En Esta Vida No 16 MILENE
40%

16 MILENE

Despierto en medio de la noche con la frente sudorosa y los atisbos de un mal sueño. Jadeo buscando aire, pero algo en el oxígeno a mi alrededor es diferente y odio que mi cuerpo lo sepa incluso antes que mi mente. Él está aquí. Su aroma almizclado flota por toda mi habitación.

Cierro los ojos, me armo de todo el valor que puedo y hago la pregunta:

—¿Qué haces aquí? —Mi voz sale como un susurro y me maldigo por parecer débil.

Escucho cómo su cuerpo se levanta de donde quiera que esté sentado. Esta noche no hay luna y, por más que quiera enfocar la mirada, no lo consigo. Mi cuerpo vibra de anticipación al escuchar su respiración pesada y me prometo un castigo por eso.

—Tenemos que hablar —susurra cerca de mi cara, bañándome con su aliento, despertando esa parte de mi cuerpo que solo le pertenece a él.

Me aclaro la garganta.

—¿Qué es tan importante que no puede esperar hasta mañana? —Mi voz logra sonar un poco más a cómo la quiero.

Diego no me responde. Sigo sin poder ver su rostro, pero escucho cómo sus manos se mueven hasta su cabeza.

—Solo entré para ver cómo estabas, pero tenías una pesadilla y me quedé hasta que pudiste volver a descansar.

Trago saliva. No recuerdo ese sueño, pero sé que tenía que ver con el accidente. Bajo mis manos y empiezo a sobar mis rodillas. Mi esposo da un paso más cerca de mí y pone sus manos sobre las mías.

—¿Te duele? ¿Necesitas que traiga tu medicamento? —Su toque me provoca todo menos dolor, pero hago todo para no demostrarlo. Al parecer me equivoco, porque el jadeo que sale de mi boca hace que Diego me suelte de golpe.

Se aclara la garganta y retrocede.

—Lo siento. —Se disculpa—. Tienes razón, lo que sea que tenga para decir puede esperar hasta mañana.

Se tropieza cuando camina hacia atrás.

—Descansa, Milene —suelta apresurado y sale de mi habitación sin darme espacio para responder a nada.

Todo queda en silencio de un suspiro a otro, tan rápido que empiezo a dudar si el hombre que me arruinó para el resto de mi vida realmente estaba dentro de mi habitación. Doy vueltas en mi cama, incapaz de volver a conciliar el sueño.

Dormí tantas horas durante el día que el cuerpo me pide poder moverme para que deje de doler. No miro la hora; simplemente hago lo primero que se me ocurre. Entro en mi baño y me preparo con un bañador para, por primera vez después de bastantes días, volver a la piscina.

Cuando salgo de mi habitación la casa está envuelta en oscuridad. No enciendo las luces; sé el camino de memoria hasta la piscina, así que ruedo hasta allí.

No sé si tenga la fuerza para sostenerme dentro del agua, pero necesito hacer algo que me recuerde el camino que elegí. Y si por alguna razón no lo logro… es porque no soy lo suficientemente fuerte para lo que viene después …

DIEGO

Tuve que salir de su habitación antes de que cometiera el maldito error de meterme entre sus piernas.

Cuando creí que sentía dolor en ellas, cometí el error de tocar su piel y, como el primer día, jadeó con mi toque, llevando toda mi sangre directamente a mi puto miembro; dejé de pensar con la razón y lo único que quería era reclamar lo que es mío.

Porque lo es; a pesar de todo, del tiempo límite, del engaño y de las mentiras, ella es mía.

Estaba a punto de entrar en mi habitación, pero necesitaba un trago, así que llegué a la biblioteca para empinarme la botella. No pasan mucho tiempo cuando escucho un ruido muy particular: es la silla de ruedas, rodando por el pasillo. Milene.

¿Qué está haciendo saliendo de su cuarto a las tres de la mañana?

Miles de ideas cruzan por mi mente y no pierdo el tiempo en pensar en ellas; entonces asomo la cabeza por la puerta de la biblioteca y distingo, a pesar de la oscuridad, cuando entra al cuarto de la piscina.

Frunzo el ceño y me engullo el resto del trago antes de salir y caminar detrás de ella sin que se dé cuenta.

Entro en el cuarto de la piscina, que está ligeramente más iluminado por las luces del jardín que entran por el tragaluz y por las ventanas, además de las luces que hay dentro del agua. No me siente y la miro avanzar en su silla hasta las escaleras que instaló para sus ejercicios.

No puedo quitarle los ojos de encima cuando empieza a descender y me doy cuenta de que solo está usando un diminuto bañador.

Debería irme porque no estoy en condiciones de ser racional ahora mismo, pero de ninguna manera la voy a dejar aquí sola; me consta que no la ha pasado bien y que no es la misma mujer que dejé sola hace una semana .

Mierda, la dejé. Hice malditos votos por ella, y la dejé.

Cada segundo que pasa me arrepiento un poco más de haberlo hecho. Y ahora estoy aquí, a punto de pedirle que vuelva a hacer lo que hizo antes y por lo que tanto la odié. ¿Qué dice eso de mí?

Silencio mi pensamiento cuando miro que intenta salir de su silla y esta se hunde en el agua con ella. Se me paraliza el corazón con el sonido ahogado de su garganta antes de que el agua la cubra por completo.

—¡Mierda! —grito, y no alcanzo ni a quitarme los zapatos cuando me aviento al agua y nado hasta ella.

La encuentro en el fondo, tratando de desatorar un pedazo de tela que está enganchado de alguna manera en la silla.

No puede. Mis pulmones empiezan a exigir aire cuando la rodeo por la cintura con una mano y con la otra desgarro la tela de su bañador.

Pataleo para sacarla a la superficie y ambos jadeamos por aire al mismo tiempo.

—¿Maldita sea, Milene, te quieres morir? —la regaño.

Ella me mira con los ojos muy abiertos y respirando por la boca. Sus hermosos labios están mojados y nunca habían lucido más sexys. Desvía la mirada y responde algo que tiene que ser una maldita mentira. O más vale que lo sea:

—Tal vez eso es lo que quiero.

Mi sangre se amontona en mis oídos y dejo de escuchar. Tomo su barbilla y la obligo a mirarme. Su labio inferior empieza a temblar y todos los sentimientos que siento por ella se arremolinan en mi pecho; todos, incluidos el coraje y la rabia, pero también el anhelo y el…

Sus pies se mueven muy lentamente debajo del agua, nada parecido a lo que pasaba en sus sesiones anteriores.

Saber que se dejó caer me dice que tal vez es verdad lo que está diciendo, y algo más grande sobresale en mi pecho: el miedo de que Milene no esté en este mundo.

El terror de que ella pueda quitarse la vida.

Eso me consume y me hace hablar con la voz entrecortada.

—No puedes estar hablando en serio, Milene. —Pego mi frente a la de ella—. Dime que no estabas intentando morir —gruño con un grito contenido—. Dímelo, maldita sea —exijo mientras mis manos se aferran a su cuerpo.

Chilla por lo apretado de mi agarre, pero levanta sus manos para también tomar mi cuello. Niega con la cabeza.

—No, Diego, no estaba intentando morir. Pero me estaba pudriendo en esa cama y necesitaba hacer algo con mis piernas antes de que dejaran de responderme por completo.

Suspiro audiblemente y entierro mi cabeza en su cuello.

—Bien. —Cierro los ojos, respiro su aroma natural y me dejo envolver—. Te conseguiré a alguien para que te ayude con los ejercicios, solo promete que no volverás a venir aquí sola. —Asiente con la cabeza y empiezo a salir del agua.

Su silla está en el fondo de la piscina; ya me encargaré de que alguien la busque por la mañana. Tal vez quedó arruinada. Me encargaré de eso también. Me encargaré de todo. De ella. El tiempo que la tenga. Haré todo lo que necesite. Seré el esposo que siempre debí ser.

Mi ropa también está arruinada cuando salimos de la piscina.

Milene me mira completamente vestido, pero es inteligente y no dice nada.

Camino despacio y me quito los zapatos en el camino.

Entro a la casa y camino dejando un rastro de agua hasta el pasillo donde están nuestras habitaciones.

Me detengo y tomo la decisión en el último momento. Abro la puerta y entro.

—Espera… —dice Milene cuando nota que no es su habitación a donde entramos—. Esta no es mi habitación.

—No. No lo es. —Sigo caminando hasta mi baño privado y entro con ella en mis brazos.

La deposito en la encimera del lavabo y doy un paso atrás solo para ver su bañador roto de la parte inferior—.

Eso está arruinado —digo, apuntando a su zona pélvica.

Milene jadea cuando baja su mirada y no ve nada cubriendo su hermoso sexo.

—¡Ay, Dios! —chilla y se lleva las dos manos para taparse.

Tomo una toalla y se la paso.

—Sécate, te traeré algo para que te pongas.

Empiezo a desvestirme y a arrojar la ropa arruinada al interior de la bañera. Primero la camisa y la camiseta, después los pantalones y los calcetines. Estoy a punto de quitarme los calzoncillos cuando Milene se aclara la garganta. Entonces me detengo.

—Enseguida vuelvo, no te muevas. —Tomo una toalla para mí y salgo del baño.

Entro a mi armario y me seco lo mejor que puedo. Me cambio de ropa interior y tomo una de mis camisetas para Milene. Cuando regreso al baño, la encuentro envuelta en la toalla cubriendo lo mejor que puede su pequeño cuerpo, y su bañador roto ya está con el resto de mi ropa mojada.

Le extiendo mi camiseta; la mira, dándose cuenta de que no es ninguna de sus prendas de dormir, tuerce la boca, pero la toma de igual forma.

—Te daré un minuto. Dime cuándo estés lista para salir. —Con eso me doy media vuelta y salgo del baño otra vez.

Escucho ruidos de cajones y el agua correr mientras levanto las cobijas de mi cama. No sé exactamente qué estoy haciendo, pero al menos esta noche no dejaré que duerma en su habitación. No sin su silla para moverse. Yo seré su silla.

Y también quiero ser su todo. Una sonrisa se extiende por mis labios sin que pueda detenerla. Solo le pido fuerzas al cielo para poder alejarme de ella al final de los meses que nos restan juntos.

Dejo de escuchar ruido dentro del baño y entiendo que esa es mi señal. Toco la puerta .

—¿Estás lista?

—Sí —responde, y escucho la vergüenza que siente de tener que depender de alguien.

Entro y no sé cómo pudo ponerse tan hermosa en tan poco tiempo.

Mi camiseta le tapa casi todo el cuerpo, pero nunca la había visto más sexy.

Su rostro está iluminado de esa forma que tenía semanas atrás, su cabello está seco y anudado en un moño desordenado, y juro que esta imagen será la que recuerde de ella para el resto de mi vida.

Me acerco y tomo su mano para que rodee mi cuello.

Miro su anillo en su dedo anular y verlo me provoca algo que no sé describir.

Después de cómo me fui y después de cómo la he tratado…

no se lo ha quitado. Yo tampoco lo hice, y se da cuenta cuando mira mi mano.

Sus mejillas se sonrojan, pero será mejor que haga algo antes de que ambos nos dejemos llevar.

La levanto. Esta vez no es al estilo nupcial; hago que me rodee con sus piernas.

—Intenta sostenerte con tus piernas alrededor de mí —le pido. Ella asiente y lo hace; no tiene suficiente fuerza en sus piernas, pero siento cómo lo da todo de ella en ese movimiento y me siento malditamente orgulloso de que pueda hacerlo.

Camino sosteniéndola de la espalda baja y, cuando mira que no voy en camino a la puerta y que me paro en el borde de mi cama, me mira con la pregunta en sus ojos.

—Hasta que no recuperemos tu silla del fondo de la alberca y sepamos si volverá a funcionar, yo seré tu transporte. — Y todo lo que necesites , no lo digo—. Ya es muy tarde, Milene. Tenemos que dormir y nos espera una plática importante mañana.

Se queda callada, pensando en qué será eso que tengo que decirle. Todavía no creo que sea lo mejor que podamos hacer, pero dejaré que sea ella quien lo decida.

La bajo hasta que su espalda toca mi cama. Casi estoy cernido sobre ella y me doy cuenta de que será una noche muy difícil. La arropo y me doy la vuelta para tomar mi lugar del otro lado de la cama. Las luces ya están apagadas y solo se escuchan nuestras ligeras pero nerviosas respiraciones.

—Buenas noches, Milene.

—Descansa, Diego —susurra somnolienta.

Mierda, esa voz. No me resisto más; me doy la vuelta y la atraigo para que esté pegada a mi cuerpo. No se queja y pone sus manos en mi pecho desnudo.

Rodeo su nuca y la acerco tanto a mi cara que puedo respirar su aliento entrecortado. Levanto una de sus piernas para que rodee las mías; su cuerpo encaja como ningún otro con el mío. Y solo entonces, con ella en mis brazos, es como puedo tener una buena noche después de muchos días.