En Esta Vida No 28 DIEGO
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28 DIEGO

—¡Ana! ¿Dónde estás? ¡Maldita sea!

Las desgracias nunca vienen solas. Milene me dejó, me ocultó su embarazo y firmó los papeles del divorcio para irse y nunca más volverme a ver.

Maldita sea, hace solo unas horas me estaba sacando el corazón sangrante, y ahora me muero de la rabia.

De la impotencia. Maldita sea, me estoy volviendo loco.

Salgo de la casa, que ya está más vacía que una vivienda fantasma, y la rodeo buscando cualquier alma viviente. No tardo en llegar a la puerta de los cuartos de servicio. La entrada está abierta y apenas me acerco cuando Ana sale de ahí, mirándome con los ojos como platos.

Está sorprendida de verme aquí, pero sé que lo que más le asusta es mi cara de poder asesinarla si no me da lo que quiero.

—¡Señor! —chilla, cerrando la puerta de golpe detrás de ella.

—¿Dónde está mi esposa? —pregunto en un grito bajo, rabioso, desesperado.

La muy… me mira con una ceja enarcada y después entrecierra los ojos para decirme descaradamente:

—Creí que habían firmado los papeles del divorcio.

No debió haber dicho eso. De hecho, se arrepiente en cuanto las palabras salen de su boca y mide mi reacción. Doy un paso agresivo en su dirección y ella chilla con las manos en la boca mientras retrocede.

—No te lo voy a preguntar de nuevo, Ana. ¿Dónde… está… mi… mujer? —Maldita sea, puntualizo cada palabra con la mandíbula apretada.

Mierda. Sí, firmé esos papeles, pero ella sigue siendo mi mujer. Mi maldita esposa y la madre de mi hijo o hija. No puedo controlar mi pecho. Mi corazón se siente tan confundido y tan dolido.

—Lo siento, señor, no sé nada. La señora Milene se fue esta mañana. Después de firmar… —No termina la frase, se aclara la garganta—. El jet de su hermano la llevaría directamente a su destino. No sé nada más.

Tenía la esperanza de que aún no se hubiera ido, pero lo tenía todo planeado. Absolutamente todo. No esperó un segundo más después de firmar esos papeles.

Sé que aguantó mucho tiempo para lograr escapar de la mafia y buscar una vida normal, pero eso no lo hace menos doloroso. Sacudo la cabeza y me doy media vuelta. Ahora será Santino el que me escuche. Y no aceptaré un «no sé» por respuesta.

[***]

—¡No lo sé! ¡Lo juro!

—¡Puta mierda! —Golpeo su escritorio. El impacto me pone rojos los nudillos, pero no hay dolor alguno. No como el de mi corazón.

—Por supuesto que lo sabes, maldito. Tú la enviaste ahí en primer lugar. En tu puto jet. —Con cada segundo que pasa me lleno de más impotencia, de más puto coraje.

A estas alturas ya debe haber llegado a su destino. Tomo mi teléfono y vuelvo a marcar su número, pero el aparato sigue apagado. No quiere que la encuentre .

¿Puede haber un dolor más grande que ese?

—Deja de intentarlo. Ella no quiere que la encuentres. — No me digas, genio —. Tienes que superarlo, hermano.

No lo soporto más. Me levanto de golpe y lo tomo con fuerza del cuello.

Santino no se mueve a pesar de ver en mis ojos que muy poco o nada podría impedir que lo estrangule en este mismo momento.

Se deja lastimar por mí, pero yo ruego internamente porque intente defenderse; lo necesito. Necesito sacar toda esta frustración.

—Haz algo, puta mierda. Defiéndete —le gruño en la cara—. ¡Dame pelea, imbécil!

No lo hace. Me frustro aún más. Quiero matarlo por alejar a Milene de mí, pero fue ella la que tomó la decisión incluso antes de casarse conmigo, y nada de lo que le di fue suficiente para hacer que se quedara.

Lo suelto cuando su rostro empieza a ponerse morado. Cae de nuevo en su silla de rey y yo me desplomo en el asiento frente a él. Me llevo las manos a la cara y niego frenéticamente.

—No lo entiendes —susurro, desgarrándome la garganta—. No lo entiendes… —El nudo que tengo atorado me hace muy difícil respirar.

—Claro que lo entiendo —dice, y en ese preciso momento se abre la puerta de su oficina.

No tengo que levantar la cabeza para saber quién es.

—¿Todo está bien? Escuché gritos.

Después de corroborar con mis contactos de Los Ángeles que Ivanna nos había dicho la verdad y que en realidad no tenía motivos para volver, se mudó a la casa de Santino.

No sé qué extraña relación hay entre ellos y la verdad es que no me importa; lo único que me importa es recuperar a mi esposa y ver crecer a mi hijo.

Maldita sea. Mi hijo. Todavía se siente irreal siquiera imaginarlo .

—Estoy bien, no te preocupes. Sube a tu habitación —le pide Santino con un tono de voz mucho más amable del que alguna vez le haya escuchado—. Iré a verte más tarde.

—Pero… —replica ella.

—¡Ivanna! —El tono de Santino ahora es de advertencia.

Escucho un puchero detrás de mí y, si no estuviera tan atormentado por encontrar a mi Milene, me burlaría de mi amigo. Bueno, espero que al final del día siga siéndolo. Intercambian miradas y algo más, pero al final Ivanna sale de la oficina.

—Lo siento, hermano. —Levanto la cabeza y noto el leve rubor en las mejillas de Santino. Me da envidia. Porque él tiene a la mujer que desea en su cama cada noche, mientras yo tengo que rogar porque me dejen encontrar a la mía.

—Si de verdad lo sientes, dime a dónde se fue mi esposa embarazada…

MILENE

Mi primera semana en París. Hoy llega Ana en un vuelo comercial. No he tenido contacto con mi hermano desde que despegué de Chicago y nunca le dije dónde me hospedaría ni dónde me establecería. Así era mejor. Si él no sabía nada, Diego tampoco sabría nada.

A quién engaño, tal vez él nunca intente buscarme. Su rostro, ese día que firmamos el divorcio, casi me hizo decirle la verdad. Casi me hace pedirle que me elija a mí y a nuestro hijo por encima de la organización.

Pero hacer eso para él sería traición y su familia ya ha cargado con mucho; nunca le haría algo así. Lo amo. Y lo voy a amar toda mi vida. Bajo mis manos a mi vientre. Una parte de él siempre estará conmigo y eso me tiene que ser suficiente.

Les dije a los especialistas acerca de mi embarazo y me aseguraron que la operación no representa ningún riesgo para él o ella, pero que lo mejor será hacer mi reconstrucción de rodilla lo antes posible.

Mentalmente salté de alegría. Muero por poder caminar. Muero por volver a ser independiente. Y muero por visitar París y sus tiendas para comprar la cuna y la ropa para mi hijo sin obstáculos.

Hago un viaje en retrospectiva desde mi accidente, todo lo que perdí y todo lo que vino después. Hoy me parece un sueño que en solo una semana más habré salido del quirófano para empezar una verdadera rehabilitación.

Llego al departamento que elegí para vivir. Aquí todo son edificios altos y de un estilo de los años treinta; agradezco que este edificio en especial esté un poco renovado y cuente con un ascensor.

Era muy importante para mí estar en un piso superior donde cada mañana pueda admirar la Torre Eiffel y cada maravilla que guarda este lugar.

Donde pueda tocar mi piano junto a la ventana y rogar por que el aire viaje entre continentes y algo de mis sentimientos al tocarlo pueda llegar a donde quiero.

Hoy terminaron de amueblarlo, incluido el piano frente a la ventana de la sala. Pero esperaré a Ana para entrar juntas a lo que será nuestro nuevo hogar.

Sentada afuera de un café, disfruto de un delicioso croissant y una taza de café, pero descafeinado.

El doctor me permitió una taza al día. Esa es otra cosa que hice en cuanto llegué a este lugar: contacté con uno de los mejores obstetras y casi morí cuando me confirmó las casi siete semanas de embarazo.

Me dijo que todo va marchando bien y me dio una pequeña foto de mi frijolito.

«Nuestro frijolito» .

Nunca seré capaz de dejar fuera el nombre de su padre. Nunca. Guardo la foto en mi bolso y recupero mi nuevo móvil. Me dolió apagar el anterior para nunca más volverlo a encender, pero fue necesario.

Recibo un mensaje de Ana diciendo que acaba de llegar. Le doy la dirección de a dónde tiene que ir y sonrío por al fin tener una cara familiar conmigo.

Veinte minutos después, pago la cuenta y regreso al edificio del nuevo departamento.

Llego al lugar al mismo tiempo que un taxi.

Miro bajar a Ana y algo me hace voltear a mi alrededor.

Sé que es imposible, pero una parte de mí pide que él también hubiera llegado, que de alguna manera me hubiera encontrado y… no lo sé.

Sacudo el pensamiento porque no vale la pena martirizarme con eso. Le sonrío a Ana y la miro llegar a mí con sus maletas. Me sonríe, pero el gesto no llega a sus ojos.

—Oh, señorita… —dice en un hilo de voz.

¿Señorita? guau, recuerdo cuando peleamos por el «señorita». Parece que pasaron años desde ese día.

—Solo Milene, por favor. —Ella asiente con la cabeza muy lentamente—. ¿Cómo están todos? —No puedo evitar preguntar, y ella frunce el ceño.

—No se haga esto. No le hace bien. También se lo dije al señor —dice, y de inmediato se da cuenta de su error.

—¿Lo viste? ¿Dónde? —Me apresuro a preguntar. Y mi corazón, que al parecer dormía, se despierta y late con tanta fuerza que me duele el pecho.

Ana parece notar algo porque se preocupa.

—Milene, ¿está bien?

Asiento con la cabeza, pero mi sangre empieza a bombear en mis oídos hasta que un mareo me sorprende .

—Ay, por Dios. Tenemos que entrar. —Ana pide ayuda con sus maletas y empuja mi silla. Le entrego la copia de las llaves donde viene escrito el número de piso y departamento.

No digo nada en todo el trayecto. Con mi mano en mi corazón me doy cuenta de que todo este tiempo he fingido estar bien. Necesito a Diego. Lo necesito.

Una vez dentro, Ana se lanza a la cocina y no vuelve hasta que sostiene un vaso de agua. Lo acepto y bebo despacio, asimilando todo lo que acaba de pasar.

—¿Está mejor? ¿Necesita llamar al médico? —pregunta y puedo sentir su preocupación. Sacudo la cabeza. No hay médico para el dolor de un corazón enamorado que dejó todo atrás.

—Estoy bien, fue solo un mareo —le explico, llevando mi mano a mi vientre.

Ana tarda en reaccionar a lo que digo, pero cuando lo entiende, se lleva una mano a la boca y cae al suelo golpeando su trasero. No se lo dije antes; no quería que de alguna manera alguien le sacara información.

—¿Está… está segura? —tartamudea, y me hace sonreír de verdad por primera vez desde que llegué a la ciudad del amor.

—Sí, lo estoy. Mira. —Saco la ecografía que me dio el obstetra, y ella se lleva las manos a la cara para limpiar una lágrima traicionera.

—Esto es… Guau. Un regalo. Un milagro —dice, y asiento porque es verdad. Es un milagro y el mejor regalo que alguien puede pedir. Que yo pude pedir.

Nos quedamos calladas por un momento, pero lo que dijo allá abajo me tortura y por fin hago la pregunta:

—Entonces… Diego… —es todo lo que digo.

Ana se levanta del suelo, ya más recuperada de la noticia del bebé, se acerca al sillón más cercano y se sienta. Yo la sigo con la silla .

—Sí, fue el mismo día que firmaron el divorcio. Fue a buscarla a la casa y, cuando no la encontró, la rodeó para ir a los cuartos de servicio.

«¿Después de firmar el divorcio? ¿Fue a casa? ¿A buscarme?» .

—¿Qué te dijo? —inquiero con las manos sudorosas.

—Quería saber dónde estaba su esposa. —Suspira—.

Y yo le dije que creía que habían firmado los papeles del divorcio, y casi se vuelve loco.

Nunca había visto esa cara de asesino en él.

Tenía miedo. —Se sacude por el recuerdo y yo levanto la comisura de mi boca.

No debería, pero saber que se puso asesino por mí me llena el pecho de algo que no puedo evitar que me guste.

—¿Qué le dijiste?

—Lo único que sabía: que su hermano le prestó su jet para salir de Chicago. Y solo eso. —Se encoge de hombros. Supongo que fue a buscar a Santino después de eso.

—¿A mi hermano no lo viste? —pregunto y ella asiente con lentitud.

—Al día siguiente fue su turno de ir a buscarme. Me exigió que le dijera dónde estaba. Le respondí lo mismo que al señor; le dije lo único que sabía.

—¿Les dijiste que me alcanzarías más tarde? —pregunto en un jadeo. No sé cuál respuesta es la que quiero. Mi mente quiere que diga que no, pero mi corazón ruega porque de alguna manera alguien la hubiera seguido.

Niega con la cabeza.

—Mi lealtad es con usted. Nunca les hubiera dado esa información. —Se estira y toma mi mano—. Después de eso no miré a ninguno de los dos. Ahora estoy aquí. Para ayudarla, para apoyarla y para hacerle compañía en la gran París.

Sonrío por sus palabras. Lo que hizo es lo mejor. Y me lo repetiré hasta que me lo crea.