19 DIEGO
Y el premio al mayor idiota es para…
Luce tan cómoda durmiendo en mi pecho. Mierda, podría acostumbrarme a esto. El aroma de su cabello inunda mis pulmones. Con mucho cuidado, ruedo en la cama para depositar su espalda en el colchón; su cara antes de despertar es una maldita visión.
Quiero acariciar su bello rostro, pero me detengo justo a tiempo, antes de hacer una locura.
«¿Otra?»
Me aseguro de que esté cubierta con la sábana y me levanto para salir silenciosamente de la habitación.
Antes paso por el vestidor, tomo un traje limpio y me alejo de la mujer que me está volviendo completamente loco.
No puedo estar a su lado cuando despierte.
Mierda, esa imagen se graba en mi mente como un hecho y sé que será lo mejor que pueda vivir en mi vida.
Me baño y me preparo en otra habitación.
Después empiezo la mañana con un café bien cargado en mi oficina y reviso correos. Uno de ellos es la confirmación de la terapeuta certificada, especializada en rehabilitación motriz; recopilé toda la información que Óscar pudo encontrar en la red sobre Milene y con eso armé su expediente .
Me informa que visitará a Milene por primera vez mañana. Genial. Confirmo la cita y paso al siguiente correo.
Esta vez me sorprendo al encontrar uno de Aron, avisando que en los próximos días usarán nuestro puerto para un envío de droga al extranjero. Noto en su escritura que no está muy contento de encargarse del papeleo de su padre.
Bien, como él lo dijo: obtenemos lo que merecemos. Sonrío de lado cuando la puerta de mi oficina se abre. Miro el reloj y ya pasan de las diez; perdí la noción del tiempo y, cuando Milene entra con el rostro avergonzado, no tengo la menor idea de cómo abordar lo que pasó anoche entre nosotros.
Ahora que lo pienso, no sé cómo pude pensar que era un maldito sueño. Me desperté con su sabor en la lengua y casi paso de lavarme los dientes esta mañana.
Está bañada y cambiada, con un hermoso vestido floral que resalta el color de su piel y su cabello. ¡Dios! Es tan hermosa. Pero no estoy listo para abordar lo que está pasando, así que hago lo único que puedo hacer: fingir que no recuerdo nada.
—Buenos días, Milene —empiezo con mi tono natural y despreocupado—. ¿Dormiste bien? Lamento que hayas tenido que pasar la noche cuidándome. No debí beber tanto.
Frunce el ceño.
—Buenos días —dice, y sus labios se aprietan en una sola línea—. No estabas cuando desperté —añade, y siento el dolor en su voz.
«Maldita sea, Milene, no sé qué es lo que piensas o esperas de mí. Por favor, deja de mirarme con esos ojos o podría perder la razón».
Anoche ella estaba de acuerdo con fingir que yo la dejé para así poder acercarse a Jorge. Solo para amanecer en mi cama después de que nos venimos en la boca del otro y entonces, ¿qué?
¿Qué hay después? ¿La dejo entrar para saber lo que es tenerla y obligarme a dejarla ir en unos meses?
Mierda, no sé si pueda hacerlo. A quién engaño, ni siquiera creo poder con esto de engañar a los moteros. No con ella en el medio.
—Me levanté temprano. Cuando me di cuenta de que te habías quedado por mi estúpido estado de ebriedad me sentí avergonzado, así que me preparé y vine a trabajar a la oficina. —Por segunda vez dejo entrever que no recuerdo lo que pasamos.
—Entonces… ¿no recuerdas lo que pasó anoche? —pregunta con una nota de dolor en su voz.
—Sí, lo recuerdo. Santino me llevó a mi habitación y, como estaba tan mal, te quedaste a cuidarme. —No la miro mientras respondo. Es una idea terrible; ni siquiera creo que me crea.
—Ya veo. —Aprieta sus puños.
Levanto la mirada solo un segundo y miro el coraje en cada parte de su cuerpo. Se da media vuelta y está a punto de salir cuando la detengo.
—Espera.
Se detiene y me mira por encima del hombro con una esperanza en sus ojos que me duele no poder alimentar. ¿Esperanza de qué? No tengo idea, pero es la misma que me muero por encontrar.
—Mañana vendrá una especialista para evaluar tu caso y ver la mejor manera de rehabilitación para ti.
Abre la boca expresando sorpresa, agradecimiento y decepción al mismo tiempo, y me quiero meter un tiro en la cabeza por no poder tomar lo que quiero: hacer que me ame y hacerla renunciar al divorcio al final del plazo.
Pero algo malo debe de haber dentro de mí que, en vez de eso, hago todo lo contrario. Le miento, la cuido a sus espaldas y planeo darle lo que tanto quiere cuando llegue la fecha límite. Así me condene a una vida de miseria y soledad.
Me da un educado «gracias» y sale de la biblioteca.
Y junto con ella sale mi alma, que me ruega que vaya detrás de ella.
Sabiendo que no puedo reclamarla para después perderla, me concentro en el trabajo y en todos los detalles de seguridad que necesitaré para cuidarla cuando Milene se acerque a ese motero.
MILENE
Es un idiota. Hace algo para romper mi corazón y luego algo que me deja sin aliento.
¿Cómo puedo enojarme después de que me arregló una cita con una verdadera terapeuta?
Quiero dejar de pensarlo; quiero enfocarme en lo importante.
Y eso es mi recuperación, mi libertad. Mi vida.
Entonces , ¿por qué siento que estoy perdiendo en lugar de ganar?
Desayuno en mi habitación. Toco el piano, pero no se siente igual desde que no está Diego para escucharme. Dios… eso también lo está arruinando. Me dejo caer en mi cama y, tomando mi celular, le envío un mensaje a mi hermano para decirle que hoy haré el primer movimiento con Jorge.
No sé cuánto tiempo nos tome resolver todo, o incluso el salir ilesos, pero siento algo en mi pecho que me impulsa a hacerlo. Tecleo con la adrenalina en mis venas.
YO: Hola. Disculpa que te moleste, sé que no terminamos en los mejores términos, pero estoy pasando por algo y siento que no tengo a nadie. Perdón.
Envío el mensaje sintiéndome mal por mentir, pero también enojada por permitir que Diego me engañara. Además, nada asegura que me responda… El teléfono vibra en mi mano y casi lo arrojo al ot ro lado de mi habitación del susto. Con el corazón acelerado, abro el mensaje de Jorge.
JORGE: hola, bonita. creí que nunca me hablarías de nuevo. Siento que la estés pasando mal, pero me alegro de que eso haga que me busques. Dime qué necesitas de mí y lo tendrás. Te he extrañado.
—Mierda —digo en voz alta—. Esto realmente está pasando.
[***]
Para la hora de la cena ya le informé a mi hermano toda mi conversación con Jorge.
Él me dijo que no hablara tanto de mí, así que me limité a decirle que no estoy bien y que necesitaba a un amigo.
Dejé muchos espacios de tiempo sin responder entre cada mensaje con Jorge para aumentar la tensión y, para cuando envié el último, en su respuesta se notaba la necesidad y la urgencia por saber más de mí.
Lo último que le dije fue que yo me pondría en contacto con él cuando fuera seguro. Para ser el primer día y el primer paso en nuestro plan en contra de los moteros… lo considero un éxito.
Todavía estoy sonriendo, llevándome una copa de vino a los labios, cuando de la biblioteca sale un Diego muy enojado. Cierra la puerta de un portazo y camina directo hacia mí, viéndome con muchas emociones, todas ellas negativas.
Mierda. ¿Ahora qué?
—¿Qué crees que estás haciendo, Milene? —truena con la respiración acelerada. Levanta su mano y me enseña los mensajes que recibió de mi hermano—. ¿Es en serio que lo estás haciendo?
Su pregunta me molesta más de lo que debería. Él sabía perfectamente que esto iba a pasar.
—No me digas que el alcohol que tomaste ayer también te hizo olvidar que estoy en esto tanto como tú y Santino.
—No quería reclamarle que olvidara lo que hicimos anoche en su habitación, pero no pude evitarlo.
Me dolió que solo yo recuerde ese momento que bien pudo ser el inicio de algo real entre nosotros.
Entrecierra los ojos al mismo tiempo que se inclina, y toda su figura se impone sobre mí.
—Estás jugando con fuego, Milene. Nunca dijimos que lo buscarías tan pronto.
—Tampoco dijimos cuánto esperar. Y Santino estuvo de acuerdo y supervisó cada mensaje. —Me cruzo de brazos, viéndolo a los ojos con valentía. Como no dice nada más, quito mi mirada de él y me dispongo a comer la cena que tengo delante de mí.
—Eres… una… —Aprieta sus puños y se lleva las manos a la cabeza.
—¿Qué es lo que soy, Diego? ¿Por qué no lo dices?
No es nuevo para mí ser despreciada, ofendida y utilizada.
Que tú lo disfraces de un matrimonio conveniente no te hace diferente de lo que hizo Jorge.
—Me llevo la mano a la boca con un jadeo, arrepentida de haberlo comparado con Jorge.
Dios, no me di cuenta de lo que salió de mi boca.
El gruñido más aterrador que he escuchado sale de su garganta.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que soy igual que esos cerdos? —la amenaza cruje en sus palabras—. ¿Que te estoy utilizando igual que lo hizo ese pedazo de mierda? —Su tono sube; está enfurecido y, por primera vez, le tengo miedo a mi esposo.
Abro la boca, pero no sé cómo remediar lo que he dicho, así que solo niego con la cabeza.
—Entonces tal vez no tengamos que esperar a que el plazo termine para firmar el divorcio —dice y no se da cuenta de lo que sus palabras me hacen.
Algo me atraviesa en el pecho y es más fuerte que cualquier otra cosa que haya sentido. No sabía lo que era el dolor de un corazón roto; creía que sí, pero me equivoqué. Esto se siente como uno.
Quiere decir más, pero mi mirada debe decirle algo, porque aprieta los labios y desaparece por la puerta de entrada antes de decir otra cosa.
¡Dios! Lo arruiné. Me tiemblan las manos y todo el cuerpo también. Cuando escucho el chirrido de su deportivo alejándose de la casa, lo imagino yéndose para nunca volver. Imagino cómo los papeles del divorcio llegan hasta mi mesa y nunca más lo vuelvo a ver.
No. No pienso que Diego sea igual que ellos. No había mentiras cuando se casó conmigo. No hizo promesas que no puede cumplir y no ha hecho otra cosa más que cuidar de mí. Ver por mí. Preocuparse por mí, y fue el primer hombre que me hizo sentir cuando creí que jamás lo haría.
Lo peor de todo es que no pude evitar enamorarme de él. Pero ¿cómo le digo que quiero intentar algo real con él cuando, al final del tiempo, ambos tomaremos caminos distintos?
DIEGO
Si no salía de esa casa, corría el riesgo de hacer algo que lamentaría por el resto de mi vida. La sola mención de firmar el divorcio antes de la fecha estipulada hace algo conmigo.
Me maldigo porque yo no quería enamorarme.
Yo no creía en el amor y ahora no sé cómo voy a sobrevivir a que Milene me crea igual al puto motero que la engatusó.
Estuve a punto de decirle que le daría el divorcio mañana mismo, pero pude contenerme y salir a tiempo.
La maldita verdad es que no estoy listo para irme de su lado.
La maldita noche casi termina y me obligo a regresar a casa.
Sí, es mi casa. Lo ha sido desde que entré con Milene en mis brazos la noche de nuestra boda.
Atravieso la puerta por la que salí hace horas y me adentro en la oscuridad.
Quisiera estar ebrio en este momento para no pensar en cada momento que he tenido con Milene, cada maldita vez que ella se ha metido debajo de mi piel y en cada gota de mi sangre.
Me quema el pecho por no poder respirar normalmente si no estoy cerca de ella. Necesito alejarme. O necesito…
Mi pensamiento se silencia cuando entro a mi habitación y encuentro a Milene acurrucada en mi cama. Maldita sea. Es la vista más hermosa que he visto nunca y no tengo ninguna excusa para decir que es producto de mi imaginación o un puto sueño, porque no tengo ni una gota de alcohol en el cuerpo.
A la mierda con esto. Sé que me voy a arrepentir, pero si solo me quedan un par de meses con ella, voy a hacer que sean los mejores putos meses de mi vida.
Aunque después de eso solo tenga un alma destrozada. El saber que se irá ya me tiene mal. Esto no tiene remedio. Así que, si puedo tenerla, aunque sea unos meses, me conformaré con eso.
Me quito la ropa y me quedo solo en ropa interior.
Me acuesto a su lado y, sin intención de despertarla, le doy la vuelta para que su cara quede enterrada en mi pecho; suspira como si recién pudiera relajar su cuerpo porque estoy con ella.
La abrazo con todas mis fuerzas y susurro, esperando que su alma reciba el mensaje.
—Milene, no sé qué me hiciste; no puedo dejar de pensar en ti.
Aligeras mis días al mismo tiempo que me atormentas; tus ojos me dan descanso y seguridad.
Nunca quise sentir esto y me resistí lo más que pude, pero fue inevitable.
Desde que me miraste con esos ojos inocentes y aguerridos el día que puse mi anillo en tu dedo…
—Suspiro y la abrazo más fuerte. Entierro mi cara en su cuello—.
El día de nuestro compromiso rompiste algo dentro de mí.
Ya no puedo levantar esa barrera y no quiero hacerlo.
No cuando solo pienso en tener una oportunidad para…
para… —Mierda, ni siquiera me está escuchando y me muero de miedo—. Milene, estoy enamorado de ti.