43 MILENE
Han pasado dos días. Dos días en los que Marco solo responde con un «no te preocupes» o un «estoy en ello» a cualquier cosa que yo le pregunto sobre Ana. Me estoy volviendo loca; quisiera tener el poder para yo misma hacer que se hagan las cosas.
Y con eso me doy cuenta de cómo se ha sentido Diego todo este tiempo. ¿De verdad quiero vivir en un lugar donde, al igual que en el resto del mundo, hay personas malas que hacen cosas malas, a veces nada más porque sí, y donde no tenga recursos para defenderme a mí o a mi familia?
No lo sé. Empiezo a creer que no.
«No siempre es fácil aceptar para lo que hemos nacido». Esa frase ha rondado mi cabeza por más días de los que puedo aceptar.
Dejo ese pensamiento y la frustración a un lado, porque también han pasado dos días desde que me dije a mí misma que le diría lo de mis anillos a Diego y no lo he hecho.
Creo que no puedo seguir ocultándolo más; él se ha comportado como todo un caballero, un hombre muy complaciente y completamente cariñoso conmigo, demostrándome que hará cualquier cosa que yo le pida.
Tal vez eso incluya perdonarme. Así que aquí vamos.
—¿Diego?
—¿Sí?
—Hay algo que tengo que decirte. —Mis dedos juegan entre ellos.
—Tú puedes decirme cualquier cosa, bebé. Lo que sea que necesites o lo que sea que el bebé quiera comer, yo te lo daré.
—No se trata de eso. —Me aclaro la garganta y camino en círculos por la alfombra de mi habitación. Este es un buen momento , me digo. Acabamos de hacer el amor.
—Amor, me estás preocupando. ¿Qué pasa? ¿Le pasa algo al bebé? Tú sabes que si he sido demasiado…
Lo interrumpo antes de que se vaya por ese rumbo de nuevo.
—Nunca, amor, te lo prometo.
Asiente, más serio. No sé cómo lo tomará; le pediré perdón y haré lo que sea necesario para compensar mi descuido. Ya está sentado en el borde de la cama, con los antebrazos en las rodillas y con el ceño fruncido.
¡Dios! ¿Por qué es tan difícil? Camino hasta colocarme entre sus piernas, tomo su cara y lo obligo a enderezarse.
—No sé cómo pasó, pero no fue por elección, lo juro —empiezo con voz temblorosa. Diego no tiene idea de lo mucho que me duele esto.
—¿De qué estás hablando, bebé?
Levanto mi mano izquierda, mostrándole la verdad.
—Perdí mis anillos y no supe cuándo ni dónde. —Cierro los ojos, conteniendo la respiración. Pasan un sinfín de latidos hasta que Diego levanta mi barbilla y me hace abrir los ojos. Siempre voy a amar intensamente esos pozos azules.
—¿Por qué los estabas usando? —me pregunta, y se me oprime el pecho.
—Porque eran míos. Tú me los diste, y… eran lo único que me quedaba de ti. No quería quitármelos. Nunca —le explico con un nudo en la garganta. Parpadeo para no dejar salir las lágrimas que pican detrás de mis ojos .
—Entiendo. ¿Qué quieres hacer? —Me encojo de hombros.
«Los quiero de vuelta», eso no lo digo.
—Podemos comprar unos nuevos, podemos elegirlos juntos esta vez. —La comisura de su boca se levanta, dándome una media sonrisa.
Me alivia un poco, pero en realidad no es eso lo que necesito.
—¿Y eso estará bien para ti? —pregunta. Me muerdo los labios. ¿Quiere la verdad? No le puedo decir que no creo encontrar unos tan especiales como esos. Tenían historia. La nuestra. Y es perfecta. No respondo.
—¿Qué pasa? —insiste.
—Creo que podría acostumbrarme a unos anillos nuevos.
—Pero…
—Pero nunca será igual. Lo siento —digo con un sollozo silencioso. Esa es la verdad, no creo amar nunca nada como amé a esos anillos.
—¿Parece que te gustaban mucho? ¿Por qué? —No suelta mi barbilla y aprisiona mi mirada en la suya.
—Porque desde el día que me los diste, algo cambió dentro de mí.
No lo sabía en ese entonces, pero todo lo que siempre quise y deseé como mujer vino con eso.
Desde perderme en tus hermosos ojos azules hasta bailar en tus brazos el día de nuestra boda.
Mi mente sabía que teníamos fecha de caducidad, pero mi corazón nunca.
Por ese anillo discutimos cuando me lo quité esa primera vez y todo lo que vino después, hasta enamorarme completamente de ti.
Todo pasó con ese anillo en mi dedo. Perderlo fue como perder toda la historia que viví contigo.
Como perder la historia de cómo conocí al hombre de mi vida.
Cuando termino, una lágrima traicionera rueda por mi mejilla, misma que Diego toma con su dedo y se la lleva a los labios.
—Lo entiendo. —Me sonríe con ternura—. Entonces tal vez sea el momento ideal para recuperarlos .
Doy un paso atrás cuando Diego se levanta. Ahuecando mis mejillas, besa mi frente y me da la vuelta para sentarme en la cama, donde antes estaba él.
—¿Qué pasa? ¿Qué haces? —pregunto confundida.
—Bueno, de verdad esperaba estar usando un traje cuando llegara este momento, pero… —Me llevo la mano a la boca para ocultar el jadeo que sale de mi pecho—. Nada en nuestra historia ha sido común, ¿por qué empezar ahora?
Diego sonríe cuando baja una rodilla y mete una mano al bolsillo de su pantalón. Cuando saca esa mano, lo hace sosteniendo algo en sus dedos.
—Ahhh —El aire se atora en mis pulmones.
Sí, está sosteniendo mi anillo. Ese anillo que perdí. Ese anillo que él me dio cuando inició nuestra historia. Sacudo la cabeza junto con las lágrimas que empecé a derramar.
—¿Cómo es esto posible? —Me las arreglo para preguntar. Diego sigue con el anillo en su mano y no lo puedo creer. Mi mano está congelada en mi pecho.
—¿Recuerdas cuándo te dije que llegué a París? —Asiento con la cabeza.
—Dijiste que el día de… no… no es verdad. —Abro mucho la boca y los ojos—. Tú… ¿Tú los has tenido todo este tiempo? —Es un grito ahogado mi pregunta—. ¿Estuviste ahí?
—En ese momento creí que me habías dejado para siempre. Me parecía justo tener algo tuyo, así como tú te habías llevado mi alma y mi corazón contigo. —Sus labios me sonríen, pero en sus ojos veo todas las emociones que hemos pasado todo este tiempo desde que decidí dejarlo atrás.
Me duele saber que todo el tiempo ha tenido mi anillo, y más porque lloré como nunca cuando dejé de sentirlo en mi dedo anular. Pero hoy comprendo que, si para mí no fue fácil, para él tampoco lo fue .
—Hemos sido unos tontos. —Me río con labios temblorosos—. Por favor, ya no lo seamos más.
—Nunca más, amor —me promete. Y le creo.
Entonces extiendo mi mano y me siento completa cuando ese anillo encaja en mi dedo.
—Donde pertenece —suelto en un suspiro.
—Donde pertenece —repite antes de tomarme en sus brazos y besarme con todo el amor que nos tenemos.
Estoy segura de que a partir de ahora lo haremos mejor. Mucho mejor. Y sé exactamente dónde quiero estar cuando eso pase.
DIEGO
Milene está nerviosa; yo también lo estaría.
Han pasado cuatro días desde que Marco prometió encontrar a Ana y aún no nos da ninguna explicación.
Justo ahora estamos yendo a su mansión en el centro de París para una reunión que convocó con Milene…
bueno, con los dos, porque está idiota si cree que la voy a dejar ir sola.
Una parte de mí está molesta de que todo esto pasara cuando Milene y yo nos acabábamos de reencontrar; eso me hizo preguntarme si toda nuestra vida está destinada a pasar por pruebas y luchas. Maldita sea, que se prepare la vida, porque cada una de esas pruebas las voy a superar.
Con la mano de Milene entre mis dedos, llegamos a la increíble mansión de Marco.
No voy a negar que me da un poco de envidia la posición que él tiene; yo siempre soñé con tener una ciudad entera para gobernar también.
Pero, aunque eso no pase nunca, también sé que tengo algo que Marco nunca tendrá: a mi Milene, a mi hijo y lo increíblemente feliz que soy con ella.
Esta vez es diferente, y no cambiaría nada si al final llegamos a este momento.
—¿Estás nerviosa? —le pregunto cuando somos guiados por un camino empedrado hasta la entrada de la mansión.
—En realidad no. Solo tengo curiosidad. Hay algo que no termina de cuadrar en la poca información que Marco nos dio estos días.
—Tienes razón, amor. Pero espero que después de hoy podamos por fin cerrar este capítulo y empezar a escribir los nuevos de nuestra vida juntos.
—Te amo.
—Yo te amo.
—Pero yo te amo más.
—Yo te amo en esta vida y…
Nos callamos cuando alguien se aclara la garganta delante de nosotros. Y ese alguien es Marco. Sí, sé que parecemos adolescentes enamorados por primera vez, pero no podría importarme menos.
—Bienvenidos a la mansión Lambert.
Nunca voy a estar en la misma habitación que este hombre y sentirme relajado al mismo tiempo. De nuevo, será mejor si no abro la boca.
—Hola, Marco, gracias por la invitación. Tu mansión es increíblemente hermosa.
—Lo sé, gracias. — Pedante y presuntuoso —. Ha sido de mi familia desde los años treinta.
—Guau, es increíble. —Afortunadamente, Milene, de los dos, es la educada—. Pero estoy segura de que nos has hablado para algo más que presentarnos tu casa, ¿verdad?
Ja. También es la más inteligente y elocuente. No reprimo la sonrisa que eso me provoca .
—Tienes razón. —Ya no queda nada de lo que él mismo llamó su lado amable; ahora su mirada se transforma en lo que cualquier mafioso se convierte cuando está a punto de conseguir algo que desea, incluso en contra de la moralidad.
¿Qué es eso? No lo sé, pero lo averiguaremos.
—No les quitaré mucho tiempo —sigue—. Solo quería que vieran por sus propios ojos que Ana está sana y salva en este lugar.
Por el rabillo del ojo, miro cómo de las escaleras que van del segundo piso empieza a bajar una mujer que se parece mucho a Ana, pero su ropa no es nada parecida a lo que solía usar.
La mirada de perra es la misma que siempre ha tenido, pero por el resto diría que es otra mujer completamente diferente.
—¡Ana! Dios, ¡qué alegría verte! No sabes lo que sentí cuando… —Marco gruñe, lo que hace que Milene replantee sus próximas palabras—. Bueno, tú sabes.
—Gracias, Milene. Por todo.
Interesante. Esperaba que Ana llegara hasta nosotros, que se lanzara a los brazos de Milene, se abrazaran o cualquier cosa parecida. Pero, en cambio, levanto una ceja cuando Ana camina directamente al lado de Marco, quien le pone posesivamente una mano en la cintura.
—¿Qué… qué está pasando aquí? —El tono de mi mujer no deja cabida a la duda. Está a punto de explotar en la impaciencia.
Ana abre la boca, pero Marco se adelanta a cualquier cosa que esté por decir.
—Yo me haré cargo desde aquí, ma tigresse. —Bueno, esto sí que es raro—. Ana ha decidido quedarse en la mansión, bajo mi protección.
—¿Qué? ¿Por qué? —Milene da un paso más cerca de ellos, pero no la dejo avanzar más.
Yo no me pondría en el lado malo de este hombre, y menos en su propio territorio, así que no voy a dejar que Milene lo haga.
No como parece que Ana ya lo hizo. Sacudo la cabeza.
Esto es o muy bueno o muy malo, y no planeo quedarme a averiguarlo—.
Ana —insiste Milene—, ¿es eso cierto? ¿Quieres quedarte con Marco?
Si te está obligando, solo dilo. Te juro que…
—Milene. —Solo eso digo, pero el tono es suficiente para que entienda que no puede ir más allá. Mi mujer suspira.
Miro cómo Marco encaja sus dedos en la seda del vestido que Ana está usando. No sé lo que ha pasado, pero una vez más me digo que no dejaré que Milene se meta.
—Estoy segura, Milene. El señor Marco solo ha sido bueno conmigo y todo fue un malentendido; nunca me pasó nada y le aseguro que estoy bien. —Milene no le cree—. Además, usted ha recuperado a su marido. Ya no me necesita. Y me gustaría empezar a tomar mis propias decisiones.
Ana supo dar en el clavo. Milene no va a replicar eso. Una serie de suspiros vienen en ambas direcciones cuando mi mujer por fin asiente.
—Ana ha estado a mi lado por mucho tiempo. Nunca fue solo una empleada para mí; fue mi amiga, mi fuerza y mi motivación en muchas de las veces que yo quise abandonarlo todo. Espero que sepas valorar eso, Marco.
La mandíbula de Marco se tensa y asiente, casi imperceptible, pero lo hace.
—Y Ana…
—¿Sí?
—Tienes mi número. No importa cuándo, si me necesitas, búscame.
Eso último se gana una mirada fulminante de Marco acompañada de un gruñido, el cual yo correspondo. No creo que a Milene le importe, pero yo estoy listo para sacarla de aquí.
—Si no hay nada más que hacer, me gustaría llevarme a mi mujer ahora mismo .
Marco asiente.
—Son bienvenidos a regresar cuando gusten.
Sí, eso no pasará si puedo evitarlo.
—Adiós, Milene —dice Ana y no logro identificar si hay nostalgia o resignación en su tono de voz.
—Adiós, Ana. Cuídate, por favor.
Las mujeres se despiden y por fin salimos de ese lugar.
Una vez fuera de la mansión de marco, rodeo la cintura de mi mujer y la pego a mi costado. La siento suspirar así que intervengo.
—No te preocupes, estoy seguro de que Ana sabrá ganarse su lugar.
—No tengo dudas.
Manejamos por la ciudad por casi media hora y Milene ha estado perdida en sus pensamientos.
Algo me dice que necesita este tiempo y se lo voy a dar.
Paso por nuestro restaurante de hamburguesas favorito y nos pido algo por el autoservicio.
Una vez que tengo las compras conmigo, Milene decide que es el momento indicado para cambiar mi mundo.
—Quiero ir a casa —suelta de pronto y con su mirada clavada en la mía. Asiento, porque es verdad cuando dije que haré todo lo que ella pida.
—Muy bien; ¿tu departamento o el mío?
—No, Diego. Quiero ir a casa.