En Esta Vida No 20 MILENE
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20 MILENE

Estuve despierta toda la noche esperando y rogando que regresara para pedirle perdón. Claro que no pienso que sea igual que Jorge y no sé por qué lo dije.

Creo que el nunca haber tenido el control de mi vida me hizo ver algo malo donde no lo hay.

Cuando por fin entra en su habitación, muy entrada la madrugada, finjo estar dormida; no quiero que me corra.

Espero para saber su reacción al verme en su cama antes de abrir los ojos, cuando de repente el colchón se hunde con su peso a un lado de mí.

Entonces dice algo que cambia todo el mundo como lo conozco:

—Milene, estoy enamorado de ti.

«Santa mierda» . No puedo evitar jadear al mismo tiempo que abro los ojos y me encuentro con los suyos. Son tan oscuros como la noche y su ceño se frunce; sus manos, que me rodeaban, me sueltan de golpe y retrocede.

—Estás despierta —gruñe, y puedo ver el arrepentimiento en su tono de voz. ¿Se arrepiente de decir que está enamorado de mí? ¿Lo dijo en serio? ¡Dios!

—Te estaba esperando. —Lo detengo cuando intenta salir de la cama.

Ahora puedo ver que solo está usando un bóxer para dormir. Su pecho está desnudo y casi trago saliva. Me distraigo de lo que quería decir, pero cuando regreso la mirada a sus ojos, los veo sufriendo y hago lo único que mi cuerpo me pide a gritos: inclino mi cabeza y lo beso.

Al principio se sorprende por lo que hago; se queda quieto mientras yo recorro con mi lengua la unión de sus labios. Un segundo después, respira pesadamente y me da la vuelta hasta que estoy con mi espalda en la cama y él sobre mí, rodeándome la nuca con su mano y cerniendo su cuerpo sobre el mío.

Abro la boca y su lengua entra, tan experta que me hace gemir con el primer contacto.

Quiero gritarle que yo también estoy enamorada de él, que quiero intentarlo de verdad.

Quiero decirle que me ha robado el sueño y la calma; que nada me sienta bien cuando no está cerca de mí.

Pero no puedo obligar esas palabras a salir. En cambio, digo:

—Por favor. —Rompo el beso y lo miro a los ojos. Mi corazón late erráticamente y mi pecho sube y baja con todas las emociones.

—¿Qué quieres? —me pregunta, evaluando cada rasgo y rincón de mis palabras.

Decidida a sorprenderlo y demostrarle con hechos lo que mis palabras no pueden, le digo:

—Todo. Te quiero a ti.

Cuando digo la última palabra, ya se ha roto lo último de su control. Se apodera de mis labios y de mi lengua; su mano ahueca mi pecho y, usando dos de sus dedos, pellizca mi pezón tan fuerte que me hace arquear la espalda. Grito. Dios, es tan liberador.

—Más —gimo, y su boca baja por mi cuello dejando un rastro de calor por donde pasa su lengua. Baja por mi clavícula y se mete a la boca mi otro pecho—. ¡Oh, Dios!

Su pecho vibra en mi vientre y siento su risa en todo mi cuerpo.

Su mano libre recorre cada parte de mi piel, baja por mi costado y, cuando llega a mis piernas, se demora un poco más; las acaricia.

No, las adora. Se siente tan bien, y no solo en el aspecto físico.

Separo mis piernas para él y se da cuenta de que no estoy usando nada debajo de mi usual pijama de seda.

—Mierda —gruñe cuando sus dedos tocan mi centro empapado para él—. ¿Esto es para mí? —Levanta su rostro y sé que mira la verdad en mis ojos, pero también se lo digo con mis labios.

—Es tuyo. —Santo calor, sus ojos se transforman en algo que nunca había visto. Hay fuego, hay posesividad, hay orgullo…

Hay esperanza.

Después, mi bata de dormir desaparece como también lo hace su bóxer; no puede esperar para estar dentro de mí y yo tampoco quiero esperar más a que lo haga.

Nuestras respiraciones están haciendo una nube de pasión a nuestro alrededor cuando me mira a los ojos antes de hundirse dentro de mí de una sola estocada.

—Ahhh —gimo y arqueo la espalda, pegando mis pechos a su pecho—. Dios.

—Ya van dos veces que me llamas así. Tienes que empezar a gritar mi nombre o vamos a tener problemas, bebé.

—Su tono es juguetón, pero no deja de ser una advertencia de algo que, en vez de darme miedo, me calienta de una forma completamente diferente.

Mi marido parece darse cuenta de todo lo que pasa conmigo porque extiende una sonrisa por sus labios—.

A menos que la idea de tener problemas te guste.

Me lleno de vergüenza; siento mis mejillas calientes y coloradas.

Casi giro mi cara en otra dirección cuando Diego acelera el ritmo de sus embestidas y me lleva a las estrellas con un poderoso orgasmo.

Solo puedo hacer lo que me pidió: grito su nombre cuando el orgasmo más grande de mi vida explota dentro de mí.

—Mierda —gime y frunce el ceño—. Me estás succionando, bebé. No puedo… ¡Mierda! —Cierra los ojos, no puede evitar venirse dentro de mí. Su orgasmo lo golpea con la misma intensidad que el mío y me siento llena. Solo con él. Con mi esposo .

Cuando termina de vaciarse dentro de mí, me sonríe y niega con la cabeza. Me da una última embestida antes de salir lentamente de mi cuerpo. Usa lo primero que encuentra para limpiarnos y se acuesta de lado detrás de mí.

Ninguno de los dos dice nada. Sé que la euforia ha pasado y que todos los últimos acontecimientos le llegan de un solo golpe, porque a mí me pasa lo mismo.

Lo siento relajarse detrás de mí y su respiración se estabiliza justo cuando abro la boca para arriesgarlo todo y decirle la verdad de lo que siento:

—También estoy enamorada de ti.

DIEGO

El mundo como lo conozco desaparece. Mi corazón se congela y todo el aire de mis pulmones se esfuma.

Sé que no estoy soñando. Maldita sea, no creo que pueda hacerlo después de todo lo que está pasando, de mi absurda confesión…

y ahora ella me dice las mismas palabras.

No sé qué estoy haciendo; solo sé que necesito verla a los ojos para esto.

Le doy la vuelta a su cuerpo, teniendo cuidado con sus piernas, y cuando la tengo delante de mí, sus ojos brillan con sinceridad.

—¿Es verdad? —le pregunto, sujetando su barbilla.

Ella asiente. Unos minutos después, por sus ojos pasa la sombra de algo y espero.

—Pero tengo miedo. —Su voz es suave y tranquila cuando lo dice, sin embargo, su mirada me advierte que está realmente aterrada.

La abrazo y la pego a mi pecho; entierro mi cabeza en su cuello y beso su pulso, que poco a poco se acelera. Me separo de ella y beso su frente antes de confesar :

—Yo también tengo miedo, Milene —murmuro con mis labios en su piel—. Nunca lo esperé y, honestamente, no lo buscaba.

—Te entiendo. —Suspira las palabras mientras me rodea la cintura con sus brazos—.

No es verdad lo que dije en la cena. —No digo nada, dejo que continúe—.

Nunca podrías ser igual a ellos. No sé por qué lo dije.

Me sentí atacada y no pensé antes de hablar.

—La abrazo más fuerte y, tomándola de la nuca, entierro su cara en el hueco de mi cuello—. Perdóname.

—Perdóname tú a mí —susurro. Niega con la cabeza.

—No has hecho nada malo. —Se apresura a decir.

—Lo hice. —Suspiro—. Te dejé sola y desconfié de ti.

Su cuerpo se estremece ante el recuerdo. En tan pocos meses han pasado tantas cosas como en una vida entera. Asiente y me hace sentir mejor. Los primeros rayos del sol se empiezan a filtrar por la ventana.

—Duerme un poco. Hablaremos más por la mañana —le pido, y no discute. En cambio, levanta su pierna sobre las mías y me rodea. Relaja su cuerpo y, sin salir de mi cuello, se queda profundamente dormida.

Dios, ayúdame.

¿Cómo voy a dejarla ir sabiendo que ella también me quiere?

¿Cómo la voy a poner en peligro cuando acaba de confesar que está enamorada de mí?

¿Cómo la voy a ver coquetear con el enemigo cuando acabo de hacerle el amor?

Cierro los ojos y, con el aroma de su cabello en mi nariz y todas las preguntas rondando por mi cabeza, me obligo a dormir.

Despierto desorientado y solo. Me siento de golpe en la cama, recargando mi espalda en la cabecera, y miro a mi alrededor; no hay rastro de Milene. Me llevo una mano a la cabeza, pensando que mi cerebro me está jugando una mala pasada, cuando la puerta de mi habitación se abre y entra ella.

Está más hermosa que la vida y lleva en sus piernas una charola con café, jugo y el desayuno. Muevo la sábana para levantarme y ayudarla, pero ella levanta la mano y me detiene.

—Déjame —dice con la ceja levantada y una mirada de advertencia.

Me relajo y dejo que termine con lo que tiene planeado. Busco la hora y miro que es casi mediodía. Mierda, no recuerdo la última vez que dormí tan bien. Bueno, ahora que lo pienso, siempre que estoy con ella es así.

Coloca la charola en la cama y la centro para que quede entre los dos mientras ella se sienta a su lado. La veo subir y noto cómo lo hace parecer fácil, pero sé que le cuesta.

Me callo, pero una sensación de impotencia se despierta en mi pecho. Quiero hacer más por ella, quiero que se recupere, quiero que sea feliz. Dios, quiero ser yo quien la haga feliz.

Tomo la taza de café y, cuando ella adopta la misma posición que yo, la miro a los ojos.

—Hola —susurro, y es suficiente para hacerla sonrojar. Con la taza en los labios, oculto la sonrisa que eso me causa.

—¿Cómo dormiste? —me pregunta.

Me doy cuenta de que en muy pocas ocasiones hemos compartido las mañanas. No sé si es eso lo que lo hace sentirse diferente entre nosotros o solo es que hace unas horas confesamos nuestros sentimientos por el otro. Carraspeo, sintiéndome nervioso de pronto.

—Muy bien, como un bebé. ¿Y tú?

Se encoge de hombros.

—Una de las mejores noches que he tenido. —Me mira con vergüenza y es completamente adorable .

—¿Quieres hablar? —le pregunto. Se queda viendo su café y después asiente.

—Primero quiero decirte que empezaré con… con el control para la natalidad.

Mierda, ¿cómo pude ser tan idiota?

—Por supuesto, lo siento mucho. Debí preguntar antes de…

Me interrumpe con una mano sobre la mía.

—Está bien. ¿Qué cambiará?

Me siento como un puto adolescente pidiéndole a la niña que le gusta que sea su novia. Dios, esto es difícil. Pero soy el mismo imbécil porque me voy por el camino fácil:

—¿Qué quieres que cambie? —Me arrepiento en cuanto salen las palabras, pero estoy tan asustado que no sé cómo decirle que no quiero el divorcio.

—No lo sé, podemos ir despacio y ver a dónde nos lleva esto.

Eso sería lo más razonable, pero ir despacio con ella es todo lo que no quiero. Cada día que pasa me recuerda que ella quiere irse.

—Lo que necesites, Milene. —Mi voz sale no muy convincente. Por supuesto, ella se da cuenta.

—Oh. Tal vez malinterpreté las cosas —dice, y baja su mirada—. Lo siento, yo creí que… olvídalo.

Me rompe el corazón ver cómo, por mi culpa, ella piensa que no quiero esto.

La tomo de la mano antes de que intente irse.

Con la otra mano tomo la charola y la pongo en mi mesita de noche.

Con nada en medio de nosotros, la atraigo hasta sentarla en mi regazo.

Respiro en su cuello y beso su dulce pulso.

—Quiero esto, Milene, más que nada en la vida. —Poco a poco se relaja en mi abrazo.

—¿Estás seguro? Yo…

Levanto una mano y con un dedo la silencio .

—Enamorarme de ti es lo más real que he tenido en mi vida, y me aterra no tener la fuerza para darte la libertad que tanto estás esperando.

Sus ojos me miran con una mezcla de sentimientos y, aunque sé que lo dijo en serio cuando confesó su amor, sé que sus siguientes palabras me van a destrozar…

—Tal vez estoy siendo egoísta, pero quiero llenarme de recuerdos de ti. Quiero momentos que me sean suficientes para vivir recordando al primer hombre del que me enamoré. Recuerdos que me duren toda la vida para cuando por fin pueda salir de este mundo.

No me equivoqué. Yo mismo me metí en esto. Sabía perfectamente que solo tenía pocos meses con ella cuando le dije lo que siento. Y si ella quiere llenarse de recuerdos de mí para cuando la deje ir… eso es lo que haré. Aunque me muera de dolor en el proceso.

Mierda, nunca nadie me dijo que el amor dolería tanto.

Porque es amor, ¿verdad? Si voy a adorar cada parte de ella para al final dejarla ir… no puede ser otra cosa.

Solo amor.