En Esta Vida No 18 MILENE
44%

18 MILENE

Si hubiera estado bebiendo algo, estoy segura de que se lo hubiera escupido en la cara a mi marido. Me río con ganas hasta que ya no me quedan fuerzas. Cuando termino, su cara es la misma: impasible y un poco molesta.

—No estás hablando en serio, ¿verdad? —pregunto con las cejas levantadas.

—No tienes que hacerlo si no quieres —se apresura a decir—. De hecho, no quiero que lo hagas, mierda. —Su rostro se pone rojo y su cuerpo se tensa debajo del mío—. Santino tendrá que encontrar otra manera, y si sus idiotas ideas lo hacen quedar mal ante el jefe, no es mi problema.

Empieza a hablar con frenesí. No creo que siquiera esté respirando. Se para conmigo en brazos y camina hasta depositarme en mi cama.

—Hablaré con él en este mismo momento —dice sin mirarme a la cara—. Tiene que haber otra manera. —Parece que se está convenciendo a él mismo de que así es. Da un paso para atrás, pero lo detengo cuando tiro de su mano.

—Diego… ven aquí, por favor —le pido en un tono firme y suplicante a la vez.

Sus ojos se encuentran con los míos; niega con la cabeza cuando da ese paso que lo acerca a mí.

—Olvida lo que dije, Milene, nunca te pondré en tal peligro —dice, apretando la mano que tengo en la suya.

—Creí escucharte decir que Santino y tú serían capaces de protegerme.

No sé lo que estoy diciendo, porque en realidad no entiendo del todo lo que está sucediendo. La parte de investigar a los moteros y sus sucias intenciones sí que la entiendo, pero la parte donde yo soy la que lo puede hacer más fácil… esa sí que me cuesta un poco de trabajo comprender.

Diego me mira y sé por su mirada que no piensa ceder. No sé cuál es el plan exacto que tiene mi hermano, pero lo conozco y sé que no haría nada que me pusiera en un riesgo o peligro real.

—A menos que no te creas lo suficientemente fuerte y capaz para mantenerme a salvo… entonces tienes razón y deberíamos olvidarlo.

Sé que mis palabras surten efecto cuando sus ojos se entrecierran hacia los míos y cuando termina de cerrar la distancia para rodear mi nuca y presiona su frente con la mía.

—Nadie —gruñe—. Escúchalo bien, Milene, nadie puede mantenerte a salvo mejor que yo. —Se da cuenta de que ha caído en mi trampa y gruñe, apretando su cuerpo más sobre el mío—. Eres una listilla, Milene. Y creo que lo sabes. —Me suelta.

Camina hasta la silla donde estaba sentado antes y se deja caer en ella. Su postura es la de un completo rey: las piernas abiertas y los brazos apoyados en cada antebrazo, con su espalda recargada en el respaldo, dando una sensación de fuerza y poder que me calienta de una manera muy particular.

—¿Eso quiere decir que estás de acuerdo con acercarte a Jorge? —Levanta una ceja interrogativa, y me doy cuenta de que la trampa es ahora para mí.

Adopto una postura lo más relajada que puedo y me cruzo de brazos .

—A ti no fue a quien se acercaron con mentiras para conseguir información; es justo que sea yo quien le regrese el golpe.

Miro cómo una comisura de su boca se levanta. Se debate entre la sorpresa, la impotencia y el orgullo. Y lo entiendo más de lo que cree, porque yo misma estoy sorprendida de mis palabras.

—¿Es así, Milene? —insiste, pero no va a encontrar nada más. Se lo diga o no, lo llegue a saber o no, mi corazón le pertenece solo a él.

—Es así, Diego —No titubeo mientras respondo viéndolo a los ojos.

Me da una sonrisa. Niega con la cabeza y se lleva las manos a la cara. Maldice algo que no alcanzo a escuchar, pero verlo así me hace reír y despierta una pizca de esperanza.

¿Esperanza en qué? No lo sé, pero se siente bien.

[***]

Dos días después, mi flamante hermano viene a cenar a nuestra casa.

La última vez que estuvimos juntos los tres fue la noche anterior a que todo se fuera a la mierda.

Sacudo el recuerdo porque no vale la pena pensar en eso.

Tampoco es como si pudiéramos darle vuelta a la página, porque es justo volver a encontrarme con Jorge lo que tenemos que planear.

—Una vez más, gracias por aceptar hacer esto, Milene. —La voz de Santino es formal, indicando la seriedad de la situación—. No te lo pediría si no creyera que es una buena oportunidad de conseguir lo que necesitamos.

Un gruñido se escucha desde la cabecera de la mesa. Diego no deja de demostrar que no está de acuerdo con esto.

—Confío en ustedes. —Cuando digo eso, los ojos de mi esposo me buscan y sé que solo verá la verdad en ellos. Un suspiro involuntario me abandona y me gano una ceja enarcada de Santino—. Además, siento que es lo menos que puedo hacer después de no darme cuenta de sus intenciones.

—No tienes que… —empieza Diego, pero estiro mi mano izquierda y la pongo sobre la suya. Su mirada se posa en el anillo que él eligió para mí; su atención me quema la piel y deja un rastro de anhelo por todo mi cuerpo.

—Lo voy a hacer —sentencio y me concentro en mi hermano—. Ahora, dime cuál es el plan.

Santino sube sus codos a la mesa y, cuando mira con precaución a mi marido… mierda, sé que a Diego no le va a gustar lo que tiene para decir.

Para cuando mi hermano termina de explicar el plan, ya hay una botella de licor vacía delante de Diego.

Ya golpeó una docena de veces la mesa con sus puños y estoy segura de que se arrancó algunos mechones de cabello.

No lo voy a negar, enojarlo se está volviendo una de mis cosas favoritas para hacer.

—Entonces, resumiendo… Diego se cansó de mí y, como mi pertenencia a la organización pende de un hilo y no quiero ser una carga para mi hermano, busco a la única persona que estuvo cerca de mí en los últimos meses.

—Justo así. —Santino aplaude y sonríe, mientras Diego pone los ojos en blanco.

DIEGO

Gruño y pongo los ojos en blanco. Ya ha repetido el maldito plan como diez veces y cada vez se siente como una maldita mala idea. Uno de los dos me está molestando y no sé cuál de los dos lo está disfrutando más. Agarro la botella frente a mí y me la empino. No le sale ni una sola gota más .

—Mierda. —Me levanto de mi lugar y pierdo el equilibrio; no sabía que estaba tan afectado por el alcohol hasta este momento.

—Mierda, hermano. —Santino se levanta de la mesa y me estabiliza pasando un brazo por mi espalda—. Vamos a llevarte a tu habitación, de ninguna manera vas a seguir dañando tu hígado antes de que atrapemos a esos bastardos.

Balbuceo algo que ni yo mismo entiendo y lo dejo llevarme porque la verdad es que ya no quiero escuchar ni una sola palabra más de su estúpido plan.

Entramos en mi habitación y me quito los zapatos; con cada segundo me siento más ahogado. Me quito la camisa y me dejo caer en la cama. Santino sigue dentro de mi habitación. Niega con la cabeza y cruza sus brazos al nivel del pecho.

—Ten cuidado, Diego, y no olvides cuál es el final de todo esto. —Sé exactamente lo que quiere decir.

Sus ojos me miran, queriendo sacar mis más oscuros secretos, pero no creo que no lo sepa ya. No lo diré nunca, pero todo el propósito de mi matrimonio con su hermana se fue a la mierda desde el primer momento en que la besé.

—No lo olvido. —Trago saliva y levanto un brazo para tapar mis ojos—. Ahora vete a la mierda y perfecciona ese plan tuyo, que no voy a permitir que tenga margen de error.

Hace un sonido con su boca, es casi una risa burlona. Lo escucho abrir la puerta y detenerse en ella.

La voz de Milene es casi un susurro, pero sé que está ahí del otro lado. Tan cerca y tan lejos a la vez. Me concentro en mi respiración hasta que mi puerta se cierra y sé que Santino se ha ido. Siento una opresión en el pecho que poco a poco me consume hasta casi hacerme dejar de respirar.

No hay ruido en mi habitación, pero de pronto el colchón se hunde a mi lado y, si no fuera por el aroma floral que he aprendido a amar, juraría que estoy soñando con mi esposa. Pero no puede ser un sueño cuando el cuerpo de mi esposa se acurruca a mi lado. ¿O sí?

Mi lado ebrio me está jugando una maldita broma o la mujer por la cual estoy completamente obsesionado me está mirando con deseo en los ojos.

No tengo tiempo para averiguar cuál es la verdad; planeo disfrutar de este momento.

Real o imaginario, porque la necesito como necesito el aire para respirar.

—Te necesito —susurro sin reconocer mi voz—. Si esto es un sueño o producto de mi imaginación, déjame tenerte, Milene —le pido permiso sabiendo que, sea de la forma que sea, nunca podría tomarla sin su consentimiento.

—Pero ya me tienes, Diego —susurra, acercando sus labios a los míos—. No tienes que pedir permiso para tomar algo que ya es tuyo. Yo soy tuya.

«Maldita sea, esto solo puede ser un jodido sueño. El mejor que he tenido en mi maldita vida. Y lo voy a disfrutar con todo lo que soy».

Devoro su boca con la mía; Milene jadea con el primer contacto de mi lengua en la suya. Sus labios siguen mi ritmo y su cuerpo se amolda al mío como solo el suyo lo ha hecho.

—Diego —jadea mi nombre; su aliento me quema en el cuello antes de succionar en mi pulso. Mis manos rodean su redondo trasero y la suben a mi pecho cuando quedo de espaldas en mi cama.

No abro los ojos por miedo a que desaparezca, pero tengo la imagen de su perfecto cuerpo memorizado en cada rincón de mi mente; cada peca y cada cicatriz de su cuerpo las tengo grabadas en mi alma.

Su centro moja mi estómago y es cuando me doy cuenta de que mi fantasía no está usando ropa interior; bajo mi mano y la encuentro mojada. Este sueño es tan vívido que… maldita sea, necesito probarla .

—Mierda, bebé. Necesito probarte —gimo. Antes de intentar darle la vuelta, su mano llega a mi entrepierna, tan dura por ella y me dice:

—Yo también necesito probarte, haz que suceda —me pide en medio de un hermoso jadeo.

«Dios, de verdad me estás dando el sueño más erótico y perfecto de toda mi vida».

Milene está a horcajadas sobre mí, así que la levanto y le doy la vuelta para que su dulce centro necesitado quede en mi cara mientras su boca queda al nivel de mi erección.

No pierde el tiempo y me baja los pantalones y la ropa interior; su primer toque en mi miembro llega cuando entierro mi nariz en su parte más rosada y apretada. Me estremezco cuando siento su boca húmeda tomar mi cabeza. Su lengua hace algo que me hace arquear la espalda.

—Mierda, bebé. Me vas a matar. —Siento su risa en todo mi cuerpo; mis manos la sujetan de la cadera para que no ponga su peso en sus rodillas. Porque, aunque esto sea un sueño, o producto de mi imaginación, nunca sería capaz de hacerle daño.

Mi lengua recorre toda su raja antes de chupar su clítoris; su dulzura me embriaga más que cualquier licor. Ya me siento adicto a ella. Su boca me toma con la misma intensidad que yo me la como a ella y sus jugos empapan toda mi cara. Morir asfixiado por su sexo sería la mejor manera de morir.

Los movimientos de su cabeza mientras me lleva más adentro en su garganta coinciden con los movimientos de su cadera mientras la penetro con la lengua; siento su orgasmo llegar cuando su cuerpo se tensa sobre el mío y suelta su grito ahogado mientras me toma por completo.

Nos venimos al mismo tiempo. Otra muestra de que esto solo es el mejor sueño de mi vida. Su cuerpo tiembla mientras baja de su orgasmo y se traga cada gota del mío …

No se mueve ni yo hago nada por bajarla de mi cuerpo. Cuando noto que no desaparece, la rodeo por la cintura y le doy la vuelta para que quede acostada sobre mi pecho.

La mayor comodidad posible para la figura imaginaria de mi esposa. Poco a poco, ambos sincronizamos nuestras respiraciones hasta que nos quedamos dormidos.

Despierto cuando los rayos del sol entran por mi ventana y el dolor en mi cabeza y cuerpo me ruegan porque haga algo.

Me intento levantar, pero el peso muerto de algo sobre mi pecho me lo impide, o al menos lo hace difícil. Me llevo las manos a los ojos para tallar el sueño; cuando los abro, una melena castaña y revuelta me saluda. Desprende ese aroma que ha llegado a drogarme y entonces todo vuelve.

Mierda, no fue un sueño…