11 MILENE
—Quiero que toques el piano para mí.
Esto tiene que ser una maldita broma del universo.
Y yo quiero que dejes de meterte en mi cama .
No lo digo, pero seguro que ganas no me faltan. Finjo que no escuché ni una palabra de la tontería que acaba de decir y me concentro en mi plato de comida. Bufo mentalmente porque no logro comer mucho; de hecho, perdí todo el apetito.
—No quieres hacerlo. —No es una pregunta, pero se siente como una. No me molesto en levantar la mirada. No importa el hecho de que su voz haya bajado hasta casi ser suplicante.
—¿Por qué alguien como tú querría escucharme tocar el piano? —No escondo la irritabilidad en mi voz.
Después me doy cuenta de que pasa mucho tiempo sin que Diego me dé una respuesta.
Me arriesgo a levantar la mirada y me arrepiento en el momento en que lo hago.
Sus ojos son unos hermosos pozos azules que me atrapan, pero hay algo más ahí, algo que no había visto antes: melancolía y vacío, incluso vergüenza.
—Tienes razón. ¿Cómo alguien tan especial como tú querría desperdiciar su hermoso talento en alguien tan insignificante como yo? Lo has dejado claro.
Espera, eso no es lo que acabo de decir .
Abro la boca, pero Diego se levanta de la mesa; se escucha el chirriar de su silla cuando la arrastra hacia atrás, se da media vuelta sin decir nada más y desaparece por la puerta de la biblioteca.
Siento un agudo dolor en el pecho. Algo parecido a la culpa. Algo intenso que me quema justo en el centro y no sé cómo manejarlo, porque Diego es la primera persona, después de mi hermano, que en toda mi vida me considera especial.
O al menos considera especial lo que hago con mis manos en un piano. Porque eso fue lo que quiso decir, ¿verdad?
Me quedo en la mesa mucho tiempo después de terminar con mi cena. Todo lo que ha pasado desde el compromiso me tiene sumida en una montaña rusa de sentimientos.
Este matrimonio me ha sacado de mi rutina, de mi encierro, de mi lugar seguro. Por otro lado, también me ha dado… nuevos sentimientos. Unos que no creí ser capaz de sentir, incluidos esos que no quiero recordar por miedo a que me hagan vulnerable.
Suspiro y me llevo las palmas de las manos a la cara. Niego con la cabeza porque no sé a dónde ir a partir de aquí.
De alguna manera, me da esperanza de lo que puedo lograr en el futuro, de lo que puedo recuperar si cumplo con este plazo. No tenemos que estar peleando todo el tiempo.
No sé qué es lo que pasa con él, con sus negocios dentro de la organización, con su posición, la cual está luchando por recuperar. Sé que este matrimonio tampoco es fácil para él y la cara que tenía cuando salimos de esa cena… bueno, sin duda no le está yendo mejor que a mí.
Avanzo hasta la puerta de la biblioteca, pero me detengo antes de intentar buscarlo. Con una mano en el picaporte me hago una idea mejor para llamar su atención.
Hay una sonrisa divertida en mi boca cuando me encamino a mi habitación.
Unos minutos después de hacer mi rutina nocturna estoy lista para ir a la cama; con mi cabello suelto en suaves ondas desenredadas y usando una bata de seda blanca para dormir, me posiciono frente a mi piano, no sin antes abrir la puerta de mi habitación, dejando los centímetros necesarios para que el sonido pueda viajar por el aire.
Salgo de mi silla sosteniéndome en pie por un segundo de más antes de sentarme en el taburete. Ese pequeño logro me hace sonreír. Entonces dejo que mis manos sean las que hablen.
A través de cada nota y melodía, en cada tecla que mis dedos tocan, expreso mi pensamiento anterior: desde la incertidumbre hasta la esperanza que cada día me llena más el alma.
Por primera vez no me doy cuenta de cuándo mi esposo entra en mi habitación, hasta que me provoca un escalofrío al acariciar las ondas de mi cabello, hasta que lo hace a un lado para liberar mi cuello y hasta que yo lo inclino hacia un lado para recibir ávidamente su toque.
Mis manos no dejan de tocar y de sentir cada parte de la melodía que nace desde mi interior; me pierdo en lo que mis manos hacen, con los ojos cerrados y con el cuerpo encendido por el sutil toque de mi esposo.
No sé si él sea capaz de sentir lo mismo que yo siento, no sé si Diego sea capaz de volar a mundos desconocidos con mi música, pero yo lo estoy haciendo y no hay nada que me haga querer volver.
Tampoco me doy cuenta —y por decir que no me doy cuenta quiero decir que no hago nada para detenerlo— cuando sus manos bajan por mi hombro en una delicada caricia, ni cuando descienden por mi espalda hasta poner ambas manos en mi cintura y me levanta como si no pesara nada.
Lo siguiente que siento son sus piernas cuando toma mi lugar en el taburete y me sienta sobre ellas.
No dejo de tocar y las notas de a poco se hacen más intensas, más cargadas, más profundas. Lo que hago refleja todo lo que este hombre me provoca. Todo lo que ha llegado a irrumpir desde que accedió a casarse conmigo, desde que me tomó por primera vez y desde que me hizo querer más .
Sus manos dejan de ser suaves cuando rodea mi cintura en un abrazo aguerrido y entierra su cara en mi cuello. Respira profundamente sobre mi piel y, con cada uno de sus alientos, me hace estremecer al grado de que mi piel también reaccione a eso y se convierta en un manojo de nervios.
Un toque húmedo de lo que supongo es su lengua recorre mi pulso antes de que sus dientes me tomen cautiva. No sé lo que estamos haciendo ni por qué solo en estos momentos podemos encajar tan bien.
Siento la dureza de su entrepierna crecer y poco a poco enterrarse en mi trasero y, por primera vez en todo el tiempo que recuerdo, cometo un error al tocar una tecla equivocada. El pecho de Diego sube y baja con una risita molesta.
—Solo ignóralo.
Sí, como si eso fuera posible.
Hago todo lo que puedo para ignorar lo que su sola existencia me provoca y me digo a mí misma que no quiero dejar de sentir su abrazo.
Pero también me digo que tomé una decisión esta mañana y que tengo que serme fiel a mí misma: quiero volver a caminar y es en eso en lo que voy a enfocar toda mi energía, todas mis fuerzas, todo mi tiempo y todo mi corazón.
Poco a poco la melodía empieza a descender hasta que termina con la última nota, extendida hasta que desaparece.
Nos quedamos así, con las respiraciones y los latidos del corazón sincronizados; su abrazo alrededor de mi cuerpo me deja sin aliento y me permito disfrutar de él por un segundo antes de romper el hermoso momento.
—Buenas noches, Diego. —Es solo un susurro que rompe con todo.
Siento cómo su cuerpo se tensa por un segundo debajo del mío y después vuelve a relajarse soltando un largo suspiro.
—Gracias por esto, Milene —habla tan bajo en mi cuello, pero llega a cada parte de mí. No sé qué es lo que me molesta más: la forma en la que dice mi nombre y me provoca todo, o que me haya dado las gracias por solo ser yo misma al tocar el piano.
Me da un último beso en el pulso de mi cuello, uno largo y cargado con la veracidad de sus palabras, y siento que por primera vez he hecho algo bueno para alguien más con mi música.
Como siempre fue mi intención y nunca llegué a hacerlo. Me levanta del taburete y camina hasta depositar mi cuerpo en la cama. Sé que no intentará nada; lo sé por sus movimientos suaves y delicados, por la forma en que deja de tocar mi cuerpo como si fuera una despedida.
—Buenas noches, Milene. —Me sonríe con un brillo en sus ojos y creo que pagaría todo lo que tengo por saber qué es lo que está pensando en este momento.
DIEGO
Con la sensación de su cuerpo debajo del mío de cuando la tenía sentada en mis piernas en ese banco para piano, así salgo de su habitación después de desearle buenas noches. Y juro que nunca he dormido mejor en todo lo que tengo de vida.
Al diablo la erección que no me dejó en toda la noche. Al diablo el aroma a flores que desprendía su cabello y el sabor tan dulce de su piel. Al diablo su estrecha cintura y su trasero torneado encajando perfectamente en mi entrepierna.
Si a todo eso le sumamos lo que me hizo sentir con sus manos, sin siquiera estarme tocando, a donde me hizo llegar con la música de sus dedos…
Mierda, mi esposa es la gloria.
No se me pasó que me mandó a dormir sin darme la oportunidad de meterme en su cama.
Nunca se me ocurriría hacer algo del tipo sexual sin su consentimiento, pero esta vez sé que ella también me deseaba; la mancha de su excitación en mis pantalones me lo gritaba.
Pero parece que tomó una decisión y soy lo suficientemente hombre para respetarla.
Así llegamos al día martes a las doce del día. La próxima sesión de terapia en la piscina cerrada. Los últimos días fueron pacíficos entre nosotros dos; no coincidimos mucho, pero cuando lo hicimos había un acuerdo no escrito de querer hacer borrón y cuenta nueva.
Ella tiene sus propias metas por las que está trabajando y yo también tengo las mías, así que firmaré el contrato invisible de la paz con ella. Eso no quiere decir que de alguna manera voy a dejar que se siga viendo con ese… pedazo de mierda a solas.
Nunca mientras lo pueda evitar.
Entro al jardín cerrado donde está la piscina usando nada más que un bañador rojo ajustado.
Lo primero que veo es la mirada que ese idiota de Jorge le da a mi mujer.
Acuclillado delante de ella, repasan una serie de ejercicios por hacer, supongo, pero en cuanto los ojos de Milene se encuentran con los míos, estoy seguro de que deja de escucharlo.
La inhalación que hace con sus labios entreabiertos es casi un gemido y tengo que usar todo mi autocontrol para no cortarle las orejas a ese idiota, para que no pueda escuchar ningún sonido que salga de su linda boquita.
—¿Estás bien, bonita? —Jorge le pregunta, pero lo que miro es cómo pasa su mano por todo el muslo de mi esposa.
Ella se da cuenta de ese toque y también de mi mirada; abre mucho los ojos y reacciona antes de que incluso yo pueda arrancarle la mano a ese pendejo. Pone las manos en los antebrazos de la silla y se impulsa hacia adelante.
—¡No! —chilla al mismo tiempo que ese idiota cae sentado a metros de ella.
Mi esposa se sostiene parada por dos segundos y siento que mi corazón deja de latir por el mismo tiempo.
Por el rabillo del ojo miro cómo el imbécil abre de par en par los ojos y la boca, como si no creyera que ella fuera capaz de sostenerse de pie, y ahí es donde confirmo lo que tanto me temía.
Lo dejaré para después; ahora solo me importa llegar a mi esposa, justo cuando sus rodillas empiezan a perder fuerza y comienza a caer. Me apresuro a rodearla en un abrazo antes de que su cuerpo ceda y siento que vuelvo a respirar cuando es a ella y a su aroma lo que estoy inhalando.
—Milene, eso fue increíble, bebé —jadeo en la concha de su oreja—. Estoy tan orgulloso de ti. —No se me escapa cómo cambia su respiración y su pecho vibra con una sonrisa de felicidad.
Ya no la suelto, no podre hacerlo aunque lo intente; en cambio, modifico el agarre que tengo en ella al estilo nupcial antes de mirar por encima de mi hombro.
—Estamos listos para empezar. —Sonrío de lado, disfrutando de la cara de sorpresa que Jorge mantiene, esa que está tratando de ocultar, pero ya es demasiado tarde. Me di cuenta.
Podrá engañar a Milene, pero no a mí.
Cuando regreso mi mirada al rostro de mi esposa, la siento acunar la piel de mi nuca y el brillo en sus ojos me dice todo lo que necesito. Lo va a lograr y voy a estar a su lado para verlo.
Camino con ella hasta entrar en la piscina. Después de que toda la emoción anterior le permite ver lo que estoy haciendo, sacude la cabeza y por fin abre la boca para decir algo.
—Diego, ¿qué estás haciendo exactamente? —No usa un tono molesto, más bien uno confundido y curioso.
Ojalá tuviera una respuesta a las cosas que estoy haciendo y por las cuales no tengo una razón; ojalá alguien me diera esas respuestas a mí también.
—Estoy formando parte de esto, Milene. Quiero ser parte de tu recuperación.
Si sus palabras no me dicen lo que piensa, sus mejillas sonrojadas y su brillante sonrisa sí me lo dicen.
Esa noche en la cena me dice las palabras que nunca pensé escuchar de su propia voluntad:
—Hoy quiero tocar el piano para ti.