En Esta Vida No 36 MILENE
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36 MILENE

No sabía que las horas esperándolo se podían convertir en días, incluso en semanas. Y mucho menos sabía que saber que el hombre que amo con todas mis fuerzas estuvo aquí por meses y lo arruiné rogándole que se fuera, me dolería mucho más de lo que podía soportar.

Todo empezó el día después de volver del hospital. Me había quedado dormida con la frente recargada en mis rodillas dobladas, esperando que apareciera. No lo hizo.

Desperté con un dolor increíblemente fuerte en la espalda baja; me dolió cuando intenté enderezar mis piernas y cuando me dejé caer de espaldas en el colchón lo mejor que pude. Me quedé ahí, mirando el techo de mi habitación, esperando a que mi cuerpo se recuperara.

Ana entró después de tocar la puerta.

—Buenos días, ¿está lista para sus ejercicios? —me preguntó. No entendí cómo para ella era tan fácil olvidar todo lo que había pasado en los últimos días.

—No, no estoy lista, y no creo que pase nada si dejo los ejercicios de lado por un par de días. —Expresé mi molestia con eso. Sin importar que pareciera un berrinche o simplemente un capricho.

Ana abrió la boca antes de llevarse las manos a la cara para ocultar su sorpresa. Estaban pasando tantas cosas y no quería culparla de nada; después de todo, ella fue la que me vio sufrir por dejar todo atrás. Y ahora, cuando parecía estar mejor… bueno, ya saben lo que pasó.

—Necesito que me hagas un favor —le dije, y su cara de sorpresa pasó a una de pavor—. No te voy a pedir que salgas a buscar a mi mar… a Diego de nuevo. No tienes por qué asustarte así. —Bufé, sentándome de nuevo y cruzando los brazos delante de mí.

Ana agachó la cabeza con vergüenza.

—Lo siento, de verdad que sí. No es mi intención contradecirla.

Creo que le he dejado claro que mi lealtad está con usted y le agradezco todo lo que hizo por mí, el haber pensado en mí para acompañarla a este lugar.

Eso ha sido simplemente maravilloso… Pero la única verdad es que yo no soy como usted; tal vez por eso me cuesta entender lo que está pasando con su corazón y lo que la lleva a tomar las decisiones que toma.

Me relajé y la atraje para tomarla de la mano.

—Gracias, Ana, por ser honesta y gracias por ser la voz de la razón en muchas ocasiones.

Pero tienes razón, no somos iguales; incluso no sé si yo soy la misma que era antes.

—Suspiré y miré por la puerta de mi balcón.

Un solo pensamiento me cruzó la cabeza, pero después desapareció—.

Antes de enamorarme total y perdidamente.

Le solté la mano y quité mi vista de la puerta.

—Lo que necesito es que encuentres mi celular americano. Necesito al menos decirle a mi hermano que estoy bien después de… mi crisis.

Asintió con una sonrisa y salió de mi habitación, dejándome sola con mis pensamientos. Esperaba que, de alguna manera, tener ese teléfono encendido me ayudara. No lo hizo.

Llamé a mi hermano una vez que el dispositivo tuvo la batería suficiente y me dijo que estaba a punto de tomar un vuelo a Francia si no sabía de mí en las próximas horas.

Logré tranquilizarlo y le prometí que ya no me escondería más; que lo llamaría cada semana y que podríamos encontrarnos, tal vez, alguna vez.

Ninguno de los dos mencionó a Diego. Ya habían pasado dos días, dos largos y tortuosos días. Suspiré después de colgar la llamada y me di cuenta de que tampoco le había mencionado lo de mi bebé, su sobrino. Lo haría la siguiente vez que lo llamara.

Antes de volver a ver a Diego, creía que quería estar sola. Creí que estaba feliz con la idea de criar sola a mi hijo y hacernos compañía solo nosotros dos por el resto del mundo, pero ahora ese panorama se sentía más triste y solitario que nunca.

Ya no lo quería más. Quería a Diego. Lo quería de regreso, lo quería conmigo. Entonces me dispuse a encontrarlo o, mejor dicho, a hacer que me encontrara.

Un par de días después, parcialmente recuperada emocionalmente y tras reactivar mis ejercicios, volvimos al centro comercial.

Esta vez haría todo lo que pudiera hacer fuera de casa.

Ir de compras por todas las tiendas para bebés, primero solo a mirar, me costó mucho; me quemaban las manos por llenar la canasta con ropita de todos los colores.

La tela era tan suave que no pude contenerme de pasarla por mi mejilla.

No compré nada, al menos no durante la primera semana, hasta que las dependientas de las tiendas empezaron a mirarme con sospecha en los ojos.

Eso fue todo lo que pude esperar a que Diego apareciera para poder hacer compras juntos.

Empecé a comprarle a mi bebé todo lo que se me ocurría, todo lo que me gustaba de color azul o verde, preferiblemente azul como los ojos de su papá.

También empecé a comprar muebles y muchos artículos que las encargadas me aseguraban que darían una mejor calidad de crianza a mi pequeño. Aún no pensaba en ningún nombre para él, pero de verdad esperaba que su padre apareciera antes de que tuviera que elegir uno.

Después de las compras, me pasaba horas en los restaurantes más visibles de París, siempre alerta y siempre atenta.

La única vez en que esa sensación de ser observada volvió a mi cuerpo llegó y se fue tan rápido que apenas tuve tiempo de asimilarla.

Empecé a usar mi antiguo teléfono, pero no me había atrevido a llamar a Diego; por primera vez entendí sus palabras cuando dijo que tenía tanto miedo de que yo lo rechazara, porque me sentía exactamente igual.

Así que, cobardemente, me quedaba viendo la pantalla por horas, esperando cualquier señal de su parte.

La siguiente vez que llamé a mi hermano, le solté la bomba de que estoy embarazada.

No reaccionó tan sorprendido y al final me confesó que ya lo sabía; que el mismo día que se firmó el divorcio, Diego encontró la prueba de embarazo en mi habitación y lo buscó desesperado por cualquier tipo de información que lo hiciera encontrarme.

Eso me dolió. Mucho. Una piedra más a este costal que cada vez se hacía más pesado. ¿Cómo pude equivocarme tanto? A pesar de esa confesión, no le dije que había visto a Diego y que lo había alejado de mí una vez más.

Santino se dio cuenta de que aún intentaba saber de él, así que me contó que fue directamente con el jefe de la organización para preguntarle.

Lo único que le pudo sacar, fue que Diego le estaba haciendo un favor a la organización y que, después de eso, se tomaría un año sabático.

No sabía que eso era posible, no al menos dentro de la mafia.

—¿Qué pasará después de ese año? —le pregunté. ¿Sería que solo tenía ese tiempo con Diego antes de que tuviera que regresar a trabajar para la mafia? ¿Y si después de un año me pedía a mi hijo?

Sacudí la cabeza, entendiendo que Diego sería incapaz de hacer algo así. Pero todavía había muchas preguntas que no tenían respuesta, y mientras él no se dejara ver o yo no lo encontrara, no habría manera de que las supiera.

—No estoy autorizado para darte esa respuesta. Tal vez tengas que preguntarle a él mismo. —Esa réplica me hizo atragantarme con la bebida que me estaba llevando a la boca en ese justo momento .

—Pero… —respondí con dificultad.

—No nos hagamos tontos, hermana, sabes que no lo soy. No hay otro lugar donde Diego pueda estar si no es buscándote por todo el puto mundo —aseguró.

Lo sabía tan bien como él. Entonces le conté todo. Todo lo que había pasado desde que llegué, lo de mis sospechas, lo de mi paranoia y lo que ocurrió cuando por fin Diego se presentó frente a mí en el hospital después de esa primera llamada que le hice.

Y también llegué a la parte cuando lo hice irse de nuevo y cómo dejé de sentir su presencia desde entonces. No reprimí las lágrimas. Mi hermano fue muy paciente conmigo y comprensivo todo el tiempo.

—¿Aún lo amas? —me preguntó.

—Más que nada en este mundo.

—Tienes que decírselo.

—Eso es lo que intento. He estado fuera cada día de las últimas semanas en los lugares públicos, paseando por mi edificio, por los parques cercanos, y no está.

—Mmm. Entiendo —dijo con un deje curioso en su voz—. Creo que tengo una idea.

Le fruncí el ceño al teléfono antes de volver a pegarlo a mi oreja.

—Conozco esa voz, hermano, y creo que no me va a gustar lo que vas a decir, ¿verdad?

—Tal vez no te guste, pero conozco a mi amigo; me atrevería a decir que lo conozco más que tú.

Porque tú lo conoces como esposo, como proveedor y un hombre enamorado.

Pero yo lo conozco como hombre, a un nivel del que tal vez tú no eres consciente, y te aseguro que Diego, como yo o cualquier otro con un poco de sangre en las venas, va a reaccionar si haces exactamente lo que te voy a decir .

No sé si decir que estaba desesperada, aunque, a decir verdad, sentía que el tiempo se me acababa. Necesitaba encontrarlo, necesitaba que me encontrara. Entonces escuché todo lo que mi hermano tuvo que decir.

Que la sangre se me fuera hasta los pies se quedó corto cuando me reveló su plan. Quería creer que había otra forma de lograrlo, pero después de insistir y de explicarme, entendí que, si esto no lo atraía hacia mí, nada más lo haría, y tendría que atravesar ese puente una vez que llegara ahí.

Hubo un día completo en el que no salí de casa en ningún momento. Necesité muchas horas para asimilar la locura de idea que Santino había metido en lo más profundo de mi mente.

Hubo momentos en los que me reí como loca, y otros en los que quería llorar desesperadamente.

Al día siguiente tomé la decisión y supe que tenía que hacerlo.

Tenía que arriesgarme, así como él se arriesgó; tal vez piense que falló, pero no lo hizo, y yo me voy a arriesgar para también demostrarle que podemos hacerlo.

Encontraremos la manera siempre y cuando estemos juntos.

El plan se puso en marcha solo unos días después. Empecé visitando el parque que tenía cerca de mi edificio. Dejaba que Ana guardara su distancia mientras yo fingía tener una llamada telefónica.

Fingía risas y simulaba hacer las preguntas de rutina que se hacen en una primera cita: ¿A qué te dedicas? ¿Qué te gusta hacer? ¿Cuáles son tus hobbies? ¿Te gusta viajar? ¿Qué opinas de los niños?

Esa fue la pregunta más difícil; sabía que no había nadie del otro lado de la línea, pero fingir que conocía a alguien e intentaba advertirle que habría un niño en el cuadro si accedía a conocerme, fue lo más difícil que nunca hice.

Ahora, más que nunca, deseaba que Diego no me estuviera escuchando; aunque fuera mentira, aunque fuera un teatro solo para hacer que él viniera a mí…

sentía qu e lo estaba traicionando. Solo podía rogar porque apareciera pronto, realmente pronto.

Dentro de casa las cosas seguían igual; seguí alimentándome lo mejor que pude para mi bebé e hice todos mis ejercicios. Incluso, una semana después, por fin pude intentar ponerme de pie.

No me dolió físicamente; se sintió tan natural, como si nunca hubiera dejado de hacerlo. Pero hubo un dolor que fue interno por no poder compartirlo con Diego, por no poder compartirlo con el padre de mi hijo y con el hombre al que tanto amo.

Fue una victoria amarga. Mis primeros pasos desde hace casi dos años los di estando en mi estado emocional más vulnerable. Las hormonas me estaban matando, la necesidad me estaba matando y la incertidumbre de saber si mi plan estaba funcionando me estaba matando también.

Así, el día que visité al doctor que me operó, me felicitó y me dijo que todo estaba perfectamente bien con mis rodillas, y que podía empezar a caminar una hora al día en lo que mi cuerpo se acostumbraba.

El festejo incluyó lágrimas rodando por mis mejillas; era una mezcla de felicidad y frustración.

Estaba tan contenta con esperanzas reales finalmente cumplidas, pero al mismo tiempo mi corazón anhelaba lo único que no se hacía presente.

Entonces empecé a hacer justo eso: caminar una hora adentro de mi departamento todos los días durante quince días más.

Después de acostumbrarme a volver a caminar, me dije que era suficiente.

Con la ayuda de mi hermano, estaba a punto de llegar al punto máximo de este plan para hacer que Diego regresara.

Sabía que, si después de esta noche Diego no aparecía, quizás no lo haría nunca, y tendría que estar preparada para cualquiera que fuera el resultado.

Santino me habló de un viejo amigo que precisamente residía en París; no quise creer que todo era una casualidad y más bien lo tomé como parte de su plan .

El punto es que hoy saldré a cenar con ese amigo. Nerviosa es poco para lo que siento dentro de mi cuerpo. Con casi veinte semanas de embarazo ya no hay manera posible de ocultar a mi bebé, aunque claro, nunca he querido ocultarlo.

En esta ocasión Ana no me acompañará; será el amigo de mi hermano quien me recoja en la puerta de mi edificio. Aún no he caminado en ningún lugar que no sea dentro de mi departamento, así que seguiré usando la silla de ruedas hasta que tenga a Diego frente a mí.

Necesito que él sea la primera persona, después de Ana, claro, en verme caminar; es lo mínimo que le debo, y no solo se lo debo, sino que yo lo deseo así. Yo quiero que él sea el primero en verme, quiero compartir la felicidad de lo que he buscado por tanto tiempo solo con él.

Para esta célebre ocasión, por supuesto que estoy usando un vestido más elegante de lo que usualmente uso aquí en París, y me aliso el cabello dejándolo caer por mi espalda desnuda.

La ocasión lo amerita; se supone que estoy yendo a una cita romántica con el amigo de mi hermano. Soy una mujer soltera, así que no debo de sentirme mal, aunque solo puedo pensar en una cosa: en lo que pasó la última vez que un hombre se acercó a mí con intenciones románticas.

Estoy lista, esperando en el vestíbulo del edificio.

Conocí al hombre por una foto, pero cuando lo miro entrar portando un traje elegante que hace resaltar el color de su piel, dios, casi se me saltan las cuencas de los ojos.

Es impresionante a la vista, y aún así, no sentí nada.

Absolutamente nada fuera de los nervios por llegar al límite en la búsqueda de mi Diego.

Me saluda con una sonrisa y me guiña el ojo. Él sabe a lo que viene y no sé qué favores le debe a mi hermano para aventurarse a hacer esto.

—Soy Marco. —Se presenta.

Extiendo mi mano para saludarlo y él la toma para besarla .

Entonces… justo como lo prometió mi hermano, esa sensación que estuvo ausente por tanto tiempo, regresa.

Y solo lo sé.

Diego está cerca. Y lo está viendo todo.