En Esta Vida No 39 MILENE
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39 MILENE

Verlo quedarse mudo cuando me miró dar esos pasos hasta él fue todo lo que esperaba y más. Marco salió de su propio restaurante y nos dejó la mesa para nosotros solos; al parecer, él tenía más fe que yo en lo que pasaría esta noche.

¿O será que como hombre de mafia conoce a los suyos? No lo sé, el punto es que yo estoy feliz y nuestro hijo también.

—Nuestro hijo te ha extrañado —le digo a Diego después de besarnos por segunda vez.

Sus ojos siguen subiendo y bajando; recorre mi cuerpo y regresa a mis piernas.

—¿Estás? ¿Puedes?

Hay preocupación en su tono de voz, pero tanto orgullo en su mirada. Orgullo por mí. Por esta mirada esperé.

—Estoy bien, más que bien ahora que por fin has dado la cara —le suelto con un suspiro, sin evitar sonreír como una niña en la mañana de Navidad.

—¿Qué fue todo esto? ¿Vas a explicarme? —Su tono se hace serio de repente. Si no lo hubiera extrañado tanto, me haría temblar un poco de miedo.

—¿Quieres quedarte? Podemos irnos a otro lugar si lo prefieres —le propongo, ya que ninguno de los dos se ha movido desde antes de besarnos.

Diego quita su mirada de mí para recorrer el restaurante con la vista. Se encoge de hombros.

—Ya estamos aquí. Sentémonos y hablemos —pide.

Así lo hacemos. Como un completo caballero, toma mi silla y me ayuda a sentarme; después toma la silla que está frente a mí y se mueve para quedar a mi lado. Miro su rostro y me pregunto:

¿cómo pude desde un principio intentar dejarlo atrás? Es obvio que nunca lo iba a conseguir.

Diego tiene más que mi corazón, lo tiene todo de mí.

Una vez sentados, toma mi mano y la lleva a sus labios.

—Primero dime que esto no es un sueño, y que cuando dijiste antes que me amas, lo dijiste en serio.

No es tanto una petición, parece mucho más una orden, pero mi corazón da un salto enamorado de igual manera. No sabía que podía necesitar tanto a alguien; no a un simple alguien, sino a mi hombre perfecto, al amor de mi vida.

—Lo dije en serio. Cometí un error esa noche en el hospital; todo fue tan abrumador que no supe cómo reaccionar. Para cuando me di cuenta de que no quería alejarte, fue demasiado tarde, porque no pude encontrarte. —Le confieso con vulnerabilidad en mi voz.

Decido empezar por el principio y solo con la verdad; todo lo que venga después lo podremos superar y hablar.

—Nunca quise irme. —Suspira—. Lo intenté, ¿sabes?

Se me aprieta el corazón al solo imaginar que pudo irse, y esta vez para siempre, dejándonos atrás a su hijo y a mí.

—Lo siento. —No sé cómo me sale la voz en este momento.

—No pude irme. No pude imaginar a mi hijo necesitándome y no poder estar ahí para él —me explica con tantas cosas pasando por sus ojos .

Algo me hace preguntarme si solo se queda por nuestro hijo; después de todo, lo sabe desde el día del divorcio. Trago en seco. Esa idea empieza a germinar sin permiso dentro de mi pecho y no me gusta, me duele porque…

—Milene. —A donde sea que mi mente se había ido, mi nombre saliendo de sus labios me regresa al presente—.

Lo dejé todo por venir a buscarte. Aun sin saber si lograría que me aceptaras, me arriesgué a pasar el resto de mi vida intentando convencerte de que podemos tenernos el uno al otro.

Que una cosa no está peleada con la otra y que, si tú querías irte, yo podría tomar la decisión de ir contigo.

Creo y me conmueven cada una de sus palabras; tomo su mano entre las mías y dejo que entre a lo más profundo de mi alma. Diego me quiere, de verdad lo dejó todo para encontrarme. Pero algo de lo que me dijo mi hermano me preocupa.

—¿Qué pasará cuando el año que te dieron se termine? —hago la pregunta, arriesgándome a encontrar en su respuesta algo que pueda romperme para siempre.

Al parecer le sorprende que yo tenga esa información; sus ojos agrandados alimentan mi más grande temor.

—Quiero contarte todo lo que ha pasado, si me dejas. Pero más que nada, quiero convencerte de que nunca, nada me hará dejar de elegirte. Aunque tú no me elijas al final del día, aunque tu idea de vida ideal no me incluya, yo nunca voy a dejar de cuidarte.

Acerca mi mano a su pecho, donde siento el latir frenético de su corazón. Le creo, de verdad que sí, y ya no puedo pensar en una vida donde Diego no esté en ella.

—Me gustaría que no fuera desde la sombra, pero también sé que tenemos mucho que aclarar antes de eso —continúa—. Pero, si estás de acuerdo, quiero disfrutar esta cena. Quiero verte en todo tu esplendor, viviendo la normalidad que tanto deseabas y que más que nadie te merecías .

Tiene razón, hay tanto para decirnos y hemos esperado tanto que una hora no hará la diferencia. Asiento con una sonrisa y él sonríe de vuelta; todo en mi interior se paraliza con su sonrisa. Y nuestro pequeño se agita dentro de mí.

No lo pienso mucho, solo tomo su mano, que aún sostenía la mía en su pecho, y la bajo hasta mi vientre, donde lo puede sentir por primera vez. Se le corta la respiración y me doy cuenta de que lo privé de esto por mucho tiempo; y más que eso, se lo iba a privar por completo cuando se lo oculté.

No he sido una buena persona, y darme cuenta de que lo he lastimado me golpea más que cualquier rechazo antes en toda mi vida.

Este momento con él tocando mi vientre y sintiendo a nuestro hijo se convierte en algo tan mágico e íntimo que tomo la decisión de ir a donde sea que el destino nos lleve, en tanto sea con él.

Y ruego porque me siga eligiendo todos los días. A mí.

DIEGO

La cena transcurre sin problemas; ese tal Marco dejó todo preparado. En ese momento recuerdo que aún no le pregunto nada acerca de él.

—¿Entonces, ese Marco… es? —No termino la pregunta cuando ella empieza a negar con la cabeza.

—Lo único que sé es que es conocido de mi hermano y que se prestó para llamar tu atención. —Frunzo el ceño ante su respuesta—. Antes de que pienses más allá, no tenía idea de que era… ummm, parte de esa vida. Santino no lo me dijo y nunca lo había visto o hablado antes de hoy.

Eso ya cuadra un poco más con los hechos, pero…

—¿Por qué querías llamar mi atención ?

—Porque nada lo hizo antes; sentí que era mi última oportunidad para encontrarte.

Ninguna salida al centro comercial y comida fuera hicieron que te acercaras de nuevo.

—Se encoge de hombros, haciéndose más pequeña—.

No me voy a disculpar, aunque quiera matar a mi hermano por traer a la mafia a mi puerta…

siempre le voy a agradecer que tenía razón.

—¿Qué fue lo que dijo ese idiota de tu hermano exactamente? —gruño la pregunta.

—Que te conocía de maneras que yo no sería capaz, y que, si hacía esto, me aseguraba que te harías presente. —Sonríe divertida, a pesar de que yo no le encuentro la gracia—. Funcionó.

Niego con la cabeza.

—He tenido suficiente. Quiero llevarte a casa.

Extiendo mi mano después de ponerme de pie y mi perfecta Milene la toma; se pone de pie. No me canso de verla caminar, es perfecta, como solo ella puede serlo. Trato de recordar mi vida antes de ella, pero no logro encontrar nada; no creo haber conocido la verdadera vida antes de ella.

Nos damos la mano y caminamos hasta la puerta; una vez afuera, el aire fresco de finales de otoño nos golpea con fuerza. Me quito mi saco y lo cuelgo sobre sus hombros; después le rodeo la espalda baja hasta llegar a mi auto.

Cada paso estoy alerta, pero ella camina cual modelo en pasarela.

Estoy tan orgulloso de ella, de la mujer que es, de la madre que será.

La ayudo a subir a mi auto, no sin antes tomarla de la nuca para estrellar mis labios con los suyos una vez más; no puedo esperar un segundo más para volver a sentirla mía.

Cada toque es un choque eléctrico a mi corazón. Me declaro adicto a esto; la necesito para poder vivir, sin ella no soy nada. La dejo jadeando por más y le prometo mentalmente que pronto; solo tengo que asegurarme de que esta vez no haya un límite de tiempo para nosotros .

Conduzco el camino que me sé de memoria, con mi mano en su pierna acariciando su piel suave. Cuando doy vuelta para el lado contrario de su edificio, me mira con la pregunta en toda su cara.

—Nunca dije que te llevaría a tu departamento. De hecho, te dije que estaba listo para llevarte a casa. —Eso la deja con la boca abierta. Encuentro mi lugar asignado en el estacionamiento y rápidamente rodeo el auto para ayudarla a salir. Sonríe, negando con la cabeza.

—De haber sabido que estabas tan cerca, nunca hubiera recurrido a mi hermano.

Me encojo de hombros y acelero el paso hasta el elevador.

—Creo que ambos hemos cometido el error de asumir cosas antes de poder enfrentarlas.

Su cabeza cae en mi hombro cuando subimos hasta el último piso.

Espero que lo que encuentre no la sorprenda demasiado; nunca le he mentido y no voy a empezar ahora.

Entramos en mi departamento, que es de un estilo más moderno que el de ella, por lo que pude ver cuando pasaba las noches escondido en su habitación.

—Es muy bonito —dice, pasando sus manos por su vestido.

—¿Está todo bien? ¿Necesitas dejar los zapatos? —le pregunto, preocupado.

—Estoy bien, solo un poco nerviosa. Honestamente, no había planeado qué hacer después de que aparecieras —me confiesa con una sonrisa nerviosa.

Le quito el saco de su hombro y lo aviento al sofá de mi sala de estar. Me muero por rodearla con mis brazos y apretarla tan fuerte que nunca pueda olvidar mi aroma ni la sensación de mis brazos alrededor de su cuerpo.

—Hablemos, bebé. —El apodo cariñoso sale sin que pueda controlarlo—. Ven conmigo —le pido, y da un paso más cerca—. Primero quiero mostrarte algo.

Tengo que hacerlo. La dirijo hasta mi habitación y hasta la ventana donde tengo una vista privilegiada de su balcón. Se queda inmóvil por un segundo; después de entender, se lleva la mano a la boca.

—¿Así de cerca has estado todo este tiempo? —Asiento—. ¿Y tú podías verme todo este tiempo, cuando yo tenía que esperar a dormirme para poder verte en mis sueños? —No voy a negar que esa confesión me da un poco más de vida.

—Si de algo sirve, siento invadir tu privacidad, pero no voy a disculparme por necesitar verte para poder respirar cada día.

Un suspiro de su boca llena de aliento mis pulmones.

—No estoy enojada por eso. Solo que no puedo creer lo cerca que has estado. —Después, golpea mi hombro—: ¿Por qué no regresaste al día siguiente?

La intensidad del golpe que me da es reemplazada por impotencia y vulnerabilidad; en su rostro hay arrepentimiento. Mi corazón duele de solo recordar ese momento.

—Te amo tanto que nunca quería ser la razón de tus ataques de pánico.

Tus ojos cuando dijiste que me fuera… me partieron el alma y de verdad estaba dispuesto a darte lo que querías, así fuera alejarme de ti.

Así fuera morir por dentro y estar destinado al sufrimiento de no tenerte con tal de darte la felicidad por la que tanto has luchado.

Levanto mi mano para tomar su mejilla antes de continuar

—Tal vez no te amo tanto, porque aquí estoy, siendo incapaz de dejarte.

Se le corta la respiración; sus ojos se llenan de lágrimas y su labio empieza a temblar. Entonces, niega con la cabeza.

—Por favor, nunca me ames tanto que te haga ser de esos hombres que dejan ir a su amor.

Casi me río de sus palabras, pero entonces miro en sus ojos que lo dice más en serio que nunca. Y después de meses de incertidumbre, creo que todo va a estar bien .

MILENE

No voy a negar que ver mi departamento desde la ventana del otro lado de la calle no era nada parecido a lo que tenía en mente.

Después está esa parte donde me dijo que quería ser tan bueno para mí que estaba a punto de dejarme atrás, para cuidarme porque prefiere mi felicidad y mis deseos antes de los suyos o antes incluso que la razón.

Es ahí donde me doy cuenta: yo amo a Diego por todo lo que él siempre ha sido; por la parte ruda y por la parte mala, por la parte oscura y por la que solo me muestra a mí.

No quiero que sea bueno, no. Quiero que me tome en sus brazos y que nunca más me deje ir, que pelee con uñas y dientes por mí.

Quiero que pelee por nosotros, que nos defienda, siendo el hombre del que me enamoré.

Quiero que sea él mismo. Quiero que nos dé la vida que él quiera darnos, en Chicago o en el fin del mundo, pero nunca quiero que oculte su verdad de mí.

—Diego… —jadeo, con todas las emociones desbordando de mi pecho.

Lo necesito. Necesito al hombre que amo, al hombre moralmente gris que me llevó al cielo con nuestro primer beso y que me hizo desear su infierno cuando me tocó en nuestra noche de bodas.

—Milene… —Su respiración se acelera y siento el hambre y la necesidad que sale de él, porque es la misma que yo tengo por él.

—Por favor… —gimo, antes de pegar mis labios a los suyos.