En Esta Vida No 32 DIEGO
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32 DIEGO

Llego a París el mismo día que Milene tiene programada su cirugía. Por poco no logro salir de Los Ángeles a tiempo. A mi viejo amigo le tocó la peor parte cuando supo a quién estaba buscando por órdenes del jefe de la Outfit.

Me reúno con Óscar y me da el último informe antes de regresar a donde sea que sea su residencia oficial: números de cuentas, números de teléfono, dirección y un código para acceder al historial de Milene en el hospital al que acaba de entrar y los datos de un obstetra.

Suelto completamente aliviado el aire que no sabía que estaba conteniendo desde que supe del embarazo de Milene. Sabía que ella no sería capaz, pero tener la seguridad de que no intenta deshacerse de él o ella me regresa el alma al cuerpo.

Me topo con una copia de la primera ecografía y tengo que usar toda mi fuerza para no caer de rodillas. Eso sería lo suficientemente inconveniente para lo que trato de hacer. La miro con mucha ilusión y con un nudo en la garganta difícil de tragar.

Ese bebé es mío. Ese corazón, latiendo… es mío. Ya me encargaré de recuperarlos. Por ahora, solo quiero verla. Y tengo una loca idea para lograrlo.

[*** ]

Con un atuendo casual de jeans oscuros, camiseta negra, una gorra de béisbol y lentes oscuros, camino por la sala de espera.

El código me permite ver en cualquier dispositivo móvil cada actualización en el historial de Milene.

Ahora sé que salió de la cirugía hace treinta minutos y que ahora está en el tercer piso recuperándose, en la habitación 317. Es todo lo que necesito para moverme.

Hace un momento pasé por un lado de Ana y no me reconoció. Tal vez estaba sumida en su preocupación por Milene; le voy a conceder eso. Es leal. Casi me hace perdonarla por ocultarme su maldito plan para reunirse con ella.

Espero un tiempo más. Ahora han pasado un par de horas desde que Milene salió de su cirugía y, en la habitación en la que está, no puede recibir visitas. No aún. Pero alguien arriba debe estar de mi parte, ya que encuentro las escaleras vacías y aún más vacío el pasillo del tercer piso.

Tal vez algo tiene que ver que es la hora de la comida y no hay nadie vigilando el piso. Me escabullo y, cuando pongo la mano en el picaporte de la puerta que la resguarda, me da un salto el corazón.

—Por fin —susurro.

No lo voy a negar, mi cuerpo tiembla de emoción cuando abro la puerta y la miro ahí: acostada, dormida, con las rodillas vendadas y el rostro más hermoso de lo que recuerdo. Mi corazón se acelera y me arrastro en silencio hasta quedar de rodillas a su lado.

—Dios, Milene. —Levanto mi mano y acaricio su cara, tan suave, tan hermosa—. Te he extrañado tanto. No tienes una idea de cuánto.

Lo que daría por ver sus ojos. Sigo la caricia por su cabello y bajo por su cuello, hombro y brazo.

Me deslizo por su piel suave hasta su codo y sus delgados pero fuertes brazos.

Me detengo en la roca que rodea su dedo anular.

Acaricio su mano. No sé si reírme o enojarme.

Reírme porque ella no puede soltarme, o enojarme porque me soltó.

—Milene, bebé, ¿qué voy a hacer contigo? Si te aferras a seguir adelante sin mí, ¿cómo voy a recuperarte?

Una nueva idea se cruza por mi mente y no lo pienso, simplemente lo hago. Le quito sus anillos de boda y compromiso. Están pesados, si debo decirlo. Si Milene se lamenta por perderlos… eso quiere decir que no me está dejando ir, solo está siendo terca y necia.

Los guardo en el bolsillo de mi pantalón; al menos yo también tendré algo de ella. Miro su vientre plano y no puedo evitar subir la mano para tocarlo. Me tiemblan los labios mientras dibujo una sonrisa. No sabía que se podía ser tan feliz y tan miserable al mismo tiempo.

—Pronto —me digo a mí mismo.

La habitación se hace oscura; sé que tengo que salir de aquí. Me levanto y me inclino para besar sus labios. No quiero irme. Podría morir en sus labios y lo haría con gusto. Pero aquí nadie va a morir. Al menos no pronto.

—Te amo, nunca lo olvides. Más que a nada —digo, y me separo de ella.

En ese momento miro cómo su boca se abre y su pecho se expande tomando más aire. Está despertando. Sin hacer ruido, camino hacia atrás hasta sentir la pared en mi espalda. No sé si Milene abre los ojos, pero yo salgo de la habitación antes de hacer que me descubra.

Me escabullo hasta las escaleras y bajo cada piso hasta salir del hospital en medio de la noche.

Una vez afuera, suspiro y sonrío con nuevas fuerzas.

Paso mi lengua por mis labios y sí, el sabor de sus labios persiste en los míos.

Un manjar para este muerto de hambre. Me sacudo mentalmente.

Porque ahora tengo un departamento parisino que comprar.

[*** ]

Dos días después tengo los papeles de un departamento frente al edificio de Milene. No me molesto en comprar más muebles de lo que ya incluye el lugar; no necesito mucho y no será por mucho tiempo… espero.

Lo que sí instalo es un par de binoculares, cada uno de ellos ubicado en diferentes ángulos, dando a diferentes áreas del nuevo hogar de Milene. Afortunadamente, una de las miras da a la habitación principal, y esas endebles cortinas semitransparentes no harán mucho para esconderla de mi vista.

Niego con la cabeza, ya que no tengo intención de esconderme por mucho tiempo. Tampoco sé lo que le diré una vez que me presente frente a ella. No puedo decir simplemente:

«Hola, bebé, he venido por ti».

Ella fue muy firme en cada decisión que tomó desde ese maldito día que firmamos el divorcio.

Si la busco ahora, me dirá que no, y no le gustará mi reacción.

No. Lo que quiero es que ella me necesite tanto como yo la necesito a ella.

No sé cómo lo haré, solo sé que tengo que lograr que ella me anhele tanto que le duela.

—Lo siento, amor, pero no encuentro otra manera de conseguir que regreses a mí —digo en voz alta, viendo directamente por los binoculares hacia su habitación.

Pensando en el nuevo plan, evalúo lo que tengo delante de mí. El piso de Milene es el último del edificio; el balcón de su habitación no está muy lejos del techo.

Sonrío porque tengo una idea para entrar a su habitación sin que nadie me descubra. Lo haré mientras duerma; así podré tenerla para mí al menos unos minutos. Podré velar sus sueños y… ver cómo nuestro hijo crece dentro de ella.

Sonrío porque sé que puedo parecer un psicópata, pero juro que solo soy un hombre que ama por primera vez y con todas sus malditas fuerzas .

Me pongo manos a la obra y, cuando por fin termino, me siento con un vaso de licor en las manos. Veo desde uno de los puntos de espionaje cómo la meten en una camilla hasta su habitación. La acuestan y se me queman los pies por correr a su lado.

¿Qué diría si me viera ? Suspiro y miro cómo Ana se encarga de todo mientras Milene está acostada en su cama con las piernas estiradas. Pronto llegará la noche y podré hacerle la primera visita a mi mujer.

Espero más tiempo de lo que quería; Ana no se duerme hasta bien entrada la madrugada.

Cuando la miro entrar en su propia habitación, salgo corriendo para cambiar de edificio.

Con la copia que tengo de una tarjeta de acceso al edificio, subo hasta el último piso para tomar las escaleras y salir a la azotea.

Corro hasta donde dejé escondida la escalera de cuerda y la engancho en los tornillos que instalé esta tarde.

La cuerda cae a solo diez centímetros del balcón de Milene.

Una vez abajo, solo tengo que mover mi pie y caeré dentro.

Una parte de mí se siente mal por estar haciendo esto cuando simplemente puedo tocar la puerta y presentarme frente a ella, pero otra parte se siente emocionada, con hambre de adrenalina y con hambre de un buen reto.

Volver loca a mi mujer no es el objetivo, pero si puedo ayudar a que me extrañe, tengan por seguro que lo haré.

Hace poco la miré llorar después de darse cuenta de que no tenía más sus anillos. Sé que fingió frente a Ana, pero le dolió más de lo que yo me imaginaba.

¿Soy un monstruo si verla llorar por eso me alegra el corazón? Espero que la respuesta sea no. Su cuerpo dejó de temblar hace un tiempo, así que empujo la puerta y doy el primer paso dentro de la habitación .

Guau , mi cuerpo reacciona al instante; es su aroma floral el que tanto he extrañado, y toda su habitación huele a ella. Dios, lo que la necesito. Camino sin hacer ruido por la alfombra. Llego a ella y miro su nariz aún roja por llorar.

—Mi pequeña valiente. No tienes que hacer esto sola, simplemente acepta nuestro amor —digo en un susurro cerca de ella.

Es tan hermosa. Cuando le regrese sus anillos, será porque nunca más saldrán de sus manos. Nuevamente me arrodillo a su lado. La contemplo por lo que parecen horas sin cansarme, ¿cómo podría?

Cuento sus pestañas de cada ojo al menos tres veces; tiene doce de más en el lado derecho. La miro suspirar y volver a hacerlo entre sueños. Ojalá esté soñando conmigo, con la vida que nos espera juntos.

Sé que pronto tendré que irme, así que bajo mi mano a su vientre y, por lo que creo, es la primera vez que lo hago… rezo. A todo lo bueno. Pido por nuestro hijo. Me levanto y acerco mi boca al lugar que sostenía mi mano. Beso su vientre cubierto.

—Te amo desde el día en que te deposité en tu madre sin darme cuenta. Incluso antes de eso, ya te amo. Espera por mí, pequeño o pequeña. He venido para quedarme.

[***]

Y así lo hago cada noche, por horas hasta que empieza a amanecer, las siguientes dos semanas.

Casi cedo y me meto en su cama; casi soy débil y me acurruco detrás de ella.

Pero he sido fuerte. Verla dormir y abrir su boca para respirar se ha convertido en mi obsesión; tocar su vientre y hablar con mi hijo ha sido mi motor.

Hoy, por ejemplo, me costó mucho separarme de ella.

Esperé hasta que Ana hizo el primer ruido para salir corriendo por el balcón.

Subí por la escalera a la azotea y bajé con mi llave hasta el vestíbulo para atravesar la calle y subir a mi propio departamento, solo para plantarme del otro lado de los binoculares y seguir viéndola.

Así me di cuenta de que se preparaba para salir a dar un paseo.

—Por fin. —Sonrío como un loco.

Entro a la ducha y tomo un baño corto, solo para mantenerme despierto.

También me tomo un café antes de salir y seguirlas con un atuendo muy casual: gorra y lentes de sol también.

Hasta que se detienen en medio de un pequeño parque a la vuelta de la esquina, y yo, un par de metros detrás de ellas, me oculto detrás de un árbol.

Escucho a Milene suspirar y entonces Ana le dice:

—Será una gran madre.

Por supuesto que lo será. Me doy cuenta de que Milene se pierde en las parejas y padres que están en el parque. Esto debe ser bueno, la hará extrañarme, ¿verdad?

—No puedes saberlo —responde Milene, y me dan ganas de poner los ojos en blanco.

—Claro que sí. Porque luchó por una mejor vida, por salir de un mundo en el que no estaba feliz, aun en contra de todo pronóstico. Y lo hizo usted sola.

Así de fuerte es mi mujer. Así de aguerrida es la madre de mi hijo. Si tan solo no creyera que todo eso tiene que estar separado del amor que encontramos… Y entonces la imprudente de Ana dice lo más tonto que jamás he oído:

—Y quién sabe. Tal vez París tenga guardado un nuevo amor para usted.

Casi salgo de mi escondite, pero me detengo en el último momento.

—Y una mierda con eso —gruño, y me doy cuenta de que no lo pensé, sino que lo dije en voz alta.

La respiración sobresaltada de Milene me dice que me escuchó.