En Esta Vida No 38 DIEGO
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38 DIEGO

Vestido con un traje de tres piezas en color gris plomo —uno de los únicos que tengo conmigo—, una camisa negra con terminación de seda y unos zapatos Giorgio Armani, sigo a la puta limosina por media ciudad hasta parar en un restaurante muy cerca de la Torre Eiffel.

Muy romántico, para variar. Desde que ese idiota cargó en sus brazos a mi mujer embarazada de mi hijo, supe que esto era una cita, pero con cada segundo que pasa mi temperamento crece a uno que estoy a punto de no reconocer.

Tanteo mis bolsillos y me percato de que el arma que tengo para emergencias se quedó bajo mi almohada.

—Excelente. Tendré que luchar cuerpo a cuerpo llegado el momento.

Mis nudillos se pintan de blanco cuanto más me acerco a donde ese idiota, que de algún modo se me hace familiar, está bajando en brazos y al estilo nupcial a mi mujer.

—Mierda, maldita mierda.

Si me hubieran dicho que Milene iba a pasar de mí tan rápido, y estando embarazada de mi hijo…

les hubiera dado un tiro en la garganta.

Ahora, el solo imaginar que esta cita o cualquier otra pueda llegar a segunda base o incluso más allá, me hace ver rojo.

Me hace recordar la clase de hombre que soy.

Y de lo que hare con tal de recuperar lo que es mí o.

Me estaciono en la oscuridad y los miro perderse en el camino de entrada al restaurante. No puedo escuchar nada, pero sí puedo ver cómo Milene le rodea el cuello con sus brazos y me maldigo de nuevo por no traer mi pistola.

Si no me tranquilizo puedo llamar demasiado la atención, y no quiero llamar más atención de las personas equivocadas, así que cierro los ojos y planeo con calma lo que voy a hacer cuando los tenga enfrente.

MILENE

Todo el viaje de camino al restaurante, Marco actúa tan relajado que empiezo a creer que mi hermano no le dijo la clase de personas que son él y Diego. Me aclaro la garganta y digo lo primero que se me ocurre, lo que sea para calmar mis pensamientos.

—¿A qué dices que te dedicas? —pregunto, mirando de vez en cuando por la ventana detrás de mí.

—No te lo he dicho —susurra por lo bajo.

Su tono de voz me deja sin aire. Regreso mis ojos a los suyos y no puedo evitar que mi mirada refleje el temor que empieza a formarse en lo más profundo de mis entrañas.

Marco sonríe, complacido—: No tienes nada que temer, no hay nadie en la ciudad con quien puedas estar más segura.

Sí, justo eso es lo que me temía.

—Santino me advirtió que fuera muy cuidadoso con ciertos temas delicados para ti, y que sería mejor si no sabes mi parte dentro de… Ups. Lo siento, casi lo digo en voz alta.

Este tipo me está tomando el pelo. Me guiña un ojo y es justo ahí cuando lo comprendo todo. No sé cómo fui tan estúpida como para no darme cuenta: ese porte, esa ropa, esa actitud dominante… y para colmo dice ser amigo de mi hermano a tal grado de confiarme con él.

Eso solo puede significar que Marco pertenece al mismo mundo que mi hermano. Maldita sea, darme cuenta del problema en el que estoy me está cerrando la garganta, me está cortando la respiración.

Sin embargo, hago lo mejor que puedo para controlarme; me llevo la mano al vientre, que, por supuesto ya parece un melón muy grande, y mi mente me repite que soy una completa estúpida y que voy a matar a mi hermano una vez que pueda salir de aquí.

—Lo digo en serio, no tienes que preocuparte, Milene. Esta ciudad es mía.

Por su puesto que lo es.

Si la confirmación de lo que tanto me temía me hace querer salir corriendo y esconderme, no dejo que se note.

—Deberías ver tu cara ahora mismo, Milene. —Marco se ríe de mí. Bueno, al parecer no lo oculté tan bien.

Por fin siento que encuentro mi voz.

—Lo siento, honestamente no estaba preparada para estar en medio del mundo del que he intentado huir toda mi vida.

No dejo que se note el miedo en mi voz, porque en realidad todo el miedo ha desaparecido y lo que ahora siento es una impotencia que raya en la furia. Y toda va dirigida hacia mi hermano.

—Entiendo. Créeme, no siempre es fácil aceptar para lo que hemos nacido —dice del modo más amable que le he oído hablar hasta ahora.

Y me percato de que no dijo «aceptar en donde hemos nacido», sino «aceptar para lo que hemos nacido». Lo miro con curiosidad directamente a los ojos; me guiña un ojo como si su mensaje hubiera sido transmitido exitosamente .

No sé cuál es ese mensaje, así que miro por la ventana el resto del camino. Casi olvido que esto es solo un montaje para hacer que Diego aparezca, pero, si lo pienso un poco, ahora empiezo a tener miedo de que lo haga.

Nos acercamos mucho a la Torre Eiffel, otra cosa que no he tenido tiempo de hacer desde que llegué a París. Digo que no he tenido tiempo para no decir que esperaba hacerlo de la mano de Diego.

La limosina se estaciona frente a un restaurante muy elegante y lujoso.

—Guau, es hermoso —digo sin pensarlo mucho.

—Gracias —Marco me responde con una sonrisa burlona. Entrecierro los ojos en su dirección, hostilmente.

—El lugar, quiero decir.

Me cruzo de brazos sin evitar la rabieta que parece que estoy haciendo; de algún modo algo dentro de mí me hace no tener miedo. Sí, saber a quién tengo enfrente me ha golpeado de una manera que no quería, pero está esta parte de no querer estar por debajo de nadie, de demostrar lo fuerte que soy.

—Lo sé. Gracias, te dije que la ciudad es mía. —Su sonrisa se hace más grande.

—Ah. En ese caso, felicidades. Parece que haces un excelente trabajo con tu ciudad. —Es una felicitación con un toque de amargura y sarcasmo.

Parece que no puede dejar de reírse. Abre su puerta, rodea la limosina y abre la mía para ayudarme a bajar.

Había olvidado que no trajimos mi silla y me niego a dejar que otro hombre me mire de pie o caminando antes que Diego, así que tengo que tolerar que Marco me lleve en brazos hasta el interior del restaurante.

Le abren la puerta varios metros antes de llegar, nadie lo mira a los ojos y juro que veo el sudor rodar por la frente de todos los empleados .

—Bienvenido, señor Lambert. Su mesa está lista y nos aseguramos de que no haya nadie a su alrededor para molestarlo —la encargada dice a nuestra espalda.

Marco Lambert no se detiene hasta que llegamos a una mesa justo en el centro del restaurante. Sobre la mesa hay una lámpara de techo que baja hasta iluminarla cálidamente; es como un reflector y me pierdo en todo lo que hay alrededor.

El lugar es verdaderamente hermoso y me detendría a admirarlo si no fuera porque me pareció ver la sombra de Diego caminar detrás de nosotros cuando entrábamos al lugar.

Marco me sienta en una silla acolchada en tono rojo intenso; es tan cómoda que me permite tomar un respiro.

Si tan solo no estuviera dándole la espalda a la puerta de entrada.

No escucho el pedido que le hace al mesero que se acerca, o tal vez sea que no domino el idioma.

Tengo la tentación de voltear, pero sé que es un mal momento para hacerlo; primero tengo que asegurarme de que Marco sepa qué es lo que espero que pase hoy.

—Entonces, supongo que mi hermano te dijo lo que se espera de esta noche —digo en cuanto desaparecen los meseros.

Marco me mira con diversión.

—Tengo una idea. Solo sé que voy a divertirme a lo grande. Hace tiempo que no pasa nada interesante en la ciudad, así que dije que sí a la primera invitación.

—Y si conoces a mi hermano… ¿También conoces a mi… bueno, a Diego? —Me coloco la servilleta en las piernas, lo que sea que me ayude a liberar los nervios que siento.

—No tengo el gusto, pero supongo que es alto y muy bien formado, con el cabello castaño y ojos penetrantes tan azules como el océano.

Me llevo la mano a la boca. Jadeo por aire, audiblemente.

—No voltees —me ordena, y abro los ojos como platos—. Ahora dame tu mano y prepárate para la acción .

—No le harás daño. —Quería que fuera una petición, pero más bien salió como una demanda, a lo que Marco reacciona levantando la ceja.

No tengo tiempo de reaccionar; Marco toma mi mano y la acerca a sus labios con una sonrisa de suficiencia.

—Eres tan hermosa, Milene. —Usa su tono seductor y sé que el momento ha llegado.

Entonces todo cambia a mi alrededor: el olor, la densidad del aire, la temperatura del lugar. Y escucho esa voz, esa bendita voz. La voz que me eriza la piel, que me saca un suspiro antes de poder verlo y que me devuelve el alma al cuerpo después de tantas semanas de ausencia.

—Si valoras tus extremidades, te sugiero que sueltes la mano de mi esposa. Ahora.

DIEGO

La está tocando, maldita sea.

Sus labios están tocando sus nudillos y es todo lo que puedo soportar. Ignoro a los empleados que me ruegan con la mirada que no me acerque y me detengo a la espalda de Milene. Ya tendré tiempo para apreciarla y castigarla después; después de que termine con este idiota.

—Si valoras tus extremidades, te sugiero que sueltes la mano de mi esposa. Ahora —gruño.

El cuerpo de Milene se tensa.

Lo siento mucho, cariño, pero te estás equivocando si crees que te voy a dejar pasar de mí .

El idiota frente a ella suelta su mano, misma que Milene lleva a su vientre hermoso y abultado; ha crecido al doble de su tamaño desde la última vez que la vi. Quiero tocarlo y muero por volver a hablar con mi hijo, pero ya tendré mucho tiempo después de esta noche.

Milene baja su mano y juega con la servilleta que tiene en las piernas, piernas descubiertas por esa abertura en su vestido. El saber que este idiota pudo ver sus piernas e incluso sentirlas me vuelve loco.

—No miro ningún anillo en su dedo anular, amigo. Tal vez te estés confundiendo. —Arrogante se queda corto. Solo conozco a un tipo de persona que se atreve a hablar como si fuera el rey del mundo, precisamente las personas de las que esperaba pasar desapercibido.

—No soy tu amigo, y la mujer que tienes enfrente no solo es mía, sino que carga en su vientre a mi hijo. Así que haznos un favor a todos y piérdete, a menos que quieras perder las manos y los ojos del cuerpo.

Milene jadea desde su lugar. Si la persona que tiene enfrente es una de las que creo que es, no puedo con tanta hipocresía de su parte. Ya trabajaré en su castigo cuando me la lleve a casa esta noche.

—Tal vez debamos dejar que sea Milene la que nos aclare el malentendido —dice «Milene» como si sintiera placer al hacerlo. Idiota. Es la última vez que dice su nombre.

Camino dos pasos para quedar parado entre Milene y el idiota francés, y lo que pasa a continuación me hace cuestionarme todo lo que conozco.

—Milene —digo su nombre y, por primera vez, me cruzo con sus ojos. Espero que me corra, que intente alejarme de nuevo solo para tomarla por la fuerza y demostrarle el hombre en el que me convirtió.

No lo hace, pone ambas manos en la mesa y las usa para apoyarse hasta quedar completamente parada frente a mí.

Abro los ojos y parpadeo un par de veces hasta convencerme de que lo que estoy viendo está pasando de verdad.

Y me convenzo de que sí lo es cuando me sonríe con los ojos llenos de lágrimas y le tiemblan los labios cuando usa su voz.

—Te estaba esperando, quería que fueras el primero en verlo.

Escuchar su dulce voz por primera vez en meses, y que no sea un «solo vete» molesto, sino un «te estaba esperando» cargado de sentimientos, hace debilitar mis propias rodillas.

Empuja su silla y, alisando su vestido, camina tres pequeños pasos hasta quedar pegada a mi pecho. Milene lo logró. Maldita sea, lo logró. Mi Milene es una reina, la mujer más fuerte de todas.

Levanta la cabeza hasta estar muy cerca de mi cara y sonríe, maldita y hermosamente sonríe.

—Esta vez tardaste mucho más en aparecer, mi amor —susurra, levantando su mano para ahuecar mi mejilla.

Sigo sin poder creer lo que acabo de ver y me pregunto si acaso morí y llegué al cielo; pero ella se encarga de traerme de regreso a la tierra cuando pega sus labios a los míos.

Instintivamente rodeo su cintura con mis brazos y ella rodea mi cuello con los suyos.

Separa sus labios para mí, desesperada por enredar su lengua con la mía, y la tomo.

Como el hombre necesitado que soy. Gimo de puro placer, me pierdo en todo lo que ella me da. Y solo sé que no voy a soltarla. Nunca.

Dejo de escuchar lo que pasa a mi alrededor y solo disfruto de este momento de verdadera gloria; su lengua pelea por el dominio, pero se somete a mi fuerza.

Gemimos al mismo tiempo y todo mi cuerpo reacciona a ella.

Pero los aplausos del idiota me hacen regresar a la realidad; le muerdo el labio inferior para recordarle a quién pertenece antes de soltarla.

—Bravo —dice con un acento francés marcado—.

Nunca he hecho un trabajo tan rápido como este.

Esperaba un poco más de acción, tal vez un cristal roto o amenazas de muerte, o algo de sangre tal vez.

Pero me alegro de que se haya terminado.

—Frunzo el ceño cuando el hombre con su traje Armani se levanta de la silla—: La cena corre por cuenta de la casa, confío en que podrás regresar por tu cuenta a tu departamento, Milene.

—Mira una última vez a mi mujer antes de salir de su lugar en la mesa.

—Sí, Marco, muchas gracias por esto.

Estoy confundido y a punto de preguntar qué mierda está pasando aquí cuando él dice lo último que tiene para decir:

—Salúdame a tu hermano la próxima vez que lo llames, y dile que la próxima vez que lo necesite, recuerde lo que acabo de hacer por su hermanita pequeña.

Es lo último que dice antes de desaparecer. Cuando por fin lo pierdo de vista, me permito mirar a Milene, de pie, sosteniéndose por ella misma, luciendo más grande que la vida y más hermosa, si acaso eso es posible.

—Guau —digo, abriendo mis brazos—. Qué… pero qué…

No sé cómo continuar y, gracias al cielo, Milene es la que dice lo que tanto necesitaba:

—Te amo. Te amo tanto. Por favor, nunca vuelvas a dejarme.

Su súplica llena de euforia repara muchas partes de mi corazón herido. No sé qué fue lo que acaba de pasar ni quién es ese tal Marco y por qué conoce a Santino, pero en realidad no me importa. Esta noche Milene atrajo mi atención y que me parta un rayo si permito que la pierda a partir de ahora.

—No me atrevería —digo en un susurro ronco, acercándola a mi cuerpo.

Su vientre redondo toca cerca de mi entrepierna y se ruboriza, como la primera vez, al sentir la dureza de mi cuerpo. Levanto la comisura de mi boca y la atraigo con ambas manos alrededor de su cara, y pongo mis labios donde tanto los quiero: en sus labios.