En Esta Vida No 40 DIEGO
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40 DIEGO

Despierto en mi cama, solo. No sé qué hora es; después de todo, pasé haciéndole el amor a Milene toda la noche hasta que ambos quedamos tan agotados que el solo respirar nos dejaba muertos.

Me levanto y no escucho ruido en el cuarto de baño ni tampoco en la cocina. No se habrá arrepentido, ¿verdad? Ella sabe dónde he estado todo este tiempo, no es como si quisiera huir de mí.

Sí, también sé que aún hay cosas que tenemos que resolver, pero el no encontrarla en mi cama es un shock de realidad que me recuerda que aún queda mucho camino por recorrer.

Con el alma dividida entre la felicidad y el miedo, entro a la ducha.

Me quedo debajo del chorro con los ojos cerrados, sintiendo en cada parte del cuerpo cómo fue recuperarla después de tanto tiempo.

«Por favor» , esa súplica saliendo de sus labios fue todo lo que necesité.

Le rodeé el cabello de la nuca con mi puño y estrellé mi boca con la suya.

Sus manos recorrieron mi pecho hasta rodear mi cuello y subir hasta los mechones de mi cabello, mucho más largos de lo que ella estaba acostumbrada a ver.

Gemí en su boca cuando tiró de mi cabello; la corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo y el gruñido que salió después de eso hizo que Milene se derritiera en mi cuerpo. Nos arrancamos la ropa y caímos en la cama sin dejar de besarnos .

Sacudo el recuerdo porque tengo que encontrarla; no dejaré que la historia se vuelva a repetir.

Termino la ducha y me visto con algo casual; en poco tiempo me había acostumbrado a dejar los trajes de tres piezas atrás y, aunque anoche usé uno que me hizo sentir la misma euforia que me provocaba pertenecer a ese mundo, no voy a negar que esta otra cara de mí también me gusta mucho.

Salgo de mi departamento y solo cruzo la calle para entrar al edificio de Milene.

No lo hago desde hace tanto que temo que la tarjeta se hubiera vencido; no fue así.

Subo por el elevador hasta el último piso, solo que esta vez, en vez de salir por la puerta hacia la azotea, camino hasta la puerta del departamento de Milene.

Me tomo un respiro antes de tocar el timbre y no pasa mucho cuando unos pasos apurados se escuchan del otro lado de la puerta. Espero encontrar a Milene, pero me recibe una ceja enarcada más oscura y una figura más pequeña que la suya: la maldita Ana. Casi me olvido de que ella también está aquí.

—¿Quién es? —pregunta la voz de Milene desde algún lugar dentro.

Voy a responder que soy yo cuando Ana se me adelanta y dice:

—Es su exesposo.

Maldita perra. No sé qué tiene en contra de mí, pero estoy seguro de que su recordatorio fue intencional.

La fulmino con la mirada cuando me obligo a dejarlo porque Milene aparece en la puerta, ruborizada.

Se muerde el labio inferior y, Dios, no me canso de verla de pie en toda su altura, con tanta fuerza.

Parece que ha pasado toda una vida desde que nos casamos.

—No estabas en mi cama cuando desperté —suelto sin importarme quien pueda oírme.

Milene abre la boca; no esperaba que dijera eso, es obvio porque se gira y le hace señas a Ana para que desaparezca. Bien. Después, da un paso fuera de su departamento y cierra la puerta detrás de ella. Levanto la ceja. ¿Me está ocultando algo? ¿No quiere que entre a su departamento?

—Lo siento, no quería molestarte. Estabas dormido como una roca que… bueno. Lamento si te molestó.

Está nerviosa y, honestamente, no entiendo por qué.

—¿Está todo bien? ¿Te arrepientes de lo que hicimos? Sé que aún nos faltan muchas cosas por resolver, pero… —Mis palabras empiezan a ganar velocidad cuando los dedos de Milene me callan.

—Nunca —dice, y suelto todo el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Es solo que, bueno… quería cambiarme de ropa y, —Baja su mano hasta su vientre—, este bebé quería algo para desayunar.

Sonrío, un poco melancólico. Me arrepiento de no haber insistido y casi haberlo dejado; si lo que estuve a punto de hacer es muestra de mi desempeño como futuro padre… tengo mucho en qué trabajar.

—Me hubiera gustado que me despertaras, pude haber cocinado algo para ti —le digo, llevando mi mano a su vientre. Es increíble lo mucho que ha cambiado en las últimas semanas; anoche me aseguré de no aplastarla cuando la tomé en todas las posiciones posibles.

—Lo hubiera hecho si tuvieras en tu nevera lo que este bebé estaba pidiendo —suelta una risa hermosa y luego niega con la cabeza. Una parte de mí está feliz, pero la otra siempre se lamentará de haber perdido esas semanas—. Pero…

—¿Qué?

—Ahora que estás aquí, ¿tal vez quieras ir conmigo al médico? —Termina como una pregunta, como si no supiera cómo debemos comportarnos ahora que… bueno… ¿hemos vuelto? En realidad, no hemos dicho mucho .

—¿Te sientes mal? —Soy un idiota—. ¿Te lastimé? Fui demasiado… —Mis rodillas casi se doblan; no me voy a perdonar por no haber tenido cuidado con ella.

Dios. Me llevo las manos a la cara; lo hicimos toda la noche y no siempre fui tierno. Por Dios, me quiero meter un tiro.

Milene debe notar lo que estoy pensando porque se apresura a tomar mi mejilla y pega sus labios con los míos.

—No fuiste más que perfecto, Diego. Estoy más que bien, lo prometo.

—¿Entonces qué es lo que pasa? —Me apresuro a tomar su rostro; necesito ver la verdad en sus ojos.

—Hace dos semanas tenía mi cita de rutina con el obstetra, pero dejó de contestar mis llamadas y recibí un correo diciendo que por su apretada agenda no podría atenderme más. —Se cruza de brazos—. Estoy buscando uno nuevo.

—Aah. Oh. Entiendo. —Bajo mi vista al suelo y meto las manos en los bolsillos de mi pantalón. Me había olvidado de esa parte—. Entonces parece que pasaremos el día juntos buscando una nueva obstetra.

No ignoro su mirada al decirle que ahora tendremos que buscar a una mujer como su nueva obstetra.

—Diego…

—¿Sí, bebé?

—¿Qué fue lo que hiciste? —Se cruza de brazos por encima de su hermosa pancita. Es adorable. ¿Debería decirle la verdad? Pongo los ojos en blanco.

—¿Quieres la verdad? —pregunto inocentemente.

—Toda la verdad —me exige.

—Por qué no bajamos por mi auto; te contaré todo de camino —le prometo con un beso en la nariz .

Suspira y niega con la cabeza; después asiente y regresamos al elevador. Le cuento todo, cómo estuve en esa última consulta cuando se enteró de que nuestro hijo es un niño. Ella me asegura que me sintió ese día del ultrasonido, ese día cuando después llamó a su hermano y todo se fue al infierno.

Le doy la información que tenía del doctor y las razones por las que lo hice; no me arrepiento y le digo que lo volvería a hacer si pudiera.

Después de una breve investigación en internet, por fin encontramos a una obstetra en las afueras de la ciudad, muy reconocida y con la agenda disponible para nosotros.

Después de las preguntas de rutina, nos pasa al salón donde ocurre toda la magia y, treinta minutos después, salimos con muchas copias impresas del cuerpo perfecto de nuestro pequeño.

Esa nariz redonda y esos labios que todo el tiempo están chupando su pulgar… es tan emocionante. Escuchar su corazón latir con tanta fuerza hace que mi propio corazón lata de felicidad; ahí sé que voy a hacer todo lo que sea necesario, bueno y malo, para cuidarlo.

—¿Tienes alguna preferencia para el almuerzo? —le pregunto, y me sorprendo de que en menos de veinticuatro horas ya me siento como si hubiera hecho esto toda mi vida. Y me veo haciéndolo por mil vidas más.

—Tal vez te suene muy extraño, pero desde ayer tengo antojo de una hamburguesa con muchos pepinillos dulces —me dice con una sonrisa cuando caminamos de la mano hasta el auto.

Su petición me recuerda la primera comida que compartimos juntos el día de nuestra boda.

—Lo que mi mujer quiere… mi mujer lo consigue —le guiño el ojo y veo una sombra de algo en sus ojos. Quisiera saber todo lo que piensa, pero primero lo primero.

Me detengo en el primer McDonald's que encuentro y hacemos nuestro pedido por el autoservicio, como ese día.

Algo en mi pecho se calienta tanto que casi me moja los ojos.

Tengo tantas preguntas, y sé que ella también, porque la descubro de vez en cuando con la mirada perdida en mi perfil, mordiéndose los labios.

Me estaciono con nuestro pedido por el camino y comemos en silencio por un rato, hasta que ella rompe el silencio.

—Diego.

—Dime.

—¿Qué… qué estamos haciendo?

—Justo ahora, nos estamos alimentando. —Sonrío, nervioso, porque esa no es la respuesta que ella espera y tampoco la que yo debo darle.

—Estoy hablando en serio, Diego. —Sonríe, pero no llega a sus ojos.

—Lo siento, estoy nervioso. Ayer dijiste que no sabías qué seguía después de que yo apareciera en tu cita falsa y yo me siento exactamente igual. —Me encojo de hombros—. De lo único que necesito que tú estés segura es de que no te voy a dejar.

Me mira con vergüenza y baja la mirada a su vientre.

—¿Es por este bebé? ¿Por eso viniste en primer lugar a París?

No sé si estoy entendiendo bien la pregunta, pero frunzo el ceño. ¿Ella cree que la perseguí porque me enteré de que esperaba un hijo mío? Ahora recuerdo que ayer me preguntó qué pasaría después de mi año sabático; no sé cómo lo supo, pero pude ver que tenía miedo.

¿De qué? Es lo que voy a averiguar.

—Milene, ¿sabes cómo me di cuenta de que estabas embarazada?

—Por la prueba que dejé en el baño de mi habitación.

Asiento .

—¿Y qué crees que estaba haciendo ahí en primer lugar?

Tenía semanas que ya no vivía ahí. —Abre la boca como si lo acabara de descubrir—.

Milene, te estaba buscando a ti. Quería encontrarte para hacerte cambiar de opinión.

Esa maldita hoja de divorcio no significaba nada para mí si podía encontrarte y convencerte de quedarte conmigo.

Milene se lleva las manos a la boca.

—Yo fui por ti porque no podía tolerar perderte. Quería decirte que no podía vivir sin ti. Quería… quería…

—Entonces, ¿no estás aquí solo porque llevo a un príncipe de la mafia en mi vientre? ¿Tú… me querías a mí?

—Aún te quiero, Milene. Este hijo es solo un plus y te aseguro que lo amo con toda mi alma desde el momento en que me enteré de que existía, y me rompí cuando una idea loca de que tú pudieras querer deshacerte de él me llenó la mente.

Su jadeo se escucha en todo el auto.

—Cuando te encontré y supe que lo querías mantener fue la mejor noticia de toda mi vida, pero, como te lo dije ese día en el hospital, tenía tanto miedo.

Yo había dejado todo y nunca me arrepentiría de hacerlo por venir a encontrarte, pero eso no quita que mi corazón no podría soportar que tú de verdad me hubieras dejado de amar.

Tengo su mano en mi pecho y nuestros ojos están cautivos en los del otro.

—Nunca. Lo intenté, pero nunca pude sacarte de mi mente o mi corazón. Estás tan adentro que para poder sacarte de ahí tendría que morir e, incluso muerta, creo que mi amor por ti nunca dejaría de flotar por el aire hasta encontrarse contigo. A donde pertenece.

Por fin.

—Te amo, Milene. Por favor, danos esa oportunidad. Me quedaré aquí, haré negocios legales, no me importa; tendremos una vida normal si eso es lo que quieres. Pero, por favor, nunca vuelvas a pensar que yo puedo tener una vida en la que tú y mi hijo no estén.

Me acerco a su cara y beso sus labios mojados y salados por las lágrimas que empezó a derramar.

—Yo… te amo tanto, Diego. Tanto. Y no me importa si es en París, o en Chicago, o en Australia.

Yo solo te quiero a ti. Nada de lo que hice aquí, ni siquiera volver a caminar, se compara con lo que me provoca el solo ver tus hermosos ojos y por los que ruego que tenga nuestro hijo.

—Que lo diga, mirándome a los ojos, confirmándome que no miente, es todo lo que no sabía que necesitaba.

—Voy a hacerte muy feliz, Milene. A los dos. Te lo prometo.

—Ya nos haces felices.

—Voy a cuidar de ti con todo lo que tengo. Y de nuestro hijo.

—Lo sé, confío en ti.

Este día no puede ser mejor. Querido Dios, gracias. Solo falta algo.

—Milene.

—¿Sí?

—Cásate conmigo. Porque tú quieres, porque me eliges. Porque me amas y aceptas mi amor. Por favor. Solo cásate conmigo.

No me responde; no creo que pueda. Enreda su lengua en la mía y salta la consola para quedar a horcajadas sobre mí.

—Te necesito, ahora —me exige.

Nunca había sido tan valiente para tomar lo que quiere y, si tengo que agradecérselo a París, Dios, lo voy a hacer.

Meto la mano debajo de su vestido y rasgo su ropa interior empapada. Sus besos son exigentes y sus manos están por todas partes en mi pecho, cuello y cabello. Nunca había tenido tanta urgencia por estar dentro de ella, por complacerla .

Bajo el cierre de mi pantalón y mi espada salta solo para que Milene se deje caer sobre ella hasta la base.

—Mierda —grito de éxtasis.

La penetro hasta el fondo una y otra vez. Sus gemidos se vuelven gritos cuando su orgasmo la golpea; me arrastra con ella en menos de dos minutos.

Mierda, es el sexo más rápido de toda mi vida. Milene monta la ola de su orgasmo y, cuando baja, dice las dos letras más grandes de toda mi vida:

—Sí.