12 DIEGO
Tres meses de matrimonio pasan en un borrón, y nuestra rutina en la casa se ha convertido en eso: una maldita rutina, y lo odio.
Días enteros encerrado en mi oficina llenando papeles, enviando correos, haciendo llamadas; pequeñas escapadas a tomar un trago con los chicos, asegurándome cada vez de que nunca más fuera en un club de sexo.
Todavía no se los he perdonado… Gracias a su bromita me costó no solo los golpes en la cara cortesía de mi mejor amigo y sus amenazas, sino ver el dolor por primera vez en los ojos de mi esposa. Algún día se los cobraré.
La venganza es un plato que se sirve frío.
Los únicos momentos de plena felicidad son cuando, sin que yo pida nada, Milene deja la puerta abierta de su habitación antes de ponerse a tocar su piano usando únicamente una bata transparente de seda para dormir.
Entendí la señal en eso y entré cada noche, la senté en mis piernas, enterré mi cara en su cuello y la abracé durante lo que parecieron horas, hasta que sus dedos se deslizaron tocando la última nota y me hizo regresar de ese viaje al que solo ella me puede llevar.
Dejó de despedirme cada vez que terminaba con eso, pero yo entendí cuáles son sus intenciones y también sé cuáles son las mías, así que dejé de intentar entrar en su cama cada vez que la depositaba en ella .
Besé su frente cada vez, tardando un segundo más en llenarme de su aroma, le di las buenas noches y regresé a mi habitación, donde pasé las noches más tranquilas, serenas y perfectas de toda mi vida.
Otra cosa eran sus días de terapia muscular.
Estuve en la mayoría de ellas ayudándola, sosteniéndola, tratando de entender por qué ese idiota no hace más por ella; me cansé de esperar a que se delatara solo, así que ahora estoy siguiéndolo después de aprender su rutina a través de una investigación no oficial.
El muy bastardo es un completo fraude. Tiene de fisioterapeuta lo que yo tengo de… cantante. Cuando lo miré en esa foto hace más de dos meses pensé muchas cosas, pero no creí que lo que más me pegara fuera saber que no está ayudando a Milene en lo absoluto.
¿La razón?
La voy a averiguar muy pronto.
¿El motivo por el cual se acercó al que cree es el eslabón más débil de nuestra organización?
Eso se lo haré pagar después de averiguarlo.
El problema al que me enfrento ahora mismo es que no puedo entrar a ese lugar sin una buena razón.
El club de moteros es una completa plaga y no es cualquier cosa; los tenemos controlados, pero pertenecen a un lado de la ciudad al que no hay que llegar sin invitación.
Y su estúpido líder… más le vale a ese imbécil darme lo que quiero.
Camino a la entrada del sucio bar y el calvo panzón de la puerta se me para enfrente con los brazos cruzados a la altura del pecho. Todavía le saco unos buenos centímetros, pero esa actitud lo hace ver más grande que yo.
—¿Qué hace un trajeado de este lado de la ciudad? —me pregunta mientras me recorre con una mirada retadora.
Mierda, un pequeño detalle que olvidé antes de salir de casa. Ignoro su comentario y me enderezo a toda mi altura .
—Quiero ver a tu líder —suelto lo más casual que puedo.
—No es fecha de pago, niño de papi. ¿Quién te dijo que puedes venir y exigir ver al jefe nada más porque sí?
Este idiota hace muy bien su papel de cara de mierda. Si no fuera porque de verdad necesito saber quién es ese imbécil…
—Tengo un negocio para él, y no querrás que se pierda la oportunidad de escucharlo, ¿o sí? —Su mirada y su mandíbula apretada me dicen que di en el blanco.
Hugo nunca rechaza una oportunidad de conseguir algo, por más mínimo que sea. ¿Cómo lo sé? Es mi trabajo saber que todas estas ratas son así.
Sonrío con suficiencia delante de él, cuando algo dentro de mí me hace cambiar de opinión.
—Tal vez no sea necesario molestar a tu jefe —digo desabrochando el puño de mi camisa como una distracción—. Tal vez no sea tan importante y tú puedas darme lo que necesito a cambio de unos cuantos billetes.
El cuerpo del grandote se tensa, pero no me engaña; miro ese destello de brillo en sus ojos. Saco un fajo de billetes del bolsillo del pantalón. Sus ojos se desvían al bulto; casi empieza a babear por uno de estos.
—La verdad es que estoy buscando a un tipo que se llama Jorge. Olvidé su apellido, pero es como de este vuelo. —Señalo con mi mano, la que tiene todos los billetes—. Cabello un poco largo y castaño, ojos claros, cara de niño bueno… Y me pareció verlo entrar hace un rato.
No lo piensa mucho. Me levanta una ceja.
—¿Jorge? ¿El hijo del jefe?
¿Hijo de Hugo? Mierda. Esto es peor de lo que creí.
—Ahhh, no, creo que me equivoqué, no se llama Jorge. —Cambio la jugada para no delatarme .
Escucho a un grupo de nuevos idiotas llegar al lugar, así que aprovecho para regresar por donde vine.
—¿Sabes qué? Ni siquiera debería estar aquí. Gracias por tu servicio, amigo. —Arrojo un puñado de billetes y miro cómo los guarda antes de dejar entrar al grupo de escandalosos y borrachos moteros.
Regreso a mi auto más confundido de como llegué. Pero una cosa es segura: alguien se está queriendo infiltrar en la organización. No sé por qué, no sé para qué, pero eligieron a la persona equivocada.
Nadie se mete con la mujer que… Con mi esposa, y queda vivo para contarlo.
MILENE
—Te ves muy bien, hermana. ¿Diego te está tratando bien?
Santino llegó hoy sin avisar. Es la cuarta vez en los últimos tres meses. La vez anterior se quedó a cenar y no le quitó los ojos de encima a Diego; no sé lo que quería encontrar, pero parece que se fue conforme esa noche.
—Somos adultos civilizados, Santino. —No pongo los ojos en blanco, a pesar de que quiero hacerlo—. No me creas tan indefensa. Y si no confiabas en tu mejor amigo, ¿para qué hiciste que se casara conmigo de todos modos?
Me cruzo de brazos y lo miro molesta. Ya no me importa que lo note.
—Lo siento mucho, Milene. —Se acuclilla frente a mí y levanta su mano con la intención de ponerla en mi rodilla, pero lo piensa mejor y se detiene en el último momento .
Es mi hermano, pero ni siquiera él tiene idea de lo que pasa conmigo ni con mi cuerpo. Si tengo o no dolor. Si tengo o no esperanza. Y me molesta darme cuenta de que estoy completamente sola.
—Buena elección, Santino. No me gusta que toquen a mi esposa.
El salto en mi corazón llega primero. Después se materializa entrando al salón, tan alto y hermoso. Los últimos dos meses han sido, ¿cómo decirlo? extrañamente cómodos, dejando de lado que se han convertido en una rutina donde ninguno da las cosas por hecho.
No espero nada y, aun así, llega siempre que puede a mis ejercicios; me ayuda, no solo físicamente, sino que emocionalmente me siento por primera vez apoyada por alguien a quien no le estoy pagando. A cambio, toco el piano para él casi todas las noches.
No voy a decir que no lo disfruto. No hemos vuelto a tener sexo, pero esto es un tipo nuevo de intimidad; siento cómo se desnuda y me deja ver todos sus miedos, sus vulnerabilidades, y no le importa.
Me deja ver a un Diego que nadie conoce y no sé cuánto tiempo pueda resistir antes de caer completamente enamorada de cada parte de él.
El gruñido de mi hermano me regresa al presente. Están en un duelo de miradas donde ninguno de los dos quiere ceder. Una risita ronca escapa de Diego y niega con la cabeza; lo rodea y se me acerca.
Me guiña un ojo y mis pulmones se llenan de un aire diferente. Se inclina hasta besar mi frente y cierro los ojos para llenarme de su toque y de su aroma. Cuando los abro, mi hermano me está viendo con una ceja enarcada.
—Entonces… ¿decidiste venir a interrumpir mi agradable cena con tu presencia o es que vienes a vigilar que no esté maltratando a tu hermana? —Diego le pregunta a mi Santino y no oculta su molestia.
La última vez que lo comprobé eran mejores amigos; ahora casi parecen… no amigos.
—¿Me culparías por eso? Es mi hermana de la que estás hablando —Santino le responde .
—Y es mi esposa —sentencia Diego.
—Y estoy aquí presente, así que no finjan que no los estoy escuchando. O que no soy lo suficientemente adulta para valerme y defenderme por mí misma —digo lo suficientemente alto para que los dos me miren con los ojos abiertos de par en par.
Mi hermano se apresura a dar un paso en mi dirección, pero el posesivo de Diego se detiene delante de él.
—Eso no es lo que quise decir, Milene, y lo sabes. Soy tu hermano, es mi trabajo estar preocupado por ti.
—En eso te equivocas, desde que le puse este anillo en su dedo, —Diego toma mi mano izquierda y la levanta como si fuera una bandera que puede ondear—, Milene pasó a estar bajo mi protección.
—No puedes culparme por querer asegurarme de que así sea. —Ya están frente a frente y parece que nada de lo que yo diga los hará dejar de comportarse como dos machos alfas a los que les han herido el ego.
Par de idiotas.
—Una cosa es querer comprobarlo y otra cosa es hacer insinuaciones acerca de lo que hago o dejo de hacer como su esposo. Creí que me conocías mejor que eso.
—¿A quién quieres engañar? Todos sabemos que este matrimonio es temporal. Tiene fecha de caducidad y llegará más pronto de lo que crees.
No escucho la respuesta que le da Diego a Santino. Solo escucho los fragmentos de mi corazón crujir ante ese recordatorio, y la sangre acumularse en mis oídos.
No estoy de humor para seguir presenciando cómo estos dos se matan… y me matan a mí también. Además, he perdido el apetito por completo. Me doy la vuelta y ruedo hasta mi habitación, donde me aseguro de cerrar muy bien la puerta detrás de mí .
«¿A quién quieres engañar? Todos sabemos que este matrimonio es temporal. Tiene fecha de caducidad y llegará más pronto de lo que crees».
No debería sentir lo que siento al recordar esas palabras, porque no son nada más que la verdad. Pero me afectan, y en este momento solo hay una cosa que me hará olvidar. Es lo que planeo hacer, pero antes de llegar a mi piano, el sonido de un mensaje en mi celular me distrae.
Lo reviso porque, en realidad, no hay muchas personas que se molesten en escribirme, y dos de esas personas ya están aquí en mi casa actuando como cavernícolas.
«JORGE: Hola, bonita. He pensado mucho en ti, quiero decir, en los avances que has tenido. Quisiera tocar un tema contigo. ¿Podemos vernos mañana en otro lugar que no sea tu casa? No me lo tomes a mal, pero ya me cansé de verle la cara a tu esposo todo nuestro tiempo juntos.»
No tengo tiempo de analizar detalladamente lo que dice el mensaje porque alguien está aporreando la puerta de mi habitación. Así que solo respondo un rápido:
«Claro, te veo mañana a las 10 en el café de siempre».
Guardo mi celular antes de que mi puerta sea derribada.
—¡Maldita sea! ¿Qué quieren? —grito en cuanto quito el seguro de la puerta.
Los dos hombres que dejé en la sala hace solo un momento, entran en mi espacio personal: uno con tres platos de comida en las manos y el otro cargando una botella de vino y tres copas de cristal.
—Ese lenguaje, Milene. —Ese es mi hermano. Dios, no sé cómo creí que podía escapar de ellos.
Media hora después, cuando mi esposo y mi hermano actúan como si no se hubieran puesto casi a los golpes antes en la sala de estar, y como si no me hubieran gritado en la cara que no me creen lo suficientemente fuerte para seguir adelante con mi vida… mi hermano suelta la bomba.
—Cuñado, hermana. Como siempre, es un gusto compartir una deliciosa cena con ustedes, pero hay otra cosa que he venido a decir. —Bien, por fin podrá volver por donde llegó.
—¡Estamos impacientes, cuñado! —responde Diego y pone una mano en mi pierna. Acto que no pasa desapercibido para Santino.
—Bien, lo que quiero decir es que mamá y papá esperan que puedan unirse a nuestra cena mensual el siguiente fin de semana.
Ahí está el golpe… No me han pedido asistir a una de esas cenas pomposas en más de un año. Les gusta fingir que, de hecho, no existo. ¿Qué lo hace diferente ahora? Supongo que el causante de esto es Diego y su insistencia en ir a esa cena con los capos hace más de dos meses.
—Solo iremos si Milene quiere estar ahí. —Levanto la cabeza de golpe y me encuentro con esos pozos azules que tanta calma me dan. Como si pudiera leer mi mente y mis emociones, aprieta su agarre en mi pierna, ofreciendo consuelo y apoyo.
—¿Milene? —Santino dice mi nombre y tardo un segundo de más en reaccionar y dejar de perderme en los ojos de mi esposo.
Parpadeo para salir del trance y asiento con la cabeza.
—Bien, estaremos ahí. —Me aclaro la garganta—. Ahora, si me disculpan, quiero descansar a solas en mi habitación. —Puntualizo cada palabra para que no quede duda de que los quiero a los dos fuera de mi vista.
Una cosa es que tenga una buena conexión y un trato de convivencia con mi esposo temporal, y otra cosa es que quiera seguir distrayéndome con todo lo que hace o dice.
Además, tengo que pensar en qué será eso que Jorge tiene para decir…