RESOLUCIÓN
- Buenos días, mamá, tía. -Hablé por primera vez al día siguiente-
Ambas mujeres me vieron como si de una aparición se tratase, al momento, me devolvieron el saludo con un fuerte beso a la vez en cada mejilla.
Ya no podía mantenerme en silencio, necesitábamos ayudarnos, no podía seguir siendo una carga para estas valientes mujeres. Mi mamá era otra, luchaba por mí, yo quería luchar por ellas. Podría desaparecer en el silencio o luchar, elegí luchar. Mi vida tenía un sentido, y por ese, viviría.
Nadie compraba nuestra leche. Los hermanos Bryne pidieron un préstamo y nos pagaron la cuarta parte del valor de la hacienda.
No nos quedó más que aceptar, no lo hacían de mala fe, pero si no había ventas, de poco servía y nosotros necesitábamos el dinero.
Tampoco nadie compraría la casa de los asesinos, con ese dinero no podríamos contar.
Mi madre dejó claro con su máscara de mujer engañada, que había vivido con un monstruo y no lo sabía.
Eso ayudó para que alguna persona que antes nos miraba con desprecio sólo nos mirase con lástima, aun así, por la noche lanzaban piedras o huevos podridos a nuestra casa.
No reparábamos las ventanas, sólo las cubríamos con madera.
Quería hacer la visita a Midletown, esperaba ir a la biblioteca pública que era mucho más grande que la de Lininstone.
Necesitaba buscar el significado de la figura de mi caja y no levantar sospechas.
La consulta estaba en el centro del pueblo, cerca de la tienda de Rosie.
¿Qué pensaría de nosotros?, ¿nos odiaría?
, ¿en qué creería?, me dolía pensar en esa mujer, era la única persona que me importaba lo que pensase.
Espero no nos vea, no soy capaz de mirarla y mentir.
Al pasar con el coche por la tienda estaba cerrada, no estaban en el pueblo, eso me calmó.
El doctor nos atendió sin preguntar nada sobre mi padre.
- Te veo mucho mejor Luisa. Me alegro.
- Sí doctor.
- Y veo que vas recuperando el habla.
- Mi hija es fuerte, estoy orgullosa -realmente parecía estarlo-
Una vez terminada mi revisión el doctor preguntó nos preguntó:
- Luisa, Sra. O´Donell estoy realmente contento de que salieran de casa hoy, además es un día soleado y no me apetece comer solo en la consulta ¿me harían el honor de aceptar una invitación a comer?
- Por supuesto doctor, si no le interrumpimos con sus pacientes. -dijo mi madre aparentando normalidad, yo noté la duda en sus ojos, desde que mi madre fue liberada hemos sido complacientes con todo el mundo para evitar suspicacias y era realmente agotador-
- Ahora empiezo mi descanso -dijo sonriente-
¿Ahora mismo? ¿cómo podría ir a la biblioteca? Su invitación me deshizo el plan.
- Aquí al lado hay un restaurante donde preparan el más delicioso pato de Challans, me cambio y nos vamos.
Lo esperamos en la sala de espera, la tensión era evidente entre nosotras. Mi madre me sonreía de vez en cuando, intentando disimular ante mí y de la enfermera que no paraba de mirarnos.
- Ya estoy listo damas, vamos.
Fuimos al restaurante Black Pearl, era muy elegante, no creo haber estado nunca en un sitio tan refinado. Recuerdo que el tío de Killian una vez fue a celebrar un aniversario con su mujer ahí, fanfarroneó mucho.
Cuando entramos varias miradas se clavaron en nosotras, sabían quiénes éramos.
Yo había ido muchas veces a Midletown, pero lo más cercano a gente adinerada era la familia de Killian, estas personas me eran totalmente ajenas, pero las noticias vuelan y de repente no éramos invisibles.
Debían conocernos por todo el condado, incluso por todo el país.
- ¿Nos da la mesa del privado? -solicitó al camarero-
Era una mesa alejada del resto, en un saloncito privado. Sabía perfectamente cómo todos nos miraban, no entendía el interés del médico por nosotras. Mi madre pidió agua, al tomar la copa sus manos temblaban.
- No se preocupe señora O'Donell aquí estaremos tranquilos. Tal vez no fue una buena idea, lo siento.
- No se preocupe, nos hemos acostumbrado. Lo que ha hecho mi marido no tiene perdón de Dios, pero temo por mi hija y su reputación.
- Desconozco lo que ha pasado, no conocí a su esposo, pero créame que le entiendo, hasta la familia puede engañarnos.
El camarero nos miraba con desprecio. Si nos atendían era por el doctor, seguramente. Pedimos lo mismo que él para comer, la tensión era palpable.
- Esperen un momento -Se disculpó el médico. Al cabo de un rato regresó. Mamá y yo nos mirábamos, sabía que pensaba que yo podía estar perturbada por lo que dijo de papá, sólo le tomé de la mano para calmarla-
- Bueno señoritas en un momento vienen los platos, espero que sean de su gusto los platos que seleccioné.
- Seguro que sí -dijo mamá menos nerviosa-
El camarero que nos atendió era otro, nos miró con normalidad y llenó las copas con amabilidad. Ahora entendía porque se ausentó el doctor. Mi madre tocándome la pierna por debajo de la mesa empezó a hablar.
- En tres semanas regresaremos con mi familia a París.
- Ya lo había notado por su nombre y acento que era francesa. Es lo mejor que pueden hacer, permanecer con su familia y alejarse de aquí.
- Si, eso creemos. Vinimos por mi marido, estos años mientras trabajaba en la hacienda nos distanciamos, pero nunca creí que fuera capaz de tal atrocidad.
- No tiene por qué darme explicaciones. Créame que la entiendo. Ahora quiero que disfruten un poco de la comida e intenten relajarse, comprendo que no deben parar de hablar de lo mismo, ahora necesitan sanar todas sus heridas.
- Gracias, dijo mi madre
No entendía su posición, pensamos que nos atacaría con preguntas y más bien evitaba nuestras explicaciones.
Comimos sin hablar del tema en absoluto, él nos contó que vivía en Londres, que se había doctorado hacía pocos meses y pensaba volver, tenía un puesto en el Hospital King´s College donde quería especializarse en cirugía general.
Me parecía estar en otro planeta, donde las conversaciones no trataban de muerte, de asesinos, era otro planeta, uno al que una vez pertenecí.
Al terminar la comida, nos acompañó al coche. Una vez salimos del restaurante soportando los susurros de la gente, apareció un hombre alto que se acercó a nosotros, tan alto como el médico, con los mismos ojos verdes, un cabello denso como él, pero canoso, era claramente su padre.
- Hola hijo.
- Buenas tardes, señor -saludó seco-
- ¿Quiénes son estas señoritas?
- La Sra. O’Donell y su hija.
- Encantado de conocerla señora -cogió teatralmente la mano de mi madre y la besó- Y tú tan guapa como tu madre -al coger mi mano vi el anillo, cinco aros entrelazados con una inscripción y un símbolo, igual al que llevaba colgado en mi cuello junto al corazón de Killian.
Sentí un repentino mareo, la sangre dejó de correr por mi cuerpo.
El anillo, su símbolo era un poco distinto al de la caja, pero iban ligados, estaba segura.
Quién más importante que el cacique de la región, quién con más dinero y primordialmente con el poder suficiente para asesinar y controlar a la guardia.
En un segundo cambiaron en mi mente las fiestas del tío abuelo donde antes corría el champán, el wiskhy.
Ahora lo hacía la sangre de inocentes; la logia se transformó en secta y las excentricidades en perversión. Tal como nos dijo la bruja de Teodora-
- ¿Está bien señorita? -dijo La Bestia, tomándome la cintura y acercándose más de lo debido-
- Luisa vamos a mi consulta -dijo el doctor enfático.
- Estoy bien, es sólo que es la primera vez que he salido de casa y todo ha sido abrumador. -Intenté hacer entender que se trataba del momento vivido en el restaurante-
- Cariño es mejor que volvamos a casa.
- ¿O'Donell de Lininstone acaso? -preguntó la Bestia, en un tono teatral-
- Así es -contesté-
- ¿No serán parientes de un tal Roger? -sugirió intentando parecer sorprendido, pero una ligera sonrisa le delataba, sabía perfectamente quienes éramos.
Claro que lo sabía, así cómo y desde cuándo estábamos con su hijo, “El amable doctor”, ya me parecía que tantas buenas intenciones no eran normales. Estaban jugando con nosotras-
- Si, lamentablemente, -dije intentando no lanzarme encima de él y arrancarle la piel con mis propias uñas. A él y a su engendro-
- De haberlo sabido- dijo dando un paso hacia atrás-
- Lo entendemos perfectamente -añadí, aceptando su rechazo-
- Es una lástima que ese hombre les haya arruinado la vida a un par de bellezas. -
dijo mirándome de pies a cabeza con una mirada repugnante-
- Bueno señor, las debo acompañar a su coche, llevan prisa. -dijo el doctor-
- ¿Nos vemos en casa para cenar hijo?
- Está noche me será imposible.
- Nada es imposible, -dijo mirándonos de reojo-
- Debemos marcharnos, adiós -El doctor tomó mi brazo y nos llevó al coche.
- Les deseo lo mejor, espero que pronto puedan estar con su familia. Se tienen la una a la otra, cuídense -se despidió y fue hacia su padre al final de la calle-
Mi madre intentó hablar conmigo en el coche, pero fue imposible mantener una conversación. Casi no la podía escuchar, al final no insistió y durante el camino de regreso estuvimos enfrascadas en nuestros pensamientos.
Ese hombre, el carnicero, tenía cara y era peor a la de mis sueños, su mirada era malvada, la hubiese notado aún si no hubiese sabido nada.
Los ojos eran iguales a los de su hijo, pero con una mirada tan distinta.
Eso no significaba nada, su hijo se había acercado a nosotras enviado por su padre.
Debía vigilarnos, esa simulada preocupación la había usado para bajar nuestra guardia.
De todas formas, nunca la bajamos, a excepción de mi mareo espero que creyera lo del restaurante, si no, como dijo malicioso, todo era posible.