15 MILENE
—Volviste —mi voz sale más temblorosa de lo que puedo controlar y no es más que por verlo frente a mí como una aparición hermosa. Juro que luce mayor y solo fue una semana de no verlo. Su cabello está descuidado, al igual que su barba de más de tres días.
Muy tarde me doy cuenta de que no es precisamente lo que yo estoy pensando. Diego desvía su mirada de mi cuerpo y tensa su mandíbula. No quiere verme. Darme cuenta de eso me lleva a otro nivel de dolor. Yo no quería enamorarme de él. Yo no quería casarme con él. Ahora me ha arruinado para siempre.
Entonces cambio mi reacción:
—¿Qué haces aquí? —pregunto con una fuerza que no tengo.
—Vivo aquí. —Es su respuesta, la cual me hace bufar.
—No pareció que fuera así en la última semana. —Sé que suena mucho a un reclamo y sé que no tengo ningún derecho de hacerlo. Quisiera que mi boca conectara con la razón de vez en cuando.
—No sabía que debía darte explicaciones —truena con los puños apretados a sus costados—. Ahora dime, ¿qué es esa estupidez de que no has estado comiendo?
Me encojo de hombros y le doy la espalda.
—No te importa —digo y cerrando los ojos le doy la espalda de nuevo.
—Me importa —dice, y casi se me para el corazón. Es un idiota y está enamorado. Él no sabe que no es correspondido —. Todavía eres mi esposa, tenemos una imagen que mantener.
«Ahí está. ¿Eso es lo que querías escuchar para sacarlo de donde lo tienes aferrado?» , le pregunto a mi inútil corazón.
—Por supuesto —susurro con amargura—, ya suficiente vergüenza le causo, ¿verdad, Señor Romano ?
Mueve sus pies, pero no se me acerca.
—Deja de decir estupideces báñate. —Me ordena con fuerza—. Cuando salgas te estará esperando el almuerzo y más te vale que lo comas todo.
Sonrío sin gracia. Niego con la cabeza y, cuando siento que está a punto de salir de mi habitación, digo:
—Te tomarás en serio eso de hacer que valore mi libertad cuando por fin la tenga, ¿no?
No dice nada, pero sé que me ha escuchado cuando sale de mi habitación y avienta la puerta.
Mis piernas están sufriendo. No se han movido en tres días más que para ir al baño, lo cual cada vez se volvió más difícil; y ni hablar de haber vuelto a la piscina a ejercitar mis músculos.
Me paro de la cama, pero no puedo sostenerme en pie ni por un solo latido de mi corazón.
Y eso me duele mucho más de lo que creí.
Todo lo que he luchado en el último año se ha ido a la mierda.
Me arrastro como puedo y entro a la ducha.
Me quedo sentada debajo del agua hasta que se pone fría.
Cuando salgo, usando solo un camisón grande de seda azul, la comida está en mi mesa.
Me acerco y no voy a mentir diciendo que no tengo hambre; la tengo.
Y la tenía también los otros días, pero mi miseria mental no me dejó salir del hoyo negro donde estaba.
Ahora no es muy diferente, pero tampoco tengo ganas de retar al hombre que ya me odia y que jugará conmigo hasta el día en que me pueda ir.
Me como todo lo que hay en el plato y agradezco que Ana incluyera mis medicamentos para el dolor; un día más sin ellos y podría morir.
Cuando termino me siento mucho mejor, pero al mismo tiempo muy cansada. Ruedo hasta mi cama y me toma mucho de mi esfuerzo, pero logro subir y recostarme en ella. Cierro los ojos esperando que, cuando despierte, sea por fin el día en que pueda dejar todo atrás.
DIEGO
Maldita sea, ¿acaso quiere morir?
No creo que pueda olvidar lo frágil que estaba su cuerpo; y esos ojos cuando me miró por primera vez después de una semana... Pude haber caído de rodillas. Lo soporté. Me quedo con la oreja pegada a su puerta y me doy cuenta de cuánto le cuesta llegar al baño.
¿Qué mierdas está pasando con ella? ¿A dónde se fue toda su fuerza?
Me aseguré de que Ana pusiera sus medicamentos en la charola de comida.
Y cuando una hora después sigo pegado a su puerta, escuchando el sonido de los cubiertos, por fin puedo respirar con normalidad.
Estoy seguro de que después de comer subió a su cama; me contuve cuando la escuché sufrir para hacerlo y, cuando dejé de escuchar el más mínimo ruido, supe que se había dormido.
Ahora es mi turno de poner mis cosas en orden. Entro en mi habitación; está exactamente como la dejé el último día que dormí aquí. Los recuerdos de la última semana se amontonan en mi mente y nunca he tenido más ganas de golpear a alguien .
Entro a la ducha y me tomo mi tiempo. Me quito esta barba descuidada y permanezco debajo del chorro del agua por lo que parecen horas. Cuando salgo, aún falta tiempo para la cena, así que me cambio y superviso personalmente todas y cada una de las puertas y ventanas de la casa.
Al final termino en mi oficina con un vaso lleno del mejor whisky.
Reviso las cámaras de seguridad que abarcan desde cada centímetro del cerco de la propiedad hasta los jardines, la piscina y cada habitación dentro de la casa.
Con excepción de las recámaras. También añadí personal nuevo de mi entera confianza a la vigilancia: un chofer nuevo para Milene y guardias.
Esta mañana no tenía idea de lo que encontraría, pero sin duda no era que Milene se rindiera. Sus palabras de esa tarde, cuando dijo que no tenía idea de que Jorge no era quien decía ser y la parte de que fue la primera vez que la besó, siguen dándome vueltas en la cabeza.
Sé que es muy probable que haya dicho la verdad, pero eso no quita que fuera a encontrarse a solas con él. Con el pretexto que haya sido. Se puso en peligro y a la organización también; si se la hubiera llevado…
El vaso cruje debajo de mis dedos. Si la hubiera lastimado… Si la hubiera forzado… Ninguno de ellos hubiera quedado con vida, de eso estoy seguro. No iba a descansar hasta recuperarla y quemaría la ciudad hasta encontrarla; bajaría al infierno de ser necesario por ella.
El vaso se rompe en mis manos. Porque, maldita sea, aun después de todo, la quiero. Siento algo por mi esposa. Algo grande que se niega a desaparecer. Me limpio la mano con un pañuelo y tiro los restos de cristal a la basura. Echo mi cabeza hacia atrás en el respaldo de la silla y cierro los ojos.
Una llamada me despierta y la tomo sin revisar de quién es.
—¿Diga ?
—Te necesito en la reunión de esta noche. — Mierda , es Vito. Reviso mi celular para confirmar y sí, es él.
—Ahí estaré. —No espero a que diga nada más. Él termina la llamada.
Me levanto de la silla y, sabiendo que me voy a perder la hora de la cena, hago una parada antes de salir. No hago ruido cuando empujo su puerta. Lo único que se escucha es mi corazón cuando la miro en posición fetal, aferrándose a sus piernas.
Trago el nudo que tengo en la garganta antes de acercarme y quitar de su cara los mechones rebeldes. Suspira dentro del sueño. Es tan hermosa incluso así. Lo más hermoso que mis ojos han visto.
Nunca creí en el amor, pero lo que siento por ella se acerca mucho. ¿Cómo voy a hacer para dejarla ir al final del plazo? No es realmente mía para reclamarla, y nunca la retendría en contra de su voluntad.
Empiezo a susurrar, acariciando su hermoso rostro:
—No empezamos de la mejor manera, Milene, y no estoy seguro de que yo sea lo que tú necesitas.
Tú quieres una libertad que, si bien te mereces, yo no puedo darte.
Tal vez en otra vida sea yo el que pueda darte lo que necesites, cada cosa que desees y sueñes, incluso amarte más allá de mis propias fuerzas.
Formar una familia y gobernar el mundo tomándote de la mano.
Tal vez en otra vida. En esta vida, no.
[***]
Desde ese acuerdo con Enzo, he estado dentro de muchas de las reuniones privadas del jefe. Una parte de mí se siente orgullosa de que esté logrando levantar el apellido de mi familia; nunca debió caer en primer lugar. Pero hay algo que no me deja disfrutar de este logro como quisiera.
—Hace una semana que Hugo está más callado de lo normal. Todos sabemos que cuando los moteros se callan es porque están planeando algo grande. —El segundo del jefe nos informa a un grupo selecto—. Quiero saber qué es eso que está tramando —pide.
Volteo a ver a Santino, ya que él también pertenece a este círculo desde que su papá le cedió las riendas. Él me mira con los ojos entrecerrados y niego con la cabeza.
—Diego y yo nos encargaremos —dice, y casi maldigo.
No es un secreto para el jefe que el hijo del líder de los moteros se acercó a mi esposa; él fue el que lo descubrió primero.
Pero confió en la palabra de Santino cuando respondió por su hermana la semana pasada diciendo que ella no nos puso en riesgo y que el hombre no obtuvo nada de lo que buscaba.
Me quedo callado porque sí que obtuvo algo.
Probó sus suaves labios, conoció el sabor que tiene su boca y nunca lo perdonaré por eso.
El jefe me pregunta con la mirada si estoy dentro y le digo que sí con un asentimiento de cabeza.
Nos despide y espero hasta estar fuera por completo para encarar a Santino.
—¿Qué fue eso? —le pregunto—. ¿En qué momento te di el poder de responder por mí? —Mi voz es ronca y cruda, expresa exactamente cómo me siento y cómo tengo ganas de golpear a alguien hasta que deje de respirar.
—Creí que querías llegar al fondo de esto —me dice tan despreocupado y sin ocultar la sonrisa burlona en el rostro. El muy idiota. Ya sé lo que está haciendo.
—Lo hago solo por la organización —respondo cruzándome de brazos—. A todo esto, ¿cómo piensas que lo haremos?
Su rostro cambia a uno completamente serio. Mira en todas las direcciones cuando se lleva los puños a la altura de la cinturilla de su pantalón.
—No podemos entrar a su club sin una buena razón —declara lo obvio .
—Dime algo que no sepa, pedazo de idiota. —Me llevo las manos a la cara—. Podemos infiltrar a uno de los nuestros —propongo.
—También lo pensé —murmura con los dientes apretados—. Pero siendo un hombre nos tomaría meses que se gane la confianza de alguno de ellos. Ya sabes cómo es esto.
—Qué es lo que no me estás diciendo, Santino —le exijo.
No me lo dice con su boca, pero cuando me mira a los ojos veo ahí la respuesta. La estúpida, muy estúpida respuesta.
—NO —grito, tomando el cuello de su camisa—. Ella no .
—Solo piénsalo, hombre. —Me pide cuando se suelta de mi mortal agarre—.
La tendremos vigilada. Tú mismo dijiste que él no volvió a intentar contactarla después de que lo dejó en esa cafetería.
—Lo miro como si de repente le hubieran crecido dos cabezas—.
No soy idiota, es mi hermana de quien hablamos. Claro que la quiero cuidar, pero…
—Pero nada —lo interrumpo—. No vamos a meter a Milene en esto.
—¿Crees que quiero ponerla en más peligro del que ya estuvo?
Claro que no. Por eso es mejor que seamos nosotros los que nos encarguemos de hacerles pensar lo que nosotros queremos que piensen.
Necesitamos una entrada y mi hermana ya estuvo conviviendo con uno de ellos por sabe cuántos meses. Le creerán.
Maldita sea. Maldita, puta mierda.
Por más que pienso en una razón, además de que no la quiero volver a ver cerca de ese idiota, no encuentro una sola para decir que no es una buena idea.
Nadie la va a cuidar mejor que yo y me encargaré de que todo sea bajo mis términos y con mi vigilancia; sería la excusa perfecta para hacer que use un rastreador.
Por otro lado, si ese idiota de Jorge no le hizo nada en todo este maldito tiempo, cabe la posibilidad de que de verdad esté interesado en ella.
La sola idea de que eso sea verdad me quema por dentro.
Cuando todo esto acabe, juro que va a rogar por una muerte que solo le voy a dar cuando me canse de jugar con él.
—Voy a hablar con ella. Solo se hará si ella está de acuerdo —gruño sin separar los dientes.
—Por supuesto.
Con eso, me monto en mi deportivo y manejo hasta que me canso.
Es casi medianoche cuando entro en la habitación de mi esposa y me siento en la oscuridad para escuchar su respiración.
No es hasta que su respiración se vuelve irregular y empieza a moverse cuando me acerco, hasta que mis manos recorren sus brazos, hombros y cuello.
Rodeo el cabello de su nuca con mi puño y pego mi frente a la suya.
Respira, mi amor. Estoy aquí. Yo te cuido.