EN LA COLINA DE TARA PRÓLOGO
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EN LA COLINA DE TARA

EN LA COLINA DE TARA

Por H.K DILLON

© inepub.com

PRÓLOGO

¡Estás muerto! Este hecho me sigue golpeando. Me recorre la piel el dolor de tu ausencia, como cicatrices abiertas, todas mis cicatrices físicas y mentales, todas mis pérdidas.

Hace un año acepté trabajar para un anciano, en un palacete en el que el silencio lo abarca todo, me despierto cada poco tiempo debido a esta no tan reciente adquirida angustia, lo que me viene bien pues mi ciclo se ha sincronizado con las necesidades de mi paciente.

Mi mente se encuentra alerta y presta a brindarle las atenciones constantes que él necesita, pero una parte de mí mantiene ese dolor del cual sólo puedo alejarme en los pocos momentos en los que el cansancio se adueña de mi ser.

He decidido escribir, escribirlo todo. Si bien antes intentaba recordar solamente las partes de la historia que necesitaba para sobrevivir, ahora mi mente no deja de jugarme malas pasadas, pienso que debo curarme de alguna forma, tal vez si lo escribo todo, ella deje de atormentarme, si la alimento, tal vez se sacie, porque si debo hacerlo, al menos seré plenamente consciente de ello, porque si debo hacerlo tendré el control, no se alimentará de mi a mis expensas, no volveré a ser la carnada de nadie, ni siquiera de mi mente.

Lo he pensado con detenimiento y sé que lo correcto es empezar antes de ti, de mí y de Lininstone, el pueblo donde nació mi padre trotamundos.

Ese pueblo que se le quedó pequeño a temprana edad, a los dieciséis años tomó el primer barco a América.

Recuerdas las veces que nos lo contaba en la mesa, con la boca llena de comida y la panza llena de felicidad, y desde aquel entonces no paró hasta que conoció a una francesa que le robó el corazón, como solía decir.

Era un hombre alto, atlético con la complexión de quien no teme realizar cualquier trabajo físico.

Él se empleaba en lo que fuese necesario para obtener el dinero suficiente para sobrevivir en el sitio donde se encontrará provisionalmente.

En Montreal trabajó cargando sacos de tabaco en la fábrica de mi abuelo materno, prominente empresario.

El joven irlandés llevaba varios sacos de una vez, trabajaba con esmero y cobraba menos que el resto, así que era un empleado apreciado en la fábrica.

Era tan buen empleado como fugaz, no solía permanecer en ningún sitio mucho tiempo.

Su ideal de grandeza era ganar lo suficiente para vivir su vida sin arraigos, donde era dueño del mundo y a la vez nada, ni nadie le pertenecía, se pertenecía a él y a ese mundo maravilloso tan grande y diverso.

Sus años de viajes le habían confirmado que nada era tan necesario sino cabía en una bolsa.

Su sueldo le daba para comer y alquilar una habitación a uno de sus compañeros, ese que nos contaba tenía un piso cerca del puerto, era una pequeña habitación con vistas al río San Lorenzo.

En cuanto terminaba su jornada paseaba sin rumbo fijo, esa era su forma de conocer la ciudad como lo había hecho con tantas otras.

No elegía los lugares turísticos, aunque tampoco los evitaba, más bien se perdía entre las callejuelas y escuchaba el sonido de las voces de los niños jugando en los patios de los edificios, el sonido de los cascos de caballos, el sonido de los barcos que surcaban el San Lorenzo, de los estibadores, los comerciantes, los visitantes, subía al tranvía y se bajaba en cualquier sitio que le llamase la atención.

Montreal, pese a los jóvenes que se habían alistado para la guerra, era una ciudad que refulgía vida, paseando por Rue Catherine o Saint-Jaques notaba que, pese a la Gran Guerra, era una ciudad en crecimiento, esto era debido a sus fábricas y por ser unos de los principales puertos de Canadá.

Él encontraba refugio en uno de los restaurantes de Saint Lawrence St. de ambiente bohemio, donde se permitía pequeños lujos, tal como degustar un buen vino y alguna tabla de quesos, los demás platos los pedía o no dependiendo de su economía, pero esos eran los indispensables y lo poco que necesitaba para ser feliz; era libre de conocer e ir donde quisiera.

Aprendió con rapidez a chapurrear el francés y se hacía entender al poco tiempo por los francoparlantes, era esa necesidad que tenía de absorberlo todo, de mimetizarse y aceptar a cada sitio como un ser vivo, las calles eran las venas que circulaban vida y él formaba parte de ese ser por un tiempo solamente, pero ¡vaya que lo aprovechaba!

hablaba en cuanto podía con cada persona que se cruzaba en su camino, no hacía distinciones sociales, era una persona fuera de cualquier convencionalismo y al ser un hombre que había recorrido tantos sitios distintos, su conversación era interesante, además sabía escuchar a la gente, aprender de ella y esa mezcla lo convertía en una excelente compañía, razón por la cual y aunque siendo un simple cotero, el dueño del encantador restaurante donde cada viernes se permitía el lujo de esa copa de vino y degustar todo tipo de quesos, se convirtió en uno de sus grandes amigos, era un hombre con inquietudes que vio en papá a un igual.

En la fábrica de mi abuelo, entre saco y saco, hablaba animadamente con sus compañeros; en los descansos, que eran pocos, el encargado se acercaba para conversar con él irlandés que había viajado por toda América, ese que en 1910 había llegado a San Francisco en un barco cargado de migrantes, se había hecho amigo de un marinero que le sugirió que la mejor forma para viajar por América era trabajar en un barco mercante, pues podría quedarse en el puerto que quisiese, debido a que siempre se necesitaban estibadores.

Fue así como antes de llegar a San Francisco ya tenía contactos y desde que el barco atracó pasó casi un año trabajando en el puerto, luego se embarcó y conoció Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, México, las Antillas, y quien sabe que otros lugares.

Siempre tenía una anécdota que contar, como cuando en la Amazonía brasileña, los monos que paseaban libremente por las calles le habían robado en varias ocasiones la comida y el dinero o en el puerto de Veracruz en 1914 cuando coincidió con la ocupación de EEUU y salió vivo de milagro, pero con una bala perdida en la pierna, si no lo sabía explicar verbalmente, usaba todo su cuerpo para hacerlo como si de un mimo se tratase, había descubierto diferentes maneras de comunicarse que no eran ni el español, ni luego el francés, pues pronto comprendió que había maneras más universales, aun así, los idiomas a la larga para él nunca fueron un problema.

Cada sitio había sido vivido al máximo, era un hombre interesante y a la larga no solo el encargado, sino también su jefe se había dado cuenta, así que de vez en cuando bajaba de su oficina, que se encontraba situada estratégicamente en lo alto de la fábrica, lugar donde podía ver como cada trabajador realizaba su labor sin apenas ser visto, era como un rey en su torre controlando cada paso a sus súbditos, pero por papá hacía de vez en cuando esa pequeña concesión.

Un viernes, casi al finalizar la jornada y mientras mi padre, Roger, cargaba los últimos sacos pensaba distraídamente en la degustación que realizaría esa noche, Manet, le había comentado haber pedido en una quesería situada en Quebec varios tipos de quesos y quería que mi padre los probase con él, pensaba en que tenía que bañarse y cambiarse de ropa rápidamente, tomar el tranvía que pasaba a las ocho y diez, si quería llegar a tiempo al restaurante de Manet quien se había convertido en un gran amigo.

Era un señor mayor, viudo y sin hijos, su pequeño restaurante era el favorito de pintores y escritores, un pequeño local llevado con gusto y a buen precio, Monsieur Manet era un hombre que se había educado solo, había sacado adelante un negocio de la nada, su buena cabeza para las finanzas, tanto como su buena mano para la cocina y su gusto exquisito hicieron que se convirtiera en un excelente cocinero y regente.

De joven había trabajado en prominentes restaurantes, pero la enfermedad de su esposa le cambió la vida en muchos sentidos, perdió su trabajo, supuestos amigos y contactos, al morir su amada Ameliè no sólo decidió levantar su propio negocio, sino que cambió su forma de ver la vida.

En Saint Lawrence St. descubrió a un grupo de gente rica en conocimientos y en cualidades más que en dinero.

Ideó un lugar donde esa gente pudiese reunirse, discutir, publicar.

Tenía colgados cuadros de varios pintores desconocidos que se hallaban a la venta, el poeta podía improvisar en un pequeño escenario, ese ambiente le lleno de vida y los años pasaron, no se volvió a enamorar de una mujer, eso ya lo había vivido, pero disfrutaba de su compañía, se veía a sí mismo como un superviviente y a base de llenarse de gente sobrevivió a la soledad.

Cuando los jóvenes talentos se enrolaron para la guerra en Europa, y dejaron algunas sillas vacías en su local y en su corazón, mi padre vino a llenar ese vacío.