En Esta Vida No 10 MILENE
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10 MILENE

Las manos de Diego aprietan su agarre en mi cuerpo mientras me besa con toda la locura que tiene; con pasión y con furia también.

Empiezo a olvidarme del dolor entre mis piernas y a sentir una nueva necesidad de él.

Un error tan grande. No es solo el carraspeo de Jorge lo que hace que me suelte los labios; son los pasos apurados y ruidosos de una de las mujeres del servicio.

—Señor, me disculpo por interrumpir, pero… —Un gruñido proveniente de la garganta de Diego la hace callar de repente. Yo pongo los ojos en blanco.

—¿Qué pasa, Luisa? —pregunto, empujando el pecho de mi esposo hasta que por fin me sienta en la silla de ruedas.

Esto no está bien, Dios. ¡Esto no está bien!

—Hay un hombre en la sala. Su nombre es Aron, dice que es abogado y busca al señor. —La pobre de Luisa está temblando de miedo por la mirada de Diego.

—¡Mierda! —La espalda de Diego se tensa y, con un brusco movimiento, le truena todo el cuello. Me mira con algo en los ojos que no logro identificar y después clava su vista en Jorge.

Si las miradas mataran…

No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.

—Tengo que atender esto, amor. —Casi se me para el corazón, pero sé que me llama así porque estamos en público; de ninguna manera lo puede decir en serio.

Se acuclilla delante de mí, pero me sigue pareciendo tan grande—.

No sé si pueda volver a tiempo, pero lo dije en serio.

A partir de hoy voy a estar en cada sesión de terapia que tengas. Bueno, intentaré estarlo.

Eso suena mucho a una amenaza o a un castigo.

—¿Es esta una manera de controlarme? Porque te juro que no entiendo qué es lo que estás haciendo, Diego —le exijo con la mandíbula apretada.

—No —dice que no, pero sus ojos se desvían a donde Jorge sigue esperándome—. Hablaremos en la cena.

Me deja con la palabra en la boca cuando, así como así, desaparece; y Luisa va corriendo detrás de él.

Me tomo solo un segundo para borrar este momento incómodo y pongo una sonrisa en la cara, la mejor que puedo sin que sea falsa.

Giro mi silla y empiezo a descender por la escalera.

El agua templada me ayuda de inmediato; no sé por qué no lo hice antes.

—Por favor, olvida lo que pasó y empecemos con esto, ¿sí?

La respuesta de Jorge es una sonrisa de oreja a oreja.

—Cuenta con eso, Milene.

Treinta minutos después estoy flotando boca arriba con la mano de Jorge en mi espalda baja.

—¿Puedes mover tus piernas de arriba a abajo? —me pregunta. Yo no le respondo, solo lo hago, porque sí puedo moverlas y estoy muy orgullosa de poder hacerlo. Su sonrisa se ensancha, así que aprovecho para hacer la pregunta:

—¿Crees que esto sea suficiente? ¿Crees que ejercitar mis piernas sea suficiente para que pueda volver a caminar? —Me muerdo el labio inferior y uso mis brazos para enderezar mi cuerpo dentro del agua.

—Me muero de ganas porque así sea, bonita. —Sonrío y sigo manteniéndome a flote con el movimiento de los pies, y me doy cuenta satisfactoriamente de que no hay dolor .

—Quiero pedirte una disculpa por la actitud de mi esposo. —Tenía la intención de dejarlo pasar y fingir que nunca sucedió, pero honestamente no he pensado en otra cosa desde que se fue hace casi una hora.

—No lo voy a negar, es un poco intenso. —Sonríe de lado y pone sus manos en mi cadera—. Pero te aseguro que no le tengo miedo.

Trago saliva. Estoy viendo un lado de Jorge que no conocía. A decir verdad, no conozco nada de este hombre. Algo dentro de mí me dice que tenga cuidado, pero otra parte me dice que estoy imaginando cosas, y que todo es por la llegada de Diego a mi vida.

—Lo siento mucho. —No sé qué más puedo decir.

—No te disculpes por algo que tú no hiciste, Milene. —En un instante, Jorge da otro paso y sus manos ajustan el agarre que tiene en mi cuerpo.

Me digo que es su trabajo sostenerme mientras mis piernas se ejercitan, pero de alguna manera se siente como un acercamiento. Uno que nunca ha intentado antes, uno que definitivamente no me gusta.

DIEGO

—Es un viaje largo desde Los Ángeles hasta Chicago, ¿no lo crees? —Tengo al abogado e hijo de Enzo, sentado frente a mí. No lo esperaba hasta más tarde; recibí su mensaje y, para ser honestos, me despertó mucha curiosidad lo que tuviera para decir después de tantos años.

—Sin duda lo es, Dieguito. —Se gana un gruñido por llamarme así, a lo que responde con una sonrisa burlona—. Pero no pretendo quitarte mucho de tu tiempo; solo he venido a entregarte un mensaje.

Pongo los ojos en blanco. Para ser un simple civil y haber renunciado a su cargo por derecho de nacimiento, tiene agallas.

—¿Y Enzo Bianchi no tiene teléfono para dar ese mensaje? —Es el turno de él de poner los ojos en blanco.

—Ya sabes cómo son los viejos. En especial el mío; sigue dándome tareas esperando que cambie de opinión. —Se ríe mientras sacude la cabeza.

—¿Y lo harás? —Enarco una ceja. Tengo el gusto de conocer a Aron desde que éramos unos niños, de cuando todos nos mudamos a Chicago menos él y su padre.

Fue hace mucho tiempo y recuerdo no haber entendido la razón. Enzo se quedó con los negocios ahí; para su desgracia o no, Aron pidió vivir una vida normal y se hizo un puto abogado. ¡Por Dios! Hay más delincuencia en eso que en lo que hacemos nosotros.

—No —corta en seco—. Al menos no es lo que quiero.

No se me pasa esa mirada de anhelo en sus ojos.

¿Qué es lo que pasa contigo, viejo amigo?

—¿Y qué es lo que quieres, Aron? —Me recargo en mi silla y me tomo de una lo que resta de mi trago.

Sonríe y con eso sé que no me lo va a decir.

—Primero que nada, decirte que mi padre… No, Enzo Bianchi, quiere proponerte un intercambio de rutas. Necesita usar nuevos puertos para enviar mercancía y la mejor opción son los de ustedes.

—Interesante. —Me llevo la mano a la barbilla; siento mi barba incipiente por no afeitarme esta mañana—. Pero sabes que no soy el jefe, ¿verdad? Aún no me dan una ciudad para gobernar y te aseguro que no tengo ese poder en mis manos .

—Lo sabemos. Felicidades por tu boda, por cierto. —Entrecierro los ojos—. Las buenas noticias vuelan muy rápido.

—No tanto como las malas.

Aron percibe el cambio en mi actitud y decide lanzar todas sus cartas.

—La idea de mi padre es que seas tú el que logre abrirnos la ruta y así te ayudes a la vez. —Mi mirada le dice que continúe antes de que pierda la paciencia—. Un buen negocio podría ayudarte a conseguir el dominio de una ciudad.

Me molesta que incluso él sepa lo que necesito. Abro la mano y él deja caer un sobre en mi palma.

—Lo revisaré. Supongo que tiene el mismo número de teléfono. —Asiente y se levanta de su silla.

—Fue agradable verte, pero espero que no se repita.

Sé a qué se refiere y solo puedo soltar una carcajada.

—A veces no obtenemos lo que queremos, sino solo lo que merecemos —le digo extendiendo mi mano para despedirlo.

—Hablas con mucha experiencia, Diego. ¿Cómo te va con eso? —Me da la mano, pero en su cara hay una sonrisa burlona.

—Idiota. —Le doy un golpe en el hombro, sacudo sus chinos y lo despido.

Me paso dos horas estudiando la propuesta de Enzo. El idiota sabe lo que hace. Cuando mi estómago me recuerda que no he comido nada desde el desayuno, miro el reloj.

—¡Mierda! —Apenas tengo tiempo para tomar una ducha y llegar a tiempo a la cena. No regresé a la piscina; dejé a mi esposa con ese idiota.

Recuerdo los ojos de ese imbécil cuando la levantó mientras ella solo usaba ese ridículo bañador. Se la estaba comiendo con la mirada; solo quería ver qué estaba pasando y terminé prometiendo que estaría ahí con ella. Maldita sea .

¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué hago todo lo que no quiero cuando se trata de Milene?

Mi anillo de matrimonio me llama la atención; me doy cuenta de que me gusta tenerlo en mi dedo más de lo que seré capaz de admitir.

Salgo de la oficina y no me encuentro con nadie de camino a mi habitación. Entro en mi ducha y solo puedo pensar en ese último beso que le di, en la furia que sentí y en lo que me provocó escucharla maldecir.

Me cambio con unos pantalones de vestir, me ajusto el bulto de mi entrepierna y me abotono una camisa blanca. La anticipación de algo empieza a formarse en mi estómago y no sé por qué siento esta necesidad de ver a mi esposa.

Solo verla. Saber que está ahí. No tengo que hablarle ni tocarla, solo necesito verla.

Salgo de mi habitación y lo primero que miro es el cabello húmedo de mi esposa; me encuentro con Milene saliendo de su habitación. Está vestida para cenar y me doy cuenta de que mentí: esto que siento no desaparece con solo mirarla. En realidad, empeora.

—Hola. —Saludo.

—Hola —responde, y odio que tenga que inclinar tanto su cabeza para verme.

—¿Estás lista para cenar? —pregunto y ella asiente. Hago una seña con mi mano para que pase delante de mí y lo hace; yo camino detrás de ella hasta el comedor, donde ya todo está servido y caliente.

Nos instalamos en silencio y, durante los primeros diez minutos, el único sonido que se escucha es el de los cubiertos.

—Cómo… —empiezo a decir, pero Milene habla al mismo tiempo que yo.

—Qué… —Los dos nos quedamos callados después de la primera palabra .

Entonces ya no se escuchan ni los cubiertos, solo nuestras respiraciones al estar viéndonos a los ojos. Puedo jurar que algo cambia en ellos cuando se fijan en los míos. Solo han pasado un par de semanas y siento que ya la conozco más que a cualquier otra persona.

—Tú primero, por favor —insisto, dejando a un lado la comida y recargando mis antebrazos en la mesa.

—Solo iba a preguntar si todo estaba bien. —Miro cómo se arrepiente después de hacer la pregunta. Sus mejillas se ponen rosadas y mis manos cosquillean por estirarse y tocar lo suave que son. Toda ella es tan suave que a veces me da miedo romperla.

—Ah, sí. Todo está bien —digo de una manera relajada—. Solo era un viejo amigo —explico la razón por la que desaparecí en el día.

Asiente; sé que tiene ganas de saber más, pero se contiene.

—¿Tú qué ibas a preguntar? —me pregunta en cambio.

—Quiero saber cuándo será la próxima sesión en la piscina, para estar ahí. —No es lo que ella esperaba oír, es más que obvio por la mirada que me da. También deja su plato a medio terminar, lo hace a un lado y junta sus manos sobre la mesa.

—¿Por qué insistes en hacerlo?

Sí, Diego, ¿por qué insistes? No le puedo decir la verdad, ni tampoco que no tengo idea de por qué lo hago. Necesito cambiar la conversación en otra dirección.

—¿Te gusta? —Su ceño fruncido me dice que la tomé por sorpresa. Bien.

—Disculpa, ¿qué?

—Ya me oíste, Milene. ¿Te gusta ese idiota ?

MILENE

¿De verdad me preguntó eso? ¿Con qué hombre me casé? Este hombre está completamente loco. Quisiera mentir y decirle que sí, solo para molestarlo, pero no soy suicida; no voy a arriesgar mi propia vida ni la de un inocente como Jorge.

—¿Eres idiota? —Creo que tampoco debía decir eso, pero mi boca se adelanta antes de que pueda procesar una respuesta.

Sus cejas le llegan casi al nacimiento del cabello. Abre la boca y aprieta los puños sobre la mesa, pero me adelanto antes de que estalle.

—Lo siento, no quiero faltarte al respeto. Es solo que tu pregunta me sorprendió. —Levanto la cabeza y mantengo mi actitud firme—. Y si tanto te interesa saber… no, no me gusta mi terapeuta. No en ese sentido retorcido que estás pensando.

Me fulmina con la mirada, pero el silencio me indica que acepta mi respuesta.

—Entonces no tienes problemas en que quiera participar en tus terapias, ¿o sí?

—Es algo que puedo hacer sola —trueno, a punto de enojarme con mi esposo otra vez.

—Sé que puedes, y sé que lo has hecho por más de un año. Pero, Milene, ya no estás sola.

Y así como así, este hombre me deja callada. No sé qué significan esas palabras exactamente, y me siento mal conmigo misma por sentirlas como una verdad absoluta. El idiota de mi marido sonríe ante mi silencio y decide presionar un poco más.

—Entonces, ¿qué día? —me pide.

—Martes, doce del día —respondo en automático, sin poder detener mis propias palabras .

En el fondo me lamento de inmediato.

¿Qué es lo que quiere cuidar? ¿Las apariencias? ¿Que no le sea infiel? ¡Dios! ¿Esto es lo que merezco después de todo lo que me pasó?

—Perfecto. —Diego endereza el cuerpo y recarga la espalda en su silla—. Ahora, quiero hablar de otra cosa.

¿Otra cosa?

¿Cuándo va a acabar esto? Niego con la cabeza, exhausta.

—¿Qué necesitas? —Hago la pregunta completamente agotada. Entre más rápido salga de esta cena y llegue a la seguridad de mi habitación… mejor.

—Quiero que toques el piano para mí…