En Esta Vida No 35 DIEGO
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35 DIEGO

—Vete…

Una sola palabra y es más amarga que un tiro en la garganta. No. Esto no es lo que está pasando. Mi corazón se comprime; arrugo el entrecejo, solo tengo que explicarle mis razones. Abro la boca, pero Milene vuelve a hablar antes de que pueda decirle nada.

—Por favor, solo vete.

Su voz está a punto de quebrarse y lo único en lo que puedo pensar es en que todo esto es mi culpa. Yo le he provocado todos sus ataques desde el día en que nos casamos. Y, aun después de divorciados, sigo siendo yo el malo de la historia.

¿Qué más pruebas necesito para saber que Milene no va a cambiar de opinión?

Haga lo que haga. Espere el tiempo que espere. No me voy a perdonar si, una vez más por mi culpa, Milene sufre otro ataque de pánico, o si algo más grave le pasa a nuestro hijo. Dios, ese pequeñito pedazo de mí… Me duele tanto. No es lo que estaba decidido a hacer, pero no tengo elección en esto.

Me voy.

Me levanto lentamente de la silla; Milene respira entrecortadamente mientras lo hago. Admiro sus hermosos ojos solo un segundo de más, y más vale que esta vez me sea suficiente .

Entonces empiezo a alejarme. De ella, de mi hijo. De todo. Milene no me detiene. Después de todo lo que hice, después de todo y de que estoy seguro de que me ama y de que dejé todo para seguirla… aun así no es suficiente para que ella me quiera cerca.

Y me duele mucho más de lo que jamás creí. Niego con la cabeza gacha y no miro hacia atrás.

No cuando salgo de su habitación.

No cuando paso al lado de Ana sin decir una sola palabra.

No cuando salgo del edificio.

No cuando dejo mi corazón con ella en esa habitación de hospital.

MILENE

Quiero detenerlo, de verdad que quiero. Quiero decirle que regrese y que me abrace con todas sus fuerzas; quiero oírlo decir que me ama y que está aquí para quedarse, que ha hecho todo esto porque nos ha elegido a nosotros…

Pero no lo hago. Y me lamento mucho por eso. Tanto que mi pecho me quema. Mis pulmones no reciben el aire suficiente y siento cómo la oscuridad me amenaza de nuevo.

La puerta de mi habitación se abre lentamente y ruego porque sea Diego, ruego porque esté decidido a no hacer caso de mis palabras; pero no es él.

Es Ana y su cara termina de incinerar mi corazón. Él se fue. De nuevo fui yo la que lo alejó. Él estaba aquí, cuidando de mí, esperando por mí. Y no apareció hasta que yo tuve ese ataque de pánico por no saber si él estaba siquiera vivo. Y lo arruiné .

Me llevo la mano al vientre, al pequeño bulto que antes él estaba tocando… Me siento tan mal conmigo misma que dejo salir mis lágrimas en un grito desgarrador.

Ana corre a mi lado y me abraza, pero nada de lo que hace o pueda hacer se comparará con lo que sentí cuando, hace apenas unos minutos, estuve en los brazos del hombre que amo. Y no sé si pueda perdonarme por lastimarlo así.

Él debería estar enojado conmigo. Me fui estando embarazada; no le dije que un príncipe de la mafia crecía en mi vientre y seguí con esto. Y a esto he llegado.

—Tranquila. Todo saldrá bien. Por favor, no se exalte, le hará daño al bebé —me pide, me ruega, preocupada.

Pero no puedo dejar de pensar en que acabo de correr al hombre que tal vez sí me eligió, me perdonó y me persiguió hasta encontrarme.

¿Qué voy a hacer ahora?

—¿Dónde está? —Intento preguntar, pero sé que no salen palabras completas de mi boca. Así que lo vuelvo a intentar—: ¿Dónde está? Dime, ¿dónde está Diego?

Ana aprieta sus labios en una línea fina. Entonces niega con la cabeza.

—Búscalo. Por favor, no dejes que se vaya. —Le suplico, jalándola de su blusa—. Tráelo de nuevo.

—Milene, ¿está segura? Lo miré salir del hospital antes de entrar aquí.

No puede ser tan tarde.

—Él me trajo aquí, ¿verdad? Ve y búscalo, dile que regrese.

—Está bien, haré lo que pueda; pero si no descansa e intenta tranquilizarse, le diré al doctor que la duerma de nuevo.

Por primera vez me molesto con ella. Quiero reprenderla, pero ella se para y camina hacia la puerta .

—Lo digo en serio. Si pudo esperar meses para ponerse delante de usted, usted también puede esperar unos días más. Al menos hasta que salga del hospital.

Después de eso sale de la habitación, mientras yo me quedo sin poder respirar. Tal vez Ana tenga razón, pero no justo ahora, no me importa.

Siento mi corazón más acelerado que nunca, y todo lo que le dije a Diego hace un momento me tortura al punto de no retorno.

«Estoy aquí, bebé. Perdóname por no mostrarme antes; tenía tanto miedo de que me rechazaras. Pero nunca más, amor. Nunca más te dejaré sola» .

Eso cuenta como una promesa, ¿verdad? Tiene que serlo. Él está aquí. Él volverá, podremos aclarar todo y cumplirá su palabra. Con ese pensamiento cierro los ojos y, acariciando mi vientre, me dejo vencer por la oscuridad.

Cuando despierto, es un nuevo día. No sé cómo pude dormir tanto. Pero a pesar de la hermosa luz que entra por las ventanas, todo a mi alrededor se siente opaco. Sin vida. Triste.

—Buenos días, señora Romano. —Es la misma enfermera de ayer—. Me alegra que esté despierta. Tiene que comer algo; desde el día de ayer que no prueba bocado y, aunque la tenemos conectada a la intravenosa, el bebé necesita más que eso.

Asiento, desesperada, sintiéndome la peor madre del mundo. Pero no puedo evitar pensar en si Diego regresó.

—¿Alguno de mis familiares está por aquí? —pregunto, pasándome las manos por el vientre.

—Una mujer de nombre Ana pasó toda la noche en la habitación. Esta mañana le sugerimos ir por ropa, esperando que podamos darle el alta esta misma tarde.

Asiento.

—¿Y no hay nadie más? —Agacho la mirada con vergüenza por seguir intentando saber algo de Diego .

—Si se refiere a su esposo… —Levanto la cabeza de golpe y la miro con los ojos agrandados, esperando buenas noticias—. Lo siento, no lo hemos visto desde ayer y tampoco ha preguntado por usted en la recepción.

Crash .

El sonido de mi corazón. O de lo que queda de él.

—Gracias. —Me obligo a sonreír, pero dejo de escuchar lo que pasa a mi alrededor.

Espero la comida y, aunque no le encuentro ningún sabor, como. Porque mi hijo me necesita, ahora más que nunca. Un par de horas después, Ana entra con una bolsa de ropa para mí. Me sonríe y sé que intenta hacerme sentir mejor. Agarro la bolsa de ropa y la pongo a mi lado.

—Qué gusto que esté despierta. En la recepción me dijeron que ya desayunó y que esta tarde podrá salir. La recuperación seguirá desde casa —me dice muy animada. Ojalá yo pudiera sentirme igual. Asiento.

—¿Lo encontraste?

Con los ojos me dice la respuesta antes de que salga de sus labios. Desvío la mirada hacia otro lado para que no mire el dolor que me causará saber la verdad.

—No, lo siento. No dejó un número de teléfono y no dijo dónde se está quedando. —Se encoge de hombros—. Tal vez es mejor así; ayer estaba muy alterada, y no es para menos.

—¿Por qué lo dices así? —le pregunto, ocultando el dolor interminable que siento en mi corazón—. ¿Hablaste con él?

—Un par de palabras, apenas. Dijo que estaba aquí desde hace más tiempo del que yo podía pensar. —Niega con la cabeza, ofendida—. Le reclamé por todas las veces que usted creyó estar volviéndose loca porque creía haberlo visto .

—Oh —solo digo eso—. Entonces no lo encontraste, pero él dijo que ha estado aquí desde hace tiempo. Lo más probable es que pronto vuelva a aparecer, ¿verdad?

No sé lo que estoy diciendo. Tal vez sí me volví loca de atar.

—Espere… —Ana se levanta y da unas cuantas vueltas en la alfombra delante de mí—. ¿Usted de verdad quiere que regrese? ¿Que aparezca para reclamar su paternidad y tal vez insistir en que regrese a Chicago? —Su voz suena molesta. Y una parte de mí sabe que tiene razón, pero la otra…

—Bueno, si lo pones así…

No lo sé. Y no sé si Diego sea el tipo de hombre que me obligaría a volver ahora que sabe que tendrá un hijo. Un heredero a quien entrenar y dejarle su mundo.

¿A quién engaño? Claro que lo conozco; si quisiera hacer eso, ya lo hubiera hecho hace semanas.

En cambio, me encontró y esperó semanas hasta sentirse seguro de mí.

Y estoy segura de que entraba cada noche a hablar con nuestro hijo; ¿de qué otro modo lo reconocería al instante en que escuchó su voz?

Yo me equivoqué. No reaccioné como en realidad debí hacerlo. Me asusté y arruiné nuestro encuentro después de meses de no verlo. Meses que, para mi corazón, bien pudieron ser siglos.

Voy a esperar un par de días. Él volverá, lo sé. O al menos eso espero con todas mis fuerzas.

Le pido mi silla a Ana y tomo mi ropa para entrar al baño y ducharme. A partir de hoy, estaré cada momento del día lista para volverlo a ver.

Ojalá hubiera besado sus labios.

[*** ]

Ya es casi el final del día cuando por fin me dan el alta. Mis emociones han estado a flor de piel; cada paso extraño o pequeño sonido me hace levantar la cabeza.

Mentiría si dijera que no espero que Diego aparezca delante de mí en cualquier momento. Yo… yo haría las cosas diferentes esta vez. Pero no lo hizo. No hoy. Y tengo miedo de que tampoco lo haga en el futuro próximo.

Llegamos al departamento, pero he estado tan cansada de estar acostada que ruedo en mi silla y me detengo frente a mi piano.

—Solo un momento, ¿está bien? Prepararé la cena. —Me advierte Ana. Últimamente se está comportando como si fuera mi madre. Literal, a veces me gusta y a veces me hace poner los ojos en blanco.

Pero hay otra cosa que está pasando y que no me gusta para nada. Desde que salí del hospital, hay algo que sentí —o que más bien dejé de sentir— una vez que puse un pie afuera; me di cuenta por todo el camino de regreso y también cuando llegamos al departamento.

Incluso ya no lo siento estando dentro: ya no me siento observada.

Ya no siento esa sensación de que alguien esté cerca de mí.

Esperando. Me gustaría pensar que es porque ya lo descubrí y porque ya sé que todo el tiempo era él esperando por mí, cuidándome; pero algo dentro de mi corazón me dice que no lo siento porque no está más.

Y eso me hace tocar un nivel más profundo de soledad.

Entonces hago lo único que sí sé hacer bien: toco el piano como nunca antes lo había hecho. Con dolor, con tristeza y con las esperanzas destrozadas.

«Tenía tanto miedo de que me rechazaras» .

Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas; él tenía miedo de mi reacción.

«Por favor, hazlo por nuestro hijo» .

Mi garganta se cierra hasta el punto de no poder respirar. Entonces me detengo. No puedo seguir tocando, no así. Necesito encontrarlo. Necesito que me encuentre de nuevo. Necesito decirle que lo siento mucho y que lo amo. No solo que lo amo, sino que lo necesito tanto que me duele el solo respirar.

Una hora después ceno con Ana, a pesar de no tener hambre. Esto no se trata de mí o de mi corazón; esto se trata de mi hijo, y no seré una mala madre como ya estoy siendo una mala mujer.

El tiempo se arrastra y horas después, acostada en mi cama, empiezan los nervios de que tal vez, solo tal vez, él entre aquí, como estoy segura de que lo hizo cada noche.

No sé cómo lo hizo estando yo en el último piso del edificio, pero suena a algo que haría un hombre desesperado.

Pensar en eso solo me recuerda lo mal que lo traté.

Ahora ya puedo doblar un poco mis rodillas, así que me recargo en la cabecera de la cama y las flexiono para descansar mi frente en ellas mientras espero.

Pero la espera se vuelve muy larga y no hay rastro de él.

No en mi habitación, no en el aire. Y me quedo dormida pensando que, tal vez, logré alejarlo para siempre.

Y no puedo imaginar un dolor más grande que ese.