En Esta Vida No 31 DIEGO
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31 DIEGO

LA SEMANA DEL DIVORCIO

Ana desaparece de la casa. Y, al parecer, de Chicago también. Ya no hay una sola alma en este lugar. Regreso dos días después; tenía la esperanza de amenazarla lo suficiente para que me dijera el paradero de Milene.

No es como si no pudiera volar a París y buscar por cada rincón hasta encontrarla. No pudo haber ido a otro lugar, lo sé por una de sus conversaciones con la nueva terapeuta; solo que estaba tan cegado por su partida que no lo recordaba.

Mierda, por ella lo haría, pero no así. No sin la seguridad de que seguiré vivo si salgo de Chicago. Entro en la habitación de Milene; juro que todavía guarda su olor. Tomo la prueba de embarazo y esta vez la llevo conmigo.

Busco por cada cajón de su habitación, pero no encuentro nada que me dé una pista de por dónde empezar a buscar. Lo que sí me dice todo esto es que no piensa volver.

Eso me duele más que cualquier otra traición en mi vida.

Esto empieza a desesperarme. ¿Y si ella, de verdad, no quiere volver a verme? ¿Y si dejo cada cosa que me detiene en este lugar para buscarla y ella no está dispuesta a regresar conmigo? ¿Y si me arriesgo y pierdo? Pero …

¿Y si me arriesgo y gano?

Esto es una misión para las fuerzas mayores.

Salgo de la habitación de Milene y de la casa, no sin antes pasar por la que era mi oficina.

Si voy a hacer esto, lo voy a hacer en serio.

Volveré a esta casa, al menos por el tiempo que siga en Chicago.

El recuerdo de sus días aquí es mejor que la realidad de su ausencia.

Duele igual, pero al parecer empiezo a amar el dolor.

Una vez sentado, llamo a Óscar. Si alguien puede encontrar a mi mujer, aun en el mismo fin del mundo… ese es él. Lo encontré un día por casualidad, y me encargué de que sus servicios siguieran pasando desapercibidos para el mundo.

Contesta al segundo tono. No me deja saludar cuando ya me está dando la información que necesito.

—La muchacha tiene programado un vuelo a París, sale mañana por la mañana. —Es lo primero que me dice, y no sé por qué no me sorprende que lo sepa todo antes de que se lo pida. Lo que me sorprende es que yo haya sido tan tonto como para no llamarlo hasta ahora.

—¿Cuánto quieres por seguirla y vigilar cada cosa que haga hasta que se encuentre con mi mujer? —Si él va directo al punto, yo también lo haré. En este puto mundo cada minuto vale, y muy caro. Lo peor es que no todo el tiempo es dinero.

—Te pasaré la factura cada tercer día, jefe. —Colgamos la llamada al mismo tiempo y el plan «encontrar a mi mujer embarazada» se pone en marcha.

Ahora solo tengo que decirle al jefe que, después de todo lo que hizo para dejarme volver y limpiar el apellido de mi familia, lo voy a dejar. Mi familia ya no me necesita y sé que siempre estarán protegidos. No serán millonarios, pero vivirán bien; yo también quiero eso para mí.

Quiero vivir bien los días que me queden en este mundo y los quiero con Milene y con nuestro hijo .

Sonrío porque, por primera vez en mi vida, estoy seguro de una sola cosa: Milene es mía, y lo será para siempre.

[***]

El primer reporte de Óscar llega justo al tercer día, como lo había prometido, junto con una factura millonaria. Me pondría a sudar si no hubiera vendido la mitad de mis activos para recuperar algo de capital. No importaría perder todo si al final la tengo a ella.

La encontró. Óscar siguió a Ana hasta que se encontró con Milene.

En el informe hay fotos de las dos entrando en un edificio, para después encontrarme con un piano de cola blanco muy familiar asomarse por una ventana de los pisos superiores.

También la factura de un departamento que fue vendido a alguien de nombre Milene Romano.

La sonrisa que se dibuja en mi boca por saber que sigue usando mi apellido me confirma lo que tanto temía, y verla, aunque sea en foto, me regresa un poco de vida y mucha fuerza para ir por ella.

Ella me quiere.

Y yo la quiero más que a nada.

Estos días son de sufrimiento en carne viva. Hubo noches en las que creí que moriría, y solo despertaba para darme cuenta de que nada me llenaría. No el alcohol. No el trabajo. No el dinero. No los recuerdos.

Entonces, después de saber que Milene está bien y con una operación de reconstrucción de rodillas programada para la próxima semana… hago lo que tengo que hacer.

[***]

—Romano, te has tardado en venir. Te esperaba al minuto siguiente de que tu ex mujer salió del país .

No lo corrijo porque esa acta de divorcio no vale para mí. Milene es mi mujer hasta la muerte e incluso después de ella. Tampoco me sorprende que sepa exactamente a qué he venido; eso me ahorra tener que dar explicaciones. Vito Roselli es un buen jefe y nada se le escapa. Bueno, casi nada.

—Entonces entiende la razón de que esté aquí, ¿verdad? —pregunto, sentándome en la silla delante de su escritorio.

—Como dije, te esperaba antes. —Se lleva un vaso de Macallan a los labios—. Pero estoy dispuesto a escucharte. —Me hace un ademán con la mano.

Enderezo mi postura. Espero sentir algo en mi pecho, algún tipo de arrepentimiento o sentimientos encontrados por dejar lo que fue mi vida por décadas, pero no llega. En cambio, siento una paz que nunca imaginé posible. Estoy haciendo lo correcto.

Entonces se lo digo todo.

—En este mundo no hay espacio para el amor, lo sabemos los dos.

Pero lo que yo también sé es que, cuando esa fuerza entra sin pedir permiso, no hay nada que se pueda hacer para salir.

Quedas arruinado para el resto de tu vida.

Incluso te preguntas si hay vida fuera de eso.

—Suspiro, sintiendo cada palabra—. Yo me lo pregunté —digo en un tono más bajo—.

Yo busqué razones para volver a lo que era antes.

—Pero no las encontraste.—Vito termina por mí, y solo puedo asentir.

—No quiero una vida sin ella —termino.

Entonces hace la pregunta más difícil:

—¿Y ella opina lo mismo? Después de todo, fue ella la que se fue dejándote atrás.

En otro tiempo, esa pregunta me hubiera hecho dudar de mi decisión, me hubiera hecho poner las cosas en perspectiva e incluso retroceder. Pero no ahora. Hoy estoy seguro de lo que mi alma, mi cuerpo y mi corazón necesitan, y tiene solo seis letras, pero es más fuerte que un huracán. Y es mía.

—El amor no me hizo estúpido. Y no he dejado de ser un hombre con recursos; tengo los necesarios para hacer que ella me quiera. Y en el peor de los casos, tengo suficiente para amar por los dos. Me pasaré el resto de esta vida demostrándoselo.

No tengo nada más que decir; es verdad. Lo entiendo justo ahora. No me importa si tengo que amar por los dos, lo haré sin replicar y lo haré feliz.

Espero su despedida o tal vez una amenaza, pero no lo que me dice a continuación.

—Tengo una propuesta para ti. —Enarco una ceja y él no espera para continuar—. Necesito que encuentres a alguien por mí. He escuchado que tienes mejores recursos que yo para ese tipo de cosas.

No lo confirmo ni lo niego, solo pongo atención.

—Encuentra a esa persona y te daré una licencia de un año antes de que renuncies para siempre a esta vida. Recupera a tu mujer y, si deciden volver, te daré la ciudad que pidas.

Abro la boca como un idiota. No puedo estar escuchando lo que creo que está diciendo, ¿o sí?

—No te sorprendas tanto, Diego. Reconozco el talento cuando lo veo, y Milene lo tiene.

Ella te complementa. —Suspira. No conozco su historia, pero sé que ha estado solo por mucho tiempo.

Algo en su voz me dice que sabe de lo que habla, y hay dolor oculto ahí—.

No hay nada mejor que una mujer fuerte junto a un hombre fuerte.

Y no hay nada mejor que dos personas fuertes juntas, en espíritu y en corazón.

Definitivamente lo está diciendo. Pero… Milene no quiere esta vida. No estoy seguro de que esto funcione. Parece ver la duda en mi cara .

—No me respondas ahora; después de todo, tienes un año para decidirte. Ah, y una persona que encontrar para mí.

Me levanto y me acerco a la puerta.

—¿Y quién es esa persona? —pregunto, curioso. Es solo un pequeño trabajo antes de poder correr detrás de mi mujer.

—Su nombre real es Livia Roselli, pero sus padres adoptivos lo cambiaron por Susan Mary Douglas. La última vez que lo comprobé estaba en Los Ángeles. Entonces era solo una niña. Después de eso, le perdí el rastro. —Trato de asimilar la información cuando agrega una bomba—: Ah, y es mi hija.

[***]

¿Su hija? Maldita sea, ¿en serio? ¿Y no la ha encontrado en, qué, quince o veinte años? ¿Qué le hace pensar que yo podré encontrarla?

—Mierda. —Golpeo el volante de mi deportivo mientras manejo a casa.

Nada está saliendo como lo esperaba. No me voy a quejar; esa oportunidad es una que no se le da a cualquiera. Lo que dijo sobre Milene… Dios, tiene razón.

Milene no lo sabe, pero tiene fuego en la sangre. Tiene un talento nato para gobernar. Sonrío como un idiota. Esto será la locura del año. Sacudo el pensamiento y me concentro en la nueva tarea.

Si le llamo a Óscar, no dudo que pueda hacer el trabajo de encontrar a la hija perdida del gran Vito Roselli, de la cual nunca nadie supo siquiera de su existencia. Pero no quiero deberle tantos favores a Óscar; ya bastante me está cobrando el muy idiota.

Además, algo me hace pensar que, si el viejo lo ha mantenido en secreto, no soy quién para divulgarlo con el único capaz de difundir la información tan rápido como la consigue .

Nunca dije que Óscar fuera de los nuestros; más bien es como algo externo. Lo sabe todo de todos y se vende al mejor postor, aunque me gusta creer que tiene cierta preferencia por mí. Tenemos un pasado. Eso debe de importar algo, ¿no? Me gusta pensar que sí.

También tengo un pasado con alguien en Los Ángeles que sé que puede ayudarme. Más vale que coopere o no seré tan amable esta vez.

Aron se llevará una buena sorpresa. Quiere estar fuera de la mafia, pero…

sacas al hombre de la mafia, pero la mafia no sale del hombre. O como sea que se diga.

Tal parece que haré mi viaje a París con una pequeña escala en Los Ángeles. Y más le vale a Aron cooperar. Organizo todo y, solo dos días después, estoy volando a Los Ángeles. Se siente raro salir de Chicago. No lo hice por muchos años; no tenía razón para hacerlo.

Ahora sé que iría hasta el infierno y de regreso, o a otro planeta si fuera necesario, para recuperar a mi familia: mi esposa y mi futuro hijo.

[***]

Le envié un correo avisando que esta misma mañana llegaría a Los Ángeles. No dije nada más, así que cuando me recoge en el aeropuerto usando ese traje caro y con su mirada curiosa, me limito a encogerme de hombros.

—¿Y bien? ¿Vas a decirme por qué estás aquí? —me pregunta una vez que subo a su auto—. ¿Debería advertirle a mi padre?

Esa es la pregunta que más le cuesta. Podrá decir misa, pero sé que hará todo lo que esté a su alcance, y mucho más, para protegerlo. No por nada terminó siendo uno de los mejores abogados de Los Ángeles .

Le golpeo el hombro con mi palma para tranquilizarlo. No tengo mucho tiempo si quiero llegar a París antes de la cirugía de Milene. No sé cómo lo haré; no quiero asustarla, ya se me ocurrirá algo, pero primero lo primero.

—No es nada de lo que tú o tu padre deban preocuparse. De hecho, vengo de civil. Tengo una licencia por un año fuera del sistema, si se puede llamar así.

Aron me mira como si me hubiera nacido otra cabeza. Me río.

—Lo sé, es extraño, pero no es lo único extraño que está pasando.

—¿Qué quieres decir? —me pregunta, más curioso que al principio.

—Tengo que encontrar a una mujer y esperaba que pudieras ayudarme. Por los viejos tiempos. —Me encojo de hombros. Aron baja su mirada a mi mano izquierda y entiendo la pregunta táctica.

—No es para mí. Es más bien un trabajo para alguien superior. —Asiente con entendimiento.

—Los Ángeles es muy grande, pero puedo intentar hacer algo. ¿Quién es la mujer?

—Bueno, esto es lo interesante. Parece que el gran Vito tuvo una hija. ¿Cuándo? No lo sé. ¿Quién es la madre? Aún menos. Y ahora quiere encontrarla. Pero me dio un nombre: el nombre que le dieron sus padres adoptivos.

—Interesante. Ya me preguntaba por qué nunca había tenido una mujer.

No es como que sea importante, ya sabes, no es una buena vida para las mujeres —me dice, y hasta cierto punto tiene razón, pero, como dijo Don Roselli, hay mujeres que nacen para gobernar—.

Y bien, ¿cuál es el nombre de la chica? —pregunta.

Entonces, como si el universo se hubiera puesto de acuerdo conmigo, su teléfono suena. Él duda antes de responder, pero no sin que antes yo pueda ver el nombre de quien le llama. Para mi sorpresa, el nombre parpadeando en la pantalla dice:

Susan Douglas 3

No podría ser tan fácil, ¿o sí?