En Esta Vida No 21 MILENE
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21 MILENE

Dos semanas pasan en un borrón. La primera cita con la nueva terapeuta fue una catarsis; volver a revivir el viejo diagnóstico y darme cuenta de que no hay opción natural para mi recuperación me golpeó más de lo que creí y de lo que pude soportar.

En mi interior siempre lo supe: sabía que tenía solo una oportunidad de volver a caminar, pero para eso tendría que dejar esta vida. La oportunidad llegó y nunca fui más feliz, hasta que la idea de irme ya no me emocionó tanto.

Pruebas y análisis clínicos, radiografías y todo lo demás. Fue solo para rectificar que tengo que buscar esa reconstrucción de rodilla, y solo puedo hacerlo una vez que sea libre y esté lejos de aquí.

Lejos de la organización.

Lejos de la vida en la que no pedí nacer.

Y lejos de Diego.

Pensar en que ese momento llegue me nubla la razón. Hemos compartido muchas noches juntos los últimos días. Pero, si soy honesta, despertar a su lado, con mi cabeza encajada en su cuello y respirando su aroma, es la mejor parte.

Por un momento siento que somos dos partes de un mismo rompecabezas y me siento más feliz de lo que nunca he sido. Y que todas las mañanas me deje montarlo es solo un extra; uno que amo y al que no me imagino renunciando.

Diego estuvo presente en mis consultas con la terapeuta. Cuando mencioné ir a París en unos cuantos meses, me sonrió y apretó mi mano con la suya en un gesto de apoyo, a pesar de que sus ojos me decían otra cosa muy diferente.

Me hizo recordar esa primera noche donde nos confesamos, donde aceptó darme todo lo que le pedí en los meses que nos quedan juntos. Sé que soy egoísta, pero nunca rechazaré la oportunidad de salir de esta vida.

Por eso me aseguro de hacer memorables cada noche, cada uno de esos momentos con Diego, ya que serán de lo que alimentaré mi alma por el resto de mi vida.

Si antes no buscaba amor… después de Diego solo será peor; nunca querré a nadie como lo quiero a él.

También intercambié un par de mensajes con Jorge.

Después de la depresión que me dio por lo que dijo la terapeuta, me llené de coraje por haber confiado en él, por haber caído en su trampa y en sus falsas esperanzas.

Me sentí tan ingenua que estoy a punto de reunirme con él, porque entre más pronto cobre venganza, más pronto podré olvidarme de él y de lo estúpida que fui.

Todo está arreglado. Lo cité en otro café; no quiero volver al mismo lugar donde se atrevió a besarme.

Mi hermano y Diego esperan en un auto del otro lado de la calle. Tengo un micrófono instalado y un audífono en mi oído. No había sentido la adrenalina hasta este momento.

Jorge llega y levanto la mano para llamar su atención. Está usando ropa muy casual; nadie le creería que pertenece al club de los moteros. Yo estoy usando unos lentes de sol y una pañoleta en mi cabeza con el pretexto de no ser reconocida por la gente.

Me encuentra y me sonríe de oreja a oreja. El muy imbécil. Algo se retuerce en mi estómago al recordar lo último que me dijo y del miedo que me dio no volver a ver a Diego. Ahora le haré pagar por burlarse de mi condición. Pero antes tengo que fingir estar interesada.

Levanto la mano y la agito con una falsa alegría cuando está llegando.

—Hola, qué bueno que pudiste venir —saludo. Acordamos con mi hermano que tengo que hacerle saber que ya sé de dónde viene y lo que hace; de otra forma no podré engañarlo—. ¿Tu club no te vigila?

Se sienta delante de mí con el ceño fruncido. Baja la mirada antes de hablar.

—¿Cómo lo supiste? —pregunta a la defensiva.

Me encojo de hombros antes de responder.

—Antes de que todo se viniera abajo para mí, escuché una llamada entre mi hermano y Diego. —Prácticamente es la verdad.

—Lo siento. —Estira la mano por la mesa para tomar la mía. Lo dejo.

—¿Por qué lo hiciste? —Hago que mi cuerpo tiemble ligeramente y se encorve. Entonces bajo la mirada—. Yo te creí, eras mi amigo —suelto en un susurro casi doloroso.

—Oye, Milene, lo soy. —Se acerca y, con su mano libre, levanta mi barbilla.

Escucho un gruñido del otro lado del audífono y casi se me para el corazón. Olvidé que Diego está viendo y escuchando todo. Niego con la cabeza.

—No eres un terapeuta real, lo planeaste todo. Me vigilaste por meses para poder hacer lo que hiciste.

—Te juro que mi intención nunca fue jugar contigo. Tenía un trabajo que hacer, pero conocerte y verte tan aferrada a pesar del daño físico hizo algo dentro de mí. No pude parar —me explica, y no sé cómo es tan fácil hacerlo hablar .

—¿Entonces es verdad? ¿Eres un motero? —Levanto mis ojos para ver los suyos, fingiendo necesitar su confirmación.

Jorge mira a los lados antes de regresar su vista a la mía.

—Lo soy. —Empiezo a soltar su mano, pero me sujeta con más fuerza para decir—: Pero también soy un hombre como cualquier otro. Sí, te busqué porque quería encontrar la manera de infiltrarme en tu organización, pero todo cambió en el camino.

Los moteros se dedican a vender droga en la ciudad. No les importa el género o la edad, ellos solo quieren las ganancias. Me estremezco al saber que, a pesar de su cara angelical, es un bastardo.

—¿Qué fue lo que cambió? —Me las arreglo para controlar mi molestia. Logro soltarme de su agarre cuando llega la camarera a tomar nuestro pedido. Cuando se va, Jorge se lleva una mano al cabello.

—¿No te diste cuenta? Cuando me dijiste que te habían casado me hirvió la sangre. Ahí supe que no podía seguir, pero que tampoco podía dejarte ir.

Me llevo la mano a la boca. Afortunadamente llegan nuestras bebidas y nadie dice nada por un par de minutos.

—Lo siento —empiezo—. No sé qué decir. Te tomé un aprecio muy grande porque fuiste el único que estuvo a mi lado en mi momento más difícil, pero todo fue una mentira.

Te aprovechaste de mi vulnerabilidad y no sé si pueda olvidarlo.

Además, no hay manera de que puedas infiltrarte; no soy la única que se enteró de tu plan. —Me cruzo de brazos.

—Supe que había perdido cualquier oportunidad contigo cuando me dejaste hace casi un mes en ese café.

—Suspira e intenta buscar mi mano de nuevo.

Ya no lo dejo—. Fui miserable por semanas.

Hasta ese día, cuando me escribiste. Fue el mejor día de mi vida, Milene.

Por favor, déjame mostrarte quién soy de verdad.

Ya no me importa tu organización. Sé que te han dado la espalda, pero yo no puedo hacerlo.

Escucho otro gruñido en mi oído y me apresuro a terminar las cosas .

—¿Y quién eres, Jorge? —le pregunto—. Te recuerdo que ya no me queda nada. Nunca volveré a caminar, mi esposo ya no me habla y mi hermano tiene su propia vida como para que yo lo moleste. Dime quién eres y por qué debería confiar en ti cuando todo lo que tenía lo he perdido.

«Guau, soy realmente buena» , pienso para mis adentros al mismo tiempo que escucho un silbido de aprobación en mi oído.

—Te lo mostraré si me das la oportunidad.

Lo tengo.

—¿Me mostrarías tu mundo aun sabiendo quién soy? —hago la última pregunta y la más importante de la noche.

—A la mierda, claro que sí —me asegura con una sonrisa efusiva.

Se levanta y, en un segundo, ya está frente a mí inclinando su rostro sobre el mío, a punto de rozar sus labios con los míos.

¡Dios! ¿Y ahora qué hago?

DIEGO

—¡Maldito, no la volverás a tocar! —gruño desde el asiento del pasajero al otro lado de la calle. Abro la puerta para salir, pero Santino me detiene.

—Cálmate, hombre, vas a arruinar todo. Milene ya lo resolvió. —Bufa en cuanto cierro la puerta—. ¿Qué eres, un cavernícola?

Miro por la ventana y sí, Milene derramó su bebida y se alejó de Jorge antes de que él pudiera tocarla .

—Tu respiración de hombre de las cavernas no me deja escuchar —me reclama Santino, y me llevo una mano a la cara.

Mi corazón ha estado acelerado desde que ese imbécil llegó. Ojalá el plan no hubiera funcionado; así no tendría que arriesgar a Milene con ese desgraciado. Me concentro y escucho el resto de la conversación a través del receptor.

— Me gustaría que fuéramos amigos primero. El tiempo dirá si algo puede pasar entre nosotros, pero necesito tiempo para pensar y tú necesitas tiempo para cumplir tu palabra. —Milene es la mujer perfecta; nadie podría decir que está mintiendo. Pero yo sí.

He aprendido a conocerla y sé que su respiración es diferente cuando miente. Su tono de voz es una octava más elevado y, por más tranquila que parezca, puedo oler sus nervios a cien metros de distancia.

—Tienes razón, Milene. Me disculpo. Por favor, déjame acompañarte a casa —le pide, y no lo tolero.

—¡De ninguna manera! —grito, y me arrepiento de inmediato porque la cabeza de Milene busca en mi dirección.

—Eres un idiota —dice Santino antes de apagar el audífono que está usando Milene—. Si no puedes con esto, será mejor que no vengas la próxima vez.

«Próxima vez» . Mierda. Mierda y más mierda.

Ya solo miro cómo Milene se despide de Jorge y llama a su chofer, cuando siento la mirada de Santino quemándome.

—¿Qué significa esa mirada? —le pido.

—Dime que no es lo que estoy pensando. Dime que no te enamoraste de mi hermana.

Por supuesto que no recibe una respuesta de mi parte.

—Maldita sea, hermano. Ella no pertenece aquí. Hice todo lo que pude para pelear por su libertad y lo logré. No puedes quedártela. No puedes retenerla. No te lo voy a permitir .

Aprieto los puños, viendo cómo el chofer recoge a Milene y la lleva a casa.

—Jamás lo haría. Jamás le negaría su libertad cuando es eso lo que más desea y lo que tanto se merece. —No sé cómo suena mi voz, pero los ojos de Santino casi se salen de su lugar.

—Mierda… de verdad la amas. —No es una pregunta y tampoco necesita respuesta.

De camino a casa, Santino habla de todo menos de mis sentimientos por su hermana, cosa que agradezco porque ya suficiente tengo con cargar yo con ellos a diario.

Habla del siguiente paso en nuestro plan y de que tendremos que ponerle un rastreador a Milene.

Eso solo significa que pronto tendremos que dejarla salir a solas con ese imbécil.

Mi estómago se retuerce y me dan ganas de vomitar.

Para cuando entro a la casa, todo está en absoluto silencio. Milene llegó hace rato, así que debe de estar preparándose para dormir. Yo camino hasta la biblioteca, incapaz de soportar la noche sin antes tomar un trago de alcohol.

Me digo que solo necesito uno, pero ese uno se convierte en tres y en una hora de pensamientos dolorosos. Sacudiendo lo que pasó hoy y el recordatorio de tener un día menos con Milene, me levanto y camino hasta mi habitación.

Entro y encuentro mi cama vacía. Mi primer instinto es enojarme, porque cada noche desde las últimas dos semanas Milene ha estado en mi cama.

Me doy la vuelta y, antes de irrumpir en su habitación, escucho una débil melodía.

Está tocando su piano de nuevo. Es una canción triste; no necesito saber cuál es para sentir las emociones que deja en las teclas.

Entro a mi baño y me ducho para dejar ir todo lo malo que tuvo el día. Cuando salgo, solo me pongo un pantalón de pijama para dormir. Salgo al pasillo y ya no hay música. Sin tocar la puerta, entro en la habitación de mi mujer y la encuentro acostada, hecha un ovillo y dándome la espalda .

—Milene —susurro, y no hace nada por moverse. Me acerco hasta subir a su cama detrás de ella y rodearla con mis brazos.

—Lo siento, son esos días del mes —dice en un hilo de voz, y se retuerce en la cama alejándose de mí.

—No voy a ir a ningún lado, Milene. —Me mira por encima de su hombro y sus ojos me dicen tantas cosas; todas ellas son sentimientos tan fuertes que amenazan con consumirme—. Donde sea que estés, es donde yo quiero estar. —Beso su cabeza y la abrazo más fuerte.

Unos minutos después se da la vuelta, me rodea con su pierna y su brazo, y su cabeza se acomoda de la única forma en la que hemos dormido los últimos días.

—Quiero que sepas que nada de lo que le dije a Jorge es verdad. No tengo ninguna intención real de conocerlo —susurra contra la piel de mi cuello—. Solo quiero ayudarte, pero no quiero que eso cause un problema entre nosotros.

—Lo sé, bebé, no tienes porqué preocuparte por eso. Nada va a evitar que aproveche cada día que tengo contigo.

La amo. Dios mío, amo a mi esposa. Se lo demuestro tomando su barbilla y obligándola a verme mientras la beso con todas mis fuerzas, saboreando cada rincón de su boca y empapándome de su sabor embriagante, usando mi lengua hasta que gime en mi boca. Yo le digo con besos todo lo que siento por ella.

Pronto somos un desastre jadeante. Y tal vez no soy tan buena persona después de todo, porque sin entrar en ella,  hago que se venga tres veces y su cuerpo cede como gelatina debajo de mí.

Una de las mejores noches… para recordar.