En Esta Vida No 13 DIEGO
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13 DIEGO

Algo está mal; lo supe desde que abrí los ojos.

Algo en el aire se siente diferente, pesado.

La noche anterior terminó de la mejor manera posible considerando la inoportuna visita de Santino.

Su recordatorio de que mi matrimonio con su hermana es temporal hizo algo en mi pecho que me costó mucho ignorar.

Pero lo escondí en un rincón de mi mente porque no soy capaz de afrontar eso en este momento; aún es pronto para asegurar que siquiera estaremos en este mundo cuando llegue el final de este plazo.

Me despierto sintiendo algo en el pecho. Un presentimiento. Un sentido de alerta, y algo me dice que tiene que ver con Milene. Me levanto y tomo una ducha corta, me visto con el primer pantalón y camisa que encuentro y salgo de mi habitación con el cabello húmedo y apenas peinado.

La puerta frente a mí está cerrada; como un completo tonto pego mi oído, pero no escucho nada del otro lado. Me aventuro a tocar tres veces, y otras tres cuando no obtengo respuesta. Pego la frente en la madera y me digo que soy un paranoico. No puede pasarle nada a Milene estando en casa.

Salgo del pasillo, atravieso la sala de estar y llego a la cocina de un momento a otro. Las mujeres están trabajando, pero hay demasiado silencio. Me aclaro la garganta y todas dejan de hacer lo que estaban haciendo para mirarme.

—Buenos días a todas. ¿La señora ya se despertó? —pregunto, intentando parecer casual y despreocupado.

—Buen día, señor —me responde Ana—. Sí, la señora ya se ha despertado.

—¿Y bien? ¿Dónde está? —pregunto cuando parece que no quiere darme más información sobre el paradero de mi mujer.

Las mujeres se miran entre sí y me dan ganas de gruñir.

—La señora Milene salió muy temprano. Dijo que desayunaría fuera. —Ahora es Luisa la que responde.

—¿Quién la llevó? —Saco mi celular para buscar el número del chofer, cuando un cuchicheo entre ellas me hace detenerme. No sería tan estúpida como para irse sola, ¿verdad?—. Díganlo de una buena vez —les exijo.

—La señora tomó un taxi. No dejó dicho a dónde iba ni cómo la podríamos encontrar —suelta Ana.

Maldita sea, un puto taxi.

Mi teléfono cruje en mis manos antes de que lo suelte. ¿Cómo es posible que Milene saliera de casa sin avisarle a nadie y cómo putas se fue sin un chofer? ¿Es que no está pensando? O es que… no, ella no sería capaz de traicionarme.

No es ese tipo de mujer, estoy seguro; tanto que podría meter las manos al fuego por ella. Me doy cuenta a tiempo de lo estúpido que suena eso; no metería las manos al fuego ni por mí mismo. Algo me está haciendo estar con esta mujer y no sé si seré capaz de ir en contra de eso.

Me doy la vuelta y me olvido de pedir algo para desayunar.

Me encierro en la biblioteca y hago la llamada que creí nunca necesitaría después de esa única vez, cuando mi hermana escapó con el maldito enemigo y nos dijo adiós para siempre.

Recordarlo todavía duele… porque precisamente fue eso lo que puso a mi familia en el lío en el que estamos.

Amor mis…

—Óscar, necesito que localices a mi mujer. Salió de casa esta mañana sola, en un puto taxi. —Escucho el ruido de un teclado del otro lado de la línea—. Revisa las cámaras de toda la ciudad si quieres, pero localízala .

—Deme unos minutos, jefe. —No espero a que diga más, termino la llamada y me guardo el teléfono en el bolsillo de la camisa.

Camino hasta el minibar que está dentro de mi oficina y me desayuno un trago doble de whisky. Me quema la garganta y me logra distraer un poco de esta inquietud que siento en el pecho. Inquietud por mi esposa.

Maldita sea, Milene, ¿qué me hiciste?

Logro concentrarme en el papeleo que envié a nuestro Don con el trato que conseguí entre Enzo Bianchi y nosotros. Tenía razón el muy cabrón, me hizo quedar bien con el jefe y ya deposita un poco más de confianza en mí.

Me distrae un mensaje en mi celular y dejo todo lo que estoy haciendo para abrirlo. Agradezco estar sentado porque esperaba todo menos esto. Le tomó un poco más de los minutos que dijo, pero sabía que Óscar no me fallaría.

Lo que miro frente a mí es lo que se siente como una verdadera traición. Incluso mayor a la de mi hermana.

Milene está sentada en una mesa al aire libre en una cafetería muy conocida de la ciudad.

Está muy atenta a la persona que tiene sentada enfrente, quien es nada más y nada menos que el idiota de su terapeuta, el hijo del jefe de los moteros y el espía que está tratando de entrar en nuestras filas.

El idiota que buscó a la persona equivocada para que traicionara a los suyos.

Es así, ¿verdad? Milene no nos traicionaría.

La única verdad en este momento es que Milene está con él. Y por la forma en que salió de casa esta mañana… está claro que esperaba que nadie, incluido yo, se enterara de su paradero.

—¿Qué es lo que escondes, Milene? ¿Acaso cometí un error al creer que podía confiar en ti?

La segunda foto me llega un segundo después y es la que me hace bajar al infierno y regresar para querer llevarme al mundo entero conmigo. Jorge está besando los labios de mi esposa.

Jodidamente lo único que necesitaba para saber la verdad de quién es la mujer con la que me casé y por la que estoy perdiendo más que la cabeza.

MILENE

—¿Estás segura de que no tendrás problemas por estar aquí conmigo? —La voz de Jorge es más dulce y melodiosa de lo que suele ser cuando habla conmigo.

—No te preocupes, no soy una prisionera —lo digo en broma porque, hasta cierto punto, sí que lo soy; no de mi casa o de mi esposo, pero sí de la organización.

Hacemos nuestro pedido y, como Jorge no parece querer abordar el tema principal de esta reunión, lo hago yo.

—Anoche en tu mensaje me dijiste que querías hablar de mis avances. ¿Crees que los estoy teniendo? —pregunto, llevándome un delicioso café descafeinado con mucha crema a la boca.

—Oh, sin duda que sí, bonita. —Jorge estira su mano y toma la mía; acaricia mi dorso por un buen tiempo antes de continuar—. Has tenido avances significativos y me has sorprendido en el mejor sentido de la palabra.

Sé que tiene razón. Incluso yo me sorprendo cuando cada día me sostengo de pie por un latido más que el día anterior. He dejado esos momentos solo para mí, pero no falta mucho para que pueda empezar a dar un paso seguido de otro, y es ahí cuando sorprenderé al mundo.

—La verdad es que hay otro motivo por el que te cité hoy aquí. —Las palabras inseguras me hacen volver a poner mi atención en él .

—¿Qué es lo que pasa, Jorge? —pregunto con el ceño fruncido—. ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?

—Algo así, bonita. Estoy sufriendo cada vez que te miro con él —suelta de repente. Su agarre en mi mano se intensifica; abro la boca, pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta—. Ese hombre no te merece.

—Perdóname, Jorge, pero te aseguro que no estoy entendiendo lo que estás tratando de decir. —Intento soltarme de su agarre, pero no me deja.

—¿Qué es lo que no entiendes? Me muero cada vez que tu esposo está en medio de nosotros. Como si fuera un buen hombre y considerado, como si te amara, cuando tú y yo sabemos que eres solo un trato comercial para él.

Ya no hay inseguridad en sus palabras; ahora hay puro rencor y hostilidad. Y me duele mucho la manera en la que dice la verdad. Pero él no tiene por qué saberlo, ni mucho menos tratar de intervenir.

—Jorge, Diego es mi marido. Podremos estar bajo un contrato matrimonial, pero eso no lo hace menos real, creí que lo entendías —digo con voz suave, a pesar de que es el segundo recordatorio que me dan de que mi matrimonio no es real en menos de doce horas.

A Jorge nunca lo había visto comportarse de esa manera y, si soy honesta, me está asustando. Ahora me molesta no haber salido en un carro de casa esta mañana.

—Claro que lo entiendo, pero… pero creí que al menos tendría una oportunidad contigo —gruñe con el rostro transformado en algo lleno de angustia.

Me tranquilizo eligiendo pensar que no sería capaz de hacer algo para lo que yo no dé mi consentimiento; siempre ha sido así con él. Sin embargo, me doy cuenta de que en realidad no conozco nada de este hombre, y fui yo quien lo metió a lo más privado de mi vida y de mi hogar .

—Nosotros somos amigos, Jorge. ¿Verdad? Yo nunca hice nada para que tú lo vieras de otra manera. —Intento soltarme de su agarre sin que parezca que me siento amenazada.

No me responde y su agarre en mi mano empieza a cortar mi circulación. Él niega con la cabeza y yo empiezo a hiperventilar.

Maldita sea, juro que, si salgo de esta, no volveré a salir sin chofer de casa.

—No lo entiendo, Milene.

—Jorge, suelta mi mano, por favor.

Abre los ojos y mira la manera en la que me está lastimando; rápido suelta su agarre. Respiro aliviada y agradecida de que estemos en un lugar público.

—Jorge, lo siento si hice algo que se pudiera malinterpretar, pero estamos a tiempo de poner distancia en nuestra relación.

—No. Eso no. —Se levanta de su silla y rodea la mesa; se acuclilla frente a mí. No dejo que mire mi miedo.

—Pero… —digo, sin embargo, las palabras quedan en el aire cuando sus labios chocan con los míos.

Mierda.

Sus labios se aprietan sobre mi boca, presiona su lengua entre mis labios para que le dé acceso, pero eso es algo que nunca haré. Si en algún momento del último año consideré a Jorge un buen partido, ahora me doy cuenta de que no se compara, y nunca se comparará, a mi marido.

Nunca podría corresponderle porque mi cuerpo, mi alma y mi corazón solo reaccionan a Diego. Y peor aún, creo que ya no hay vuelta atrás en esto.

Me he enamorado de mi esposo.

[*** ]

Agradezco infinitamente la distracción que provoqué cuando derramé el café sobre la mesa. Cuando la camarera llegó, le pedí que me ayudara a pedir un taxi; podría hacerlo yo misma, pero necesitaba testigos y alejarme de ese lugar y de Jorge, de inmediato.

Jorge se disculpó muchas veces e hice todo lo que pude para hacerle entender que eso no se podía repetir.

Ya tendría tiempo para cancelar o pedir un reemplazo para continuar con mis ejercicios, pero de algo estaba segura: no podría seguir viendo a Jorge.

No solo por cuidar de su propia vida, sino por cuidarme a mí misma.

De camino a casa tengo suficiente tiempo para pensar en los últimos meses con Diego. Ya me cansé de contenerme. De contener mi corazón cuando es obvio que ya está metido hasta el fondo. Esta noche le pediré que se quede en mi cama y hablaré de lo que siento por él.

Ha demostrado ser cuidadoso y se preocupa genuinamente por mí. Una vez me dijo que nuestro matrimonio era real, así durara un mes, un año, o toda la vida, y esa idea de toda la vida empieza a emocionarme.

Me bajo con una sonrisa en el rostro después de la mala mañana que viví; tanto que no me doy cuenta de que el carro de mi hermano está estacionado cuando llego a casa. Entro y la cara de Ana es la que me saluda.

—Señora, el señor y su hermano la esperan en la sala privada de la biblioteca —me susurra con sudor en su frente.

—¿Todo está bien? ¿Ha pasado algo? —pregunto.

Ana se encoge de hombros.

—Será mejor que no los haga esperar. Nunca había visto esa cara en el señor.

Algo se atora en mi garganta por la idea de que Diego esté molesto conmigo. Sí, hoy salí sin guardias —casi todo el tiempo lo hago—, pero claro, sé cómo suelen ser de aprensivos los hombres de este mundo con respecto a la seguridad .

—Bueno, gracias —digo y hago avanzar la silla por la sala hasta llegar a la biblioteca. No toco la puerta; la empujo, y cuando entro miro uno de los libreros volcados con libros rotos por todas partes.

—¿Qué pasó aquí? —pregunto, y entonces me encuentro con su mirada. Oscura y penetrante. Ya no hay rastro de esos pozos azules que tanto me gustan; ahora solo hay rocas oscuras y opacas.

—¿Santino? —Hago otro intento con mi hermano, pero obtengo el mismo silencio—. ¿Qué está pasando? —Ruedo mi silla hasta quedar frente a ellos.

Ahora también noto la botella de licor casi vacía en la mano de mi esposo. Su mandíbula está tensa; mira en mi dirección, pero no me está viendo realmente. Su mirada me traspasa y me siento confundida y aterrada en partes iguales.

—Milene —suelta mi hermano y hace una seña para que me ponga cómoda en el sillón frente a ellos.

Decido no bajar de mi silla, pero me pongo frente a la mesa de centro. Santino suspira y mira a mi esposo como pidiendo una disculpa. Ya no soporto la espera, así que abro la boca, pero Diego me sorprende mirándome a los ojos con tanto dolor que me hace enmudecer.

Arroja algo a la mesa frente a mí y, cuando bajo la mirada, mi corazón se detiene. Soy yo. Una foto mía de hace unas horas, y estoy siendo besada por mi terapeuta.

Oh, maldita mierda.