EN LA COLINA DE TARA RESOLUCIÓN #3
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RESOLUCIÓN #3

- Gracias. Le di un beso y me fui a casa a mentir a mi madre.

Tuvo sus dudas, pero al final Cathy la convenció, estaría en casa de Anne, no había por qué preocuparse.

Me puse el vestido color vino, es un vestido un poco formal, mamá se sorprendió, pero le dije que era la primera visita que hacía en mucho tiempo y quería estar bien. Estos días me ponía prácticamente batas y, no sé, no me fijaba mucho en que me ponía.

Extrañada me dio un beso en la frente, Cathy me miró y no dijo nada en absoluto. Tal vez debí cambiarme, ahora era tarde.

- En el bolso llevaba maquillaje de mi madre. No esperaba que lo echara en falta, ya que desde la muerte de papá no se maquillaba.

Cogí la línea que me llevaba a Midletown.

A las nueve sólo subí yo en Lininstone. Me senté en la parte trasera, esperaba que nadie se fijase en mí, aunque el conductor me miró varias veces desde el retrovisor; el trayecto hora y media entre paradas de la carretera y de pequeños poblados de la zona fue tortuoso.

Intenté aparentar estar dormida cuando el autobús se empezó a llenar y me tapé el rostro con mi sombrero.

Al llegar me maquillé en una calle donde no había transeúntes y fui directo hacia el consultorio del Dr. Kavanagh.

Cuando entré estaba la enfermera que hacía las veces de recepcionista. La última vez pasamos rápidamente y no me fijé en ella, sólo sabía que nos miró mucho, pero eso era lo habitual. Ahora me miraba de pies a cabeza, con un descaro mal disimulado.

- Dígame señorita ¿tiene cita? -preguntó cortante-

- No, pero si el doctor tiene un hueco, quisiera saber si me puede atender

- Entiendo. ¿Cuál es su nombre?

- Luisa O’Donell

- ¿O’Donell?

- Como si no supiese quien era, remarcó el apellido con un deje despectivo.

Entró al consultorio. Esta no era la enfermera que tantos años trabajó con el Dr. Benson y tanto lo estimaba, ¿dónde estaría la señorita Balfe?

Supongo que renunció al morir él. Killian se había encargado un verano de la reforma del consultorio.

Miré alrededor, sabía lo que él había hecho.

El buen doctor lo contrató, aunque pudo hacerlo con cualquier obrero de Midletown, lo eligió a él por el aprecio que le tenía.

Ahora no quedaba nadie, pero lo que había hecho Killian en el consultorio aún permanecía, en vez de reconfortarme me destrozaba, no podía ver el techo nuevo o el muro de separación entre recepción y la sala de espera sin odiar que siguiesen aquí en pie, perfectos, y ellos no.

Me pasaba lo mismo con el corazón que hizo Killian, ¿cómo podía estar cerca tocando mi pecho y la persona a la que amaba no.

Aun así, lo llevaba puesto, no podía desprenderme de él.

- En cuanto salga la señora Robinson pasa usted.

- Gracias -no había nadie más en consulta. Lo agradecí-

En cuanto salió la joven mujer, se despidió con un beso muy cercano a la comisura de la boca. La enfermera la miró con recriminación.

- Bueno, señora Robinson, está estupenda de salud.

- ¿De verdad doctor?

- Por supuesto

- Pero…

- Luisa, pasa.

La mujer salió disgustada, la escena era francamente absurda.

- Siéntate por favor. Casi no te he reconocido, se te ve mayor. Te veo recuperada, ¿tu madre no ha venido contigo?

- Lo que pasa doctor es que me siento muy débil y me mareo con facilidad. Mi madre tiene tantas preocupaciones que no quería disgustarla.

- Entiendo. ¿has comido bien?

- Sí.

- ¿Duermes?

- Francamente no mucho.

- Estás muy delgada. Vamos a pedir una analítica y ver si tienes alguna insuficiencia, pero si no descansas es normal que tu organismo se resienta. Puedes tomar cada noche en un vaso con agua cinco gotitas de esto, es valeriana, te tranquilizará un poco y podrás descansar.

- Gracias doctor.

- Espera un momento, voy a por la enfermera.

La enfermera entró con la jeringa y el médico se encargó de extraerme una muestra.

- En una semana tendré los resultados. No te preocupes, imagino que todo es debido al estrés, tanto la falta de sueño como los mareos, Además tuviste una fuerte caída y es normal que sigas teniendo molestias.

- Le agradecería que esta cita quede entre nosotros dos.

- Entiendo que te preocupes por tu madre, pero debes mantenerla informada.

- Ya lo haré en su momento. Ahora no tiene sentido, tiene demasiadas cosas en la cabeza.

- Está bien Luisa, si hubiese algo fuera de lo esperado, te instaré a que hables con ella, de momento hoy no te he visto. Me alegra mucho verte así, ánimo pequeña.

No soporto esa actitud. Esa mirada de empatía y comprensión, con los mismos ojos de la Bestia. Hay tan poca sinceridad en este mundo, que me cuesta respirar.

- Bueno doctor no lo molesto más.

- No te preocupes, hoy casi no tengo pacientes. La próxima vez llámame. Te daré cita para el próximo lunes a esta hora si te viene bien.

- Sí claro. ¿Pago la cita a la enfermera verdad?

- No te preocupes, ya que ésta cita no existe, corre por mi cuenta.

- Gracias Doctor -era una preocupación menos, llevaba muy poco dinero encima-

- ¿Ahora vuelves a casa?

- Iré más tarde. Voy a pasear por la ciudad.

- ¿Quieres que te acompañe?

- No es necesario doctor.

Podía informar a su padre que iba a estar sola en la ciudad. ¿Para qué quería acompañarme, tal vez llevarme a la boca del lobo? No sé muy bien que hacer.

- Iré al parque. Hay un lago muy bonito.

- Sí que lo es. Pasa un buen día, cuídate mucho.

- Hasta el lunes.

- Adiós Luisa. -Su mirada era de preocupación, tal vez él también temía a su padre, o tal vez era una máscara para que confiara en él-

Caminé lentamente del consultorio al parque, varias personas me miraron, pero la mayoría no notaban mi presencia, llegué al parque y caminé durante una hora alrededor del pequeño lago artificial.

Cansada me senté en un banco visible, pasé veinte minutos más sin que nadie apareciera.

Mejor vuelvo a caminar, pensé. En ese momento sentí que alguien tocaba mi hombro.

- Que coincidencia más agradable -era la voz de la Bestia, temía verle, en su presencia sólo el sonido de su voz hizo que unas intensas náuseas se apoderaran de mí. La rabia hacía que mi mente no se centrara y no pensara con claridad ¡Cálmate maldita sea! no debe notarlo, pensé-

Se giró y se sentó a mi lado, tan cerca que sentía su pierna pegada a la mía. La pistola en mi regazo, escondida en el bolso, era una tentación, pues lo mataría ahora mismo. Sujeté el bolso con fuerza.

- Sr. Kavanagh, buenos días. Justamente hace una hora pasé por la consulta de su hijo.

- ¿Por eso está en el pueblo? -preguntó intrigado, al momento cambió de actitud a una más seductora, intuía yo- Me alegra que coincidamos en este hermoso lugar, claro no tan hermoso como usted.

Ese vestido le queda de maravilla y el tono de sus labios es como el capullo de una rosa roja, es una mujer hermosa.

- Gracias señor -dije simulando una sonrisa vergonzosa-

- Le he subido los colores. Una mujercita tan guapa debe estar acostumbrada a las atenciones de los hombres, aunque ahora no tendrá a muchos, claro.

Roja de rabia, no por ningún otro motivo, maldito bastardo.

- Así es señor, es de agradecer un poco de atención, más ahora.

- Pues eso no le faltará, por lo menos de mi parte. Yo me fijo más en la belleza que en los orígenes.

- No todos lo hacen, gracias.

- Uno moldea a las mujeres, más un hombre de mi experiencia. -Me sujetó el mentón con sus asquerosos dedos, sentí el metal del anillo- Usted sería gloriosa masilla en mis manos expertas.

Su mirada repugnante era insoportable, sujeté aún más fuerte el bolso, no tanto por coger el revólver, que por no hacerlo, me frenaba a mí misma.

Tengo que soportarlo, debo hacerlo. No llevaba ni cinco minutos con él y su desprecio e impunidad me eran aberrantes, aun así, era evidente que me costaría acercarme a él menos de lo que pensaba ¿A dónde me llevaría esto?

, él manejaba los hilos, no yo, pero estaba dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad, debía dar mi mejor actuación.

- Soy una chica decente. Ese tipo de comentarios son irrespetuosos.

Me soltó el mentón, sin apartar la mirada.

- ¡Tenemos a una fierecilla!, eres encantadora. ¿Cómo puedo compensar mi descaro? -dijo simulando estar avergonzado-

- No es necesario. -hice un estúpido puchero-

- Sí que debo compensarte pequeña, te invitaría a comer, pero tengo varios asuntos pendientes. El viernes vienen varios amigos a una pequeña reunión. Si vienes estaría encantado de compensarte, pero no pongas así esos hermosos labios.

- ¡Oh, una de sus famosas fiestas! No sé si una chica sencilla como yo, deba ir.

- Así que mis reuniones son famosas –rio-, yo en mis fiestas valoro la belleza más que el origen y mis amigos igual, además pareces una damita.

- ¿A qué hora voy? -le pregunté como si estuviese entusiasmada y en cierta forma lo estaba-

- Mandaré un coche a recogerte.

- Mi madre no sé si estaría de acuerdo.

- Oh, la madre. Pues sal de tu casa a las seis y mi chofer te esperará a la entrada del pueblo, detrás de la caseta abandonada para que nadie te vea y no tengas problemas con tu madre.

- ¡Muy bien! Así lo haré -dije simulando emoción-

- Nos vemos el viernes entonces -tomó mi mano y la besó-

Me quedé sentada en el banco sin poder levantarme, las piernas me temblaban de la tensión y rabia acumulada. Mi mente viajaba a gran velocidad, pudo estar lleno el parque o vacío, no era capaz de centrarme. Al fin me levanté, caminé despacio, aunque quería correr y detrás de una arboleda, vomité.