23 DIEGO
Mis guardias retuvieron al idiota que se atrevió a venir a buscar a mi mujer a mi propia casa.
No me acerqué a él por miedo a hacer algo de lo que arrepentirme, así que esperé a que Santino llegara.
Fuera de todo esto, él y Milene son los más afectados; es justo que sea él el que tome las decisiones por el momento.
Me recorre un escalofrío por todo el cuerpo solo de recordar el impacto que todo esto tuvo en Milene, el reconocer a su padre en esa puta venta de carne fresca. Maldita sea, no tenía ni idea de lo que nos había alcanzado. Y no quiero saber si el jefe lo sabe o, peor aún, si es partícipe de esto.
Sería el fin para todo como lo conozco.
Miro por la pantalla de seguridad hasta ver llegar a Santino y me pongo de pie para ir a su lado, pero un grito desgarrador me hace temblar; me doy cuenta de que viene de mi habitación y solo puede ser de Milene.
—Maldita sea —gruño, y corro hacia mi recámara.
Entro y enciendo la luz para encontrarla retorciéndose en la cama, atrapada en una pesadilla.
—Dios mío, Milene, bebé, tienes que despertar.
Corro a su lado y la atraigo a mi pecho; siento el momento exacto en el que despierta de su sueño. Se queda sin aliento antes de tomarme de la camiseta y sollozar contra mí.
—Dios, Milene. Tranquila, bebé, estoy aquí.
Trato de consolarla y acaricio su espalda.
—Fue una pesadilla —le digo con toda la ternura que puedo—. Estás a salvo conmigo.
Se tensa, y me preocupa que empiece a temerme. Quería tener esta conversación con ella cuando todo esto pasara, pero necesito que lo sepa; necesito que confíe en mí como necesito el aire para respirar. Y necesito que confíe en que nunca haré nada para dañarla, ni a ninguna otra mujer.
—Milene, no soy igual que él —empiezo, y su agarre en mi camiseta se hace más fuerte—.
Yo no apruebo la trata de personas. No soy una buena persona, pero nunca, escúchalo bien, nunca caería tan bajo para hacer…
—Me callo cuando caigo en la cuenta de que es su padre el que sí lo hizo—.
Milene, lo siento, sé que… —Niego con la cabeza—.
Mierda. Por favor, confía en mí y en que nunca haré nada en contra tuya ni en contra de cualquier otra mujer.
Las manos de Milene me rodean la cintura y me aprietan con fuerza.
—Lo sé, es solo que… me asusté mucho —susurra, y siento que vuelvo a respirar.
—Amor, lo siento tanto. Trata de dormir un poco, mañana verás las cosas de otro color. —Intento hacer que se acueste de nuevo; necesito encontrar a Santino. Pero Milene aferra su agarre en mi cintura y niega con la cabeza.
—No me dejes —me pide con la voz entrecortada.
Mierda. Nunca.
—Nunca, bebé.
Santino tendrá que hacerlo solo. Me quito los zapatos y entro en la cama con mi mujer.
Nos acomodamos como lo hemos hecho por semanas y ella descansa su cabeza en mi cuello, con su pierna rodeando mi cadera.
Me digo a mí mismo que lo que pensé antes lo dije en serio: no quiero dejarla. No en esta vida .
Despierto primero que ella, pero soy completamente incapaz de moverme. Su pesadilla no regresó en toda la noche, gracias a todo lo bueno, pero sé que al despertar se le vendrá un mundo de cosas encima.
No tengo idea de qué pasó anoche con Santino y el idiota de Jorge, y me debato entre salir de la cama y averiguarlo o esperar por si mi Milene me necesita. No tengo que pensarlo mucho. Cierro los ojos y me acurruco de nuevo con mi mujer.
MILENE
Sé que no puedo posponerlo más. Sé que en cuanto abra los ojos tendré que aceptar que mi padre es un ser despreciable y que no estoy a salvo mientras siga en la misma ciudad que él.
También sé que no me miró; lo último que supe es que atravesó una puerta mientras arrastraba a esa niña.
¡Dios! Tengo su imagen grabada en mi mente y no quiero olvidarla.
Nunca. No hasta que sepa que está a salvo.
—En algún momento vas a tener que abrir esos hermosos ojos que tanto amo, bebé.
La voz tierna de Diego me hace un nudo en la garganta. Sus palabras de anoche diciendo que él no es como Jorge y como… como mi papá se repiten en mi cabeza. Dentro de mí sé que es verdad, que Diego no es ese tipo de hombre.
Lo ha demostrado desde el día de nuestro compromiso; no creo que esos pozos azules puedan mentir. Aun así, me duele reconocer que tampoco creía que mi padre fuera un hombre con esos antivalores, con esa poca moral y con esas sádicas y sucias perversiones .
Abro los ojos para ver toda la compasión en la mirada del hombre del que me enamoré, del hombre que me ama y que me da la fuerza que necesito día con día para luchar por salir de este mundo de mierda.
—Buenos días, amor —me dice, acariciando mi mejilla—. ¿Cómo te sientes?
«Mal» .
—Estoy bien —miento.
Diego mira la falsedad en mi cara, levanta la comisura de su boca y niega con la cabeza.
—No lo estás, bebé. —Besa mi frente con un suspiro largo—.
Pero está bien no estarlo. Es un golpe grande para todos, y sé lo mucho que odias este mundo.
—Me abraza tan fuerte como si, de alguna manera, se estuviera preparando para despedirse de mí.
Tal vez lo está haciendo. Trago saliva porque no hay nada que pueda hacer al respecto.
—¿Qué pasó con la chica? Soñé con ella, con su cara abatida —Sollozo de nuevo—. Era solo una niña, Diego, una pobre e inocente niña.
Cierro los ojos y no los abro hasta que los brazos y los besos de mi esposo me dan el consuelo que necesito.
—No tengo idea, bebé. No he podido hablar con tu hermano; no sé qué pasó después de la explosión en el club. —Me explica—. Pero podemos averiguarlo.
Asiento con la cabeza.
—Solo iré a mi habitación un momento y te alcanzaré en la biblioteca.
—¿Estás segura? —La preocupación pinta cada una de sus palabras.
—Estoy segura. Solo será un momento y después podemos hablar con mi hermano .
—Lo que tú necesites, bebé. —Me sonríe y me da un beso muy necesario antes de salir de la cama.
Espero a que entre a su vestidor para hacer lo mismo y llegar a mi habitación. Cuando salgo, diez minutos después, mi cuerpo se siente un poco mejor, pero los nervios de hablar con mi hermano no desaparecen.
Entro en la biblioteca y encuentro a mi marido con el ceño fruncido, revisando las cámaras de vigilancia.
Levanta la vista y duda un momento, hasta que asiente para que me acerque.
Lo hago y llego a su lado. Diego retrocede en su silla de escritorio y, tomándome de la cintura, me sienta en su regazo.
Nuestros cuerpos encajan tan bien. Nos sonreímos y me pregunto cómo será mi vida cuando lo deje atrás.
—Jorge llegó a nuestra casa cuando estabas dormida.
—Me informa, y pasa la grabación de las cámaras de seguridad.
Me acerco y miro la pantalla con él respirando en mi nuca, observando cómo nuestros guardias lo detienen hasta que mi hermano llega.
Santino lo tumba de un solo golpe y se lo lleva inconsciente.
—¿Dónde estabas tú? —pregunto, sabiendo que no se perdería la oportunidad de darle un buen golpe a Jorge.
—Velando tus pesadillas, amor.
Sus palabras me golpean con fuerza. De verdad amo a este hombre, y por primera vez tengo miedo de vivir una vida lejos de él. Lo miro por encima de mi hombro y acerco mis labios a su mandíbula.
—Te amo.
—Yo te amo. —Toma mi mentón y me besa. Me besa de esa única forma que me nubla el sentido.
El sonido de la puerta nos sobresalta a los dos y nos separamos justo cuando Santino entra en la habitación.
Me ruborizo, porque no creo haber compartido tanta intimidad cerca de mi hermano.
Sin embargo, la vergüenza pasa a un segundo término cuando la cara de cansancio de Santino me recorre por completo.
Está usando la misma ropa que ayer y estoy segura de que no pegó un ojo en toda la noche.
El alcohol empieza a despedirse de su cuerpo y entiendo que para él esto fue tan duro como para mí.
Diego echa hacia atrás su silla y abro los brazos justo a tiempo para recibir a mi hermano. Santino me arranca de los brazos de mi marido y me rodea con tanta fuerza que me corta la respiración por un segundo.
—Lo mataré, te juro que lo mataré —me dice, y mi corazón se apachurra. No por la idea de que mi padre muera; después de lo que vi, no hay otro hombre que lo merezca más. Pero me duele que mi hermano tenga que mancharse las manos de esa manera.
Santino hace tiempo que tomó el control oficial de nuestro apellido. Mi padre aún es fuerte, pero ahora entiendo por qué lo hizo, y a qué ha dedicado su vida el hombre que nos la dio.
—Lo siento tanto…
—No, Milene. Yo lo siento. Debí darme cuenta de lo que estaba pasando. Debí saber que el hombre que nos dio la vida y nos heredó esta mierda es una escoria. —Santino camina y me deja sentada de vuelta en la silla. No tengo palabras, así que me enfoco en lo único que me importa en este momento.
—¿Qué pasó después de la explosión? ¿Qué pasó con la chica? —Mi voz suena con más fuerza de la que realmente tengo.
Santino niega con la cabeza y se me revuelve el estómago antes de saber la respuesta. Sé que será malo.
—La encontraré, lo prometo —me jura—. Cuando llegué, ya habían desaparecido, pero tengo gente vigilándolo las veinticuatro horas.
—¿Y si ya es tarde? —Mis ojos se llenan de lágrimas y la garganta me quema. Rápidamente, la mano de Diego se posa en mi hombro, dándome el apoyo que necesito—. Tengo su cara grabada en mi cabeza, Santino. Es solo una niña .
—La encontraré, lo juro. Él… —Santino traga saliva—. No hizo nada con ella, no tuvo el tiempo suficiente. Llegó a casa poco después de la explosión y estoy seguro de que la dejó en algún departamento. No ha salido de su propiedad, lo tengo bien vigilado.
Su respuesta me tranquiliza un poco. Decido confiar en los únicos hombres que me han demostrado que harían todo por conseguir mi felicidad. Asiento y extiendo una mano para tomar la de mi hermano, mientras que con la otra agarro la de Diego. Sin poder callarlo más, digo:
—Los amo. —Las lágrimas ruedan por mi rostro—. Son todo lo que tengo.
De pronto, dos pares de brazos me rodean y me siento completamente segura. Pasan solo unos minutos antes de que Diego dé el siguiente paso y pregunte:
—¿Qué pasó con el intruso?
Por intruso se refiere a Jorge, y admiro que haya esperado tanto para preguntar por él. Mi hermano se endereza y me mira; sé que intenta ocultar información, pero ahora entiendo que nada puede ser peor que lo que viví ayer.
—No me dejes fuera, Santino —exijo mi derecho—. Tú me metiste en esto y no puedes esperar que me quede al margen ahora que he conocido lo peor.
Él mira a mi marido, quien asiente con la cabeza. Mi hermano suelta un bufido resignado y se deja caer en la silla frente al escritorio.
—Lo tengo en el almacén. Sigue inconsciente, el muy idiota. —Se ríe—. Tal vez lo golpeé con demasiada fuerza.
—Yo creo que en realidad solo es un debilucho. —Mi marido también se ríe y el ambiente se relaja un poco.
—¿Qué vas a hacer con él? —pregunto, y me arrepiento al instante al sentir cómo Diego se tensa detrás de mí. No puedo evitar preguntarme si cree que me estoy preocupando por Jorge—. Pregunto para saber si tengo que volver a verlo. Si me lo preguntas, ya no quiero hacerlo.
—No volverás a verlo. —Responde mi marido con voz de trueno. Amo ese lado posesivo suyo, pero este es un mal momento para sonrojarme.
—Tu participación en esto ha terminado, hermana. Lamento mucho haberte metido en esto en primer lugar —dice Santino con el ceño fruncido y el cansancio marcado en la cara.
—De no haberlo hecho, no sabríamos la verdad. La lamentable realidad. —Trago saliva.
—Aun así, no te quiero dentro.
—Yo tampoco. —Se le une mi marido.
Pongo los ojos en blanco. Parece que olvidan lo que acabo de decir sobre no querer volver a estar en el mismo lugar que Jorge.
—Eso no quiere decir que acepte que me dejen fuera.
No quiero volver a ver a Jorge, y mucho menos entrar en ese club, pero tengo tanta responsabilidad como ustedes de acabar con esto.
Es mi padre el que está poniendo en riesgo nuestras vidas y no voy a descansar hasta que pague por todo lo malo que ha hecho.
«Tal vez sí tengo madera de mafiosa después de todo» .
Los dos hombres frente a mí me miran con los ojos abiertos de par en par. El primero en intentar abrir la boca es Diego, pero todo queda en suspenso cuando una llamada entra en el teléfono de mi hermano.
—¿Diga? —responde Santino. Su ceño se frunce antes de abrir desmesuradamente los ojos. Cuelga de inmediato y le clava la mirada a Diego—. Mi padre salió de la casa. Está llegando a un departamento del otro lado de la ciudad. Tenemos que irnos ahora.
Me llevo las manos al pecho. Solo tenemos una oportunidad antes de que sea demasiado tarde para esa chica, y sé que no me voy a perdonar si no llegamos a tiempo.