27 MILENE
Tres semanas después.
—Por favor, firme aquí…
Es todo. Se acabó.
[***]
Esta mañana todo se siente diferente. Todo, incluso el aire que me recibe cuando despierto. Llegó el día. El tan esperado día. El día en el que evité pensar para no derrumbarme.
El día que quedará en la historia como el más difícil de mi vida. Más que nacer en este mundo de mafia, más que el accidente donde dejé de caminar y más que la frustración de no cumplir mi sueño.
Más que enamorarme perdidamente y amar con toda mi alma a alguien que me dio todo, incluso mi libertad.
—Sabía que sería positivo. —Miro la prueba de embarazo que sigue en mis manos después de treinta minutos de pensamientos y muchos recuerdos.
Las últimas semanas fueron un completo borrón. Santino mató a mi papá después de que confesara, frente al líder y jefe del Outfit de Chicago, el trato y los negocios ocultos que tenía con los moteros .
Por supuesto, Santino siguió al frente con su lugar en la mesa de los capos y no podría estar más feliz de que lo que hizo mi padre no tuviera consecuencias para él.
Tanto a él como a Diego, les gusta esta vida en la que nacieron; no son malas personas y nunca van tras inocentes. Entonces me pregunto ¿por qué siempre quise salir de aquí?
Niego con la cabeza porque no hay marcha atrás después de esto. Si el jefe de la organización se entera de que ahora llevo a un príncipe de la mafia en el vientre… jamás me dejarán salir de aquí.
Dejo la prueba de embarazo en el lavabo y salgo del baño para prepararme para la cita con los abogados.
¡Qué ironía!
El mismo día que consigo mi libertad también descubro que esa última noche con el amor de mi vida quedé embarazada.
Nunca fui religiosa con las pastillas anticonceptivas; eso, sumado a mi deseo de que esto pasara, debió ser lo que me dio este último y perfecto regalo de despedida. El mejor de toda mi vida.
Tengo todo listo para ir a París una vez que salga de la oficina de los abogados. El jet de mi hermano me estará esperando con mis maletas previamente empacadas y nunca más miraré hacia atrás.
Ana irá conmigo una semana después; me agrada la idea de no estar sola. Además de ser mi ayuda en casa, siempre fue más: una amiga. Claro, una que cobra un sueldo, pero, aun así, lo es.
No tiene familia y para ella ir ahí y hacerme compañía en París también es un buen sueño. La necesitaré más ahora que confirmé mi embarazo. Pero primero necesito este tiempo a solas para asimilar lo que será mi vida después de firmar esos papeles.
Me despedí mentalmente de mi madre en el funeral de mi padre.
Su baja fue deshonrosa, pero aun así fue una ceremonia respetuosa y todos le dimos el último adiós.
Con los moteros fue otra historia; la muerte de Jorge dejó a su líder tan vulnerable que no fue difícil meterlos en cintura.
No creo que se metan en más problemas, al menos por un buen tiempo.
Me armo de valor y dejo atrás la casa que fue mía para cuidar por los últimos años, donde fui libre y donde conocí el amor y también el dolor.
Hace una semana que no miro a Diego. Lo acordamos así.
No podía ser tan egoísta como para exigirle estar a mi lado cuando ya hizo el mayor sacrificio de todos al dejarme partir.
Sacudo mi cabeza y le dedico una última mirada, un último suspiro y una última oportunidad para memorizar cada momento perfecto que pasé dentro.
Subo al auto mientras el chofer guarda mi silla en el maletero.
Una vez que arranca el motor, me concentro en lo primero que haré al llegar a París.
He programado una cita en el mejor centro médico especializado en reconstrucción de cualquier parte del cuerpo; incluso hacen prótesis para mejorar la calidad de vida.
No esperaré un solo segundo antes de programar esa operación. Esperé más tiempo del que creí ser capaz y siento que eso será lo único que me dé el consuelo que necesito. Además, necesitaré poder caminar para criar a mi hijo.
«Nuestro hijo. Mío y de Diego» .
Tengo suficiente dinero como para vivir tres vidas, cortesía de mi hermano y, aunque no lo diga, sé que Diego puso su parte. Pero eso no quiere decir que me quedaré sentada el resto de mi vida; ya lo estuve por más de un año y no pienso volver ahí.
Llegamos al edificio donde será la reunión con los abogados y no sé de dónde saco la fuerza para hacer esto. Bueno… ahora creo que ya sé de dónde. Bajo la mano a mi vientre plano y, aunque no siento nada aún, saber que mi amor floreció en algo tan hermoso me da toda la fuerza que necesito.
Ojalá algún día Diego pueda perdonarme por ocultarle que estoy esperando un hijo suyo y mío. Producto de nuestro amor y de nuestra despedida de hace tres semanas .
DIEGO
Milene sí llegó. El último gramo de esperanza que tenía puesto en que algo, cualquier cosa, la hiciera cambiar de opinión y quisiera quedarse conmigo, se ha convertido en nada. Si no estuviera ya sentado, hubiera caído de rodillas frente a ella al verla.
Está más hermosa que la vida, entrando en la oficina con ese vestido negro ajustado, muy acorde a la ocasión, ya que es el funeral de nuestro matrimonio. De nuestro tiempo juntos, pero nunca de mi amor por ella.
—Milene… —Mi voz sale en un susurro. Su nombre saliendo de mis labios me sienta mal.
Ella no me responde; solo sonríe en mi dirección sin mirarme a los ojos. Dios… Esta semana lejos de ella fue la peor de mi vida. No dormí un solo minuto. La necesitaba a mi lado, en mi cama, recostada en mi pecho, con sus piernas enredadas con las mías. Pero sé que después de hoy será mucho peor.
No escucho cuando nuestros abogados entran en la sala; la sangre bombea con fuerza en mis oídos y mi corazón quiere salir para irse con ella. Soy un idiota. Un tonto.
—Han venido en acuerdo mutuo, ¿verdad? —nos pregunta el abogado.
Milene es la primera en responder.
—Así es. —Solo escuchar su voz me tiene mal, y ahora es mi turno de no responder. Solo asiento con la cabeza.
—Bien, el señor ha cedido el cien por ciento de sus bienes a sus cuentas personales —informa el abogado, y un chillido exaltado sale de la boca de mi todavía esposa.
—Diego, no puedes hacer eso. —Milene estira su mano, pero la distancia no es suficiente para tocarme .
—Ya está hecho. No lo necesito; además, seguiré ganando. Lo único que necesito es eso que no puedo tener. Así que… —Cierro los ojos y la boca de golpe.
Me arrepiento de decir eso en cuanto sale de mi boca; no quería parecer un marido abandonado y dolido, pero mi lengua le ganó a mi cerebro. Aprieto los párpados con más fuerza, incapaz de corregir lo que acabo de soltar.
—Por favor, continuemos.
Ya no la miro y ya no digo nada. Ella tampoco. Tan solo unos minutos después, pasan por mis manos los papeles que detestaré por el resto de mi existencia.
Suspiro, porque nunca pedí enamorarme, nunca pedí amar con toda mi alma para después perderme. Entonces, firmo. Y ella también. Y todo termina incluso antes de que tenga tiempo de procesarlo.
Me quedo mirando mis manos, no sé por cuánto tiempo. Las sillas se mueven y las carpetas se cierran. Entonces escucho su voz por última vez.
—Adiós, Diego. Nunca te olvidaré. Nunca. —Su voz es apenas un susurro y esas seis palabras son todo lo que me queda de ella.
No puedo moverme, no puedo respirar. La miro irse y mi corazón, que creía destrozado, me demuestra lo equivocado que estaba. Si lo que siento no es un corazón roto… es mi alma dejando mi cuerpo para ir detrás de la de ella. Mi Milene.
—¡Mierda, no puedo! —grito, y dejo caer la silla en la que estaba sentado con un ruido sordo.
Ya no hay nadie conmigo en la sala y me empiezo a lamentar de que de verdad sea tarde.
—No puedo. No puedo dejarte ir —lo digo en voz alta. Tal vez aún no sea tarde .
Corro por la oficina y llego a la puerta de salida para darme cuenta de que el auto de Milene ya no está. No sé cuánto tiempo me tomó reaccionar y notar que no puedo ni de chiste respirar si ella no está, pero la decisión está tomada.
No puedo dejarla ir. No sola. No sin mí.
Subo a mi auto y manejo a toda velocidad, pasando semáforos en rojo y altos, rebasando por la derecha y abriéndome paso de camino a la que todavía es nuestra casa.
—No es tan tarde, no puede serlo. No, no. Aún tengo tiempo —grito cada palabra mientras hago todo lo posible por llegar a Milene.
Por fin llego. Corro por la entrada y no pregunto por ella; simplemente sigo por el pasillo que da a nuestras habitaciones. Toco su puerta, pero no hay ninguna respuesta. No me voy a rendir. No ahora. Aún podemos encontrar la manera; sé que sí.
—Milene. Soy yo. —Golpeo la madera con más fuerza, pero sigue sin haber respuesta.
Giro el picaporte y entro. Lo primero que veo es el piano cubierto con una sábana, al igual que la mesa y las sillas dentro.
—¡No! Por favor, no. —Caigo de rodillas—. Aún no es tarde, Milene, por favor. Yo te amo —le grito al aire, con mi corazón lastimando mis costillas.
Los recuerdos de todas nuestras noches juntos, de la primera vez que la besé, la primera vez que fue receptiva a mis caricias y cómo la tomé en nuestra noche de bodas inundan mi mente.
—Milene —chillo con las lágrimas corriendo por mis mejillas. Me niego a perderla. Me duele el pecho al grado de que lo siento sangrar por dentro.
Me quedo de rodillas por lo que parecen horas. Me levanto solo para pasar mis manos por la colcha de la cama, que todavía guarda su aroma floral. Camino hasta su piano y lo destapo; paso mis dedos por las teclas que ella tocó haciendo música perfecta para mí.
Tantas noches conociéndonos sin decir una sola palabra, mientras ella tocaba sus melodías sentada en mis piernas. Nunca imaginé una intimidad tan profunda. Otra cosa en la que me equivoqué.
Con Milene todo era especial. Todo era real. Todo era amor. Son tantas cosas las que ella hizo en mí… Y me debato en ir detrás de ella y traerla de regreso. ¿Qué dice eso de mí? ¿Y si ella no me quiere más? Niego con la cabeza. Me estoy volviendo loco.
Me levanto del banco del piano y rodeo la cama para entrar en su armario, solo para encontrarlo vacío.
—Ella no volverá —digo en apenas un hilo de voz. Mis manos caen a mis costados con el crudo entendimiento de que ella salió para nunca más volver.
«Nunca te olvidaré. Nunca» . Recuerdo sus palabras… ¿A quién engaño? No han dejado mi mente ni mi corazón desde que salieron de su boca.
Sacudo la cabeza y enderezo mi postura. Mis pies me pesan como plomo con cada paso que doy para salir del último lugar donde fui feliz. Estoy cerca de la puerta cuando la luz encendida del baño me llama la atención.
Sonrío con amargura, pensando en la última vez que compartimos un baño. Fue único y tan especial. Fue perfecto. Yo bañado con la sangre de nuestro enemigo y ella amando cada parte de mí.
Fue nuestra despedida y nunca me pidió más; sé que cuando hicimos el amor ese día entendió que era la última vez, y me arrepiento de no haber disfrutado hasta el último milisegundo con ella. A fin de cuentas, nada curará este maldito dolor. Y no creo que nada lo haga. Nunca .
Doy los últimos pasos para apagar la luz del baño cuando miro mi demacrado aspecto en el reflejo del espejo.
Me río. Esto fue lo último que Milene vio de mí.
Soy un desastre. Voy a dar la vuelta cuando, por el rabillo del ojo, algo en el lavabo capta mi atención.
Es un objeto de plástico blanco que se parece mucho a una…
—¡Mierda! —Pierdo el piso—. Maldita mierda. —Mi corazón se acelera al punto de casi romper mis costillas—. Es… es una prueba de embarazo… —Decirlo en voz alta trae un nuevo impacto a mis extremidades, que están a punto de ceder—. Y es positiva.
Lo siguiente que siento es el azulejo frío debajo de mis rodillas. Mis ojos se nublan con humedad y trato de enfocar para confirmar que, en efecto, el resultado es positivo.
—Milene está embarazada. —Una mezcla salvaje de emociones se arremolina en mi garganta—. Voy a ser papá. —Me río tan fuerte que temo rasgar mis cuerdas vocales—. ¡VOY A SER PAPÁ! —grito a los cuatro vientos.
Entonces lo entiendo todo. Milene firmó los papeles del divorcio sabiendo perfectamente que lleva a mi hijo en su vientre.
Frunzo el ceño y la euforia que sentía se convierte en una densa capa de rabia e indignación.
Milene se fue al otro lado del mundo con mi hijo.
Se fue y no me lo dijo. Me escondió a mi hijo y…
Me llevo la mano a la boca. Abro mucho los ojos y la peor idea del mundo me revuelve el estómago al grado de provocarme arcadas.
—A menos que… ¡No! Por favor, no. —Como puedo, me pongo de pie.
A pesar de estar sumamente mareado, salgo disparado de la habitación.
Necesito encontrarla antes de que sea realmente tarde—.
Milene no sería capaz, ¿o sí? —Sacudo el pensamiento antes de que me den ganas de vomitar—.
Milene no se desharía de él… No. No. Por favor. No.