En Esta Vida No 25 DIEGO
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25 DIEGO

Cierro los ojos solo un segundo, por el impacto de la morfina en mi cuello. Gruño para mis adentros. Cuando los abro de nuevo, me encuentro con los ojos azules, oscurecidos y sorprendidos, de la chica que acabamos de rescatar.

—Vaya forma de agradecer. —Me burlo antes de inmovilizarla. Se quedó paralizada después de clavarme la aguja en el cuello. Afortunadamente para mi complexión, se necesitaban más miligramos de morfina para dejarme inconsciente.

—No, no. ¡Suéltame! —Empieza a gritar la chica.

La rodeo con suficiente fuerza con ambos brazos y, por el rabillo del ojo, miro las dos situaciones en el cuarto.

Milene está justo donde la dejé, con las manos en la boca, viendo sorprendida todo lo que acaba de pasar; puedo jurar que se está replanteando el haber salvado a esta chica después de ver cómo me atacaba.

Por más que lo desee, en este momento no tengo tiempo de tranquilizarla, pero mi mujer es fuerte, más de lo que yo creía.

Al mismo tiempo, del otro lado, escucho el gruñido de Santino. Está loco si piensa que soltaré a la fiera antes de que podamos aclararle que no somos los malos. Bueno, al menos no los malos para ella.

La próxima vez puede ser un cuchillo o cualquier objeto afilado, y cualquiera, incluida Milene, puede salir lastimado, y eso no es algo que yo vaya a permitir .

—Diego… —Santino dice mi nombre con una advertencia en su tono de voz. Lo sorprendo cuando lo fulmino con la mirada.

—Ya estuviste a cargo y mira lo que pasó.

Acuesto a la chica de nuevo en la cama y le hago señas al doctor para que venga y termine su trabajo.

La joven se sacude, pero poco a poco pierde el shock de adrenalina que tuvo.

No es necesaria mucha fuerza y, cuando el doctor prepara otra jeringa con un sedante, ella queda inconsciente en un segundo.

Solo entonces Milene se atreve a levantar la voz para preguntar:

—¿Estás bien?

Ignoro a Santino, que sigue con los ojos muy abiertos. Puedo entender que tiene una lucha interna en su mente; lo dejo con eso. Camino hasta arrodillarme frente a mi esposa y subo mis palmas para acariciar sus mejillas. Ella baja su mirada a mi cuello, donde antes estuvo clavada la jeringa.

—No te preocupes, amor, hace falta más que eso para derrumbarme. —Le sonrío y ella a mí, pero es una sonrisa afligida. Sigue preocupada. Entonces la beso hasta que mi boca en la suya y mi lengua saboreando la de ella le demuestran que estoy perfectamente bien.

Me concentro en mi esposa sin dejar de prestar atención a lo que pasa en la habitación.

Ana entra sosteniendo una bandeja con agua tibia y, con una toalla, empieza a limpiar a la chica.

También trae un poco de ropa y la cubre con ella después de que el doctor termina de examinarla y confirma que no fue abusada sexualmente.

Al menos algo logramos hacer bien. El médico termina colocándole una vía intravenosa para suministrarle líquidos; está en un estado grave de deshidratación. Solo ella sabe cuánto tiempo ha pasado lejos de casa.

Casi la perdono por haberme atacado. Casi .

Media hora después, tengo a Milene sentada en mis piernas y ambos miramos cómo Santino ha hecho un hueco en la alfombra de tantas vueltas que ha dado en el mismo lugar. Tenemos tantas cosas que hacer y, aun así, él está aquí, únicamente concentrado en la chica en la cama frente a él.

Dejo que Ana despida al doctor y le aseguro que recibirá su paga al final del día. No entiendo cómo, de un momento a otro, se nos acumularon tantos problemas.

Tenemos a Jorge en el almacén esperando por una buena paliza y muchas explicaciones; su padre ya debe saber que está desaparecido.

También están los estragos que causó la explosión en su club; si saben que fuimos nosotros, no dudarán en atacar.

Y ahora el señor Parisi está atado en ese departamento olvidado de Dios, todo a la espera de saber qué es lo que sigue a partir de aquí.

De ninguna manera voy a dejar a Milene sola con esta mujer, y menos después de ver que es una fiera.

Me alegro por ella; me alegra que tenga la fuerza para salir adelante, pero se equivocó de personas si cree que necesita defenderse para escapar.

Y si cree que voy a dejar vulnerable a mi mujer o a mis hombres… aún no me conoce, pero lo hará.

Salimos a tomar el almuerzo, pero nada hace que Santino abandone la habitación. Así que alguien del servicio les lleva la comida a ambos. En caso de que la chica despierte—cosa que no creo que haga hasta el día de mañana—, lo que vivió no es nada fácil de superar. Los traumas que le vienen…

Dios la ayude. Aunque creo que alguien más también se encargará de ayudarla.

Niego con la cabeza, porque no cabe duda de que no podemos tener el control de quién entra en nuestra mente para no volver a salir jamás .

MILENE

Nunca había estado más asustada como cuando Diego estuvo a punto de caer al suelo inconsciente después de que la chica que rescatamos de las garras de mi padre lo atacara.

Gracias al cielo, todo salió bien y ahora ella está descansando.

Ese pequeño sentimiento de arrepentimiento desapareció tan pronto como sacudí la cabeza y entendí que es lógico que ella esté en shock, y que por eso intentó defenderse.

Ahora estamos en el comedor, solo Diego y yo, comiendo el almuerzo en silencio. Ambos tenemos muchas cosas en las que pensar ahora mismo. Tal vez ellos estén metidos en un gran lío después de haber ido en contra de mi padre, y no lo sabrán hasta que hablen con el jefe de esta maldita organización.

Espero con todas mis fuerzas que ese hombre no tenga nada que ver con lo que mi padre estaba haciendo; espero con todo el corazón que ordene erradicar a las personas que se dedican a la compra y venta de carne humana. La otra opción ni siquiera soy capaz de imaginarla.

—¿Seguro que estás bien? —le pregunto a mi marido al verlo sumido en sus pensamientos.

Parpadea como si acabara de regresar del lugar donde estaba perdido en su mente, y me sonríe tan amablemente y con tanto cariño que me da un golpe doloroso en el corazón.

—No es por mí por quien debes preocuparte, amor. —Amo cuando me llama su amor.

Entonces recuerdo que mi hermano está adentro con la joven.

—¿Crees que intente atacar de nuevo ?

—No lo sé, pero sé que esta vez no lo tomará desprevenido. Él también sabe defenderse.

—Todo esto es tan extraño… Hace apenas un par de días…

—Lo sé. —Me interrumpe—. En el peor de los casos tendremos que tomar una decisión, pero eso ya nos corresponderá a tu hermano y a mí.

Miro a los ojos de mi esposo y noto que no me está diciendo todo. Hay algo más que lo preocupa, y creo que es exactamente lo mismo que me inquieta a mí.

—¿Dónde estaré yo cuando eso pase?

Se hace un silencio sepulcral y, de alguna manera, empiezo a sentirme cada vez más lejos de él. Ya sé la respuesta antes de que me la dé.

—Estarás lejos de aquí, en cualquier lugar del mundo que elijas para estar. Mientras sea seguro. Donde nunca más puedas acercarte a esta mierda.

Cada palabra que me dice pesa. Para los dos. En sus ojos miro lo que no está diciendo en voz alta: porque él sí pertenece a este mundo… yo estaré sola. Mi tiempo con él está llegando a su límite.

Estoy segura de que meses atrás habría brincado de felicidad y habría corrido a hacer mis maletas, pero hoy no es así.

Hoy me duele, hoy me lamento y hoy sufro por la idea de no poder estar con el hombre que amo.

De que el hombre que me adora no pueda elegir tener una vida conmigo, lejos de la mafia, lejos de lo malo; eso me lastima y me llena de ira en partes iguales.

Esa noche es la primera que no pasamos juntos y ninguno de los dos hace nada por buscarnos.

Lo que dijo en el comedor es la única verdad que existe: pronto no seremos más marido y mujer.

Pronto no seremos más dos almas enamoradas; pronto no seremos ni siquiera dos personas que estén en el mismo continente.

No puede haber gozo en eso, pero eso es lo que pedí, eso es lo que él prometió, y eso es lo que él me va a dar. Me pregunto si hay una muestra de amor más grande que esa, porque sé que me ama y sé que me alejará de este mundo por la misma razón. Y si él puede hacerlo, yo también puedo.

[***]

La mañana siguiente no espero a que nadie venga a buscarme; me preparo y salgo para ir a ver a la chica. Entro en la habitación en el momento exacto en el que Ana sale de dejar el desayuno.

Mi hermano sigue allí, vistiendo la misma ropa de ayer, solo que un poco más desalineado, y me pregunto qué es lo que lo hizo pasar la noche entera en esta habitación.

Sí, yo también me siento culpable, pero nunca lo había visto reaccionar así por nadie, ni siquiera por mí, y vaya que ha hecho muchas cosas buenas por mí.

Santino no se da cuenta de que estoy detrás de él y no hago nada para hacerme notar, menos cuando veo que su mano sube a acariciar con delicadeza el cabello de la chica.

Ella abre los ojos para encontrarse con la mirada de mi hermano. Se queda en estado de shock unos momentos antes de intentar levantarse apresuradamente, pero Santino, con toda la tranquilidad posible, niega con la cabeza sin dejar de acariciarla. Eso parece tranquilizarla.

—No te voy a hacer daño, estás a salvo.

La joven parece ver la verdad en los ojos de mi hermano y, de un segundo a otro, salta de la cama para terminar refugiada en el pecho de Santino. Él la abraza y la consuela sin ejercer mucha presión; supongo que tiene miedo de desencadenar algún trauma por lo que ha pasado.

Entonces, por fin me aclaro la garganta y los dos se voltean a verme con ojos sorprendidos. La chica me mira y parece reconocerme de ayer; mi hermano, en cambio, endereza su postura y se aleja lo suficiente para que ella lo suelte.

—Lo siento —susurra ella—. No quería hacerles daño .

Soy yo la que habla antes de que mi hermano pueda hacerlo. Algo me dice que él no podría ponerla en su lugar ni aunque su vida dependiera de ello.

—Corrimos un riesgo al ir por ti. Que ese riesgo no se convierta en un error.

—No sé de dónde me sale la fuerza para hablarle de esa manera, pero la chica abre los ojos y asiente desesperada—.

No somos los malos. Sé que es difícil confiar en las personas después de lo que te pasó, pero, así como nosotros hicimos un voto de confianza al traerte a mi casa, necesito que tú hagas uno y confíes en nosotros.

Siento la mirada de mi hermano taladrandome por el costado, pero no me inmuto ni me hago pequeña. Si no fuera porque odio este mundo, diría que nací con la fuerza que se necesita para dominarlo.

La chica, de la cual por fin sabremos su nombre, asiente de nuevo y endereza la espalda.

—Gracias.

Es mi turno de asentir y me acerco a la cama.

—¿Cuál es tu nombre? —pido en un tono más amable.

—Soy… Ivanna.

«Ivanna» . Mmm, ese nombre, sumado a su cabello rubio platinado, su piel blanca como la nieve y esos ojos azul claro como el cielo en primavera…

—¿Eres rusa? —pregunta mi hermano, y ella asiente en respuesta.

—¿Eres una princesa de la Bratva o algo así? —Mi voz sale un poco más chillona. Espero que no lo sea; no sé si podamos soportar más problemas en este momento.

Afortunadamente, niega con la cabeza.

—No tengo familia. Mi abuelo era lo último que me quedaba y, después de su muerte, busqué trabajo para pagar las cuentas. El banco me quitó todo; no sabía que mi abuelo tenía problemas y que lo había perdido todo antes de irse. —Ivanna empieza a sollozar. Su acento no es tan marcado.

—Lo siento mucho. Pero… no vivías en Rusia, ¿verdad?

—Milene. —Mi hermano gruñe a la defensiva.

—No, está bien, tiene razón. —Ivanna sacude la cabeza—. Dejé Rusia cuando mis padres murieron. Mi abuelo me recibió en Los Ángeles; no era muy mayor, pero tenía problemas con la bebida y eso lo acabó.

Asiento, indicándole que puede continuar. Se aclara la garganta y mi hermano se apresura a acercarle un vaso con agua.

—Gracias —le dice a él con una sonrisa tímida.

—No agradezcas. Continúa, por favor.

—Cuando mi abuelo murió, me costó encontrar trabajo. Acabo de cumplir dieciocho años y no he terminado la escuela. Me hablaron de un club que necesitaba meseras y mencionaron grandes propinas. No lo pensé, solo fui… Entonces todo se acabó para mí.

Una razón más para odiar esta vida.

—No —gruñe mi hermano—. Nada ha acabado para ti. Me encargaré de cada uno de los bastardos que te han lastimado. Hasta el último de ellos morirá por mi propia mano.

Entonces lo comprendo todo. Mi hermano está perdido.

Así como yo.

Así como Diego.

Solo espero que su historia sí pueda tener un final feliz.