En Esta Vida No 37 MILENE
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37 MILENE

Marco me mira con curiosidad mientras me quedo perdida en la sensación de volver a sentir a Diego cerca. Quiero concentrarme en la misión, pero me es difícil sabiendo que, después de cada intento de sentirlo, por fin está funcionando.

—¿Estás teniendo la punzada? —Marco me pregunta, bajando la voz.

—¿La punzada? —Le regreso la pregunta con el ceño fruncido. Me siento algo estúpida y mareada, a decir verdad; no pude comer bien esta tarde por los nervios de simular esta cita.

—Es así como la llamó tu hermano. Quiero decir, sientes que tú… Ummm, ¿cómo debería llamarlo? —Se lleva la mano al mentón—. ¿Tu ex está cerca?

Primero tengo ganas de reírme por lo que está diciendo; después me da mucha vergüenza que Marco sepa todo, incluido lo de, sí, esa tal punzada.

Al final suspiro y asiento con la cabeza.

Ya me las veré con mi hermano después, y más si su estúpido plan no funciona como necesito que lo haga.

No sé qué es lo gracioso, pero Marco sonríe de oreja a oreja con mi corta respuesta.

Después se inclina tanto que termino respirando su perfume directo de su cuello.

—Entonces hagamos que esto valga la pena, Milene —dice, y me levanta en brazos al estilo nupcial. Me trago un gemido por la sorpresa—. No la necesitaremos —le dice al portero del edificio, refiriéndose a la silla—. Yo la llevaré.

Mi corazón se acelera, pero no por las razones que suelen acelerar mi corazón. Esta vez empiezo a maldecir mentalmente a mi hermano. No tengo idea de cómo va a terminar la noche, pero estoy segura de que alguien va a salir lastimado.

Y yo estoy dentro de las posibilidades si no consigo que Diego me dé la cara.

DIEGO

Mentiría si dijera que no intenté alejarme de Milene, que incluso empaqué mis maletas… Mentiría si dijera que no estuve a punto de tomar un vuelo de regreso a Chicago. Mentiría si dijera que estaba listo para dejarla atrás.

No lo estaba, y nunca lo estaré. No pude hacerlo. No pude alejarme demasiado, y no pude dejar de vigilarla a la distancia. Pero ahora, muchas semanas después de nuestro encuentro en el hospital, la miro subir en los brazos de un idiota a una limusina.

Dios, ¿quién sigue usando limosinas en estos tiempos? Una limosina en París… vaya cliché estúpido. Me llevo las manos a la cara. Estuve alejado durante todas estas semanas; lo hice lo mejor que pude, pero esto es lo único que no voy a tolerar.

Estar escondido se termina esta noche para mí.

Sentía tanta impotencia cuando salí de ese hospital sin mirar atrás. Pero lo que más me dolió fue saber que Milene seguía aferrada a terminar las cosas, a pesar de que pude ver en sus ojos que todavía me amaba.

Me enfurecí tanto que terminé entrando en el primer bar que encontré; uno de mala muerte, para variar. Caminé hasta la barra y no fue necesario decir nada: arrojé un fajo de billetes y las bebidas no dejaron de llegar. No en la primera hora, ni en las siguientes cinco.

No recordaba si alguna vez me había puesto así de mal. No sé cómo llegué a mi departamento, solo supe que ya era otro día, y el primero de muchos que pasaría sintiéndome una mierda.

Después de dormir doce horas y de sentirme mareado por no meterle nada de comida a mi estómago desde hacía más de veinticuatro horas, me levanté sintiéndome una mierda atropellada.

Mi ropa apestaba a vómito, y más arcadas llegaron cuando me di cuenta de eso.

Corrí a la ducha y me metí bajo el chorro del agua con la ropa puesta; me la quité una vez que le había caído la primera ronda de jabón.

Me tomé mi tiempo debajo del agua. Sabía que no quería pensar en lo que estaba pasando en el último piso en el edificio de enfrente, y también sabía que, una vez que saliera de aquí, querría buscarla.

Prolongué la ducha lo más que pude. La noche anterior había sido la primera vez que no entré en su habitación mientras ella dormía, y fue la primera vez que no le hablé a mi hijo mientras acariciaba el vientre que lo estaba cuidando y dejando crecer.

Ahora bien, me podrían estar enterrando tres metros bajo tierra, porque justo así me sentía: muerto. Pospuse todo lo que pude el momento, pero el agua caliente se agotó y, con un otoño bastante inestable, sería mejor que saliera antes de caer enfermo en la cama.

No había terminado de vestirme cuando no pude resistirme más y corrí a donde tenía uno de los binoculares, el que apuntaba directamente a la habitación de Milene. No estaba ahí, y me pregunté si ya habría salido del hospital.

Me odiaba por no poder dejar de preocuparme por ella, por no poder hacer lo que ella me pidió y dejarla sola.

El recuerdo de cómo se lanzó a mis brazos…

Dios. Esa es la Milene que yo conozco, la que no tiene miedo de sentir.

Pero la que me dijo «solo vete» con la voz rota, esa es la mujer que ella quiere ser .

Para esa Milene solo existía una manera: tenía que irme o corría el riesgo de nunca dejar de sufrir, de sentir todo lo que ella me provoca, bueno y malo. Tenía que irme o sería a mí mismo al que me estuviera abandonando.

Me lo repetí cien veces mientras desayunaba una taza de café negro con un pan de hacía dos días.

Me lo repetí otras cien veces cuando empecé a sacar la ropa de las perchas para empacarla en la maleta.

Y me lo repetí mientras conducía rumbo al aeropuerto.

Me dije que estaba haciendo lo correcto mientras caminaba por la fila para comprar mi boleto de avión con destino a Chicago. Incluso pagué ese boleto y estaba a punto de abordar cuando de pronto… pasó algo.

Llámenlo señal divina o una completa coincidencia, pero no pude mover un solo músculo de mi cuerpo para seguir avanzando. Alguien detrás de mí gritó con todas sus fuerzas: «¡PAPÁ!». Era un niño de no más de cuatro años, y me quedé congelado.

Tenía los ojos llenos de lágrimas y sus labios temblaban como gelatina derretida; esos cachetes regordetes estaban al rojo vivo de tanto llorar. Pero no le importó su sentimiento; se secó las lágrimas y se ayudó llevándose las manos a la garganta antes de volver a gritar aún más fuerte: «¡PAPÁ!».

Ese niño no se iba a rendir. Entonces un hombre de más o menos mi altura y complexión jadeó detrás de mí.

—¡Dios, gracias! —gimió cuando golpeó mi hombro para correr detrás de su hijo.

La escena me conmovió de tal manera que no pude dar un paso. Un día mi hijo tendría esa edad y tal vez, como en esta ocasión, él me necesitará.

Algún día me llamará papá y… yo tengo que estar ahí para verlo. No caí de rodillas porque utilicé toda la fuerza del cuerpo que me quedaba para no mover ni un solo músculo .

Cuando hicieron la última llamada para abordar mi avión, mi corazón ya había tomado la decisión: nunca, nunca dejaría este lugar.

Nunca dejaría atrás a mi hijo. Milene podrá ser fuerte para actuar en contra de sus verdaderos sentimientos, pero yo no tenía por qué serlo. Se lo dije una vez y es una promesa que no voy a romper.

Estoy aquí para quedarme.

[***]

Las siguientes veinticuatro horas las pasé encerrado en mi habitación, pensando en una manera que me permitiera estar cerca de Milene y de mi hijo sin causarle ninguna molestia; lo dije en serio.

Me voy a quedar y haré la parte que me toca como padre de ese bebé, pero no la voy a forzar a estar conmigo si no quiere.

Ella quiere a la mafia lejos de su vida y, si tengo que renunciar a la organización definitivamente, lo voy a hacer; si tengo que encontrar un trabajo normal para darle una vida normal a mi hijo, lo voy a hacer.

Pero había algo de lo que también estaba seguro, y eso era que no iba a tolerar que Milene me alejara una vez más. Tampoco creía poder soportar verla sufrir por mi culpa, así que, mientras no encontrara la manera de fusionar las dos cosas, lo mejor sería mantenerme alejado.

Solo habían pasado tres días desde que la dejé en el hospital. Sabía que ya estaba en casa; no pude evitar mirar de vez en cuando por los binoculares que tenía instalados.

Ella podría no quererme cerca, pero, en mi caso, yo no podía respirar si no la miraba al menos una vez al día desde la distancia.

La miré salir del edificio; estaba tan hermosa que no pude detener mi cuerpo cuando la seguí hasta un centro comercial.

Parecía que retomaba su vida en el mismo lugar donde la había dejado suspendida .

Esta vez sí entró a muchas tiendas, la mayoría eran tiendas de maternidad y de bebés; me golpeó duro en el pecho no poder hacer esto con ella, no poder compartir cada momento de su embarazo.

Casi decidí darme la vuelta y seguir sufriendo solo en mi departamento, pero entonces me percaté de que no estaba comprando nada. Solo miraba.

No me acerqué lo suficiente para escuchar, esta vez mantendría mi distancia, pero me pareció muy extraño.

Entonces hizo lo mismo el día después, y el día después a ese. Me aseguré de revisar sus estados de cuentas. Tenía dinero, mucho para ser preciso; tenía una cuenta aparte con todo lo que yo le di en el divorcio, hasta el último centavo completo estaba ahí.

Lo poco que gastaba en comida venía de otra cuenta donde también tenía lo suficiente . ¿Entonces por qué no estaba comprando nada para el bebé?

Pasó una semana completa de hacer lo mismo. Estaba a punto de pararme frente a ella para averiguar lo que estaba planeando cuando por fin empezó a hacer las compras. Fue un alivio ver que empezaba a elegir ropita de un tamaño diminuto para nuestro hijo.

«Ojalá supiera qué nombre tendrá,  podría llamarlo así desde ahora» , pensé.

Después de esas compras mandó todo a su casa y llegó a un restaurante bastante popular en la ciudad.

Su actitud era tan relajada que me dolía estar cerca para ver cómo, así como así, se había olvidado de nuestro encuentro.

Cuando hizo una llamada telefónica y hablaba tan emocionada, tuve envidia de quien fuera el que estuviera del otro lado de la línea.

Fue lo último que pude soportar en ese día.

¿Cómo podía ser tan feliz cuando yo me estaba muriendo por estar cerca?

Me fui a casa. Pasé todo el día siguiente revisando todas mis propiedades en Chicago; tenía que empezar a vender algo si quería mudarme de manera permanente. Al paso que íbamos, nuestro hijo tendría dos casas para vivir. Más allá del enojo que eso me causaba, me traía decepción, mucha.

Ese sentimiento hizo que no hiciera nada por las siguientes dos semanas.

Un día recibí una llamada de Santino. No le contesté. ¿Qué le diría? «Dejé todo para seguir a tu hermana y fracasé, y ahora solo espero a que nazca mi hijo y que no me impida verlo»

No. Ya tenía suficiente con lo que me lastimaba yo solo con mis pensamientos como para aceptar la burla o la compasión de otros.

Había muy poco que hacer en París, al menos para mí, así que instalé un pequeño gimnasio en una de las habitaciones y fue ahí donde saqué toda mi frustración, de día y de noche.

El alcohol no era suficiente ni tampoco el mejor de los consejeros, pero el ejercicio, en cambio, fue mi salvación. Unas horas cada día las dediqué a revisar mis inversiones y a encontrar la manera de hacerlas crecer; también me dediqué a mejorar mis dotes culinarias.

Pero la mejor parte era cuando pasaba horas y horas golpeando ese saco de boxeo, cuando forzaba mi cuerpo hasta no poder más y, aun así, seguía y seguía.

En cinco semanas mi cabello creció y no hice por cortarlo. También lo hizo mi barba, a la cual le di forma, pero no la quité del todo. Mi ropa se estiraba más de la parte de mi espalda y de mis brazos, entonces sí, fue una buena inversión de mi tiempo.

Nunca dejé de pensar en Milene y en mi hijo; me dije que estaba esperando el momento perfecto para aparecer y reclamar lo que me corresponde.

Y ese día llegó cuando la luz de su habitación, con las cortinas corridas, me llamó la atención. Milene estaba sentada frente a su tocador, maquillándose y alisándose su cabello, que también me parecía más largo .

Su piel brillaba de una manera tan especial; solo me imaginaba poder tocarla, besarla, tenerla. Estaba usando un vestido verde esmeralda y algo en verla arreglarse así me prendió una alerta en el cerebro, también en el pecho, porque algo me decía que estaba lista para seguir adelante.

Para pasar de mí.

Si mis sospechas eran ciertas, haría que me lo dijera en la cara.