42 DIEGO
El idiota llega antes de que pueda tener otro momento a solas con mi mujer. No quiero parecer un inconsciente sin corazón; lo que le pasó a Ana no se lo deseo a nadie, por más molesta que sea.
Dejo que Milene se encargue, pero no me separo de ella; si hablo, sé que echaré a perder la oportunidad de que Marco ayude a encontrarla.
Así que me limito a imaginar una y mil maneras de tortura con su cara.
Cada vez que lo miro, también pienso en lo que le haré a Santino una vez que me encuentre con él; pagará muy caro por hacer que este hombre apareciera en primer lugar.
—Sé quién se la llevó —declara Marco una vez que mira las cámaras de seguridad del edificio.
Empieza a mandar mensajes en su celular hasta que Milene se impacienta.
—Si dices que los conoces… entonces podrás rescatarla, ¿verdad?
Entiendo la preocupación de Milene, pero también entiendo la expresión de mandíbula tensa que tiene Marco. Levanta la vista de su teléfono, mira a Milene y después a mí.
—Hablemos en otra parte —pide. Saca un fajo de billetes y le da unos cuantos al encargado del edificio—. Borra esas imágenes y no se te ocurra llamar a la policía, yo me haré cargo desde aquí.
El encargado, que no se había atrevido a levantar la cabeza desde que Marco entró, asiente frenéticamente. Salimos del cuarto de vigilancia y caminamos a un pasillo desocupado.
—¿Qué pasa, Marco? —pregunta Milene, acercándose a él, pero antes de que lo haga, la rodeo con mi mano por la cintura para acercarla a mi costado.
Milene resopla—. ¿Marco? ¿Por qué pediste que borraran las imágenes de seguridad?
¿Qué es lo que pasa? ¿Quién era esa persona?
—insiste cuando mira que Marco está perdido en sus pensamientos.
Marco se lleva las manos a los bolsillos; podrá parecer despreocupado, pero yo sé bien lo que esconde detrás de esa postura. Está nervioso, y eso me hace preguntarme si de verdad estamos seguros aquí.
—La persona que se llevó a tu amiga es un empleado de… de mi hermano. Noel. —Con solo decir ese nombre, Marco tensa aún más su mandíbula. La escucho crujir desde donde estoy parado, a un metro y medio de distancia.
—¿Qué? ¿Has dicho tu hermano? ¿Y por qué haría algo como eso? —La voz de Milene cada vez suena más impaciente. La entiendo; en estos casos cada minuto cuenta.
—Creo que, en realidad, iba por ti —confiesa el muy imbécil, y veo rojo.
Eso es todo. Doy un paso hacia el frente y dejo a Milene detrás de mi espalda.
—¿Qué es lo que acabas de decir, imbécil?
Alcanzo el cuello de su camisa, pero el muy idiota hace algo para que mi mano resbale y, antes de que pueda decir o hacer algo, él lo hace.
—Cuida cómo te diriges a mí, Diego. La otra noche conociste mi lado gentil y amigable, pero estás loco si crees que voy a permitir que me faltes al respeto.
Soy el dueño de toda la maldita ciudad y toda la ciudad con todas sus personas me pertenece.
Nadie en su sano juicio tendría los suficientes huevos para hacer algo en mi contra.
Es obvio que lo he molestado. Ojalá pudiera controlar mi lengua; no lo hago.
—Con la excepción de Noel, parece.
Milene jadea detrás de mí, pero no voy a dejar que salga de ahí, a pesar de que tengo que ejercer más fuerza para contenerla donde está.
—Dije que nadie en su sano juicio. Es obvio que Noel tiene un deseo de muerte. Como tú. —Su voz suena más gruesa ahora.
—Basta, los dos. Por favor. Sé que quieren golpearse el pecho y ver quién tiene más testosterona, pero en este momento necesitamos actuar.
Milene tiene razón; ya tendré tiempo de castigarla por hablarme así más tarde. Miro por encima de mi hombro y le digo lo que estoy pensando con la mirada. Lo entiende, ya que se sonroja. Sacude la cabeza, sale de su agarre y se para entre Marco y yo.
—¿Por qué tu hermano me estaría buscando? ¿Quién le habló de mí? —pregunta Milene, y me sorprende que tenga tanto control de ella misma en esta situación. No, en realidad no me sorprende.
Marco por fin saca sus manos de sus bolsillos y se las lleva a la cara.
—Mi hermano Noel estaba escuchando a escondidas cuando tu hermano me contactó.
Noel no es del todo normal. —Eso es otra forma de decir que está loco—, te aseguro que no tiene malas intenciones, pero es terco y, al crecer en la mafia, cree que puede tener todo lo que le plazca.
Así sea algo con lo que nosotros no comulguemos, como lo es el tráfico de carne o el secuestro, como lo acabamos de ver ahí.
—Señala la puerta del cuarto de seguridad por la que salimos.
De repente, entiendo menos que antes .
—Honestamente, no entiendo nada —Milene dice lo que yo me callo.
—Yo lo arreglaré —dice por fin, y no da más explicación de lo que quiso decir antes—. Sé exactamente dónde encontrarla. Estoy seguro de que está a salvo. Puedes volver a casa; yo me comunicaré más tarde.
—¿Estás seguro? Tal vez podamos ayudar…
—De ninguna manera te voy a dejar acercarte a un lunático. —Las palabras salen de mi boca en forma de gruñido antes de que se le ocurra ir detrás de Marco—. Y menos en tu estado.
—¿Cuál estado? Estoy perfectamente bien, Diego.
Debí saber que Milene sería la causa de mi muerte.
—¿Qué te parece el estado de llevar a mi hijo en tu vientre? ¿No te parece suficiente estrés ya el que hemos vivido los últimos meses?
Mi mujer me mira con los ojos entrecerrados; esta discusión no la va a ganar.
—No te preocupes, Milene. —Ese maldito sigue diciendo el nombre de mi mujer como si fuera lo más delicioso que ha salido de su boca—. Hazle caso a tu exmarido.
—Prometido. —Lo corrijo con la mandíbula apretada. Ya me estoy cansando. El solo pensar que me puedo quedar a vivir aquí y que voy a tener que tolerar a este idiota como dueño de la jodida París… uhg, me da urticaria.
—Vaya. —Levanta la ceja—. Son rápidos. —Entrecierra sus ojos y sonríe cuando mira en dirección de las manos de Milene—. Bonito anillo.
Esta vez Milene jadea y yo doy un paso dispuesto a demostrarle a ese imbécil que conmigo no se juega, pero él levanta las manos en modo de rendición y se da la vuelta antes de otra cosa.
—Pedazo de …
La mano de Milene cae en mi brazo; se siente pesada. Dejo de ver cómo Marco desaparece por la puerta del edificio cuando escucho su voz débil.
—Amor… necesito…
Milene empieza, pero no termina porque sus ojos se ponen en blanco al mismo tiempo que sus piernas pierden el equilibrio. Maldita sea. Nos saltamos la hora de cenar.
Tomo a la mujer que es todo mi mundo en mis brazos y entro al elevador para llevarla a su departamento; su nevera está más preparada que la mía, eso es seguro.
Entro y la llevo directamente a su habitación y a su cama. Respira tranquilamente cuando la acuesto en ella.
—Volveré enseguida —prometo, antes de depositar un beso en su frente y acariciar a nuestro hijo.
Regreso a la cocina y reviso si tiene los ingredientes para una buena sopa de verduras con pollo; me pongo manos a la obra. La sopa está casi lista cuando escucho la puerta de la habitación de Milene y después la miro entrar en la cocina.
—Me quedé dormida —susurra con voz somnolienta.
—Este día fue un torbellino. Olvidamos cenar —le digo, dando la vuelta para ayudarla a sentarse en una silla alta en la barra de la cocina.
—Veo que te hiciste cargo. —Sonríe—. Podría acostumbrarme.
—Será mejor que lo hagas, bebé. —Suspira y me sonríe de nuevo, pero no llega a sus ojos. Noto que saca de su bolsillo su celular.
—Marco no ha llamado —menciona cuando empiezo a servir dos platos de sopa.
—Aún es pronto, bebé. Si todo lo que dice es verdad y realmente tiene el control de la ciudad, la encontrará.
—Sé que sí. Solo espero que no sea un trauma para ella. —Puedo entender su bondad, así como también la fuerza que tiene. Una fuerza y una capacidad que no son para quedarse sentada y observar cómo alguien más dirige las cosas. Me siento frente a ella y con los ojos le digo que empiece a comer.
—Qué mandón. —Se queja, conteniendo una sonrisa en sus labios. Después come la primera cucharada y sus quejas pasan a ser gemidos de absoluto placer.
Sí, eso me hace recordar que tengo un castigo pendiente para ella.
MILENE
Me termino dos platos completos de la sopa más deliciosa que he probado jamás.
—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —le pregunto a Diego cuando no me deja ni recoger los platos y él mismo los lleva al lavavajillas.
—En algo tenía que invertir mi tiempo si no quería espiarte las veinticuatro horas del día en las últimas semanas.
—Ah. Y yo creí que esos músculos nuevos fueron el resultado de ese tiempo en el que no dabas señales de vida. —Me burlo.
—También lo son —dice, enderezando su espalda y dejándome ver el nuevo cuerpo que tensa la camisa de vestir que está usando.
Camina lentamente hasta ponerse delante de mí y yo instintivamente le rodeo el cuello con los brazos .
—Me gusta. Y mucho —susurro en su boca cuando también lo rodeo con mis piernas al nivel de la cintura.
—Espero que te siga gustando cuando deje tu trasero en carne viva.
Abro mucho los ojos.
—Por… ¿Por qué harías algo así? —le pregunto con pánico en mi voz, pero con una sensación gestándose en el centro de mi estómago.
—¿Por qué no haces un poco de memoria, Milene? —dice mi nombre cantadito, como Marco lo dice.
Entonces me muerdo los labios y recuerdo cuando me miró por encima del hombro con muchas promesas en sus ojos. Promesas de cosas sucias. No debería excitarme porque me amenace con azotarme, pero… Dios, lo hago.
—¿Qué está pasando por tu mente, bebé? —Me acaricia la cara, llevando un mechón de cabello detrás de mi oreja.
Después se inclina para hablar en mi oído—: ¿Por qué parece que te estás imaginando todo lo que te quiero hacer como castigo?
Y peor aún, ¿por qué parece que lo disfrutas?
—Termina la última frase con su lengua lamiendo mi oreja.
Gimo mientras la piel de todo mi cuerpo se me pone de gallina.
—¿Milene? Te excita la idea de que azote ese trasero redondo y jugoso. —No puedo responder, ni aunque mi vida dependiera de ello.
—¿Y qué dirías si te digo que quiero tomar tu trasero? para que seas completamente mía.
—Aahh. —Inspiro y no sé qué sale de mi boca, pero creo que Diego lo toma como un gesto de aprobación porque me levanta de la silla, me lleva directamente a la habitación y me deja caer en la cama .
Pasa un borrón de tiempo en un parpadeo; cuando me doy cuenta, ya estoy contando cada uno de los azotes que Diego me está dando.
—Tres —jadeo, con otro chorro de humedad corriendo por mi entrepierna.
—Maldito infierno, Milene, estás empapada.
Azote. Estoy en cuatro y cada uno de sus azotes me ha llevado a niveles más altos de necesidad.
—Cuatro. —Azote. Me tiemblan las piernas y caigo hacia delante en el colchón.
Diego me coloca justo como me quiere y soba mis mejillas que arden con el dolor más placentero que he experimentado nunca. Recoge toda la excitación y la lleva a mi puerta trasera.
—¡Dios! —La sensación me hace saltar. Diego se ríe y me regresa a la posición anterior.
—Todavía no entro y ya estás invocando a Dios. —Esa boca. No sé qué es lo que me excita más; creo que todo lo que tiene que ver con él, lo hace.
—Voy a tomar tu trasero para que no te quede duda de a quién perteneces y con quién es el único que permanecerás por el resto de tu vida.
—Ojalá pudiera replicar, pero honestamente no quiero—.
Ah, y que no quede duda de que, cuando digo que no puedes poner a nuestro hijo o tu propia vida en riesgo, lo digo en serio.
Escucho a medias la mayoría de sus palabras porque sus manos están jugando con mi entrada trasera, convirtiendo sus amenazas en una necesidad insaciable dentro de mí.
—Diego, por favor, no puedo. —Empujo mi trasero hacia atrás y le doy la bienvenida a otros dos azotes, uno en cada mejilla. Chillo con más y más humedad saliendo de mi cuerpo.
—Tan necesitada.
—S… sí —ja deo.
—¿Me quieres aquí? —Diego me está torturando; no sabía que se podía sentir así de bien.
—Sí, por favor, te deseo tanto.
—Dime de quién eres —suplica con su voz ronca cuando escucho cómo se deshace de su ropa. Por supuesto, yo hace tiempo que estoy completamente desnuda, completamente expuesta para él.
—Soy tuya, nací para ti, solo para ti, Diego. Úsame, tómame. Soy tuya. —Le doy lo que quiere y lo que yo también quiero. De verdad lo creo; nací para ser de él. Y él nació para ser mío. Nos pertenecemos el uno al otro y a nadie más.
—Vas a gritar mi nombre, ¿verdad?
—Sí, por favor —suplico, empujando de nuevo mi trasero para que sus dedos entren más profundo dentro de mí.
—Y lo vas a disfrutar.
No es una pregunta, pero aun así respondo con un sí cuando saca sus dedos y la necesidad que siento es reemplazada por la punta de su dureza. Se está abriendo camino por mi entrada mientras sus manos me sostienen por la cadera.
Mis manos están estirando la sábana y creo que la tela cruje entre mis dedos. Siento su miembro duro y grueso por todas partes. ¡Dios! se me ponen los ojos en blanco.
—Respira —me ordena—. No voy a dejar que te desmayes. No antes de que te corras con mi pene enterrado en lo más profundo de tu trasero.
Respiro; no sabía que estaba conteniendo el aire hasta que Diego me exigió que lo hiciera.
Jadeo por aire al mismo tiempo que un grito gutural sale de mi pecho cuando siento las bolas de mi hombre chocar con mi entrada. Eso quiere decir que está hasta el fondo de mí.
Es una sensación extracorpórea; me siento fuera de mi cuerpo, pero al mismo tiempo conectada como nunca antes con el hombre que amo.
Para siempre. Se desliza fuera casi por completo y, cuando vuelve a embestir, grito su nombre una y otra vez hasta que cumple su palabra.
Mi orgasmo es tan fuerte que, cuando creía que no podía desmayarme de placer, Diego me demuestra que con él todo es posible.
Ahora solo tengo que decirle que perdí los anillos que él compró para mí, y esperar porque el castigo por eso sea tan alucinante como el que acaba de darme.