En Esta Vida No 14 DIEGO
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14 DIEGO

Hay muchas emociones en el rostro de mi esposa infiel. Van desde la ira y la desconfianza hasta la vergüenza y el miedo, pero nada se comparará con todo lo que yo he sentido desde que miré esa foto.

Hice lo único que podía hacer para no matarla con mis propias manos. Santino llegó en cuestión de minutos; decir que estaba sorprendido se queda corto, pero sé que me dejará encargarme a mí de su hermana. Me lo debe.

—¿Desde cuándo? —pregunto con una voz que ni siquiera yo reconozco.

Milene deja de mirar la foto y levanta la vista hasta encontrarse con mis ojos. Son tan hermosos y tan mentirosos.

Los odio.

—¿Desde cuándo qué? —responde lo mejor que puede y solo me hace enojar más. Cierro los puños para canalizar toda mi fuerza ahí.

—¿Desde cuándo eres la amante de tu terapeuta? ¿Fue antes o después de casarte conmigo? —Abre la boca negando con la cabeza, pero no la dejo hablar; continúo—: ¿Desde cuándo le das información de la organización a ese hijo de puta?

Cierra la boca confundida, como si no supiera de lo que hablo, pero sé que está mintiendo como lo ha hecho todo este tiempo .

—Deja de fingir, Milene. Ya sabemos que tu Jorge es el hijo de uno de nuestros enemigos. No puedes defender lo indefendible.

—Espera, ¿qué? —pregunta, y sus ojos van hacia su hermano, quien apoya los codos en las piernas y agacha la mirada. Santino entrelaza sus brazos y suelta un gran suspiro.

—¿Qué información le diste a ese hombre, Milene? —Santino no puede gritarle a su hermana, pero es obvio que se está conteniendo de algo peor.

—Santino, te juro que no sé de lo que estás hablando. Yo… yo no tenía idea —dice, queriendo avanzar, pero la mirada desaprobadora de Santino la hace detenerse.

—¿También vas a negar lo que pasa en esa foto? —pregunto. Milene regresa su mirada a la imagen y el coraje que hay dentro de ella también regresa.

—¿Cómo me encontraron? —pregunta, viéndome a mí.

Me río sin un solo gramo de gracia.

—¿De verdad eso es lo que te importa? ¿De todo lo que hiciste, te importa cómo putas te encontré?

Parece que por fin lo entiende porque agacha la mirada.

—No le dije nada. Nunca lo haría; hasta este momento no tenía idea de que perteneciera a un bando enemigo.

—Santino y yo nos quedamos callados esperando que continúe.

Da un largo suspiro, pero lo hace—: Hoy fue la primera vez que intentó algo conmigo.

Me citó para hablar de mis avances en la terapia y resultó que, en realidad, quería otra cosa.

—Sé que hay algo más que no está diciendo, y tampoco digo que le crea, pero sé que hay más.

—¿Por qué no me dijiste que estabas en terapia para volver a caminar? —Interviene Santino—. Ese hombre pudo hacerte daño, Milene. ¡Maldita sea! —Mi mejor amigo se levanta y se lleva las manos a la cabeza.

—No te lo dije porque… porque ninguno de nuestros padres ni tú creyeron que podría recuperarme. —La respiración de Milene se agita y me maldigo internamente porque, maldita sea, quiero ir y rodearla con mis brazos.

Santino rodea la mesa y se arrodilla frente a ella. La toma de la nuca y pega su frente con la de ella.

—Sabes todo lo que hice para conseguir tu libertad después de este matrimonio. ¿Cómo puedes decir que no te creería? Que tú estés bien es todo lo que me importa.

—Lo siento —solloza mi esposa antes de abrazar a su hermano. Me levanto y me acerco a la puerta, incapaz de seguir en la misma habitación que ella. Santino es su hermano y siempre estará de su lado; el que está trabajando solo soy yo.

—Me prometieron seis meses para levantar mi apellido en la organización, así que aún son seis meses los que quiero. —Siento las miradas de ambos en mi espalda—. No volverás a ver a ese imbécil y no volverás a salir de esta casa sin que yo lo autorice y supervise.

—Hermano. —Es Santino quien me llama así. Eligió un bando.

—¿Quieres tanto esa libertad?… Haré que la disfrutes con ganas cuando llegue ese día. Haré que valga toda la pena cuando por fin seas libre de mí, Milene.

Con esas palabras salgo de la oficina y de la casa.

No puedo estar un minuto más cerca de ella.

Doy instrucciones para que nadie la deje salir, amenazando de muerte a cualquiera que se atreva a desobedecerme.

Santino también tendrá que obedecer. Milene es mi esposa y de mí depende que ella sea libre al final del plazo.

Conduzco sin sentido por toda la ciudad hasta que se mete el sol y me inunda la noche. Nada me calma y tomo la decisión en el último momento. Entro en el primer club de sexo que encuentro y tomo hasta que ya no puedo más.

—Maldita, Milene. Me hiciste quererte y lo arruinaste —es lo último que digo antes de quedar inconsciente .

MILENE

No salgo de mi cama en toda la tarde; soy la mayor de las idiotas. No me alcanza el razonamiento para entender en todo lo que me equivoqué. Confié en Jorge y solo me estaba usando para conseguir información de la organización.

¿Cómo pude ser tan estúpida? Pensar en su cara de esta mañana me da miedo. Pude no salir viva de ahí, pude haber perdido todo por lo que había luchado. Algo en mi interior me dice que perdí más que eso.

Me quedo dormida con la cara surcada por lágrimas. No me despierto hasta que, al día siguiente, Ana entra con mi desayuno.

—Señora, tiene que comer algo. No le hace bien a su salud que se malpase.

Me incorporo lo mejor que puedo; aún estoy usando la ropa de ayer y me duele todo el cuerpo.

—¿Dónde está mi marido? —Ana pone la charola en la mesa cerca del piano.

—No lo sé, señora, no regresó a dormir.

Algo amargo y doloroso se instala en mi garganta.

Por supuesto que no lo hizo.

—Ya puedes irte —digo y dejo caer mi cuerpo en la cama. Quiero cerrar los ojos y no volver a abrirlos jamás.

Sus palabras me van a perseguir mientras viva:

«Haré que valga la pena cuando por fin seas libre de mí» .

Estoy a punto de conocer el peor lado del hombre del que me enamoré. Y la única culpable soy yo. Lloro imaginando dónde pasó la noche Diego. Imágenes de él rodeado de mujeres, sintiendo la fuerza de sus abrazos, lo delicioso de su aroma y lo cálido de su cuerpo son mi muerte.

Me levanto porque no me queda de otra y me alimento con un desayuno frío. Después entro a mi cuarto de baño y me tomo mi tiempo en la ducha. El cuerpo me pesa demasiado, mis movimientos son lentos y torpes.

Me las arreglo para lavar mi cabello y hacer que el agua se lleve todo lo que viví en las últimas veinticuatro horas. Cuando salgo me siento un poco mejor, pero no es suficiente, y no sé si alguna vez pueda serlo. Necesito salir, necesito pensar.

Salgo de mi habitación y lo primero que miro es la puerta de su habitación; nunca entendí por qué eligió la que está frente a la mía, pero ahora sé que me dolerá cada vez que la vea.

Hago rodar mi silla hasta salir del pasillo; hay mucho silencio, no se compara con el ruido que hay dentro de mi cabeza.

Paso por la biblioteca y la encuentro limpia y acomodada, no hay rastro del desastre que pasó ayer.

Lo último que recuerdo es cómo mi hermano me abrazó y me dijo que todo estaría bien. Sus palabras no me tranquilizaron.

Salgo de la biblioteca y ruedo hasta la piscina cerrada. Me detengo a repasar las últimas semanas y me doy cuenta de que Diego siempre se esforzó por estar aquí. Por ayudarme y cuidarme. Nunca confió en Jorge y ahora entiendo el porqué.

Que yo aceptara reunirme con él a solas fue lo peor que pude haber hecho. Ahora él sabe cómo entrar a mi casa. Me puse en peligro y a la organización también. Puse en peligro a mi esposo. De todo, eso último pega de una manera diferente.

Uso la puerta para salir al jardín trasero; hace mucho que no lo visito. Hoy necesito un poco de la energía que solo el sol puede darme. Me quedo quieta en medio de la nada, rodeada por flores bien cuidadas.

En realidad, es una vista hermosa, pero no hay azul.

No ese azul que amo. De nuevo pierdo la noción del tiempo hasta que una mano pesada se posa en mi hombro.

Por un momento pienso que es él. Diego. Me doy la vuelta solo para ver que no es mi marido; es mi hermano.

Esa pequeña pizca de ilusión de poder ver a Diego, de que logre escucharme, muere en el suspiro pesado que sale de mis labios.

—¿Estás bien? —me pregunta, y asiento con la cabeza.

—Lo mejor que puedo estar.

—He venido a cambiar el sistema de seguridad. Instalaremos cámaras y nuevas cerraduras en todas las puertas y ventanas. Si ese hombre intenta acercarse a menos de cien metros a la redonda, será ejecutado.

No creo que Jorge sea tan tonto para volver. No lo digo en voz alta. En cambio, no puedo controlar mi lengua antes de hacer la pregunta:

—¿Diego ha regresado a casa?

Santino debe ver el arrepentimiento en mi cara por haber preguntado eso. Me da una sonrisa de lado y acaricia mi cabello.

—Lo siento mucho, Milene. Si hubiera puesto un poco más de atención en ti… —Niega con la cabeza.

—No es tu culpa. Es mía, por creer que podría lograrlo.

—Oye, oye. —Se acuclilla delante de mí—.

No te castigues. Eres humana y ese idiota supo cómo acercarse.

Ahora deja que nosotros nos encarguemos de él, enfócate en ti misma.

En tu recuperación, en tu terapia, en volver a caminar.

En unos meses todo esto pasará y podrás ir a donde quieras, serás libre.

No lo digo, pero esa palabra ya no me provoca nada. Sé que tiene razón y debería hacerle caso, pero en este momento no puedo .

DIEGO

Hace una semana que no piso esta casa. Sé que todo está como yo lo pedí por las nuevas cámaras de seguridad que están conectadas a mi celular. También intervine el celular de Milene y, gracias a Óscar, puedo ver si ese idiota de Jorge la vuelve a buscar. No lo ha hecho.

Entro poniendo el nuevo código y me encuentro con todo en silencio. Todo está reluciente, como si nadie viviera aquí.

—Bienvenido, señor. —Ana me saluda con una sonrisa tensa.

Bien. Así es como quiero que sean las cosas. Si me tienen miedo, harán su trabajo con más eficiencia.

—¿La señora? —Me dije a mí mismo que no iba a preguntar por ella. Y aquí estoy, queriendo saber de ella; es lo primero que sale de mi boca.

La postura de Ana cambia, sus hombros se encorvan y empieza a jugar con sus manos nerviosas.

—Está en su habitación, señor. Tiene tres días que no sale y apenas prueba bocado. —Su mirada está en el suelo, pero sus palabras son las que traspasan el muro que sólidamente había construido.

—¿Está enferma? ¿Han llamado al doctor? —pregunto, fingiendo una paciencia que no tengo y desabrochando el puño de mi camisa. Ana niega con la cabeza.

—Dice que no está enferma y no dejó que llamáramos al médico.

—¿Y por qué no me llamaste a mí? —Ya no mantengo la calma. Ana da un salto hacia atrás por el volumen de mi voz.

—Lo… siento, señor. No sabíamos si debíamos molestarlo —chilla y camina hacia atrás con miedo .

—¡Maldita sea! —gruño y empiezo a caminar al pasillo que da a nuestras habitaciones.

Por el rabillo del ojo miro cómo Ana sale corriendo a la cocina.

Llego a la puerta y me detengo con la mano arriba, a punto de tocar.

Me digo a mí mismo que no voy a caer y que solo voy a asegurarme de que no esté enferma.

Bajo la mano y tomo el picaporte. La puerta se abre sin hacer ruido, pero sé que Milene sabe que alguien entró en su habitación.

¡Dios mío! Está hecha un hueso. Tiene la piel pálida y puedo ver cada uno de los huesos de su columna. Está en posición fetal, dándome la espalda, y me afecta más de lo que creí. Algo se retuerce en mi interior y me digo que esto es mi culpa. Pero bien puede ser cualquier otra cosa.

Levanta un poco la cabeza sin mirar hacia donde estoy parado.

—No necesito nada, por favor déjame sola.

Su voz también es diferente; está cansada y ronca. Seca. Se ha dejado caer.

—Ana me dijo que no estás comiendo. —Mi voz no es amable, y no podría serlo, aunque lo intentara.

En el momento en que se da cuenta de que soy yo, un escalofrío recorre su cuerpo y gira por completo para encontrarse conmigo. Dios, su cara está peor de lo que creí. Sin color, con manchas debajo de los ojos y sin el brillo que siempre tenía en esos ojos color fuego.

Sus siguientes palabras me podrían haber hecho caer de rodillas. La necesidad con la que habla me rompe el poco corazón que me queda. Jadea audiblemente y siento que me roba todo el oxígeno. Entonces lo dice:

—Volviste.

Mierda.