En Esta Vida No 22 MILENE
52%

22 MILENE

—¿Estás seguro de que podemos estar aquí? —pregunto con un deje de incertidumbre en mi voz. Sé que mi hermano y Diego podrían sacarme de este lugar en un segundo; en primer lugar, esa es la razón por la que accedí a entrar.

—Soy el hijo del jefe y el próximo a tomar el mando. No tienes que tener miedo, bonita —responde Jorge.

Han sido dos largas semanas de citas en cafés aleatorios en lugares poco visibles de la ciudad, pero ya no pude seguir posponiendo esto. Y mucho tuvo que ver que nuestro propio jefe está esperando una respuesta; no se puede hacer esperar al líder de la organización.

Entro en el bar que por fuera parece un basurero, pero una vez dentro todo es diferente.

Y no diferente malo; simplemente diferente.

Limpio y moderno. Hay un escenario con tubos y jaulas con chicas dentro; son muy hermosas y están bailando con una sonrisa en sus rostros.

No parece que las estén obligando, lo que me tranquiliza un poco, pero solo es el principio.

Algo en mi interior me dice que me falta mucho por ver.

—¿Te molesta? —Siento la mirada de Jorge clavada en mi costado. Espera una respuesta de mi parte y es eso lo que le voy a dar.

—En realidad no. —Me encojo de hombros—. Pero, si soy sincera, no esperaba que este lugar fuera tan… có mo decirlo. —Me llevo el dedo índice a la barbilla, buscando la palabra adecuada—: Imponente.

Jorge se ríe y escucho un gruñido del otro lado de mi audífono. Ya me acostumbré a los gruñidos de Diego, y sería una mentirosa si no aceptara que me gusta sentir sus celos.

Celos infundados, por supuesto. Mi cuerpo, mi alma y mi corazón siempre le pertenecerán al primer y único amor de mi vida: mi esposo.

Sonrío y regreso mi mirada al lugar. Es bastante limpio y, fuera de lo que se podría pensar, los moteros se ven como personas normales, comunes y corrientes.

—Ven, hay una zona VIP donde podremos disfrutar del show. Esta noche es solo para nuestro disfrute —me dice con una sonrisa, y yo asiento, haciendo rodar mi silla a su lado.

Cuando por fin logramos subir mi silla por las escaleras, me instalo en un sillón.

Tengo una vista perfecta de todo el escenario y las mesas.

Claro que noté que nadie se fijó en mí cuando pasaba por el primer piso; ahora miro que hay muchos hombres trajeados entrando por otra puerta que no es la principal, muy pendientes de sus relojes.

—¿Estás cómoda? ¿Nerviosa? Tal vez necesites algo de tomar para lo que se viene. —Jorge toma lugar a mi lado y levanta la mano para que una mesera se acerque.

—Estoy bien, gracias. Solo un agua mineral con limón, por favor. —Jorge abre la boca para replicar, pero me adelanto haciéndolo callar—: Mañana tengo una terapia de verdad, así que no quiero meter nada a mi sistema.

—¡Ja! Toma eso, idiota. —La voz de Diego en mi oído me sobresalta. Jorge debe de pensar que es una reacción de mi cuerpo al exponer su mentira de nuevo, porque su mirada se suaviza.

Hace el pedido y después toma mi mano .

—Lo siento, no tienes idea de cuánto —dice, y yo asiento, dirigiendo mi mirada a un hombre mayor que entra con la cabeza gacha. Tiene algo que me resulta familiar, pero a esta distancia no lo logro identificar. Jorge sigue mi mirada—. Sabía que lo reconocerías.

Frunzo el ceño y miro a Jorge, fingiendo inocencia.

—¿Quién es? —pregunto.

—¿No creerías que todo esto y mantenernos en la cima de la cadena alimenticia salía solo de vender droga, o sí? —Su sonrisa se transforma en una malvada. Por segunda vez desde que lo conozco, tengo miedo delante de Jorge.

—Honestamente, no tengo idea de cómo funciona esto. Te juro que siempre estuve encerrada en mi casa, recibiendo mi mensualidad solo por haber nacido. Nunca me interesó nada relacionado con la mafia, y no creo que eso cambie nunca.

De repente se hace un absoluto silencio del otro lado del micrófono, pero es un silencio ensordecedor.

Diego sabe que es verdad lo que he dicho y que, por más noches y días inolvidables que pasemos enredando nuestros cuerpos, no hay manera de que yo pertenezca a su mundo. Él quiere el gobierno y el poder de una ciudad entera; esa fue la razón de casarse conmigo.

Yo quiero libertad y una vida plena. Me obligo a frenar mis pensamientos para ver cómo llegan nuestras bebidas.

—Hoy conocerás la mejor parte de mi mundo y confío en que puedas entenderlo.

El hombre mayor mira por encima de su hombro y es cuando lo reconozco. Un jadeo audible sale de mi boca mientras mi pecho se aprieta dolorosamente.

—Lamento que te enteres de esta manera, pero sé que si te lo hubiera dicho no lo creerías —Jorge rodea mi asiento con su mano y coloca su palma en mi hombro—.

Nuestro mayor ingreso viene desde que ese hombre al que conoces muy bien empezó a comprarnos carne fresca.

No sé qué hace con ellas, pero cada mes vuelve por una nueva, y nos ha llenado el lugar de clientes.

«¿Carne fresca?» . «¿Lo que hace con ellas?» .

De repente siento que me falta el aire. Mi hermano parece darse cuenta, porque me habla de inmediato por el audífono:

—Milene, ¿qué está pasando? Responde o entraré ahora mismo por ti.

Me cuesta todo lo que soy, pero me aclaro la garganta y me olvido de la vista panorámica para mirar de nuevo a Jorge.

—¿Qué quieres decir con carne fresca? —pregunto, y escucho del otro lado cómo Diego maldice. Intento ignorar el forcejeo que tiene con mi hermano—. ¿Vendes mujeres, Jorge? ¿Es eso lo que quieres mostrarme de tu mundo? —Mi voz sale en un susurro tortuoso.

—No es solo mi mundo, Milene. Tú también perteneces a él.

Trago saliva para regresar la vista al frente, donde el hombre que me crio mira desfilar a chicas inocentes ante él. Mi padre, el hombre que en muchos sentidos fue mi héroe, es un ser despreciable que compra mujeres para…

Las náuseas suben por mi garganta cuando elige a una chica que no pasa de los dieciocho años, con la mirada perdida. Él la mira con deseo en sus ojos y sé que nunca podré olvidar esta imagen.

Ya no escucho nada del otro lado de mi audífono, pero no estoy segura de que no estén hablándome. La mano de Jorge toma la mía y se la lleva a los labios.

—Lamento que te enteres de esta manera; sabía que no lo creerías si no lo veías —me dice, y la ira corre por mi sangre.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Qué quieres lograr? —pregunto sin quitar la mirada del hombre que me dio la vida. Lo miro llevarse a la chica y trato de memorizar su rostro para, de alguna manera, encontrarla .

—Solo quiero que veas que mi mundo no es tan diferente del tuyo. —Se me revuelve el estómago. Yo nunca quise este mundo.

—Y, ¿supongo que eso debe de ser un consuelo para mí? —me río sin humor.

—No un consuelo, pero sí un golpe de realidad. No soy peor que tu hermano, que tu esposo o que tu padre, como lo acabas de ver.

Cierro los ojos cuando mi hermano entiende todo lo que acabo de presenciar. Golpea algo y solo alcanzo a escuchar cuando Diego me grita que salga de aquí antes de que la línea se desconecte por completo.

—Quiero irme. Puedes ayudarme o no, pero no estaré un segundo más en este lugar —exijo.

—Milene…

—Toma tu decisión, Jorge. Yo he tomado la mía.

Empiezo a avanzar con mi silla cuando Jorge me alcanza y me ayuda a bajar por las escaleras de su club.

Estamos cerca de una puerta trasera cuando algo explota con fuerza por la entrada principal.

Me sobresalto, pero el estruendo no se siente tan mal como el haber visto a mi padre comprar a una niña inocente.

—Sal por esa puerta. —Señala la salida trasera—. Escóndete, iré a buscarte más tarde —me ordena, y se da la vuelta para correr hacia el origen de la explosión.

Cuando hago lo que dice, no hay nadie del otro lado de la puerta, pero en un instante llega el auto que han estado usando para vigilarme. Diego sale de prisa y me toma con desesperación en sus brazos; otro de los chicos agarra mi silla y la guarda.

Una vez en el auto, protegida en los brazos del hombre que amo, por fin me permito expresar todo lo que me hizo sentir el enterarme de la doble vida de mi padre. Lloro con tanta fuerza hasta que el cansancio me vence y me quedo profundamente dormida .

DIEGO

Nadie ha dicho nada en todo el camino de regreso a casa. Uno de mis chicos conduce el auto del que Santino salió para provocar la explosión; él no regresó. Sabía que no arriesgaría a su hermana. Además, creo que necesita este tiempo a solas para procesar lo que tanto ha lastimado a mi mujer.

Maldito.

La abrazo con más fuerza y la pego a mi pecho hasta que sus sollozos se convierten en ligeros temblores y, antes de llegar a casa, se queda profundamente dormida.

—Dios, Milene. —Beso su frente cuando la cargo por todo el camino hasta nuestra habitación.

No me detengo hasta que entro en el cuarto de baño y lleno la tina. Nos quito la ropa como puedo y nos meto en el agua caliente; quiero lavar todo el recuerdo de lo que acaba de vivir. Para mí fue un completo shock; no quiero ni imaginar lo que ella debe sentir.

Suspira y abre sus ojos de repente. Su espalda está pegada a mi pecho desnudo y tarda en reconocer que está en mi habitación, en mi cuarto de baño, en la seguridad de mis brazos.

Cuando sus ojos encuentran los míos, me doy cuenta de que ahora no habrá nada que la haga desistir de salir de esta vida, ni siquiera su amor por mí o mi amor por ella. Y no la culpo; ella no pidió nacer en este mundo y, aun así, lo llevó como una reina, fiel y leal.

Pero después de esto, sé que nada impedirá que ella consiga su libertad. Y lucharé contra el mismo infierno para conseguir que eso suceda. Para conseguir que tenga una vida lejos de toda esta mierda. Lejos de la suciedad de su padre y lejos de todo lo malo. Aunque mi corazón muera en el intento.

—Lo siento mucho, bebé, no teníamos ni idea. —La tomo de la barbilla y pego mi frente a la suya .

Milene niega con la cabeza, cierra los ojos y vuelve a llorar. Termino el baño y la llevo a nuestra cama. Cuando la visto con una de sus batas favoritas, apenas tiene fuerza para levantar los brazos.

—Sshh. —La consuelo—. Yo me ocuparé de todo.

Mi hermosa esposa asiente y deja caer su cuerpo en el colchón. No pasa mucho tiempo antes de que se quede dormida. Entro en mi vestidor y me pongo un pantalón de dormir y una camiseta. Necesito un trago, así que salgo de la habitación sin hacer ruido y camino hasta la biblioteca.

Aún no entro cuando una alarma suena, indicando que alguien ha irrumpido en la propiedad. Alcanzo una de las armas que tengo escondidas por toda la casa y llego primero al sistema de seguridad, donde la cara del idiota de Jorge aparece en todas las pantallas.

No llegó muy lejos el imbécil antes de que mi seguridad lo detuviera. ¿No pensaba que no tendría protección o sí? Quiero terminar con todo este teatrito. Cómo se le ocurre que puede llegar a mi casa a medianoche buscando a mi mujer.

Estoy a punto de ir y acabar con esa escoria cuando la llamada de Santino me detiene. Claro, él también tiene acceso a nuestra seguridad.

—Santino —digo al responder.

—Déjalo. Lo necesito vivo.

Me hierve la sangre. Una parte de mí sabe que matarlo ahora no nos hará llegar al fondo de lo que acabamos de descubrir, pero otra parte —y la más grande— quiere mutilar cada parte que ha visto o tocado a mi mujer.

«No soy diferente a tu hermano o a tu esposo» .

Las palabras que le dijo a Milene cuando todo cayó en su lugar se repiten en mi mente. Y tal vez Jorge piense que tiene razón, pero hay algo en lo que se equivoca por completo.

Yo no abuso de las mujeres. Yo no apruebo ni promuevo la trata de personas, y mucho menos la esclavitud sexual. Y lo que es más importante: yo nunca dejaré que Milene vea lo peor de este mundo. Yo sí renunciaré a ella por su seguridad y por el amor que le tengo.

Así que no, no somos iguales.