24 MILENE
No hubo manera en el infierno de que me dejaran acompañarlos.
Puedo entender el peligro que eso conlleva y que también podría llegar a ser un estorbo para ellos.
En cambio, estoy en llamada directa con los dos y monitoreando los puntos en el mapa: el de nuestro auto y el del rastreador en el vehículo del señor que donó mi esperma.
No hay una sola razón para llamar padre o papá de nuevo a ese hombre. Y que me perdone Dios, pero no descansaré hasta verlo pagar por todo el daño que ha hecho. No vivo en un mundo de hombres buenos, pero aun así hay un límite, y él lo sobrepasó.
¿Cuántas chicas habrán pasado por sus manos antes de esta pequeña? ¿Cuántos años compartí bajo el mismo techo con el hombre más sucio y ruin de todos?
—Están cerca. ¿Cuál es el plan? —pregunto por el teléfono.
—Óscar me envió un código. Necesito que lo pongas en la computadora y, en automático, podrás ver las cámaras de la ciudad donde sea captada la matrícula de su auto —me explica Diego.
—Estoy lista. —Me preparo y escucho con atención el código.
Tal como dijo, el monitor se divide en muchos cuadros pequeños, cada uno mostrando un ángulo de los lugares por los que es captada la matrícula del carro de… ese señor.
Afortunadamente, él no espera que lo sigan, así que la velocidad con la que conduce Diego acorta la distancia por segundo. Si todo sale bien, no podrá ponerle una mano encima antes de que mi hermano y mi esposo la rescaten.
Mis ojos se hacen una rendija, tratando de entender a dónde se dirige ese auto, y cuando miro que se estaciona en una zona bastante solitaria de la ciudad, me pongo nerviosa. Ningún grito podría ser escuchado a su alrededor.
—Acaba de llegar. Por favor, díganme que están cerca.
—Lo estamos, bebé, no te preocupes. Pronto volveremos a casa. —La voz de Diego me tranquiliza. Mi hermano no ha dicho una sola palabra en todo el camino y eso me trae una nueva preocupación.
—Santino, ¿estás bien? —pregunto.
—Lo estaré cuando acabe con la basura. —Su tono de voz es bajo, frío, casi asesino.
—¿Lo matarás hoy? —No es que verdaderamente me importe, pero…
—Nada me gustaría más —se queja—. Pero necesito llegar al fondo de esto y saber si el jefe lo sabe antes de…
No tiene que terminar la frase.
—Entiendo. Por favor, tengan cuidado.
Miro por las cámaras que están llegando al lugar y dejo escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ambos salen a toda prisa, pero la llamada no se corta.
Me quedo con el silencio sepulcral que hay dentro del auto y con la imagen en el monitor de ellos dos entrando por la misma puerta por la que mi padre lo hizo hace solo un par de minutos .
DIEGO
Milene nunca sabrá lo que encontramos una vez que cruzamos la puerta. Y no creo que seamos capaces de olvidarlo alguna vez.
Somos hombres de mafia; somos hombres que torturan y que matan.
Somos hombres que se llenan las manos de sangre, pero la mirada de esa chica a punto de quedar inconsciente, siendo estrangulada con el cinturón del padre de Milene, puesta en cuatro y siendo pisada, soportando el peso de un hombre de cien kilos con la piel manchada de sangre y fluidos corporales…
Dios, es demasiado para cualquier persona.
No para él, quien no parece tan sorprendido de tenernos frente a su presencia.
—Esperen su turno, idiotas.
Juro que no lo reconozco. El respeto que alguna vez le tuve por ser uno de los cinco capos principales de nuestra organización se ha esfumado. Desapareció. Está muerto y enterrado.
Nuestra mafia nunca se caracterizó por hacer este tipo de cosas; no forzamos, no somos sádicos enfermos. No lastimamos a nadie que no se lo merezca. ¿Qué pudo hacer esta chica para merecer esto?
Niego con la cabeza con las náuseas amenazando con hacerme volver el estómago. Santino da un paso hacia el hombre que le dio la vida y le apunta con el cañón directamente a la cabeza. Mierda, quedamos en que no podemos matarlo. No aún.
—Santino —digo su nombre en un susurro de advertencia—. Conoces tu lugar.
—Escucha a tu amigo, hijo. —El señor Parisi se burla de su propio hijo .
No cabe duda de que ninguno lo conocía realmente. ¿Cuántos años corrió peligro Milene a su lado? Dios. Juro que después de esto me aseguraré de que nunca más vuelva a esta ciudad. Milene tendrá la vida que tanto se merece: lejos de la mafia y lejos de la mierda…
Lejos de mí.
Suspiro mirando a mi amigo, quien tiene la mandíbula apretada, y sé que está a punto de jalar el gatillo.
La chica, que todavía está sosteniendo todo el peso del bastardo, pierde la fuerza y el conocimiento.
Con la cara morada por la falta de aire, se desploma en el suelo.
Santino no lo piensa; le dispara en la mano a su papá, la mano que sostenía el cinturón y que le cortaba la circulación a la pobre muchacha.
El señor Parisi grita. Estoy seguro de que no se esperaba que su propio hijo le disparara. Me apresuro a levantar a la chica, pero una mano posesiva me detiene.
—Amárralo y amordázalo. Yo me encargo de ella —exige Santino, y dejo pasar su tono de voz porque no estamos en el momento ni en el lugar para discutir.
Hago lo que me pide. Uso su propio cinturón para amordazarlo y su corbata para amarrar su cuerpo a una silla.
Se queja y chilla, pero no me molesto en prestarle atención.
En cambio, miro la delicadeza con la que Santino toma en sus brazos a la joven.
La cubre con su saco y le toma el pulso; respira aliviado cuando la siente viva.
—¡Dios! malditas gracias —murmura, la levanta al estilo nupcial y empieza a salir de la casa. Me mira y yo asiento.
Corro detrás de él, cierro las puertas y apago todas las luces. Ya nos encargaremos de ese viejo una vez que la chica despierte; eso si no se desangra antes, pues la bala le atravesó la mano y la corbata alrededor de sus muñecas apenas sirve de torniquete.
Urge una reunión con el jefe. No quiero pensar en eso, pero si resulta que él también está dentro de esto, vamos a tener muchos problemas .
Santino entra en la parte trasera de mi auto y sé que no soltará a la chica ni aunque su vida dependa de ello.
—Dios, ¿por qué tardaron tanto? —Milene sigue en la línea; ha estado preocupada cada segundo de espera. Me lamento por eso.
—Dios, bebé. Lo siento tanto. Ya estamos aquí. Todo está bien, tenemos a la chica. —Le explico al mismo tiempo que arranco el auto. Miro a Santino por el espejo retrovisor—. ¿A dónde?
Será peligroso ir a un hospital. Veo la duda pintada en su rostro.
—Déjame en mi departamento. Yo me haré cargo a partir de ahora. —Enarco una ceja a través del espejo.
—Santino, no —responde Milene desde el altavoz—. Tendrá miedo cuando despierte. Será mejor que la traigas a mi casa. Necesito asegurarme de que está bien y de que… él no le hizo daño.
«Sí, ya es un poco tarde para eso, bebé» .
—Milene, amor —intervengo—. Tienes que saber que logramos llegar a tiempo, pero la chica tiene moretones y fue severamente lastimada —se lo digo porque tiene que estar preparada si quiere seguir con esto.
—Maldito. —Se le quiebra la voz por el teléfono—. Entiendo. Seré fuerte. — Sé que así será. No hay nadie más fuerte que ella; la amo más por eso—. ¿Qué pasó con él? —pregunta, y siento la fuerza en su voz. Me inyecta de su propia energía; es impresionante lo que ella logra en mí.
—Lo dejamos atado. Necesitamos saber si hay más gente detrás de todo esto antes de proceder —le explico, y se produce un largo silencio del otro lado.
—Entiendo. Prepararé una habitación para ella. Ustedes llamen al médico, por favor. Los estaré esperando. —No espera una respuesta y termina la llamada.
Mi mujer fuerte. Solo quiero tenerla en mis brazos, abrazarla tan fuerte que nadie sepa dónde inicia ella y dónde termino yo.
Le doy otra mirada a Santino poco antes de llegar, justo después de hacer la llamada a nuestro médico de confianza.
Nunca había visto esa mirada en sus ojos.
Está llena de compasión y de una protección que yo no experimenté hasta que me casé con su hermana.
Parece que los dos estamos destinados a sufrir por el mismo motivo: no poder conservar a la chica.
MILENE
Tengo el corazón en la boca y siento que no puedo respirar hasta que veo llegar el auto de Diego a la casa. Tal como vi en las cámaras de ese lugar, Santino sale del vehículo con la chica en brazos; ahora, más de cerca, puedo ver que de verdad está muy lastimada.
Las lágrimas se empiezan a formar alrededor de mis ojos, pero me digo a mí misma que tengo que ser fuerte. Por mí, y por ella.
—Por aquí, por favor. La primera puerta a la derecha —doy la instrucción, y agradezco que todo el personal esté metido en sus propios asuntos.
Santino me pasa volando por un lado y corre hasta depositar a la chica en la cama. Cuando entro detrás de ellos, por fin puedo ver las marcas moradas en su cuello por el estrangulamiento mientras mi hermano le toma el pulso.
—¡Dios! —Me llevo las manos a la boca y mi cuerpo empieza a temblar.
Escucho pasos detrás de mí.
—El doctor acaba de llegar —Diego le dice a mi hermano. Después me busca con la mirada y entrecerrando sus ojos azules, añade—: Milene, no mires esto. Podrás venir una vez que el doctor la revise .
Se para delante de mí, tapando mi vista de la chica. Asiento una vez y dejo que me saque de la habitación. Antes de entrar a nuestra recámara, noto cómo el doctor ingresa al cuarto que destiné para ella, seguido de Ana.
—Ella les ayudará en todo, no te preocupes —me explica Diego mientras cierra la puerta de nuestra habitación.
Ana sabe para qué familia trabaja; es buena en lo que hace.
Dejo escapar un suspiro largo.
—Quiero estar ahí cuando despierte.
Diego me levanta de la silla y me abraza con todas sus fuerzas.
—Claro que sí, bebé. Harás lo que desees. Solo dale tiempo al médico —me pide, y yo no sabía que mi cuerpo estaba tan tenso hasta que empiezo a relajarme por completo en los brazos de mi marido.
Camina con cuidado y nos sienta en nuestra cama.
—¿Qué va a pasar con ella? —le pregunto.
—Le preguntaremos cómo llegó aquí, y si tiene familia, haremos que regrese con ellos. —Me tranquiliza con sus palabras—. Pero…
Se queda serio de repente y levanto la cabeza para ver las ideas arremolinarse en su mente.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
Él niega con la cabeza.
—No es nada. Un paso a la vez.
—Gracias —susurro, y recargo mi cabeza en el hueco de su cuello.
—¿Por qué?
—Por no dejarme fuera. Por incluirme en esto y por rescatar a la chica. —Inspiro profundamente antes de continuar—. Por ser un buen hombre .
Su cuerpo se tensa debajo del mío, solo para volver a relajarse un segundo después. Sé que él cree que no es un buen hombre, y puedo entender por qué lo piensa dada la vida que lleva.
Pero hoy más que nunca confío en que nunca encontraré a alguien tan noble como él.
Mis brazos rodean con más fuerza su cuerpo y descanso en el pecho de mi esposo por lo que parecen horas.
Solo él puede darme esta tranquilidad. Al mismo tiempo, empiezo a extrañar lo que tenemos; no sé cuánto pueda soportar antes de exigir irme de Chicago.
Todo está tan tranquilo que nuestras respiraciones se sincronizan. Hasta que un grito desgarrador nos hace saltar de la cama. Es la chica. Un nuevo alarido retumba por toda la casa y Diego me niega con la cabeza.
—No —digo antes de que pueda impedirme salir—. Llévame con ella. Ahora, Diego —exijo, y eso lo hace moverse.
Sin bajarme de sus brazos, atravesamos el pasillo a toda prisa y entramos en la habitación. La escena frente a mí me deja sin aliento. El doctor está arrinconado en la esquina del cuarto con las manos levantadas.
—No se acerquen —grita mi hermano.
Entonces lo miro. La chica, en un ataque de adrenalina pura, está presionando el cuello de mi hermano con una jeringa.
Santino tiene las manos arriba en señal de rendición.
Yo me llevo las manos a la boca y me trago un jadeo de terror mientras Diego me lleva a la parte más alejada de la habitación y me deposita en un sillón.
—No te vayas. —Lo jalo de la camisa.
—Sshh. —Me tranquiliza con una caricia en mi mejilla.
Sus ojos rebosan de una seguridad absoluta y asiento. Él camina con cautela en dirección a la chica que mantiene amenazado a mi hermano.
Miro cómo Santino abre los ojos cuando la punta de la aguja le saca una gota de sangre muy cerca de la yugular .
—Por favor… No somos como los hombres que te vendieron —susurra mi hermano, y las lágrimas empiezan a formarse en las comisuras de mis ojos.
—Todos son iguales —responde ella con la voz completamente ronca por el estrangulamiento que sufrió.
Diego se acerca sigilosamente por la espalda.
Y entonces, todo pasa al mismo tiempo. La chica se percata de que alguien está detrás de ella.
Santino la empuja para apartarla y ella se da la vuelta con la mano que sostiene la jeringa en el aire.
Mi hermano trata de rodearla con sus brazos para someterla, pero en el caos del forcejeo, la jeringa termina enterrada en el cuello de Diego.
—¡Noooooo! —grito, y todo se vuelve negro.