En Esta Vida No 17 MILENE
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17 MILENE

Creí que esos cortos segundos cuando despiertas y no sabes quién eres, cuando no sabes dónde estás, cuando no tienes defectos y es como volver a nacer… eran la completa felicidad. Pero me equivoqué; lo que vino después lo fue.

Recordar cómo llegué a esta cama y cómo dormí sin pesadillas, respirando en su cuello, con sus brazos rodeando mi cuerpo y con mis piernas rodeando el suyo… es la mejor sensación de toda mi vida.

No quiero moverme para no despertarlo; es injusto que no pueda recordar cada minuto de estar abrazada a Diego por estar dormida. Respiro profundamente en su piel y algo se mueve en mis entrañas. Mariposas, le dicen.

Motivada por ver su cara dormida, me separo de su cuello lentamente y recargo mi cabeza en la almohada debajo de mí.

Abro muy despacio los ojos y se me congela la respiración cuando veo los ojos azules que tanto amo viendo directamente a los míos.

Tan penetrantes que bien puede estar viendo a través de mí y descubrir todos mis miedos y secretos.

Una sombra de anhelo mezclado con miedo cruza por sus ojos, pero pasa tan rápido que creo que bien lo pude haber imaginado .

—Hola, Milene, ¿cómo te sientes? —me pregunta con esa voz ronca de recién levantado; su cabello está despeinado, pero nunca lo había visto más hermoso.

Trago saliva. Abro la boca, pero la cierro de inmediato. Miro cómo mi mano sigue en su pecho, acariciando lentamente lo suave de su piel y lo duro de sus músculos. Me detengo y me llevo la mano a la boca para responder.

—Hola —digo, tapando mi aliento matutino. Lo que hace que Diego sonría de lado.

—¿Dormiste bien? —pregunta y yo asiento con la cabeza—. Usa tu voz, Milene. —Esta vez, sacudo la cabeza negándome a hacerlo.

Miro el desafío en sus ojos y mi mente lo imagina tomando lo que quiere. Lo imagino quitando mis manos de mi boca y besándome con todo lo que tiene. Dios, ¿estoy mal por querer que haga exactamente eso?

Su mano, que hasta ahora estaba en mi espalda baja, sube con una larga caricia hasta llegar a mi nuca, quita mi cabello de la cara y creo que realmente lo va a hacer. Se acerca tanto que mi cuerpo tiembla de anticipación.

Cierro mis ojos por instinto, pero no llega nada a mis labios. Un beso aterriza en mi frente. Y siento una punzada grande de decepción, pero la guardo en lo más profundo de mi ser.

—Bien —sigue—. Dime qué necesitas que haga por ti. Los hombres del servicio ya están secando tu silla.

—Gracias. —Busco sus ojos—. Por todo. —Me aseguro de que lo entienda antes de continuar—. Ahora, si no es molestia, me gustaría ir a mi baño.

—Por supuesto, Milene —dice, me dedica una mirada tierna y sale de la cama; me tomo un momento para apreciar lo ancho y fuerte de su espalda .

Hemos convivido por más de tres meses, e incluso hemos tenido sexo un puñado de veces, pero esto se siente como algo nuevo.

Me digo que no puedo encariñarme con algo que pronto llegará a su fin.

Si hay una posibilidad de que podamos dejar lo que pasó con Jorge atrás…

la tomaré y disfrutaré los pequeños momentos como estos, que a ciencia cierta sé que serán los que me acompañarán en mis momentos de soledad.

Entra en su vestidor y sale usando un pantalón deportivo y una camiseta ajustada. Juro que verlo así es incluso más sexy que verlo desnudo. Hago todo lo que puedo para no verlo con la boca abierta, pero su sonrisa me dice que he fallado.

Sé que me he sonrojado, siento el calor en mis mejillas, pero no voy a aceptar la vergüenza. Desvío la mirada y me enfoco en cualquier otra cosa que no sea su hermoso cuerpo. Mi esposo termina de rodear la cama y se para frente a mí.

—Ven aquí, Milene —pide, y mi cuerpo quiere saltar a sus brazos. Odio sentirme así. Lo miro, sin conectar con sus ojos; dejo mi mirada fija en sus cejas o su nariz.

Levanto los brazos y él se inclina para que rodee su cuello. Se levanta poco a poco sin tocar mi cuerpo y, cuando siento que mi cuerpo se despega de la cama, lo rodeo con mis piernas por instinto. Su sonrisa me dice que eso es lo que esperaba que hiciera.

—Buena chica —dice, y temo dejar una mancha de humedad en su camiseta. Rodeo con más fuerza su cuello y escondo mi cabeza en la curva de este. Empieza a caminar y coloca una mano fuerte alrededor de mi cintura—. Te tengo, Milene —susurra, y siento la vibración de cada una de sus palabras.

Con eso sale de su habitación y entra en la mía, llevándome directamente a mi cuarto de baño. Después de asegurarle que no necesito ayuda, me deja sola y por fin puedo sacar todo el aire que contenía en mis pulmones.

Con la silla que uso para bañarme hago todo lo que necesito hacer dentro del baño y no salgo hasta que estoy vestida y lista para el día. Nunca lo diré en voz alta, pero algo me hace tomarme un poco más de tiempo en mi arreglo personal.

Cuando salgo del cuarto de baño, mi silla está esperándome en la puerta, completamente seca e intacta. La uso para acercarme a la cama y recostarme en ella.

Las últimas cuarenta y ocho horas han sido una montaña rusa de sucesos y emociones. Necesito un tiempo para recordar en dónde estoy parada. Figurativamente hablando.

Estoy en un matrimonio que no pedí.

Ese matrimonio tiene un plazo.

Y me dará la libertad que se me negó al nacer.

En poco más de dos meses iré a París a buscar esa operación que me hará volver a caminar. Podré vivir la vida que elija… y sobreviviré de los recuerdos del hombre que no elegí para enamorarme, pero de quien mi corazón sí se enamoró.

Me engañaron para sacar información de la organización, pero estoy bien, estoy sana y salva.

Y mis momentos de debilidad de la semana anterior no tienen nada que ver con eso y todo que ver con que no puedo controlar el enamorarme por primera vez, y de alguien a quien dejaré atrás para buscar mis sueños.

Con todos los puntos expuestos, me muevo justo cuando alguien hace sonar la puerta.

—Milene, ¿estás bien?

Tan bien como puedo estar.

—Voy a pasar —claro que lo hará.

Mi marido entra haciendo malabares con una charola con dos platos de desayuno. Casi deja caer un vaso de jugo cuando me mira.

Estoy segura de que sus pozos azules se oscurecen; abre la boca, pero no dice nada, solo toma aire y lo suelta en un gran suspiro.

Ya no está usando ese pantalón deportivo; usa elegantemente bien uno de sus trajes a medida habituales.

Me sigue pareciendo el hombre más hermoso que mis ojos han visto, pero estoy bastante segura de que no estoy hablando yo, sino mi estúpido corazón.

Diego coloca la bandeja en la mesa de mi habitación y se da la vuelta para llegar a mí, aún con la boca ligeramente abierta. Sus labios son tan bonitos. Sacudo el pensamiento y dirijo mi mirada a cualquier otra parte.

—Traje el desayuno, así podemos hablar de lo que tengo para decirte mientras comemos. —Aclara la razón de estar aquí y yo asiento con la cabeza.

Me muevo para llegar a mi silla. No me deja.

—Si te parece bien, y si no sufres dolor, quiero ayudarte. —Seca el sudor de sus manos en su pantalón y no entiendo qué lo puede poner así de nervioso.

—Está bien. —Asiento.

Pienso que me hará sentar en la silla, pero se acerca igual que en su habitación para que lo tome del cuello. Sus ojos están a solo unos centímetros de los míos y su aroma tan fresco y varonil me marea por un segundo.

Hago lo mismo que en su habitación y lo rodeo con manos y piernas. Yo misma me doy cuenta de que lo hago mejor que la primera vez, como si las fuerzas de mis piernas hubieran regresado. Y, como esta mañana, dice las palabras.

—Buena chica.

Agradezco estar usando ropa interior para no exponer lo que esas dos simples palabras le hacen a mi cuerpo. Camina lo más despacio y lento que puede, forzando a mis músculos a trabajar. Cuando por fin me deposita en una de las sillas frente a la mesa, le doy las gracias.

—Cuando quieras. —Me guiña un ojo y, lejos de hacerme sentir mejor, me confunde más. Sacudo la cabeza mentalmente y tomo mi desayuno. El batido de proteína y colágeno para mis articulaciones .

—Entonces… ¿Qué es eso que tienes para decir? —pregunto, llevando un poco de piña a mi boca.

Cuando levanto la vista, miro que Diego tiene el tenedor suspendido antes de llegar a su boca y sus ojos están clavados en mis labios; su nariz está dilatada y su pecho sube y baja más rápido con cada segundo.

Dejo de masticar y parece salir del trance en el que estaba.

Se lleva su comida a su boca y balbucea algo que no logro entender.

—Primero que nada —dice después de terminar su bocado—, quiero que sepas que yo no estoy de acuerdo. Pero pasó algo y el idiota de tu hermano piensa que es la mejor manera de terminar con esto de raíz.

Mi corazón se acelera ante la primera idea que me viene a la cabeza.

—¿De qué estás hablando exactamente? —pregunto en un hilo de voz.

—El jefe sabe todo lo que pasó con el acercamiento de los moteros. O más bien dicho, del idiota de Jorge, contigo. —Me quedo callada, pero algo se retuerce en mi interior. El jefe aprobó esta boda; eso quiere decir que mis sospechas son ciertas.

Diego me va a dejar. Cierro mis ojos y hago todo lo que puedo para que las lágrimas que amenazan con salir de mis ojos se queden dónde están.

Entiendo —digo con una fuerza que no tengo—. Aprobaron que te divorcies de mí. Esa es la raíz que quieres cortar, ¿no es así ?

DIEGO

—Ya obtuviste lo que querías de este matrimonio y, en cambio, soy yo la que perdió por dejarme engañar por un motero. Lo entiendo.

Sigue diciendo esa sarta de estupideces y yo no entiendo cuál de mis palabras hizo que ella pensara que me refería al divorcio.

«Espera, ¿qué? ¿Divorcio?»

—Después de todo, soy la debilidad de la organización, ¿no es así? —Levanta su cabeza y miro en sus ojos todas las lágrimas que se está conteniendo.

—¡Basta! —grito de impotencia. Tiembla al escucharme y cierra sus ojos de golpe, dejando correr todas esas lágrimas—. Maldita sea, Milene. —Me levanto de mi silla y la levanto a ella también. Hago que me rodee con manos y piernas y camino hasta el banquillo frente a su piano.

Me siento de espaldas a él con ella a horcajadas sobre mí y marco un camino de caricias suaves en su espalda.

—Dime qué fue eso que dije para que tu mente creyera que estaba hablando del divorcio —le pido cerca de su oído.

—Dijiste cortar esto de raíz —murmura con su cabeza enterrada en mi cuello—. No te culpo. Yo fallé.

—No fallaste, Milene. Fue ese idiota el que se burló de ti. Creyó que se estaba acercando al eslabón débil, pero se equivocó. Porque no conozco a nadie más fuerte que tú, dentro o fuera de la organización.

El cuerpo de Milene se ablanda con cada palabra que digo.

—Eres tan valiente y aguerrida. Tan fuerte, y nunca te rindes. Vas en contra de la corriente y luchas por ti sin traicionar a tu familia o tus orígenes. Eres fiel a pesar de que todos te dejaron sola. Yo incluido. Eso es más de lo que cualquier otra persona puede ser .

Creo cada palabra que sale de mi boca, y ruego porque ella también las crea.

Suelta mi cuello, pero no se separa de mi abrazo; baja sus manos por mi pecho y me rodea al nivel de la cintura, rozando delicadamente a su paso hasta que empieza a tocar muy despacio las teclas de su piano.

No puede verlo y, aun así, lo hace espectacularmente bien.

Mi esposa es realmente sorprendente. Es mejor que todo lo que alguna vez tendré.

Y me dolerá más que nada cuando tenga que dejarla ir.

No pasa mucho cuando hace la pregunta:

—Entonces, ¿qué es lo que querías decir?

Suspiro porque sigo pensando que es una mala idea. Pero tiene que saber la locura que se le ocurrió al idiota de su hermano y tomar sus propias decisiones.

—Santino cree que puedes ayudarnos a saber los planes de los moteros para con la organización. —Milene deja de tocar y despega su cabeza de mi cuello—. Santino cree que podemos cuidarte mientras tú te acercas a ellos para obtener información.

Me mira con el ceño fruncido por la confusión.

—¿Y cómo haría eso? —pregunta, y no sé cómo le voy a decir lo siguiente.

Me llevo una mano a la cara y busco fuerza en lo más profundo de mi ser. Bajo la mirada para verla a los ojos.

No he visto nunca unos iguales; se parecen a los de su hermano, pero los de ella son más intensos y no esconden nada. Y esa es parte de la razón por la cual me enamoré de ella. La tomo de la barbilla y pego mi nariz a la suya. Suspiro.

—Seduciendo a Jorge, Milene —suelto, y es el dolor más grande que alguna vez haya experimentado.