En Esta Vida No 33 DIEGO
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33 DIEGO

Las siguientes semanas son más de hacer lo mismo: dejar mi aroma en su cuarto cada mañana, hablarle al pequeño ser que crece en su vientre cada madrugada y admirar el rostro de la mujer que amo cada noche.

No dejo pasar que su rostro parece más cansado, casi rayando en lo triste. La operación fue un éxito y ya ha empezado con sus ejercicios de recuperación, y eso es lo que ella más quería en la vida.

Me cuesta entender el origen de su semblante triste, aunque puedo darme una idea, ya que mis ojos están así siempre que no estoy con ella.

Me hubiera gustado poner micrófonos en su habitación para saber lo que habla cuando no estoy ahí, pero ya me sentía lo suficientemente mal por hacer todo esto a escondidas.

Quiero parar. Quero presentarme en su puerta con los brazos extendidos y saber que ella se lanzará a mis brazos, solo que el miedo de que no lo haga, de que no me corresponda… no me deja hacerlo.

Hasta este día, cuando casi la pierdo de nuevo. Nunca he tenido tanto miedo en mi puta vida. Ese momento hace que todo mi mundo se me venga abajo, y me digo que ya he terminado con esto.

Nunca más.

Ahora me escuchará.

[*** ]

Tuve mucho tiempo para investigar a su médico obstetra.

Me aseguré de piratear todo lo que había en su computadora, cada uno de sus archivos y los resultados de cada visita que Milene tuvo con él.

No me gustó que es demasiado joven para esa profesión.

Es muy bien parecido; seguro que más de una de sus pacientes se le lanza a los brazos.

Llámenlo celos o llámenlo instinto, pero algo en él no me gustó, así que quise saber todo lo que tuviera debajo de la alfombra. Con un solo mensaje a Óscar —claro, después de un gran depósito de pago— fue suficiente para que ese mismo día me mandara un sinfín de irregularidades en su contra.

Eso incluía una serie de reportes y quejas en contra de él. Me sorprendí cuando miré la razón de esas quejas. El último había sido un reporte por una de sus antiguas pacientes, una madre soltera que se metió con él y después no la volvió a ver…

Eso me hizo enojar mucho. A este punto, él ya sabe que Milene está sola, pero está muy equivocado si cree que puede hacer algo parecido con mi mujer. Desgraciadamente, sus títulos son reales y no hay queja alguna de su trabajo; eso no quita que moralmente sea una mala persona.

Sí, yo no soy la Madre Teresa de Calcuta, pero estamos hablando de mi mujer y de mi hijo, así que tuve que tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, muy temprano, entro en su consultorio. Cierro la puerta detrás de mí, haciendo el sonido correspondiente, así que cuando la recepcionista se da cuenta de que está en peligro, abre mucho los ojos y dice a la defensiva:

—Yo no sé nada.

Sí, esa reacción es algo sospechosa. Si no sabe nada, ¿por qué tendría que decirlo? Me acerco a ella, viéndome cada vez más grande y ella cada vez más pequeña.

—Solo haz lo que te diga y saldrás bien de esto. —Asiente con la cabeza, nerviosa, llena de miedo—. Tranquila, no estoy detrás de ti. —Vuelve a asentir.

Le hago una seña con el mentón, preguntando si esa es la dirección del consultorio de su jefe. Me dice que sí.

—Pero él aún no llega —me advierte.

—Mucho mejor. —Camino en esa dirección, pero a medio camino me detengo. La miro por encima de mi hombro para decirle—: Cancela todas las citas para el día de hoy; solo recibirán a Milene Romano.

Noto que reconoce el nombre, pero no espero a que confirme. Entro en el lujoso consultorio y me siento en la oscuridad, esperando.

No por mucho. Veinte minutos después, el hombre que reconozco por las fotografías en el informe entra muy despreocupado. Seguro de sí mismo. Típico. Arroja su saco en el respaldo de su silla. «Bien» . Parece que la chica saldrá bien librada después de todo.

El muy tonto se apresura a sentarse en su escritorio. Es entonces cuando salgo de las sombras, causándole un susto de muerte.

—¿Quién…? ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —Se levanta de su silla e intenta abrir un cajón de su escritorio.

—Yo no haría eso si fuera tú. —Me mira con los ojos muy abiertos y retrocede con las manos en el aire.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Quién te mandó? —pregunta a la defensiva.

—Tranquilo, doctor. Ningún novio o esposo molesto me ha enviado por acostarte con sus mujeres embarazadas.

—En ese momento abre mucho más sus ojos; la palabra miedo se queda corta.

Casi me rio, pero todavía me molesta mucho la idea de que pudiera intentar algo con Milene—.

Y honestamente, no quiero hacerle daño a menos que sea absolutamente necesario.

Bien podría estarse cagando en los pantalones.

—Yo… lo siento mucho. Nunca lo haré de nuevo —chilla con los ojos rojos de contener las lágrimas.

—Si estás diciendo la verdad, no tendrás de qué preocuparte, y si haces lo que yo te pido, saldrás vivo y podrás seguir trabajando.

—Me rio—. Lo digo en serio. Si las pobres mujeres que vienen buscando tu "ayuda" —digo ayuda haciendo comillas en el aire—.

Quieren meterse contigo, algún día alguien te alcanzará; pero como mi mujer no será una de ellas, no tienes por qué preocuparte. Hoy —Aclaro.

Abre la boca para decir algo, pero levanto la mano para hacer que se calle. No he terminado. El ahora inteligente doctor lo hace.

—Hoy solo recibirás a una persona, y yo estaré detrás de esa puerta.

—Señalo a mi espalda, al mismo lugar donde me había escondido para esperarlo, una puerta que da a una pequeña bodega de suministros—.

Me dejarás escuchar todo lo que tengas para decir, y después de eso no volverás a aceptar que ella vuelva.

La borrarás de tu historial y nunca más aceptarás atenderla.

Asiente con la cabeza frenéticamente.

—Haré todo lo que me digas. —No sé si es inteligencia o solo el miedo lo que lo mueve.

Pero así pasa. Media hora después, Milene entra en el pequeño consultorio seguida de la recepcionista, quien le ofrece ayuda para subir a la camilla. Mi Milene se niega y espera pacientemente al doctor, quien entra más nervioso que nada.

Pongo los ojos en blanco esperando que no lo arruine; no quiero tener que sacar mis armas ocultas precisamente hoy.

Vigilo cada uno de sus movimientos. Es bastante delicado y se asegura de no tocar un solo centímetro de la tersa piel de Milene cuando levanta su blusa para poner ese gel frío antes del ultrasonido .

—¿Cree que hoy podamos conocer el sexo de mi bebé? —Milene le pregunta con ligera sospecha de que algo anda mal, la siento en su tono de voz. Tanto tiempo en la organización hicieron algo en ella. Aunque claro, para mí, ella nació con ese don.

—Es una gran posibilidad. ¿Quiere que se lo diga si logramos verlo? —El doctor no deja escapar el miedo en su voz y eso me hace casi sonreír.

—Sí, por favor. No he comprado nada para él o ella, esperando saber su sexo.

«Sea lo que sea, es nuestro, mi amor. No tienes idea de lo feliz que me siento por eso» .

—Muy bien, empecemos entonces.

Lo primero que escucho es una ráfaga interminable de latidos. son tan fuertes y rápidos, tan estables y perfectos, que me aflojan las rodillas; también aprieto los ojos para no derramar las lágrimas que me empiezan a quemar.

—Su latido es muy fuerte, este bebé es muy sano. —Al parecer, el doctor se enfoca en su trabajo, porque lo hace muy bien a partir de ahí.

—Esta es su cabecita. —Señala el doctor en la pantalla, y tengo que salir de la oscuridad para ver lo que está pasando. Milene no podrá verme.

Dios, mi corazón… Utilizo toda mi fuerza para sostenerme de la pared detrás de mí. Es la vista más hermosa que he visto desde que le coloqué ese anillo a Milene.

No, desde que la miré con su vestido de novia y no me pude quedar quieto y fui por ella a mitad del pasillo.

No, desde que la besé por primera vez y me penetró el alma con esos ojos color cobre hermosos.

Salgo de mi recuerdo y regreso la mirada a la pantalla. Una nariz pequeña y una boquita tan pequeña chupando un pulgar. Dios, tiene tanta vida. La perfección absoluta. Ya no detengo las lágrimas; las dejo rodar hasta mojar mi camiseta.

Bajo mi cabeza para secarlas y, cuando levanto la vista, casi muero de un infarto. Entonces lo miro, incluso antes de que el doctor lo diga. Es como una pequeña tortuga, con su cabecita firme y recta.

—Si lo desea saber, es…

«Un niño» , termino en mi mente. Mi hijo. Dios, es un niño.

—Es un niño. Y a sus semanas, le aseguro que todo llegará a término.

—¿Es un niño? —pregunta Milene, bastante sorprendida. Espero que no esté desilusionada, pero me sorprende gratamente cuando se lleva las manos al corazón y tiembla de felicidad mientras pronuncia las siguientes palabras—: Dios, gracias. Es perfecto.

Chilla, y casi dejo todo este teatrito para correr y abrazarla, para tomarla en mis brazos y correr con ella hasta el fin del mundo.

Milene está feliz. Yo estoy feliz. Solo quiero esto para el resto de nuestras vidas.

[***]

Las sigo en mi propio auto rentado después de esa, su última visita a ese obstetra. Paran en un centro comercial. Creo que comprará algo para nuestro hijo; yo quiero hacer lo mismo, con ella de la mano.

Imágenes de ella y yo haciendo justo eso me invaden la mente y no puedo esperar para hacerlas realidad. Pero me sorprende cuando, en vez de ir a las tiendas, avanza hasta un teléfono público.

Entonces me da otro paro al corazón. ¿Ha decidido llamarme? ¿Me dirá lo de nuestro hijo? ¿Pedirá verme? Me toma todo lo que soy no ponerme delante de ella y decirle: «Hola, bebé»

Pero me limito a sacar mi teléfono americano y esperar. Y espero. No me llama a mí. Eso me duele .

¿Pero entonces a quién le está llamando?

Me acerco con pasos lentos por detrás de una familia que pasa y me detengo frente a una tienda de electrodomésticos. No puedo escuchar todo, pero estoy lo suficientemente cerca. O lo más que puedo estar. Entonces escucho:

—¿Diego está contigo?

Está ahí, en ese teléfono, preguntando por mí. Si eso no me pone más feliz de lo que creía posible, nada más lo hará. Eso quiere decir que a quien está llamando solo puede ser a su hermano.

Mi amigo. Dios, él no sabe nada de mí. No sabe que desaparecí y que estoy aquí. Entonces no sé lo que podría decirle. No escucho su respuesta, seguro de que fue algo parecido a : «No sé dónde está, lo siento» , porque Milene dice lo siguiente:

—Entiendo. Pero está bien, ¿verdad? —pregunta con toda la fuerza que tiene—.

¿Santino? —dice después de un rato, y continua hablando—: ¿Ha pasado algo?

—le pregunta llevándose una mano al pecho—.

Santino, me estás asustando. Necesito que me digas si Diego está bien, es todo lo que te estoy pidiendo.

Está preocupada por mí. Sonrío como un idiota. Eso quiere decir que Santino no sabe nada de mí; tal vez sepa lo que el jefe les dijo a todos: que estoy en una misión especial.

—¿Cómo es que no lo sabes? Es tu mejor amigo. —La voz de Milene ya es un grito. No hay duda de que está molesta porque Santino no sabe nada.

Esa es toda la confirmación que necesito. Ahora nada nos podrá separar. Estoy listo para pararme en su casa y decirle: «Amor, he venido por ti».

—¿Qué pasó? Dímelo. —Milene exige al teléfono—. Dímelo, Santino, o te juro que tomaré el primer vuelo de regreso para buscarlo yo misma .

Esa es la mujer de la que me enamoré. No puedo dejar de sonreír. Don Vito no mintió: Milene tiene la fuerza que se necesita para gobernar este mundo.

—Maldita sea. ¿Dónde está? —Vuelve a preguntar en un grito. Después de eso, todo se va al carajo. Milene se queda en silencio, pero escucho un gemido doloroso salir de su garganta. Entonces me giro para verla con las manos en el pecho, con la cabeza echada hacia atrás y con los ojos casi en blanco.

—Mierda, no.

De pronto Ana toma la llamada y más gritos inteligibles se escuchan. Yo no entiendo nada; solo sé que tengo que llegar a ella, a mi amor. No pregunto, no lo pienso, solo actúo.

La levanto en mis brazos y, para cuando Ana termina la llamada, me mira como si se acabara de encontrar con un fantasma. O con el mismísimo diablo.

—No… —dice, negando con la cabeza.

La fulmino con la mirada solo un segundo hasta que se calla. Entonces empiezo a correr hacia dónde está mi auto. No escucho los gritos detrás de mí, hasta que llego al auto y Ana jadea por aire.

—¿Qué va a hacer? —me pregunta, preocupada.

—Primero la llevaré al hospital —digo, acomodando a una inconsciente Milene en el asiento trasero. Mi auto es más grande que el de ellas—. Puedes seguirme en el otro auto si quieres.

Si se sorprende, no lo noto; estoy enfocado en ponerle el cinturón de seguridad a la madre de mi hijo.

—¿Y después qué pasará? —pregunta con un deje de miedo en su voz.

Entonces cierro la puerta y la miro directamente a los ojos.

—Después… nunca más la dejaré ir.