EN LA COLINA DE TARA LA HUIDA #2
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LA HUIDA #2

- Hija no tomaste la mejor decisión, pero no te culpes. Tienes quince años únicamente, Dios sabe todo lo que has tenido que vivir, mucho más de lo soportable para cualquiera, y más para una niña. Has actuado como si fueses el adulto que no eres y además créeme todos hemos erramos.

- Lo siento mamá.

- No te disculpes, has pagado cualquier fallo y no has fallado tanto para lo que has sufrido. Sé que no he sido una buena madre para ti, fui egoísta muchísimas veces, créeme yo jamás podría culparte. No lo hagas tú por favor.

- Mamá, no puedo evitar culparme, como no puedo evitar pensar que fue lo único que podía hacer.

- Le he dado tantas vueltas a esa noche y salvarte fue providencial, todas las cosas se dieron de determinada manera, tu tío llegó ese día y no otro cualquiera con un camión, pues no sabía la cantidad de cosas queríamos llevar a Francia, intuitivamente lo escondió en la carretera para no alertar a los vecinos, y vino andando a casa en la noche, como un ángel, no sólo no alerto a los vecinos; con ese camión te pudimos sacar, pues en el estado en el que estabas, en un coche hubiese sido imposible.

Gerald se encontraba en la ciudad, el señor Dillon confió en él a riesgo de su propia seguridad.

Sin esas personas ese día en concreto, no estarías aquí conmigo.

Rezamos para que te cures y no sólo tu cuerpo, sino tu preciosa alma niña mía.

No hubiese soportado perderte. Cuando leí tu carta supe que, si te ibas, esperaría sentada a que llegase la muerte.

- ¡Mamá! -exclamé mientras nos abrazábamos-

Que más podía decir que no la llenase de un terror sin nombre. Mis pesadillas y mis pensamientos se apoderaban de mí. Mi cabeza no paraba, exteriormente me mostraba ausente, ausente de la vida, ausente de la muerte, carente de voluntad hacia lo que decían para recuperarme.

El resto del día, cuando mejoré, pasaba el tiempo en el patio del hospital, sentada en mi silla de ruedas miraba las copas de los árboles, como cambiaban de tonos verdes a tonos rojizos.

El otoño llegó y el aire se llevaba las hojas secas, viajaban arrastradas por una fuerza invisible.

Así me sentía, como una hoja. Mi vida antes estaba fijada a un sólido árbol, era parte de él y me sentía completa.

Ahora el tiempo había cambiado y me fui soltando de sus ramas, apenas sin vida, iba a ser arrastrada por una fuerza que no provenía de mí, no pertenecía a nada y en parte ese siempre fue mi destino, ¡desprenderme!

Llenaba mis pulmones del aire frío y húmedo que olía a mar, respiraba fuertemente porque a menudo sentía que me faltaba el oxígeno.

Por la noche la angustia crecía y si dormía, las pesadillas me despertaban, no eran recuerdos, sólo imágenes de sangre, muerte y desesperanza.

Debía respirar con fuerza y a veces el oxígeno no llegaba.

Lo único que me daba fuerzas era la idea de venganza, ¿cómo podía hablar con alguien de eso? No podía decírselo a nadie, sólo a mí misma, hasta que Pierre lo notó.

- Luisa -dijo mientras arrastraba la silla de ruedas por el patio y nos alejamos de los demás enfermos y enfermeras- Como sabes, mi madre era la nodriza de Marie -hizo una larga pausa-

- Sí -afirme, de manera que lo instaba a seguir-

- Crecimos juntos como hermanos, pero mientras crecía, el amor que sentía por tu madre dejó de ser filial. ¡He amado a Marie desde que tengo conciencia de lo que es el amor!

- ¿Nunca se lo dijiste? -pregunté sorprendida-

- Cuando quise hacerlo, tu abuela lo notó y nos separó. Igualmente pensaba hacerlo, puesto que, para mí, nuestro lazo era irrompible.

- ¿Qué pasó entonces?

- Que tu madre no pensaba igual. Dejó de hablarme, no era nada para ella.

Eso me llenó de una profunda tristeza. Entendí que lo más importante era la cuna donde naces, acepté que no era suficiente para ella, que mis sueños fueron siempre inalcanzables.

Había crecido en un ambiente que no era el mío y si lo compartí con tu madre, simplemente lo hice porque era mi función.

- No digas eso, mi madre te quería, te quiere, lo sé.

- Sí, ahora es distinto, pero Marie me quería a sabiendas de quien era y no pese a ello. Su cariño se restringío a lo que era socialmente correcto y yo lo acepté.

- Hasta que llegó papá -dije comprensiva-

- Hasta que llegó Roger y la odié con tanta intensidad que pensé que ya no la amaba.

- Pero, si la odiabas, no creías en su cariño sincero ¿Por qué les ayudaste? -pregunté confundida-

- Les ayudé en principio para vengarme de la arpía de tu abuela.

- Lo entiendo, pero aún así seguiste visitándonos ¿Por qué?

- Lo sé. Marie me aceptó como su hermano y empecé a creer que ella siempre me había mirado así, creí también que, si me hubiese amado como hombre, tal vez, hubiese luchado por mí y acepté nuevamente su amor.

- Eres muy bueno.

- No lo soy Luisa, veía como la vida que llevaba con tu padre la hundía. La conocía desde siempre, supe que no era feliz y eso me daba rabia y felicidad al mismo tiempo.

- Puedo entenderlo.

- ¿De verdad?, a mí me ha costado años, décadas. -dijo riendo tristemente-

- Siempre estás con chicas hermosas y jóvenes, al final lo superaste.

- ¡Ay, mi pequeña Luisa! que esté con ellas y no con una familia es la muestra de que no lo he superado. Que volviese a verla y le sonsacara mi dinero y mis mujeres era porque nunca lo superé.

Lo miré estupefacta, realmente no conocía a Pierre.

- Entiendo que me mires así, jamás dejé de amarla y odiarla.

- ¿Me odias?

- No, Luisa. A veces me duele ver los ojos de tu madre en ti y el resto que es de tu padre y no mío.

Pero te quiero, ¡Luisa eres lo más cercano a una hija!

He fanfarroneado de mi dinero a tu madre, de mi éxito, pero también cada regalo y cada visita era porque las quiero.

Tu padre era extraordinario, eso también me llenaba de rencor, que tu madre no lo viera.

- ¡Eres maravilloso Pierre! -rio con tanta fuerza por mi afirmación que me hizo sonreír-

- ¡Ay, Luisa! solo tú, después de esta confesión dirías que soy maravilloso.

- Necesito sinceridad Pierre, estoy cansada de las mentiras y sé que debo vivir con ellas.

- Por eso te confieso como soy, en la dualidad en la que vivo. Quiero confiar en ti. -admitió llanamente-

- ¿Por qué en mí? -estaba confundida-

- Te miro y me reconozco. Luisa quiero decirte que no hagas nada de lo que te puedas arrepentir, y a la vez quiero decirte que aquí me tienes, que hagas lo que hagas te ayudaré.

Respiré hondo.

- No puedo.

- Te entiendo, es difícil confiar. Yo no lo hago en nadie, solo confió en mí y no soy muy confiable, pero necesito confiar en otro ser humano. -puso su encantadora sonrisa-

- Luisa, para una persona de mi condición social escalar hasta donde he escalado, no se hace de una manera limpia.

- Eso qué significa ¿Has matado acaso? -era lo único que me interesaba saber-

- Sí

Lo miré estupefacta, pero debía saber que lo llevo a ser un asesino, pregunté temerosa de su respuesta.

- ¿A quiénes y por qué?

- A un hombre que me iba a matar.

- ¿Tenía una buena razón para querer matarte?

- Probablemente. En todo caso, ese hombre era un asesino.

- Está bien, acepto tu sinceridad, confiaré en ti -quien era yo para juzgarlo por defenderse-

Miré como las hojas eran arrastradas por el viento, respiré hondo nuevamente y confesé.

- Debo matarlos a todos, no puedo respirar al pensar que ellos respiran, que sonríen, que follan, que bailan, que ríen, que alguien los ama. No puedo simplemente - inhalaba intentando que pasara más cantidad de oxígeno por mis pulmones-

- Respira -me acariciaba la espalda- ¡respira, deja que, entre solo, no lo fuerces!

Poco a poco me fui calmando, el aire entró, pero como siempre, a medias.

- ¿Sabes quiénes son? -preguntó pasado unos minutos-

- Hans Herrmann, él es El Carnicero; La Bestia, Colm Kavanagh, lo maté yo, como sabes.

Niell O’ Connor probablemente esté implicado, era socio y amigo íntimo de Kavanagh y mi tío abuelo John, aunque todos se separaron hace mucho tiempo. No sé realmente si Niell O'Connor tenga algo que ver con la matanza. Si lo incluyo es por su asociación y por el anillo.

Peter Dillon, el chofer, posiblemente sepa los demás nombres.

Hay tres guardias a cargo de la investigación, sus nombres los sabe mamá, tal vez ellos ayudaron en el crimen o únicamente lo encubrieron.

En este tiempo no había pensado en ellos para mi venganza, únicamente en los asesinos, La Bestia y El Carnicero ¡que estúpida!

Aunque he de confesar que en principio mi venganza radicaba en verlos entre rejas, que todo el mundo supiese quienes eran los culpables y dejar limpio el nombre de mi familia.

Ahora no me importa eso, quiero verlos muertos y mientras menos se sepa, será mejor.

- Puedo hacerlo por ti. -propuso mirándome a los ojos y en tono solemne-

- ¡No! -grité. Varias enfermeras nos miraron, una se acercó-.

- ¿Está todo bien? -preguntó sobresaltada una de ellas-

- Las rodillas me molestan y me altero. Lo siento.

- No se preocupe, si le duele mucho es mejor que suba y la medicaré.

- No es necesario, lo puedo tolerar.

- En cuanto quiera subir, dígamelo o el dolor aumentará.

- Así lo haremos. -Dijo Pierre-

La enfermera nos dejó a solas y se fue a atender a sus pacientes.

- ¿Quieres hacerlo tú? -preguntó cauteloso-

- Sí -respondí sin más-

- Pero ahora únicamente conseguirías que te maten antes de lograr algo. Mira lo que te ha hecho uno solo de ellos, has salido viva de milagro.

- Soy consciente de ello, sé que ahora debo curarme.

- No sólo eso, necesitas medios, conocimientos, destrezas y tiempo.

- ¿Tiempo?

- Eres una niña, la venganza requiere tiempo. No estarás sola, eso tenlo claro también.

- ¿Qué clase de conocimientos, de destrezas, medios? -pregunté a ese hombre que ha estado presente a lo largo de mi vida, pero que a penas conocía, parecía que lo viese con claridad por primera vez -