LININSTONE
En esto se resumen los pensamientos de mi madre en mi infancia y mi corta adolescencia, lo supe por su antiguo diario que dejó olvidado en París, fue cuando supe que los escribía.
Siempre con las mujeres del pueblo o cosiendo.
Se evadía de su vida, en eso se parecía a su madre, un día mi tío Pierre me lo soltó.
Se convirtió en lo que odiaba, aun así, siempre estuvo ahí, pues su evasión era únicamente emocional, aparentaba ser algo que no era y nosotros lo sabíamos, no era feliz, aunque tenía todo para serlo.
Eso me repelía de ella, sino era feliz con nosotros, significaba que no nos quería, ahora comprendo que ella no se quería a sí misma, era un secundario en su propia vida, uno autoimpuesto.
Eso me enseñó que la vida no es lo que queremos de ella, es lo que hacemos con ella. ¡Tarde entendimos eso, mamá!
Mi padre estaba conmigo o con el ganado que le quedó.
Siempre ayudando al resto de personas que trabajaban con él, pasó de dueño a ser un trabajador más, produciendo, transportando y vendiendo su queso y leche, atendiendo a las reses, a la hacienda y a mí.
Recuerdo cuando iba con él en verano y tú estabas siempre.
El tiempo que estaba en casa lo pasaba conmigo. Si él y mi madre hablaban era para discutir, lejos quedaron las risas, siempre pensé que a mi madre le molestaba que viniese papá, hasta ese último año donde todo mejoró.
- Luisa baja a cenar.
- Voy mamá.
- Lávate las manos.
- Si mamá, ya sé -siempre con lo de lavarse las manos, si casi no tiene manches, pensé mientras me miraba las palmas-
- A veces se te olvida. No refunfuñes y baja.
- Sí que la cena huele bien, tengo mucha hambre -dije en cuanto me senté en la mesa-
- ¡Oh pequeña eres tan delgadita, pareces un palito!, no sé dónde va toda esa comida. Aunque siempre estás con hambre o si no comiendo. -dijo tía Cathy-
- Tía no soy un palito ¿o sí?
- Un palito muy bonito -respondió sonriente-
Lo que me faltaba. ¿De verdad, que soy tan delgadita? ¡Oh que desastre!, nunca lo había pensado antes.
- ¿Tía y ahora qué como para engordar un poquito?
- Cariño no creo que entre más comida en esa pancita. Eso sí, toma mucha leche que se va a poner mala y tu papi nos ha traído muchos galones. Mañana cuando vengas del colegio y después de comer te enseñaré a hacer helado y aprovechamos parte de esa leche.
- ¿De verdad y cómo se hace? -pregunté emocionada a mi tía-
- Pues con esa vasija de cobre que tan grande te parece y un buen brazo -hizo un gesto con el brazo regordete muy gracioso.
Mi tía Cathy es pequeña, ancha, con el pelo blanco como la nieve, pecosa y con los ojos verdes como los de mi padre.
Aun así, es la mujer más fuerte del mundo, su cara es muy dulce, la quiero mucho, y aunque la conozco poco, es como sí la conociera de toda la vida-
- Luisa, come despacio -me regaño mi madre-
- Sí mamá, lo siento. Estoy nerviosa.
- ¿Por el colegio? -preguntó-
- Claro mamá, no conozco a nadie. Espero caer bien a los niños.
- Por supuesto, si te portas bien y comes tu bocadillo en el colegio como una niña educada y no como si fueras una fiera hambrienta, no pensarán que no tienes modales o que no te alimentamos.
- Luisa eres una niña muy dulce y parlanchina.
¡Claro que caerás bien a todos! Mañana irás con los hermanos O’Brien -añadió mi tía- Ailen y Devani son unas niñas muy sociables.
Las más pequeñas son muy juguetonas, se llaman Moira y Tara y aunque a la pequeña Tara le gusta estar más con su mamá, pues tiene 5 añitos, es un encanto.
Ailen tiene 11 y Devani 9, Moira recientemente cumplió los 6.
Killian es el más callado, pero es un buen chico, ayuda mucho a su padre y cuida muchas veces de las más pequeñas, él tiene 13 si mal no recuerdo.
- Estoy muy emocionada por conocerlos. Me gustaría tener muchas hermanas y un hermano mayor como ellos.
- Tal vez tus papis te den un hermanito o hermanita -sugirió mi tía, mirando cómplice a mamá-
- Mami no puede, por no sé qué le pasó cuando nací. Ya se los he pedido miles de millones de veces.
- Oh no, lo sabía. ¿Qué pasó Marie? -preguntó, cambiando totalmente de expresión-
- Bueno el parto fue complicado, sangraba mucho y me tuvieron que realizar una histerectomía.
- Lo siento querida, son tan jóvenes. Aunque nunca se sabe lo que puede pasar.
Yo tuve cinco hijos, dos de mis hijas se casaron y viven en América, mis dos pequeños murieron por neumonía, Dios tiene sus designios, más allá de que los aceptemos y al fin de cuentas es lo único que nos queda si pretendemos seguir adelante.
Tenía la esperanza de que Robert me diera nietos, pero creo que no es mi destino verlos -comentó tristemente-
- ¿Por qué no se ha casado el tío Robert? -pregunté-
- Luisa, es de mala educación preguntar esas cosas. -me replicó mi madre, molesta-
- No te preocupes Marie, yo también pregunto -añadió mi tía-
- Si, pero ella es una niña y si no le educo, puede hacer esas mismas preguntas a un desconocido, no quiero que sea una metomentodo. Guardar tu privacidad es una de las cosas más importantes que deberás hacer e igual respetar la privacidad del otro. No puedes ir de entrometida.
- Papá siempre ha hablado con todo el mundo y nadie parece molestarse.
- ¡Luisa no seas maleducada! Ya has terminado la cena. ¡Sube y prepara todo para mañana!
- Mamá ya lo tengo todo listo, quiero el postre.
- He dicho que subas y si lo tienes todo preparado ve y reflexiona sobre tu actitud.
Dos horas estuve reflexionando sobre mi actitud hasta que mi tía subió para dejarme un vaso de leche y un trozo de tarta de manzana.
- Gracias, tía.
- De nada cariño, no olvides lavarte los dientes.
- Quería que me cuentes más sobre las niñas que conoceré mañana.
- Ya es tarde cariño. Son buenos chicos todos, no te preocupes, te llevarás bien. Intenta descansar.
- Esta bien tía, la bendición.
- Dios te bendiga. Tu madre se ha quedado dormida, hemos trabajado mucho. Yo también iré a descansar, mañana tenemos un largo día.
- Me hubiese gustado que venga ella a darme las buenas noches. Estoy nerviosa.
- Estaba agotada. No ha querido que le ayude con los muebles pesados y lo han hecho entre ella e Ian, si no seguro hubiese venido a desearte las buenas noches.
- No sé, se enfadó mucho. Es muy estricta -susurré tristemente-
- Tu madre tiene que educarte y no siempre es una labor agradable, es más fácil mimar. Pero es nuestra labor como padres. Bueno pequeña ¡a dormir!
En cuanto acabé con la tarta me quedé profundamente dormida. Yo que pensaba que no dormiría, creo que tanto reflexionar sobre no hacer preguntas me cansó. Bueno, para ser sincera, reflexioné sobre cómo debía presentarme y las preguntas que haría a las niñas.
- Soy Luisa O’Donnell Lamar, vengo desde París, no tengo pecas por parte de mi mamá y el pelo de fuego por parte de mi papá, o mejor no digo nada y sólo pregunto.
- Luisa despierta cariño, tienes que prepararte. Nunca habías dormido tanto.
- ¿Llego tarde? -pregunté levantándome de un salto-
- Tienes media hora antes de que vengan los chicos O’Brien a buscarte. ¡Debí despertarte antes! Pero como eres tan madrugadora pensé que estabas preparándote. He estado buscando documentos de la casa con tu tía y se me ha ido el santo al cielo. El desayuno te espera, deprisa Luisa.
Me puse el uniforme a toda prisa mientras me pasaba las prendas mi mamá, “¡oh encima este pelo me odia!”, pensé al mirarme al espejo. Mi pelo es ligeramente rizado, pero con la humedad parezco un puercoespín y ahora no tengo tiempo para adecentarlo, ¡merde!-pensé-
Desayuné a toda prisa y me esmeré en dejar mi cara muy limpia y mis dientes bien lavados, cuando tocaron a la puerta.
- Ils sont ici, cherí[1]
Bajé corriendo las escaleras y en el último escalón me tropecé, caí de bruces al suelo.
¡No puedo creer que esto me esté pasando, no ahora delante de mis nuevos amigos, no, no, no!
Sólo puedo escuchar el latido de mi corazón y las risas de las niñas, no quiero levantar la cabeza, ¿qué hago?
corro arriba, no, no podría, me duele demasiado la rodilla.
Me río y hago como si nada… no puedo con este dolor, voy a llorar, ¡no llores Luisa! , sino se burlarán aún más.
De reojo veo una mano que se extiende para que la coja, lo hago sin pensarlo demasiado y al levantarme veo a un ángel, nunca había visto un chico con una piel tan blanca y unos ojos tan oscuros y profundos, su mirada hace que me duela la panza, ¡la mirada de un chico!
, nunca me pasó con ninguno, debe ser por la vergüenza, seguro.
- ¿Estás bien ma petite[2], estás roja como un tomate?-escuché la voz de mi madre de fondo, eso me hizo tomar conciencia de lo que estaba pasando y quitar mi mirada de esos ojos-
- Uy sólo me tropecé un poquito -me salió una voz temblorosa. Todos se rieron menos el chico que aún sujetaba mi mano-