hans.

- ¿Hans? Te sentí Luisa, todo es confuso. Yo lo maté, al menos eso creo.

- ¿Killian dónde estás?

- No lo sé. Si soy plenamente consciente de algo es del odio y de este amor. Ambos cohabitan.

- Si -en mí también lo hacen-

- Bésame, antes de que termine este momento.

Le besé todo su precioso rostro, lamí la hendidura de su quijada, él tembló.

Yo deseaba amarlo, empezamos a desvestirnos con la premura de saber que terminaría en cualquier momento, sabía que era un sueño y pese a ello me convencía de que no lo era.

Me besó el cuello, los pechos y me penetró mirándome a los ojos, nos mirábamos y nos amábamos, unidos de ambas formas.

- Eres lo más real, ésta es mi única realidad.

- Vuelve a mí. Voy a Londres búscame, soy Luisa Fontaine.

- Si mi amor, eres mi fuente.

Nos corrimos sin dejar de mirarnos. La marcha de Brian Boru se acercaba, la melodía era cada vez más clara.

- No quiero irme -susurró tristemente sujetando mi cara-. Eres lo más real, aunque seas irreal.

- ¡Luisa, Luisa!

El aire opresivo me volvió a la realidad.

- ¿Qué pasa? - odié a Yale por despertarme-

- Maldita sea Luisa, estabas helada, parecía que no respirabas. No podía ver tu cara, imposible levantarme para comprobarlo. ¡Pensé que habías muerto!

- ¡Callaros o los saco de aquí! -dijo el hombre golpeando el suelo-- nos van a descubrir un día de estos, mujer.

- Vamos a la cama, ya se han callado.

Nos quedamos en silencio esperando el amanecer.

No le había preguntado nada sobre Lucille. Habían encontrado mi maleta, ¿qué le pasaría a ella? no me atrevía preguntar, no sabía cómo me sentiría.

Volver a la realidad hizo que me rompiera por dentro un poco más.

Llegó la mañana y se escuchaba como salían, entraban, bebían.

El calor era más opresivo llegado el día, pasaron las horas, los escuchamos comer, quejarse del calor y refrescarse.

Nada nos dijeron, estábamos deshidratados, el calor dentro era insoportable, casi no había aire para respirar.

Sudábamos tanto que la ropa mojada se pegaba a mi piel.

Yale me sujetaba la mano con fuerza cada cierto tiempo para animarnos mutuamente, cuánto tiempo más estaríamos así, tenía nauseas, dolor de cabeza, calambres musculares, los cuales empeoraban con la limitada capacidad de movimiento.

Así pasaron las horas, perdía la conciencia y volvía, no podía soportarlo más.

Moriríamos debajo de ese suelo, esperando como estúpidos.

Cuando volví en mí, vi a Pierre sujetándome la cabeza e intentando darme agua, bebí con desesperación.

- Mon petite, estos salvajes casi os matan.

- Dijeron que nos pagarían y casi nunca llega el dinero -se excusó el hombre-

- ¡Toma el maldito dinero! -tiró un fajo a los pies del hombre-

- ¡Llena una tina con agua fría, arden!

- No hay agua para llenar la bañera -respondió su esposa-

- ¿Cómo que no hay agua? ¡He pagado!

- Llena la bañera mujer, aquí hay bastante. No quiero que piense esta buena gente que somos unos aprovechados. Corremos mucho riesgo al hacer eso.

Pierre dio de beber a Yale.

- Gracias -dijo casi sin voz-

Ayudaron a Pierre y nos metieron a ambos en la bañera, el agua no debía estar tan fría, pero la diferencia térmica hizo que empezara a temblar, pero rápidamente empecé a sentirme mejor.

- Cambia de ropa a la muchacha, yo le cambiaré al chico – ordenó Pierre, sacó a Yale con ayuda del hombre de la bañera y luego me sacó a mí-

- ¡Gracias, tío! -dije en sus brazos, me sentí como una niña pequeña-

- Estarás pronto con tu madre, te lo juro.

Hizo que durmiésemos en una cama que tenía la pareja en otra habitación. Pierre nos hidrató toda la noche. En la mañana, más recuperados desayunamos con desesperación.

- Debemos irnos cuanto antes. Se encargaron de tu coche unos compañeros, no creo que sepan dónde está, pero no confío en esta gente. Ellos no lo hacen por convicción como el resto, sino por dinero.

- Vámonos entonces, estamos preparados - dije con resolución-

- Debemos caminar mucho, casi no podremos parar -admitió con preocupación por nuestro estado-

- Lo entendemos.

- Muy bien, adelante muchachos.

La pareja se despidió alegremente, como si nadie nos buscase, como si no hubiese sido necesario encerrarnos. Salimos con la ropa lavada y seca. Caminamos durante horas, Pierre me tenía sujeta, aún estábamos muy débiles.

- Una hora más y paramos, ánimo -nos alentó-

Caminaba sin pensar, mis piernas sobrepasaron el agotamiento y tomaron el control, llegamos a un río, no me parecía prudente salir de la protección del bosque, pero lo hicimos. Vimos una cascada que golpeaba con fuerza.

- Detrás de la cascada hay una pequeña cueva, ahí podremos descansar.

Traspasamos la cortina de agua y entramos en la cueva, sentir el agua fue refrescante. Había una caja tapada con un impermeable, Pierre sacó comida y agua de ahí, sacó además unos fusiles y los cargó, cerró la caja y la tapó.

- Comer rápido. Pueden descansar media hora.

En tanto comíamos, no pude evitarlo por más tiempo y le pregunté sobre la situación de Lucille a Yale.

- Esperaba que no me preguntaras. Registraron la casa, al encontrar la maleta se llevaron a tu abuela al cuartel general de las SS. Sé que no llegaron a interrogarla, en la puerta tubo un infarto fulminante.

- Seguramente murió de vergüenza y no por el miedo al interrogatorio -ironizó Pierre-

- Pierre, murió por mi culpa, no banalices la situación.

- No banalizo, nada, describo a Lucille simplemente.

- He matado a la mujer del Carnicero y también a Lucille.

- Me enteré ¿Qué pasó?

- Pensó que maté al Carnicero.

- ¿Y no lo mataste?

- No, se suicidó. Ella entró cuando le tomaba el pulso e intentó ahorcarme. Yo le inyecté una dosis letal de morfina, maté una inocente.

- De inocente nada Luisa, yo la investigué. Era una maldita nazi, una cazafortunas perversa. Tu abuela estaba a las puertas de la muerte hace varios meses. Ese tiempo regalado no era para donar su fortuna al hospital, era para ti, sin ella no hubieses podido acercarte al Carnicero.

- Tal vez sí hubiese podido, además se mató, su fin hubiese sido posiblemente el mismo si me hubiese ido contigo.

- Luisa decidiste quedarte. Pude llevarte a la fuerza, pude dejarte inconsciente con un solo golpe y te hubiese llevado. Confié en ti, porque eres capaz, no has matado a sangre fría a esas mujeres, no eres como ellos.

- ¡Soy peor!

- Maldita sea Luisa, casi nada sale como uno planea.

Muchas veces se Debe improvisar en el camino, eso es lo que te salva la vida.

Puedes planificar, estudiar la estrategia, pero la variable es el factor humano.

No pensabas matar a tu abuela, aunque la odias, has matado a la rubia en defensa propia y tal vez hoy debas elegir entre tu vida o la de otro ser humano.

Estamos en guerra, vives dos guerras. Puedes hundirte o puedes luchar.

Necesito que luches si quieres que volvamos junto a tu madre. Sin ti no vuelvo, eso tenlo claro.

- ¡Te odio!

- Odias tener que elegir y elegirás, porque eres fuerte, valiente. Has decidido algo hace seis años y no has cambiado de idea. Eres leal, te quiero Luisa, sigo confiando en ti, hazlo tú.

- ¡Vámonos! -dije secándome las lágrimas-

- Sabes cómo usar…-sujetando el fusil-

- Si, me entrenaron en la Cruz Roja.

- Lo suponía, intentemos que no se moje la caja, ayúdame, Yale.

- Sí señor. ¿por qué le dicen el Carnicero?

- No quieras saberlo muchacho.

Llegamos hasta Ouistreham sin usar ni una bala, por barco llegamos a Liverpool donde mi madre nos esperaba.

- Has cumplido, me la has devuelto -dijo entre lágrimas -

Permanecimos abrazadas largo tiempo, estaba en los huesos, casi acabo con ella también

- Duerman, ambas lo necesitan.

Dormimos abrazadas en la misma cama.