En Esta Vida No 30 MILENE
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30 MILENE

—¿Escuchaste eso?

Giro mi cabeza con mucha violencia para encontrar… nada. No hay nadie a nuestro alrededor. Solo un padre con su hijo pequeño sosteniendo un helado en la mano mientras le limpia la boca.

«Pero… yo estoy segura de que lo escuché» .

—Milene, ¿se encuentra bien? —Ana toca mi hombro y me sobresalto. Me frunce el ceño, preocupada—. ¿Qué pasa?

Su cuerpo se pone rígido y empieza a buscar a nuestro alrededor como si presintiera el peligro. Niego con la cabeza.

—No es nada, solo me pareció escuchar algo… —Y es verdad, era tan parecida a su voz.

«Dios, ¿me estaré volviendo loca? ¿La necesidad de él me está haciendo escuchar cosas?» .

—Estamos en el parque, rodeadas de personas. Seguro que escuchó algo. —Me observa con atención—. Pero esa cara… Dios, está pálida. Será mejor que regresemos al departamento —dice con sincera preocupación.

Asiento con la cabeza. Todo esto me ha causado un malestar en el estómago. Y vaya que agradezco no haber pasado por los achaques matutinos del embarazo todas estas semanas, pero esto es…

Dejo que me lleve de regreso al departamento, no sin antes levantar la cara para recibir los cálidos rayos de sol de finales de septiembre.

Una vez dentro del departamento, siento la presencia de Ana destilando nerviosismo detrás de mí, pero no tengo tiempo para esto. Ruedo por la sala de estar, paso junto a mi piano de cola y llego al balcón.

Sé que escuché algo. A alguien. Y no eran solo las voces a mi alrededor. Ese acento americano… Miro por el balcón por lo que parecen horas, y esa sensación de ser observada nunca desaparece.

[***]

Creo que me estoy volviendo loca, no hay otra explicación.

Cada noche me aseguro de dejar la puerta de mi balcón cerrada y, cuando abro los ojos por la mañana, es una corriente de aire fresco la que me despierta.

Y no solo eso. Por unos breves segundos puedo percibir su olor; ese aroma particular de su loción para después de afeitar junto con su propia masculinidad, que es única. Y la siento cada día.

Sé que es una locura y Ana se ha empezado a preocupar. La primera vez que se lo conté, me planteó que visitara a un psicólogo. Dijo, y cito:

«Ha pasado por muchos cambios en los últimos meses. Cambió de continente, de situación sentimental y estado civil, ahora está embarazada y ha recuperado algo que le fue arrebatado por mucho tiempo. Nadie podría soportar tanto».

Tal vez tiene razón, pero dejé de molestarla con mis experiencias sobrenaturales después de que me sugirió eso.

No lo hace con mala intención, pero tampoco sabe que no quiero renunciar a esos recuerdos. Que, aunque deba, no quiero dejar ir lo poco que me queda de Diego. Así sean solo recuerdos y fantasías nocturnas .

Hoy se cumple un mes desde la cirugía y es tiempo de que empiece con mis ejercicios. En pocas semanas podré intentar caminar, pero antes tengo que fortalecer mis articulaciones y cada músculo de mis piernas.

Con tres meses de embarazo, ya hay un pequeño bulto en mi vientre bajo.

Siento que el tiempo ha pasado tan lento, al igual que siento que se me está escapando de las manos.

Ya puedo sonreír y hacer bromas, planear el cuarto del bebé, del cual pronto sabré el género.

Pero por más fuerte que me haga… no estoy completa y nunca lo estaré.

Una hora de ejercicio después, subo a mi silla y ruedo hasta la cocina.

Ana ya preparó el desayuno y hablamos del itinerario para el día de hoy.

Tengo cita con el obstetra. Tal vez hoy mi frijolito se deje ver; así sabré qué tendré para hacerme compañía y recordarme lo único bueno que me dio la mafia: una princesa o un príncipe.

Imagino a Diego haciendo su vida. Ha pasado un mes y medio desde que lo miré por última vez; no sé si intentó llamarme o mandarme algún mensaje.

Cuando Ana dijo que llegó a buscarme con cara de asesinar a cualquiera que no le diera información sobre mí…

no sé lo que pensé. Tal vez se arrepintió de darme el cien por ciento de su capital.

No he usado un solo centavo, por cierto.

Saber que ese dinero es suyo me da ese pequeño sentido de pertenencia. Con él.

Estoy loca, lo sé. Diego ha seguido con su vida y eso está bien; ambos sacamos beneficios de nuestro matrimonio. El amor no estaba en los planes, pero aun así no lo cambiaría nunca.

Nunca cambiaría el poco tiempo que tuve con él.

Nunca olvidaré la primera vez que me perdí en sus ojos y cómo me sujetó cuando bailamos en la recepción de nuestra boda.

Nunca olvidaré la maravillosa noche de bodas, esa en la que me hizo mujer, y todo lo que vino después .

Es mejor haberlo amado y perdido, que nunca haber probado su amor. Donde quiera que esté… solo pido que esté bien. Y que sea feliz.

También he empezado a extrañar a mi hermano. Tal vez pueda usar un teléfono público e intentar llamarlo más tarde. Solo un minuto para escuchar su voz y hacerle saber que estoy bien. Sí, eso es lo que haré una vez que salga de mi cita con el obstetra.

[***]

El camino al consultorio es relativamente corto. Otra de las razones por las que me gustaría hacer esto caminando, pero ya falta poco para que pueda hacerlo. No me voy a desesperar cuando la recuperación completa está tan cerca.

No he visitado muchos lugares de la ciudad precisamente por eso, porque estoy esperando a hacerlo por mi propio pie. Una sonrisa se extiende por mi rostro. Estoy tan cerca de llegar a la meta.

«¿Y después de eso qué?» .

Una pregunta se repite en mi mente desde hace un tiempo. Estar encerrada me ha hecho pensar muchísimo en todo lo que vendrá después, pero me temo que no tengo respuesta.

¿Soy feliz de estar aquí? Sí.

¿De estar logrando lo que era mi primera necesidad? Sí.

¿Pero después? No lo sé. No tengo un propósito. No tengo un plan fuera de criar a mi hijo.

Cuando bajo del auto, siento una presencia cerca de mí. ¿Tanta emoción le falta a mi vida que me estoy imaginando a un acosador o a un espía detrás de mí? Tengo que superar esto. O realmente me volveré loca de atar.

Ana empuja mi silla y entramos al consultorio. No hay muchas personas el día de hoy; aparte de la recepcionista tecleando en su computador, no hay ruido alguno. Me acerco al mostrador .

—Hola, señorita. Tengo una cita con el obstetra —digo con amabilidad.

La chica me mira con los ojos muy abiertos.

—Señora Romano. Estábamos esperando por usted. Por favor, sígame. —Se para, nerviosa, y corre por una puerta.

Miro a mi lado a Ana y ella también tiene el ceño fruncido. También nota lo raro de este día, pero ninguna de las dos dice nada.

—¿Necesita que la acompañe? —me pregunta, pero niego con la cabeza.

—No es necesario, volveré enseguida.

Sigo a la recepcionista y entro en la sala de ecografías. Está oscuro, pero rápido mi vista se amolda al entorno.

—Si necesita ayuda para subir a la cama, me lo hace saber. El doctor entrará en cualquier momento. —Me da una sonrisa tensa y miro rodar una gota de sudor por su frente.

Esto no me está gustando. Estar aquí se está volviendo muy incómodo y solo despierta un miedo irracional en mí. Miedo por mi bebé. Por mi propia vida.

Me tranquilizo lo mejor que puedo y subo a la camilla. Los monitores ya están encendidos; cierro los ojos y respiro profundamente. No pasan ni dos minutos cuando el doctor entra, colocándose ya un par de guantes.

—Señora Romano, ¿cómo está el día de hoy? Su cirugía de rodillas fue un éxito, me imagino. —Asiento con la cabeza. Está siendo amable, pero su voz suena nerviosa. No le respondo porque no tengo nada que decir. Y tengo miedo de decir demasiado.

Está decidido. No volveré a este lugar después de hoy. Tal vez fui muy ingenua al creer que la maldad del mundo no me perseguiría a París. Hablaré con mi hermano y le preguntaré si alguien me está buscando .

—¿Cree que hoy podamos conocer el sexo de mi bebé? —pregunto cuando me sube la blusa con mucho cuidado y derrama gel frío en mi vientre ligeramente abultado.

—Es una gran posibilidad. ¿Quiere que se lo diga si logramos verlo?

—Sí, por favor. No he comprado nada para él o ella, esperando saber qué será. —Actúo con toda la normalidad que puedo y me concentro en lo importante.

—Muy bien, empecemos entonces.

[***]

Salgo del consultorio con muchas emociones desbordándose en mi pecho. No sabía que deseaba tanto esto hasta que lo miré tan real como hoy. Miro embobada la ecografía de hoy. La última vez solo era una semillita, pero hoy está completamente formado.

Su corazón late tan fuerte; es perfecto. Es sano y ya es el ser más hermoso que he visto nunca. Espero que tenga los ojos de su padre. Es inevitable vivir esto sin pensar en él, y sin querer tener tanto de él como se pueda cerca de mí.

Subo al auto y le digo a Ana que se detenga en el primer centro comercial que encuentre. Necesito hacer esa llamada.

Unos minutos después me tiemblan las manos; estoy frente a un teléfono público en el centro comercial más concurrido de París.

Hay tantas personas a mi alrededor, pero la sensación de que estoy siendo observada no desaparece.

Solo se intensifica y, aunque no lo diré en voz alta, me empiezo a preguntar si hice lo correcto en ocultarles mi embarazo a todos y huir.

Suspiro profundamente y, con manos temblorosas, marco el número de mi hermano. Es tarde en Chicago, pero no lo suficiente para que esté dormido. Espero un par de tonos y después…

—Diga —responde .

Su voz llena mi oído y se me hace un nudo en la garganta. Se me llenan los ojos de lágrimas y me tengo que tomar un momento para poder hablar.

—¿Hola? ¿Quién habla?

—Soy yo —suelto por fin en un jadeo.

—¿Milene? Por Dios, Milene, ¿dónde estás? ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda? — Tantas preguntas. Y una sola respuesta:

No lo sé.

—Santino, te extraño —susurro con el surco de lágrimas corriendo por mis mejillas.

—Dios, Milene. Por favor, dime que estás bien . —Me suplica, y puedo escuchar que hace movimientos con sus manos por su computador.

Me tengo que apresurar.

—No me busques, por favor. Solo quiero hacerte saber que estoy bien, pronto volveré a caminar y eso es todo lo que quería. Soy feliz, te lo prometo —digo con una sonrisa y lágrimas mojando mi blusa.

—Hermana… Eso es todo lo que quería para ti. Pero dime, ¿por qué no quieres que te encuentre?

«Porque tengo miedo» . No se lo digo. En cambio, le pregunto otra cosa:

—¿Todo está bien por allá? En la organización, quiero decir. ¿No hay nadie buscándome o algo así?

Solo hay silencio del otro lado de la línea.

—Milene, ¿qué pasa? ¿Tienes problemas? Tienes que decirme. —No. No puedo. Ahora estoy sola y debo dejar de depender de mi hermano o de… cualquier otra persona.

—Solo quería escuchar tu voz, Santino. Te prometo que todo está bien .

—Maldita sea, Milene. Promete que, si necesitas cualquier cosa, me llamarás. Intenté encontrarte, pero… lo estás haciendo muy bien. —Escucho su risita y después su suspiro—. También te extrañamos.

«¿Extrañamos? ¿Está Diego ahí con él?» .

Esa posibilidad me hace acelerar el corazón al grado de dejar de escuchar del otro lado del teléfono.

—Milene, Milene. ¿Estás ahí? ¿Hola? —La voz de mi hermano se escucha lejana y me obligo a tranquilizar a mi corazón. Lo que no puedo frenar es mi lengua.

—¿Diego está contigo?

Es demasiado tarde para retractarme y para ocultar la necesidad que tengo de saber de él. Sé que no debo, sé que no me debe explicaciones ni razones, pero no lo puedo evitar.

—Lo siento, Milene. Él no está aquí.

Mi corazón… Algo se oprime dentro de mi pecho. Algo doloroso. Enderezo mi espalda, sabiendo que no me queda mucho tiempo.

—Entiendo. Pero está bien, ¿verdad? —pregunto con una fuerza que en realidad no tengo. Reviso el teléfono, porque pasan muchos latidos sin que tenga respuesta—. ¿Santino?

—¿Sí?

Algo no está bien. Lo puedo sentir. Incluso del otro lado del mundo puedo sentir que algo no marcha bien.

—¿Ha pasado algo? —De nuevo, solo silencio. ¡Ay, por Dios! —. Santino, me estás asustando. Necesito que me digas si Diego está bien, es todo lo que te estoy pidiendo.

—Milene… —Su voz es triste. Me llevo la mano al corazón. No puede no estar bien, ¿verdad? Es un hombre fuerte y sano—. No puedo decirte algo que no sé .

—¿Cómo es que no lo sabes? Es tu mejor amigo. —Para este punto ya estoy desesperada. La mano que sostiene el teléfono me tiembla como gelatina.

—Tú no te preocupes. Lo encontraremos, sano y salvo.

Es la primera vez que agradezco estar sentada. Mis manos se debilitan y mi cabeza me hace una mala jugada porque solo miro negro por un par de segundos.

—¿Milene? ¿Estás ahí? —Santino insiste, y tengo que ser fuerte, aunque no lo crea posible. Como puedo, reacciono y vuelvo a colocar el teléfono en mi oreja.

—¿Qué pasó? Dímelo —le exijo—. Dímelo, Santino, o te juro que tomo el primer vuelo de regreso para buscarlo yo misma.

—Tranquila, no te hace bien que te alteres. Por eso no te lo quería decir. Maldición. —Escucharlo maldecir es lo último que soporto.

—Maldita sea. ¿Dónde está? —le grito a mi hermano, creo que por primera vez en mi vida.

—Desapareció, ¿está bien? Nadie sabe nada de él. El jefe lo mandó a una misión privada y nunca regresó.

No. No. No. Esto no puede ser verdad. Mi corazón, nuestro hijo… no. Diego no pudo haber desaparecido. No. Él no.

No me doy cuenta de cuándo Ana toma el teléfono y empieza a hablar ella.

No me doy cuenta de cuándo regresamos al auto.

Y no me doy cuenta de cuándo entro al hospital en un shock total.

No me doy cuenta porque, sin Diego en este mundo, lo único que hay frente a mí… es oscuridad.