En Esta Vida No 41 MILENE
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41 MILENE

Claro que no era necesario que lo montara en el auto para que yo le dijera que sí a casarme con él.

Que me lo pidiera por primera vez y no por un acuerdo de conveniencia es todo lo que no sabía que necesitaba.

Pero mucho tuvieron que ver las hormonas en esta etapa del embarazo, que me hicieron ser valiente para tener el sexo más alucinante de dos minutos de toda mi vida.

—Sí, sí, sí y mil veces sí.

En cuanto digo las palabras, algo pesado se instala en mi pecho. No se lo he dicho y él no ha preguntado, pero hace tiempo que no tengo mis anillos y… No tengo tiempo para pensar en lo que eso me duele.

Diego me abraza con todas sus fuerzas, me dice cuánto me ama y le creo. Después me ayuda a regresar a mi asiento para volver a casa. ¿Pero cuál es nuestra casa ahora? Al parecer, mi departamento lo será. Al menos por hoy.

Llegamos al estacionamiento y todo se siente bien. Esta noche le diré que perdí mis anillos; tal vez se moleste, pero confío en que podamos buscar unos nuevos pronto. Rodea su auto y abre mi puerta.

Me doy cuenta de que cada vez que me paro o camino me mira con ojos orgullosos, y yo no sabía que me gustaba hacerlo sentir orgulloso de mí hasta ahora. Subimos abrazados por el elevador y noto que se tensa un poco cuando nos acercamos a mi puerta.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—No es nada. —Sonríe, pero un tic en su mandíbula no desaparece.

—Por favor, si es algo que yo dije o…

Me toma de las mejillas y se asegura de que lo mire directamente a sus pozos azules, como si no hiciera exactamente eso todo el tiempo.

—Nunca pienses que es por ti, nada de lo que hagas podrá molestarme. Nunca.

—¿Estás seguro?

—Sí. Y si de verdad quieres saberlo… —Suspira—.

Lo siento, pero. —Señala a la puerta—. Es Ana.

No me gusta su actitud. Desde el día del divorcio ya no es de mi total agrado.

Ha hecho cosas que, si reflejan lo que es verdaderamente por dentro, no me gustaría tenerla cerca.

Y lo siento, sé que es tu amiga y ha trabajado para ti por mucho tiempo, más de lo que yo he estado en tu vida, pero…

Me pongo de puntillas y lo beso. Rápido lo profundiza, metiendo su lengua en mi boca y tomando el control, como si nunca tuviera suficiente de mí. Me separo y pongo mis manos en sus mejillas.

—Lo sé. Y tal vez tengas razón; no es igual a cuando estábamos en Chicago.

Siempre ha sido recia, eso sí, y creo que por eso me gustó al principio.

—Me encojo de hombros—. Hablaré con ella.

Tal vez podamos llegar a un acuerdo o tal vez ella pueda hacer su vida aquí si eso quiere, encontrar un buen trabajo, un departamento, no lo sé.

—Lo resolveremos —me asegura—. Ahora, ¿por qué no me muestras tu habitación? —Se muerde el labio seductoramente.

—No es como si nunca hubieras estado ahí. —Me burlo y golpeo su hombro.

—No contigo despierta —gruñe en mi oreja—. Y no sabes todas las cosas que tenía ganas de hacerte .

Sí, definitivamente tendré que hablar con Ana. Lo tomo de la mano y abro la puerta de mi departamento. En cuanto entramos, algo se siente diferente. Me aclaro la garganta.

—¿Ana? Hemos regresado.

No hay respuesta. El departamento está más silencioso que una tumba.

—Espera aquí —me pide Diego. Me rodea y pasa delante de mí con una mano en el arma que tiene en la cinturilla detrás de la espalda.

—No creo que sea necesa… —intento decir, pero Diego se lleva un dedo a los labios para hacer la señal internacional de «por favor guarda silencio».

Le hago caso. Verlo con el ceño fruncido, con el cuerpo que ha conseguido estas últimas semanas y listo para defendernos…

en serio me hace algo. Me excita demasiado.

Me muerdo el labio y cruzo una pierna delante de la otra mientras lo veo revisar cada rincón del departamento.

Cuando regresa con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, me sacudo la excitación del cuerpo; parece que no es el momento para esto.

—No está —dice muy serio.

—¿Quién?

—Ana.

—Aah sí, Ana, —Cierro los ojos intentando recordar si teníamos pendiente las compras o alguna salida.

No es como que no pueda salir sola, solo se me hace extraño; siempre está aquí—.

La llamaré —digo, y cuando ya estoy marcando su número, me manda al correo de voz de inmediato—. Me manda al buzón de voz.

Diego sigue alerta.

—¿Es normal que se vaya durante el día?

Niego con la cabeza .

—Pediré que me muestren las cámaras de seguridad.

—Abro la boca para replicar, pero Diego enmarca mi cara con ambas manos—.

No estoy exagerando. No voy a arriesgarte ni a ti ni a nuestro hijo.

Puede ser nada, pero también puede ser algo.

Sé que te has valido por ti misma desde hace mucho tiempo y, aunque sé que puedes hacer esto tú sola, ya no estás sola.

Ahora estoy contigo, a tu lado, y lo que sea que quieras te lo daré. Porque quiero y porque puedo.

Esa voz, ¡Dios! Y esa intensidad, esa seguridad en sí mismo que llegué a amar me calienta el corazón. Verlo en su elemento alimenta una parte de mí que no sabía que necesitaba ser alimentada.

—Está bien, amor, lo haremos juntos.

[***]

Dos horas después y tras ver por las cámaras de seguridad cómo Ana caminaba por la acera antes de que alguien se la llevara por la fuerza y la metiera en una camioneta… me siento completamente agotada. Y culpable, porque yo la traje aquí en primer lugar.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunto con las manos en la cara, dejándome caer en el sofá de mi sala de estar.

—No lo sé. No sé a quién llamar, no tengo contactos aquí. Puedo intentar con Óscar, pero… —dice, sentándose a un lado de mí.

Su mano está a punto de llegar a mi espalda cuando me levanto de golpe y corro hasta mi bolso.

—Tengo una idea.

Ya estoy marcando el número cuando Diego llega a mi lado. El teléfono suena dos veces y, antes de la tercera, escucho esa voz ahora un poco familiar.

—Hola, Milene. ¿Tan pronto me necesitas de nuevo ?

La voz seductora de Marco me hace preguntarme si hice lo correcto en llamarlo, pero no tengo más opción.

—¿A quién estás llamando, bebé? —Diego me pregunta y Marco lo escucha del otro lado del teléfono; su risa es burlona.

—¿Supongo que no estás llamando para que me una a ustedes, o sí? Estoy abierto a muchas cosas, pero…

Cierro los ojos. Necesito concentrarme, y el sonrojo en mis mejillas no me deja pensar.

—No —grito—. Lo siento, Marco, pero necesito tu ayuda.

—¿Estás llamando a ese imbécil? —Diego me toma del brazo para que lo vea y su ceño está más fruncido que nunca.

Subo una mano a su mejilla y se tranquiliza un poco con mi toque, aunque no es suficiente.

—Lo siento, amor, él es el único que puede ayudarme.

Sé cómo suena eso, y la risa del otro lado del teléfono me dice que Marco también está pensando mal. Suspiro y me concentro.

—Marco, han secuestrado a una chica que traje de Chicago conmigo. La levantaron en la acera de nuestro edificio. Por favor, dime que puedes encontrarla.

—Mierda —Escucho del otro lado, junto con el sonido de un portazo—. Voy para allá. Necesitaré las grabaciones de las cámaras de vigilancia.

—Cuenta con eso. Te espero. —Voy a colgar, pero Diego ruge detrás de mí y me corrijo—: Te esperamos.

Termino la llamada y me preparo para lo que Diego tenga para decir. Puede que él no tolere a Ana, pero no voy a quedarme con los brazos cruzados cuando puedo recurrir a la persona que gobierna esta ciudad .

DIEGO

Le está llamando a ese idiota, el tal Marco de la otra noche. Dijo que esa fue la primera vez que lo miró, ¿pero tiene su número de teléfono guardado? La miro colgar la llamada y se gira para verme con ojos avergonzados.

—Lo siento, pero Marco es…

—Ya lo dijiste, el único que te puede ayudar. —No quiero sonar como sueno. Y sé que dije que ella nunca podría hacerme enojar… un par de horas y ya estoy fallando.

Maldita sea. No quiero decir más cosas de las que pueda arrepentirme, así que mejor me doy la vuelta y camino a la cocina. Necesito beber cualquier cosa; alcohol, de preferencia.

Escucho pasos detrás de mí. Debí saber que Milene no lo iba a dejar pasar.

—Diego, lo siento, sé que parece que no confío en ti, pero te juro que no es así. Marco es el dueño de todo París, él tiene los contactos y podrá encontrar a Ana antes de… lo que sea que quieran hacer con ella. —Con cada palabra, su voz suena más y más vulnerable.

Mierda, tiene razón, pero aun así me molesta. Y mucho. Me molesta no tener el poder, ser vulnerable y no estar en una ciudad que al menos pueda respaldarme. Pongo mis manos en la encimera de la cocina. Mis nudillos están blancos por la fuerza. Mierda, sé que Milene es mía y que es incapaz de…

Siento unas manos tibias rodear mi espalda y juntarse en mi estómago.

—Háblame —me pide, y sacudo la cabeza—. Diego, te amo.

Solo a ti. No sé lo que pasa por tu mente, pero nunca, incluso si nunca hubieras venido por mí, nunca hubiera buscado estar con otra persona.

Tenía a mi hijo, que era una parte de ti para conservar para toda la vida, y nunca sería capaz de fallarle al amor que tengo por ti.

Los músculos de mi espalda se relajan un poco. Creo cada una de sus palabras, pero el sentirme impotente en un lugar que no es mío, donde no soy nadie y donde exista alguien más que pueda solucionar cada problema de mi mujer antes de que yo pueda intentarlo, me vuelve loco.

—Diego.

—Mmm.

—Date la vuelta, por favor. —Ya no me está abrazando. Su piel caliente ya no está rodeando mi cintura.

Me doy la vuelta, pero no abro los ojos. No quiero que mire lo que hay dentro de mí en estos momentos.

—Sabes, puedo entender un poco de cómo te hice sentir y, aparte de prometer que lo haré mejor en el futuro, justo ahora voy a hacerte sentir bien para compensar mi error.

—Qué estás…

Abro los ojos de golpe cuando siento sus manos desabrochar mi cinturón. Pero no la miro frente a mí, y eso es porque está arrodillada con los ojos llenos de lujuria, desabrochando mi pantalón y mordiéndose el labio como toda una putita necesitada.

—Mierda, Milene. No tienes que… ¡ahh! —Me quedo sin poder formar palabras coherentes cuando su boca toma la mitad de mi pene semiduro, haciendo algo con su lengua que me lo engrosa por segundos.

Quiero castigarla, quiero profanarle la garganta y que se trague toda mi semilla. Dios, me cuesta tanto contenerme. Apenas lo hago. Milene me mira con sus ojos entrecerrados, nublados de deseo.

Maldita sea, ¿lo está disfrutando? Abanica sus pestañas cuando la lleva más adentro y, mierda, esa boca. Sus ojos se llenan de lágrimas y nunca se había visto más hermosa; y es toda mía .

—Milene. Justo hoy no tengo autocontrol. Por favor, si no quieres… oh, mierda.

Toco el fondo de su garganta y me toma casi por completo.

Eso es todo. La tomo de la cabeza con ambas manos y le profano esa boquita.

Mi mujer gime, maldita sea, gime. Me deja tomarla como yo quiera y ella está tan excitada que baja una de sus manos para tocar su sexo.

Vaya, si eso no es lo más caliente que he visto hasta ahora.

Pone los ojos en blanco y me salgo de ella.

Un hilo de saliva cae desde sus labios; ella pasa su lengua y me sonríe con lágrimas mojando toda su cara.

—¿Por qué te detienes? —Me reclama, jadeando.

—Mierda, bebé, lo estás haciendo muy bien, pero…

—Pero nada. Ahora dame lo que quiero, y no te contengas más, Diego. Lo quiero todo de ti. Dame todo lo que tengas.

No sé qué hice para merecerla, pero me la voy a quedar de todas formas. Entonces le doy todo de mí… Enredo mi puño en el cabello de su nuca y recorro con la punta de mi pene goteante sus hermosos labios.

—Abre —le ordeno, y lo hace feliz. Su mano llega al interior de su ropa interior—. Vas a cogerte con los dedos mientras yo te cojo esta boquita.

—Ajá —tararea, retorciéndose en el suelo.

Entonces la tomo. De una sola estocada, entro en su boca y su garganta.

Está tan caliente y mojada que no creo poder soportar mucho más.

Su cuerpo tiembla con sus dedos dentro de ella y sé que es el momento de darlo todo.

La sostengo con ambas manos, una a cada lado de su cabeza, y muevo mis caderas llegando al fondo una y otra vez, como un adicto al que por fin le dan algo de droga.

Sin darle espacio para que pueda respirar, me vengo dentro de su boca al mismo tiempo que ella tiene un orgasmo con los dedos en lo más profundo de su cuerpo. Maldita mierda.

No.

Maldito cielo.

Se traga todo como mi buena chica, y salgo de ella antes de que se desmaye por la falta de aire.

Jadea, cansada; pierde toda la fuerza, así que soy yo quien la levanta y la lleva hasta su habitación, al cuarto de baño.

—Maldita sea, bebé, dime que estás bien —le ruego después de sentarla en la encimera del lavabo. Quito el cabello mojado de su rostro y pego mi frente a la suya—. Perdóname, sé que fue demasiado. No volverá a pasar.

Milene se pone rígida por mis palabras.

—¿De… de qué estás hablando, Diego? ¿Qué no ves cuánto lo he disfrutado?

—Sí que lo veo, pero…

—Pero nada. —Toma mi boca metiendo su lengua. Siento mi sabor salado en su boca y me pongo duro de nuevo. Nunca voy a tener suficiente de ella.

No en esta vida.