PRÓLOGO #2
Así que mientras Roger dejaba el último saco en el carro y se preparaba para irse, Monsieur Lamar que bajaba a la fábrica para hablar con él sufrió un ataque epiléptico, mi abuelo materno se remordía la lengua, mientras sus ojos desorbitados y su cuerpo delgado y frágil se golpeaba repetidamente en el suelo de piedra.
Mi padre corrió y en un momento se quitó su cinturón, se lo puso en la boca y con la fuerza de su cuerpo lo sujetó evitando que se golpeara, a gritos pidió un saco de tabaco para ponerlo debajo de la cabeza.
Sabía qué hacer, pues su hermana sufrió del mismo mal, por lo que mientras atendía a su jefe, viajó a aquel día en que su hermana se retorció durante una hora sin que nadie pudiese hacer nada, ahí en el suelo de madera de la cocina expiró su último aliento con sus ojos desorbitados, soltando espuma por la boca y su madre sujetándola, esa imagen royó la infancia de mi padre.
Luisa, su pequeña hermana, tenía cinco años cuando murió, tenía el cabello rojo como toda su familia, siempre fue frágil y casi no se movía, pero era la niña más dulce y llena de amor que jamás conoció, en honor a ella me nombró.
- ¡Jeanluc, vacía un poco el saco, rápido! -gritó mi padre a su compañero que se había quedado paralizado ante el ataque que sufría su jefe-
Después de lo que parecieron horas el ataque tal como vino, paró.
Mi abuelo entró en un estado de letargo debido a la virulencia del ataque, hacía veinte años que no había tenido ninguno, los médicos no pensaron que viviría tanto tiempo, pero vivió y sin mayores complicaciones.
Pero en aquel verano de 1918, su cuerpo no lo superó.
Mi padre lo cargó con delicadeza y lo llevó junto a un grupo de trabajadores a su casa que se encontraba a cinco calles de distancia.
Aquel hombre, jefe recto, pero implacable y que ahora parecía tan frágil en sus brazos, vivía de la producción de tabaco, había aprovechado que sus plantaciones se encontraban en Canadá para migrar una vez empezó la Gran Guerra, dejó París para evitar posibles miserias a su familia, como las realizadas por el ejército prusiano a los Parisinos décadas atrás.
Se especializó en el cultivo del Petit Canadian, y cuando el ejército necesitó tabaco liado, dando paso al nuevo cigarrillo, él se adaptó a las nuevas exigencias y cultivó en Leamington la variedad Virginia, la cual era la que iba mejor a esta nueva forma más versátil de fumar para los soldados que estaban en constante movimiento.
Las cantidades solicitadas hicieron que la empresa creciera como la espuma, y desde Montreal realizaba la carga a los puertos de Europa.
Mi madre abrió la puerta cuando llegó aquel hombre enorme, un gigante pensó, con el cuerpo casi inerte de su padre y que se veía tan pequeño entre sus brazos, ese hombre una vez tan dinámico al que amaba y temía a partes iguales, era nada más que un pequeño anciano en los brazos del gigante pelirrojo, su tez cetrina anunciaba el final de su vida.
Un grito se escapó de su boca, lo siguiente fue hacer llamar al médico de la familia, el Dr. Pialett, hizo entrar a Roger, y mandó al resto de trabajadores que lo habían acompañado a sus casas, las criadas ayudaron a colocarlo en su cama.
Mi abuela al escuchar el movimiento en la casa y al ver a su marido moribundo en la cama se desmayó, sus nervios nunca estuvieron en disposición de actuar ante las situaciones complicadas de la vida, era una mujer que regía su hogar como su vida, con un horario estricto que jamás rompía.
Ella era anfitriona e invitada perfecta, pero como madre distaba mucho de serlo, pues Marie, mi madre, no creció con los abrazos de mi abuela, jamás le besó la mejilla o su rodilla magullada en una de sus múltiples caídas de la infancia, de eso se encargaba mamá Susie, la nodriza, que estuvo a su lado hasta que ella cumplió dieciséis años, momento en el cual su corazón decidió que había cumplido como madre sustituta y dejó de latir.
Pierre, su hijo, se quedó trabajando en casa de los Lamar como chico para todo, él fue el amigo de juegos de Marie hasta los trece años, ya que en cuanto empezó a convertirse en una señorita, los esposos Lamar decidieron que Pierre no convenía que se juntara con ella, así que la separación fue total, convivían en la misma casa, pero su relación antes de hermanos pasó a ser de sirviente y patrona.
Marie y Pierre tenían claro que debía ser así si querían seguir estando juntos, pues madame Lucielle no dudaría en sacar de su casa al muchacho que su hija veía como un hermano, con el cual había compartido juegos y el pecho de una misma madre.
Marie, por su parte, quería que Pierre siguiese en casa, pero también estaba dispuesta a comportarse como una señorita de clase que estaba destinada a ser, Pierre en poco tiempo pasó de hermano a sirviente y esa decisión, aunque la tomó madame Lucille , Marie la cumplió a cabalidad, para dolor de Pierre.
Monsieur Lamar murió a cámara lenta, su cuerpo se fue apagando a lo largo de un mes, y todas esas tardes Roger lo iba a visitar, no tanto por el pobre hombre, cuanto por la bella Marie, se encontraba fascinado con su piel de porcelana, su pelo negro como el ébano, sus ojos azules casi grises, tan grandes que era como ver el cielo en ellos.
Marie siempre acostumbrada a la estricta disciplina de su madre, se encontraba descolocada por fijarse, más de lo que ella en un principio quiso aceptar, en un cotero, en un irlandés de pelo rojo como el fuego y ojos verdes que resaltaban con el fascinante color de su cabello.
Su francés era basto y escaso, pero se notaba que era inteligente, su mirada era intensa y no tenía un ápice de timidez, su marcado acento le imponía; se le veía cómodo en su piel, cosa que Marie nunca estuvo.
El hecho que él la mirara como si fuera la única mujer en el mundo, hizo que poco a poco se sintiera no sólo atractiva, deseada e interesante, sino amada.
Al finalizar el mes y la vida de monsieur Lamar, Roger y Marie se encontraban perdidamente enamorados el uno del otro.
Mi abuela jamás se perdonaría haber abierto la puerta de su hogar y, por primera vez, a un hombre de baja alcurnia.
Sin embargo, en su momento sintió que le debía la vida de su marido y le dio esa concesión.
No obstante, nunca pensó que su hija se fijaría en un hombre tan inculto, pues por lo mal que hablaba nunca lo vio como un peligro, es más pensaba que era un hombre de mente limitada, eso mismo le dijo en varias ocasiones a Marie, incluso la chantajeó con desheredarla.
Nunca creyó que un acto misericordioso por su parte le costaría tanto, jamás volvería a ser débil se prometió a sí misma.
Roger, mientras tanto, había conseguido un empleo con ayuda de Pierre en un edificio en construcción.
A los dos meses Marie con ayuda nuevamente de Pierre, se fugó de su casa y se casó con Roger, lo celebraron en el restaurante de monsieur Manet, un día normal con la gente de siempre, aun así, fueron muy felices.
El primer año de su vida en común vivieron con muchas limitaciones, pero enamorados, Marie había dado a luz a su única hija, yo, Luisa.
Era o al menos eso me decían, un bebé blanco, casi transparente, con unos cuantos cabellos rojos de color tan intenso como el de mi padre y con los ojos de mi madre que tanto le gustaban a papá. Me llevaron cumplidos dos meses a conocer a mi abuela, pero no nos recibió.
Mi tío Pierre consiguió gracias a unos parientes un trabajo en París, necesitaban más gente, pues los jóvenes habían mermado debido a la guerra. Hacía un año que había terminado y propuso a mis padres volver, ellos aceptaron.
Durante 8 años vivimos en París, hasta que mi padre heredó de su tío abuelo tierras en Irlanda, una casa en el pueblo donde nació y varias cabezas de ganado.
A mi padre, que jamás pensó volver, ahora la idea se le tornaba interesante, en lugar de vender las tierras, prefirió volver con su familia a Irlanda.
La vida en París había sido difícil, la guerra dejó a Francia en una terrible crisis, por lo que a mi madre le agradó la idea de irse, además dejarían de vivir en un piso minúsculo y pasaría a tener una casa, tierras, una pequeña hacienda, la idea era alentadora.
El carácter de mi madre se había agriado a lo largo de los años, nunca pensó que la carencia de dinero y contactos le cambiarían tanto, era algo que intentaba no decírselo ni a sí misma, sabía que si se lo confesaba correría hacia los brazos de su madre y no quería ser ese tipo de persona, había tomado sus propias decisiones, ahora tenía una familia que dependía de ella, pero tal vez ahora al fin llevaría una vida, si bien no como la que tenía con sus padres, al menos cómoda, la clase de vida que se lleva con orgullo.
Ya no se avergonzaría del desgaste de sus vestidos, de cuidar a los niños de otros y de ser invisible a los ojos de la gente que antes la hubiese saludado con cortesía, personas que debieron ser sus amigos, no sus patrones.
Entendió a lo largo de los años cómo se debió sentir Pierre cuando pasó de hermano a empleado de la noche a la mañana.
Él se había convertido en el padrino de su hija y volvió a ser un hermano para ella, tanto había hecho por su familia y jamás le reprochó nada, ella aun así nunca se disculpó.
Cinco meses tardaron en preparar el viaje.
Marie no miró atrás, temía su reacción si lo hacía, ahora su familia era papá y yo.
En el invierno del 29 llegamos a Lininstone pueblo del interior, en uno de los días más fríos del año.
La tía de mi padre, Catherine O'Donnell, estaba encargada de adecuar la casa del tío abuelo John, quien heredó a sus únicos sobrinos varones.
El hombre había vivido el último año con ella y su hijo Robert, los únicos parientes que le quedaban en el pueblo.