En Esta Vida No 26 DIEGO
60%

26 DIEGO

Veinticuatro horas sin ver a mi esposa. Veinticuatro horas haciéndome esa estúpida, muy estúpida prueba, simulando que ella por fin se ha ido, que por fin es libre. Que ella tiene la libertad que tanto le ha costado ganar y es muy feliz lejos de mí.

Soy un completo idiota; quiero arrancarme el puto corazón. Quiero no sentir lo que siento, porque solo es un simulacro y ya siento que me estoy muriendo en vida.

No esperé a Santino y vine a hablar yo solo con el jefe. Si espero un poco más, puede que de verdad cometa alguna locura. Pero de una cosa estoy seguro: entre más tiempo posponga el final de todo esto, más me dolerá, y no es justo para mi corazón, no es justo para mi mente ni para mi alma.

—Cuando llamaste… parecía que era algo serio. ¿Qué es lo que pasa, Diego? ¿Y por qué no viene Santino contigo? Creí que juntos se estaban encargando de los moteros. —Levanta una ceja. Me es difícil creer que no sepa lo que está pasando, aunque no pensaba omitir nada de todas formas.

Me tomo mi tiempo para, con lujo de detalle, contarle todo desde que Jorge estaba en mi casa fingiendo ser el terapeuta de Milene. No quito la vista de sus manos entrelazadas frente a él y puedo notar exactamente las veces que, por un breve segundo, su respiración se paraliza .

Fueron tres veces. La primera, cuando mencioné que Milene nos ayudó a entrar al club. La segunda, cuando mencioné que el señor Parisi compró a una esclava sexual. Y la tercera, cuando le dije que Santino le disparó en la mano a su padre para rescatar a la chica.

—Hasta donde tengo entendido, nunca nos hemos metido en negocios de tráfico sexual. —Hago la insinuación lo más relajado posible.

Entonces el jefe me fulmina con la mirada y entiendo cómo es que se ha ganado el respeto de todos.

—No te equivoques, Diego. —Bajo la mirada y me recargo en el respaldo de la silla donde estoy sentado frente a él en su oficina—. Y no te equivocas. No necesito vender humanos para gobernar esta ciudad. Así como dejamos de traficar con drogas, las mujeres o niños nunca han formado parte del cuadro.

—¿Entonces… Parisi? —pregunto, y no sé de dónde saco el valor.

Un gruñido es mi respuesta. Se recarga en su propia silla digna de un rey y me mira con los ojos entornados. Cruza sus brazos frente al pecho y no lo piensa mucho.

—Necesito hablar con Santino antes de que lo mate.

No se equivoca; va a ser Santino el que le quite la vida a su progenitor. Asiento y me levanto de la silla. Hago una reverencia educada con la cabeza y empiezo a salir, pero su voz me detiene antes de que pueda tomar el picaporte de la puerta.

—Quiero creer que Milene, después de esto, ¿insiste con abandonar el país? —Estaba listo para hablar de todo, de todo menos de esto. Asiento con la cabeza.

—Una vez que termine esto, le daré el divorcio y la vida de libertad que tanto desea. —No sé cómo me las arreglo para pronunciar las palabras como si no me quemaran la garganta, el pecho y hasta el alma .

—Es una lástima. —Se lleva la mano a la barbilla—. Tenía la clara impresión de que nació para gobernar.

Es todo lo que dice y me despide.

Durante el camino a casa no pienso en otra cosa aparte de esas últimas palabras. Mi Milene es fuerte y aguerrida. Es amable e inteligente. Es suficiente y mucho más que cualquier otra mujer que conozca.

Una imagen de Milene y yo siendo equipo, gobernando una ciudad entera, me nubla los ojos. No dejo escapar la humedad; no puedo torturarme más con eso.

Justo antes de llegar, tomo un desvío y voy al almacén.

Está más que claro que los moteros se metieron con las únicas dos cosas con las que no debían: el tráfico de mujeres y con mi mujer.

Ya se les hará pagar por meter a la ciudad algo que no les está permitido, pero yo sé exactamente cómo voy a sacar toda la frustración que tengo en este momento.

«Esto es por ti, Milene. Y por la vida que pudimos, pero que no podremos tener» .

[***]

Llego a casa muy de noche y muy complacido con el final que por fin le di a ese pedazo de basura. Cantó como la gallina que era desde el primer momento en que me vio.

Parisi los buscó hace poco más de dos años; les costó al principio confiar en él, pero al ver las primeras ganancias, no pudieron dar un paso atrás. Malditos avariciosos. Ratas de coladera. Muertos de hambre. Dos años. Dos malditos años y nadie se dio cuenta.

Cuando entro en mi habitación, no espero ver a nadie. Mucho menos a mi esposa esperándome. Sus ojos llenos de pánico me hacen bajar la vista de inmediato y, sí, caigo en cuenta de que estoy bañado en sangre .

Milene se levanta de su silla y me quedo con la boca abierta. No sé cómo lo hace, pero casi puedo sentir el dolor en sus articulaciones cuando se lanza hacia mí de forma impulsiva.

Acorto la distancia antes de que intente dar un segundo paso, y pierde la fuerza de sus piernas justo cuando llego a ella.

—Dios, Milene. ¿Qué estás haciendo? —Mi voz es de puro pánico. Al igual que la de ella cuando me interroga.

—¿Qué pasó? ¿Estás herido?

«Mierda, al menos debí quitarme la ropa antes de entrar a la casa» .

—No es mía, tranquila, por favor —le suplico, regresándola con cuidado a su silla.

Por un momento tengo la intención de hacer que entre conmigo a la ducha o dejarla directamente en la cama, pero empecé con este distanciamiento y no voy a echarme para atrás ahora. El rostro de ella cambia ligeramente y me da un golpe doloroso al corazón.

—¿De quién es? —me pregunta con un hilo de voz.

No tiene ningún caso mentirle.

—Es de Jorge. Lo maté con mis propias manos. Ya era hora de que ese idiota pagara por haberse metido contigo.

MILENE

No sé cuál es la intención de Diego al decirme esto, pero si busca que lo mire menos agradable o que me sea más fácil hacerme a la idea de que tenemos las horas contadas, no lo va a conseguir. Nada de lo que haga va a lograr que yo sea feliz al marcharme .

No sé cuánto tiempo nos queda, pero si su intención es alejarme antes para no sufrir el golpe… no me conoce de verdad.

—Diego… te necesito —susurro, no estoy mintiendo; las últimas veinticuatro horas sin saber nada de él me volvieron loca de necesidad. Necesidad por él.

La mirada que me da, demuestra que no se esperaba esto de mi parte. Se aclara la garganta y niega con la cabeza.

—Milene, yo…

—Puedes llevarme contigo a la ducha y hacerme el amor mientras te limpias la sangre de nuestros enemigos. O puedes entrar para después salir y hacerlo en la cama. Tú eliges.

Si no lo hubiera estado mirando fijamente, me habría perdido el momento exacto en el que casi se le doblan las rodillas. Su respiración se entrecorta cuando el aire sale de su boca, y su pecho sube y baja de golpe. Casi me pierdo el instante justo en el que sus ojos azules se dilatan por completo.

Maldice por lo bajo y entonces toma una decisión. No es rudo conmigo, a pesar de que su rostro y su cuerpo están sumamente tensos. Me levanta la barbilla y me mira a los ojos; veo tanto anhelo en ellos, pero no me da tiempo para analizar más.

—Solo recuerda que tú lo pediste —dice, y entonces me besa.

Estrella sus suaves labios con los míos. Yo le rodeo el cuello con las manos mientras su lengua se introduce en mi boca y el beso se vuelve salvaje. Se endereza, levantándome de la silla junto con él, y me toma con fuerza del trasero.

Su toque me hace gemir contra su boca; mis dedos se enredan en su cabello y él sisea de puro placer. Como puedo, lo rodeo con mis piernas por la cintura mientras camina torpemente hacia el baño.

Ya se quitó los zapatos y los dejó tirados por un rincón; avanza hasta la encimera del lavabo y me deposita ahí. No suelta mi boca mientras empieza a desvestirse, hasta quedar completamente desnudo frente a mí .

Me separo solo para ver su cuerpo esculpido como un maldito dios griego.

Las pulsaciones en mi entrepierna se intensifican conforme voy bajando la mirada, pasando por sus pectorales definidos y duros como una roca hasta las crestas de su abdomen y esas líneas en V que marcan el camino directo hacia su dureza.

Dureza que me llama y me hace agua la boca; es tan grande que aún no concibo cómo logra entrar en mi cuerpo.

—Es tu turno de quitarte la ropa, bebé. También quiero verte con la misma hambre con la que tú me miras a mí.

Regreso mi vista a sus ojos y no hay otra cosa más que adoración en ellos. Tantas cosas han cambiado entre nosotros, pero no la forma en la que él me ama, ni la manera en la que me ha visto desde el día en que nos casamos.

Ignoro el sentimiento de culpa y hago lo que me toca.

Me levanto el vestido hasta acumularlo en mi cintura, después lo paso por mis brazos y mi cabeza hasta que desaparece.

Cuando me decidí a esperarlo en su habitación sabía perfectamente lo que quería, así que no hay ropa interior debajo de la tela.

—Maldita sea, Milene… ¿Cómo puedes ser tan sexy e inocente a la vez? —No creo que busque una respuesta a esa pregunta.

Solo se toma un segundo para mirarme de pies a cabeza. Después se para entre mis piernas y pega su frente a la mía.

—Me estás matando, Milene. —Su voz sale entrecortada, saturada de sentimientos—. Y lo peor es que yo estoy yendo al matadero voluntariamente.

Es lo último que dice antes de meter la mano entre mis piernas. Siente lo mojada que estoy por él y me vuelve a besar con fuerza, con rabia, con todas las emociones contenidas.

Su mano juega con mi clítoris hasta que estoy temblando entera. Madre de Dios, estoy tan cerca .

—Oh, no, bebé. La única forma en la que te vas a venir hoy será succionándome como solo tú lo puedes hacer. Quiero que me saques hasta la última gota de semen del cuerpo, quiero que por semanas sigas sintiéndome dentro de ti.

Lo miro con los ojos nublados por el deseo.

—Entonces hazlo, esposo. Cumple con tu deber conyugal y lléname antes de que…

Las palabras se quedan suspendidas en el aire cuando me levanta de la cintura y, de un solo movimiento, me hace descender por toda su longitud. Mierda. Me penetra de una sola estocada y me lleva directo al límite.

—¿Qué decías? —Se burla de mí, embistiendo—. ¿Algo sobre mis obligaciones?

El sonido de su risa ronca solo aumenta el placer dentro de mí. Rodea mi nuca con un puño y me inclina hacia atrás para morder mi pezón; en ese preciso momento exploto en mil pedazos.

Las estrellas bailan detrás de mis párpados y mi orgasmo me sacude tan fuerte que pierdo el conocimiento por un instante. Cuando bajo del subidón, ya estamos dentro de la ducha; yo le rodeo el cuerpo con las piernas y los brazos, y él sonríe con suma satisfacción.

—Oh, bebé, eso fue… Me chupaste el alma con ese orgasmo.

El agua empieza a caer entre nosotros; en poco tiempo estamos limpios y listos para seguir.

Sigue dentro de mí, dándome embestidas superficiales mientras yo jadeo con cada una de ellas, hasta que nos da la vuelta para recargar mi espalda contra la pared de azulejos.

Entonces empieza la verdadera acción. Me levanta ambas manos y las coloca por encima de mi cabeza; ahí las sostiene al mismo tiempo que me sonríe.

—Eres tan perfecta… Te amo, Milene. Tanto .

Sé cómo se escucha eso y agradezco que mi cara esté empapada para que las lágrimas que escapan de mis ojos se puedan disimular, porque esas palabras suenan a una despedida definitiva.

Con su otra mano tortura mis pechos hasta que se cansa; mis pezones están rojos y sensibles, pero nunca se han sentido tan bien.

Suelta mis manos para usar ambas palmas en sostener mi cintura, entierra la cara en el hueco de mi cuello y me muerde al mismo tiempo que sus embestidas se vuelven frenéticas.

Grito y vuelvo a gritar cuando me hace correrme una, dos y tres veces seguidas, hasta que por fin se entierra en lo más profundo de mi ser y se libera dentro de mí.

Siento el calor de su semilla inundándome. Entonces pido un deseo; uno egoísta, pero uno que me mantendría viva.

Cuando nuestras respiraciones por fin se estabilizan y nuestros corazones laten al compás, el agua se cierra.

Caminando, aún semiduro dentro de mí, nos seca el cuerpo y nos regresa a su habitación.

Por un pequeño momento pienso que me llevará de vuelta a mi cuarto; no voy a exigir más de lo que ya hice, no soy tonta y sé que a él le duele.

Pero me sorprende cuando mueve las cobijas y nos mete a ambos en la cama, solo para hacerme el amor una y otra vez.

Ya no como en la ducha. Ya no es fuerte ni rudo. Hay orgasmos, por supuesto, y muchos, de ambos. Pero ahora mismo entiendo que esta es la verdadera despedida. Y dejo mi corazón en el acto, haciendo el amor con Diego, mi primer, único y eterno amor.

Ese amor que no busqué y que, de igual forma, se me regaló. Ese amor que no voy a olvidar, así como no voy a olvidar esta última vez que somos uno.

En cuerpo…

En corazón…

En alma…