29 MILENE
Tengo días sintiendo que alguien me observa. Más específico, desde que Ana bajó del taxi al llegar a París. Es una sensación extraña, pero al mismo tiempo se siente familiar. Se siente familiarmente bien.
Sin embargo, aquí nadie me conoce, así que creo que solo es producto de mi imaginación. Tiene que serlo. La otra opción es que alguien de nuestros enemigos sepa de mi paradero; eso sí sería verdaderamente catastrófico. Pero no pensaré en eso.
Han pasado cuatro días. Hoy tengo la última valoración antes de mi operación de rodillas. Estaría mintiendo si digo que no estoy nerviosa. Aunque no es una operación complicada, en Chicago era imposible que me la hicieran.
Y mucho tenía que ver con mi apellido. Si después del accidente me convertí en una vergüenza para mi familia y la organización… buscar ayuda allá habría sido la peor de las humillaciones.
A veces pienso que por eso me han dejado ir. Ya no tenía nada que aportar y, después de lo que mi papá hizo… bueno, una princesa de la mafia discapacitada…
—¿Milene Romano?
Sí, conservo mi apellido de casada. El apellido de Diego y el apellido que tendrá nuestro hijo. Sé que usarlo es un riesgo. Diego o mi hermano podrían encontrarme, pero cada día que pasa me convenzo un poco más de que eso no pasará. En cambio, cada día también duele un poco más.
—Soy yo —digo, guardando en lo más profundo de mi ser esos tristes y desgarradores pensamientos.
—El doctor está listo para recibirla —me dice la enfermera, y sonrío.
Solo un par de días más y todo por lo que he luchado en los últimos años será realidad. Cuando entro, el médico me está esperando con una sonrisa y mi expediente en las manos.
—Señora Romano. Qué gusto verla de nuevo.
Sí, me dice señora porque me conoció usando mis anillos. Tanto el de matrimonio como el de compromiso; esos que me dio Diego y que me niego a dejar de usar. Son mi ancla cada noche, cuando él es mi último pensamiento al cerrar los ojos y mi primer recuerdo al despertar.
—El gusto es todo mío, doctor. ¿Todo está bien con mis estudios? —le pregunto con curiosidad y una pizca de temor.
No suelto el aire de mis pulmones hasta que el doctor me sonríe, asintiendo con la cabeza. Entonces suspiro, feliz.
—Sí, todo está listo. Mañana mismo puede ser ingresada y, después de dos días en observación, podrá volver a casa para empezar con la terapia.
Me siento feliz. Muy feliz. Solo me falta algo. No… alguien. Y todo sería perfecto.
—Muchas gracias, doctor. Es la mejor noticia que he recibido en semanas. —Bueno, después de saber que todo marcha bien con mi bebé.
El doctor extiende su mano y me despide. Salgo del hospital sabiendo que, cuando entre de nuevo, será para ser la antigua Milene. La que siempre debí ser .
Ana me está esperando en el pequeño auto que compré. Me resistía a adquirir uno, pero ahora sé que es más que necesario, por más que me muera por recorrer toda la ciudad a pie.
Le platico las buenas noticias y, después de felicitarme, pasamos por el mercado para llenar la despensa. Cuando salga del hospital en un par de días, no sé cuánto tiempo me tome poder salir de casa, así que es mejor prevenir que lamentar.
Una vez que llegamos, hago algo que no había hecho en las casi dos semanas que tengo aquí. Incluso antes de llegar aquí ya no lo hacía.
Ruedo en mi silla hasta llegar a la ventana y al piano de cola blanco, que es una copia exacta del que dejé en casa. No puedo mirarlo sin que mis ojos se llenen de lágrimas amenazando con derramarse. Y una nueva necesidad surge dentro de mí: la de escuchar su voz.
La de hacerle saber que estoy bien y que pronto seré la mujer que me hubiera gustado que él viera. Decirle que puede sentirse orgulloso porque lo estoy haciendo muy bien. Y de decirle lo mucho que lo amo y lo enfermizo que es este sentimiento de extrañarlo.
—¿Y si…? —Niego con la cabeza rápidamente. Si lo pienso un poco más, cometeré el error de llamarlo.
En cambio, hago lo único que puedo hacer. Cierro mis ojos y lo imagino sentado detrás de mí, sosteniendo mi cuerpo mientras toco para él, como tantas noches lo hice. Exponiéndole mi alma.
Lo hago por lo que parecen horas. Juraría que puedo sentir sus brazos rodeando mi cintura y posando sus palmas en mi vientre; ya no detengo las lágrimas, las dejo correr con cada nota.
Incluso me parece percibir su aroma y mis labios tiemblan con una sonrisa.
Por solo un segundo, uno solo, es real para mí.
[***]
—Todo va a salir bien —La voz nerviosa de Ana me hace sonreír.
—Claro que todo va a estar bien. No te preocupes. Te veré del otro lado.
Suelto su mano y llegamos al límite al que puede acompañarme en el hospital. Voy en la camilla viendo las luces del techo, con una última imagen en mi mente antes de que el oxígeno haga lo suyo y me lleve a la oscuridad.
Es Diego sosteniendo la mano de nuestro hijo mientras caminamos por el parque, con su mano libre rodeando mi cintura y acercándome para besar mis labios. Todo es perfecto. Con esa imagen dejo salir una lágrima y me quedo dormida con una sonrisa en la cara y la esperanza en el corazón.
[***]
Abro los ojos y no tengo idea de cuánto tiempo ha pasado.
El sonido de la máquina que tengo detrás de mí, marcando el pulso de mi corazón, es lo único que se escucha.
Estoy en la oscuridad y siento un aroma tan familiar…
cuando de pronto la puerta de la habitación se abre y se cierra antes de que pueda darme cuenta.
Vuelvo a cerrar los ojos y, cuando los abro, estoy segura de que es un nuevo día.
Hay una enfermera revisando mi intravenosa y me sonríe en cuanto se da cuenta de que me he despertado.
—Señora Romano. Bienvenida. La operación ha sido un éxito.
La felicidad me inunda y no puedo evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas. Lo logré… lo logré. También las hormonas del embarazo están haciendo su parte, estoy segura.
El doctor entra unos minutos después y me explica con lujo de detalles la operación, sus cuidados y su recuperación.
Tenía razón al decir que era el tiempo adecuado para hacerla.
Pasaré en cama dos meses antes de poder dar los primeros pasos, y mi embarazo también habrá pasado la etapa difícil.
Todo parece ir perfecto. Todo parece ir conforme lo planeé.
Entonces me pregunto por qué mi corazón no se siente satisfecho.
[***]
Como dijo el doctor, solo dos días después salgo del hospital con dos meses de embarazo y las rodillas reconstruidas. Aún no siento nada y no las puedo mover. Me trasladan en una camilla hasta mi departamento porque no puedo doblar las piernas hasta pasadas un par de semanas.
Ana ha sido increíble. Estoy segura de que, de no estar ella conmigo, no hubiera podido con todo esto yo sola.
Descanso en mi habitación. No se parece en nada a la que tenía en Chicago y a la vez lo agradezco; esta continúa con el tema parisino en tonos claros. Mi dormitorio también tiene un balcón que posee una vista preciosa.
De repente me doy cuenta de que siento algo raro en mi cuerpo, y no tiene nada que ver con la presión en mis piernas; es casi imperceptible, pero siento más ligera mi mano izquierda. Abro mucho los ojos y levanto la mano solo para darme cuenta de que no tengo puestos mis anillos.
—No, no, no. No puede ser… —Busco en mi mesita de noche, en el primer y el segundo cajón, pero no hay nada. Me siento en la cama para buscar debajo de mi almohada, pero en el fondo sé la realidad. Los perdí.
—¡Anaaa! —grito con desespero.
Ella no tarda en entrar a mi habitación. Tiene una espátula en la mano, no sé si estaba cocinando algo o si la está tratando de usar como un arma .
—¿Qué pasa? ¿Está bien? —Ana grita agitada y mira por la habitación buscando una amenaza. Si no estuviera tan enojada por no tener mis anillos, me podría reír de ella.
Levanto mi mano izquierda.
—No están mis anillos. —Me quejo con un nudo en la garganta—. No sé dónde están; estoy segura de que los estaba usando cuando entré en el quirófano.
El cuerpo de Ana se relaja, se lleva una mano a la cara y suspira profundamente.
—Milene, me asustó. Creí que… olvídelo. Voy a llamar al hospital, tal vez ellos sepan algo.
Asiento. No le digo nada más para que haga justo eso. Me quedo con la espalda pegada en la cabecera de mi cama, con la misma sensación de ser observada.
Me abrazo la cintura y miro en dirección a mis rodillas; hoy todo se ve muy inflamado, pero sé que solo es cuestión de tiempo para que pueda volver a caminar. Volveré a ser yo misma. Siento mucho que lo de mis anillos me eclipse el éxito de mi operación.
Veinte minutos después, Ana entra en la habitación y, antes de que me diga nada, ya sé la respuesta.
—Lo siento, en el hospital dijeron que están seguros de no haberlos visto. Pero que, si quiere, pueden intentar revisar las cámaras de seguridad.
Un sollozo llena mi garganta. Niego con la cabeza. No tiene caso buscarlos; donde quiera que estén, deben de necesitarlos más que yo.
—Olvídalo, Ana. En algún momento tenía que soltarlos. —En algún momento también tengo que soltar a Diego y su recuerdo—. Quiero estar sola, por favor. Apaga las luces —le pido, y no la miro más .
Me acuesto y me cubro la cara con la colcha. Y entonces lloro. A pesar de tener todo a mi favor, a pesar de tener todo lo que pedí tener… lloro amargamente.
[***]
Las dos semanas en las que no podía salir de la cama por fin han pasado. Muero por poder tomar el sol, por tomar una taza de café viendo la Torre Eiffel, y eso es justamente lo que hago.
Con ayuda de Ana me siento en mi silla de ruedas; casi puedo empezar a despedirme de ella. «Eso quisiera» , más que nada, pero aún falta un poco más para llegar ahí. Podría usar el balcón de mi habitación, pero necesito salir. Aunque sean solo cinco minutos.
Ana me saca del edificio y dobla en la esquina; cerca hay un parque donde se ven perros pasear por todas partes. También hay madres y padres con carriolas.
Llegamos al parque y lo primero que siento es el impulso de voltear a mi espalda. Miro por encima del hombro, pero no hay nadie, aunque la sensación nunca desaparece. Un escalofrío me recorre y no sé por qué me siento vulnerable.
Bajo mi mirada a mi mano izquierda, que sigue desnuda, y entiendo por qué me siento sola de repente. No lo estoy y no lo estaré en el momento en que mi hijo llegue al mundo, pero no tener mis anillos, me hace sentir incompleta.
—¿Quiere dar una vuelta? —me pregunta Ana, pero no le respondo por perderme en una pareja que camina muy cerca de nosotras.
La chica está embarazada, parece que solo le quedan días para reventar, y su pareja la tiene abrazada por la cintura; le sostiene el vientre con fuerza y caminan al mismo tiempo, él detrás de ella, encajado en su cuerpo como si fueran una sola persona.
Honestamente, se miran un poco ridículos, pero a quién le importa cuando hay tanto amor en sus ojos .
Serán unos grandes padres.
Bajo la mirada al suelo, y Ana parece darse cuenta de lo que estaba viendo porque pone una mano en mi hombro.
—Será una gran madre —me dice, y casi le creo. Casi.
Me encojo de hombros.
—No puedes saberlo —digo.
—Claro que sí. Porque luchó por una mejor vida, por salir de un mundo en el que no era feliz, aun en contra de todo pronóstico. Y lo hizo usted sola.
Pero sí que era feliz. No en la parte de la mafia y las opiniones, las trampas y los matrimonios arreglados, pero sí en todo lo que tenía que ver con Diego. Pensar en su nombre ahora me deja un sabor agridulce. No hay día que no lo piense; no hay día que no quiera saber de él, oír su voz o mirarlo.
—Y quién sabe —continúa Ana con una sonrisa juguetona—. Tal vez París tenga guardado un nuevo amor para usted.
Casi me río en voz alta, pero un gruñido familiar a mi espalda me hace cortar la respiración.
—Y una mierda con eso —dice una voz gruesa.
Me llevo la mano al pecho.
No puede ser él… ¿o sí?