En Esta Vida No 34 DIEGO
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34 DIEGO

La llevo al hospital serpenteando por el tráfico, acelerando cada vez más rápido. Hasta que, de un segundo a otro, me detengo de golpe; lo hago por dos razones.

El recuerdo llega en oleadas: esa vez que salimos de la iglesia después de pronunciar nuestros votos, buscando algo para comer antes de la recepción, y que, por algo parecido a lo que estoy haciendo, a Milene le dio un ataque de pánico.

Soy un idiota si dejo que eso me vuelva a pasar.

Si despierta en este momento, serán muchas cosas que asimilar y no me puedo arriesgar a que pase algo peor, y todo por mi culpa.

Después viene la razón número dos: nuestro hijo. No puedo ponerlo en riesgo, menos ahora que estoy a punto de recuperarlos. Reduzco la velocidad considerablemente sin dejar de mirar por el espejo retrovisor. Afortunadamente, todo está cerca en París.

Llego a la sección de urgencias del hospital y me bajo para rodear el auto. Abro la puerta; Milene está despierta, pero no está cien por ciento consciente. Parpadea, pero no termina de abrir los ojos.

Cuando llegan los enfermeros con una camilla, les digo, lo mejor que puedo, lo que acaba de pasar: que necesita ayuda, que no puede caminar y que está embarazada. Afortunadamente, París es el lugar más turístico del mundo; que les hable en inglés no genera ningún problema .

—Vas a estar bien, amor —susurro cuando miro cómo la llevan en la camilla.

Hasta que desaparece y mi cuerpo no lo soporta más.

Caigo de rodillas y mis palmas chocan con el suelo frío.

Escucho un auto chirriar detrás de mí y no me levanto hasta que la sombra de Ana se detiene a mi espalda.

Me recupero lo mejor que puedo y me paro en toda mi altura para ponerme frente a ella.

—¿Cómo está? —pregunta, agitada.

—Vamos. —Le hago señas para entrar y averiguarlo.

Una vez dentro, dejo que ella se acerque al mostrador para dar toda la información que sea necesaria. Algo en mi pecho se oprime. Algo me está destrozando por dentro y tengo miedo de que este mal presentimiento se haga realidad.

No sé lo que Santino le dijo al final, no sé lo que Milene sabe o piensa de mi paradero, no tengo idea de lo que le voy a decir cuando despierte, y no voy a negar que siento que el tiempo se me está acabando; pero no me voy a rendir.

No mentí cuando dije que me voy a pasar la vida demostrándole todas las razones por las que tenemos que estar juntos, siendo la principal de todas que no puedo vivir en una vida donde ella no me mire cada mañana, en un mundo donde no pueda escuchar su risa o ver sus manos tocar el piano con esa pasión como nunca antes conocí.

Me paso las manos por la cara con frustración. Siento la presencia de Ana regresar a mi lado; abro los ojos y miro cómo se cruza de brazos frente a mí.

—¿Hace cuánto que está aquí? —me pregunta con el ceño fruncido.

Enarco una ceja y levanto la comisura de mi boca.

—Hace más tiempo del que puedas creer. —Decido empezar a poner las cosas en orden .

Ana se lleva una mano a la boca y ahoga un sonido de sorpresa. Después niega con la cabeza.

—¿Entonces esas apariciones y cosas extrañas en la casa y en el parque? ¿Todas las veces que Milene se sintió observada? —pregunta, y yo asiento una sola vez. Porque no tengo ganas de hablar. No ahora.

—Después, cuando Milene esté bien, le diré todo. Ahora solo quiero verla y hacerle saber que nunca más me apartaré de ella. O de nuestro hijo.

Abre mucho los ojos; no sé si no esperaba que lo supiera o si no esperaba que quisiera quedarme.

—¿No estará pensando en llevársela de nuevo, o sí? —Un gruñido se forma en mi garganta, pero no tengo tiempo de responder porque, en ese momento, un doctor se acerca con una tableta en la mano. Revisa algo en ella y luego dice:

—¿Familiares de Milene Romano?

—Yo.

—Yo.

Hablamos Ana y yo al mismo tiempo. Frunzo el ceño en su dirección y esta vez sí gruño.

—Soy su esposo —digo con fuerza.

Ana abre la boca, supongo que para negarlo, pero mi mirada debe hacer su trabajo, porque decide no decir ni una sola palabra más.

—Bien —dice el doctor—. Su esposa está despierta ahora. —Mi corazón está a punto de salirse de mi pecho—. Tuvo un ataque de pánico que la dejó inconsciente, pero ahora está bien. La pusimos a descansar porque estaba un poco nerviosa y, si debo decirlo, un poco asustada por su bebé.

—¿Mi hijo está bien? —pregunto, dando un paso más cerca del doctor. Sus ojos se abren con el miedo que produjo mi pregunta, pero no es como que pueda quitar la cara de asesino que he perfeccionado a lo largo de los años.

—Está fuera de peligro —responde por fin, con una gota de sudor rodando por su frente.

—¿Puedo verla? —pregunto, un poco más relajado.

—Si usted cree que es lo más conveniente, hágalo. Pero nada de sorpresas ni de hacerla hablar mucho. El bebé necesita tranquilidad.

Eso me alarma.

—Dijo que mi hijo está bien —gruño de impotencia, sin poder frenarme.

—Así es, el bebé está bien; pero las emociones fuertes nunca son buenas durante el embarazo. Tiene que tratarla con delicadeza y paciencia. Sea lo que sea, lo que la esté molestando, tiene que hacer que lo deje a un lado.

Asiento con la cabeza, pero por el rabillo del ojo puedo ver la cara de preocupación que tiene Ana. Yo también estoy preocupado. Eso de evitar las emociones fuertes… bueno.

El momento al que tanto le he temido está a punto de pasar, y no tengo ni idea de cómo va a reaccionar.

MILENE

Abro los ojos y descubro que estoy en un hospital; todo está blanco y el bip constante, que es lo único que suena en la habitación, lo confirma. Entonces lo recuerdo todo: esa llamada con mi hermano, la noticia de que Diego no está.

Me levanto asustada .

—Diego, Dios, Diego, ¿dónde estás? ¿Por qué tenías que desaparecer?

Mi voz sale temblorosa, así como mi cuerpo cansado me vence y dejo caer mi espalda en el colchón. Me acerco las manos al corazón; todo es tan confuso en este momento.

Antes de que pueda seguir pensando, a la habitación entra una enfermera seguida por un médico de aspecto mayor y formal. No digo nada; dejo que ellos hablen primero.

—Señora Romano, ¿verdad? —Asiento con la cabeza.

—¿Qué me pasa, doctor? ¿Por qué estoy aquí? —pregunto con la garganta seca.

—Sufrió un ataque de pánico en el centro comercial; sus familiares la trajeron aquí.

«¿Ana lo hizo sola? Pobre, el susto que debí darle» .

Me siento mal por lo que pasó; simplemente no lo pude evitar. Nada de mí pudo soportar esa llamada. Entonces, me acuerdo de mi bebé.

—Oh, Dios, doctor, ¿mi bebé está bien? —Me escucho a mí misma desesperada. Estoy desesperada.

La enfermera se acerca y hace algo con el líquido que gotea hasta mis venas.

—No se preocupe, su hijo está bien. Pero tengo que advertirle que tiene que alejarse por un tiempo de lo que sea que le ocasionó ese ataque de pánico.

Asiento con la cabeza, sabiendo que nunca podré hacer eso. Haré el esfuerzo por mi bebé, pero nunca dejaré de preocuparme por Diego. Pensar que estaba haciendo su vida como él quería era una cosa, pero ahora saber que está posiblemente en peligro… no lo puedo soportar.

El doctor me mira fijamente y hace la pregunta:

—¿Sus rodillas ?

—Acabo de pasar por una cirugía de reconstrucción hace un mes; falta poco para que pueda intentar caminar. —Le explico todo a grandes rasgos.

—Entiendo. Lo mejor será que descanse un poco. —Le hace una seña a la enfermera y esta me inyecta algo en el suero. El doctor mira mi cara de preocupación y se apresura a decir—: No se preocupe, no le hará daño al bebé; solo queremos que esté tranquila por las próximas horas.

Sí, no creo que eso sea posible. No se lo digo.

—Trate de dormir. Cuando despierte, sus familiares estarán aquí. —Asiento con la cabeza porque, en realidad, no hay nada más que pueda hacer.

Pero una vez que salga de aquí… Encontraré a ese… no sé cómo lo haré, pero lo encontraré y le haré pagar por todo lo que me está haciendo. Por lo que nos está haciendo.

Él pudo elegirme, él pudo elegirnos y, aun así, está allá, en algún lugar del mundo, desaparecido. ¿Qué de bueno puede tener ese estilo de vida?

Hay tantas emociones que se arremolinan en mi pecho, pero poco a poco siento mis párpados pesados. No me doy cuenta de cuándo me quedo profundamente dormida, solo para respirar su aroma entre sueños.

Maldita sea. Lo voy a matar cuando lo encuentre.

DIEGO

Entro en la habitación de Milene con la frente en alto. No le puedo tener miedo a mi mujer, y nada de lo que diga me hará dejarla. Esta vez no .

Suspiro cuando me doy cuenta de que está profundamente dormida; suelto todo el aire de mis pulmones, aliviado.

Tal vez no estoy tan seguro de mí mismo como quiero aparentar, pero no voy a agachar la cabeza.

Milene es mía y el hijo en su vientre es mío; ambos son míos para cuidar, para proteger, para amar por el resto de mi vida.

Así me tarde la vida en ello, haré que me ame de nuevo.

Me acerco a su lado y me siento en la silla que está a un costado de su cama. Tomo su mano y pego mi frente en ella. Siento su pulso tranquilo y constante; ojalá siga así cuando despierte. Lo menos que quiero es causarle otro ataque de pánico.

—Te amo tanto, mi amor. Tanto que me sacaría el corazón del pecho para dártelo si fuera necesario.

Cierro los ojos y no sé cuánto tiempo pasa cuando escucho su murmullo de voz.

—Dios, no. Otra vez un sueño.

Se escucha cansada. Me prometo que nunca más la haré pasar por esto. Me preparo para lo que voy a encontrar; sostengo el aire dentro de mis pulmones, levanto la cabeza y le sonrío mientras las lágrimas que se estaban guardando para este preciso momento se desbordan de mis ojos.

—Esta vez no es un sueño, bebé.

MILENE

No. Otra vez no, por favor. Todo su aroma está impregnado en mis pulmones; cierro los ojos porque no puedo soportar verlo desaparecer de nuevo. Entonces lo pido con todas mis fuerzas:

—Dios, no. Otra vez un sueño .

Por más real que se sienta, me preparo para que la aparición de Diego frente a mí desaparezca. En cambio, no desaparece. Su mano, que sostiene la mía, ejerce más fuerza; escucho su suspiro y, cuando levanta la cabeza, esos pozos azules que tanto he necesitado sueltan un mar de lágrimas.

Lágrimas que mojan mi mano. Esto no puede ser un sueño, ¿verdad? Sigo esperando el dolor de cuando parpadee y, como la fantasía que es, desaparezca y me deje sola de nuevo; pero no es eso lo que pasa, porque abre la boca y con esa voz que me hace temblar todo el cuerpo, dice:

—Esta vez no es un sueño, bebé.

Y pasa algo que nunca hubiera imaginado: mi bebé reacciona a su voz.

Por primera vez siento un movimiento dentro de mi vientre, y es mi hijo reaccionando a la voz de su papá.

Maldita sea, esto es real. Abro los ojos tanto como puedo; mi boca, que ya estaba seca, se seca aún más, haciéndome abrirla para tomar aire.

—No —digo apenas.

—Sí, amor.

—¿Diego? —Tiene que ser un sueño, tiene que desaparecer en cualquier momento.

—Sí, Milene, soy yo. —Levanta mi mano para ponerla en su mejilla y siento la humedad de sus lágrimas, la aspereza de su barba, incluso siento el calor de su sangre.

«No. No. No» . Sacudo la cabeza con los ojos cerrados.

—Amor, por favor, no te esfuerces. Hazlo por nuestro hijo. —Entonces abro los ojos para seguir viéndolo delante de mí, con una mano en mi vientre y mi hijo saltando como un loco dentro de mí.

—Dios, estás aquí. —Chillo más fuerte, y hago lo único que puedo hacer: me lanzo directo a sus brazos.

Entierro mi cara en su cuello, lo respiro a él, a su calor, a su perfecto aroma. Estoy en sus brazos. Me siento en el cielo después de haber descendido al mismo infierno de los corazones rotos .

—Estoy aquí, bebé. Perdóname por no mostrarme antes; tenía tanto miedo de que me rechazaras. Pero nunca más, amor. Nunca más te dejaré sola —dice, pero no creo que sea capaz de asimilar sus palabras en este momento.

Diego está aquí. Dios, me encontró. Es demasiada información para un día, pero hay algo que me llama la atención de todas sus palabras. Muy a mi pesar, me separo de su cuerpo para verlo a los ojos, y él sabe lo que se aproxima.

—¿Desde cuándo estás aquí?

—Milene…

—¿Desde cuándo, Diego? —exijo.

—Llegué el día que entraste a quirófano. —Ahogo un jadeo que me deja sin aire en los pulmones—. Pero te encontré desde que Ana llegó a París.

—No, por favor, dime que no es cierto.

No lo dice. Y caigo en la cuenta de que todas las veces que me sentí observada, cuando creí escucharlo y cada vez que sentí su aroma… no estaba imaginando cosas.

Era él. Y no sé cómo sentirme al respecto; solo sé que mi corazón se siente traicionado. Me suelto de su agarre y regreso a mi cama. Me tomo un momento para relajarme y después digo:

—Vete.