En Esta Vida No 09 DIEGO
25%

09 DIEGO

Despierto con las mejillas adoloridas y no creo que sea solo por comerle el cuerpo a mi esposa por más de una hora; creo que es por todo lo que vino después.

Esta cama con dosel no es en la que he despertado en las últimas dos semanas y el aroma floral mezclado con sexo que siento llenando mis pulmones me lo confirma.

Mi esposa está acurrucada a mi lado, en su habitación, después de haberla tomado tan fuerte que no hizo otra cosa más que gritar mi nombre antes de desmayarse.

Intento salir de su lado, pero su tierna boquita emite una queja somnolienta, así que decido volver a cerrar los ojos y perderme en la sensación de estar a su lado, rodeando su pequeño cuerpo con mis brazos.

El recuerdo de la noche anterior me hace recobrar el sentido. El jefe me llamó a su oficina. Lo primero que hizo fue ver mi cara por un minuto completo, tomar un trago de su bourbon y lanzar una foto frente a mí. La tomé en mis manos y vi todo rojo.

—¿Lo conoces? —me preguntó un tanto despreocupado, y agradecí poder responder a su pregunta como si no me estuviera ardiendo la piel.

—Lo he visto y sé su nombre. ¿De qué se trata esto? —pregunté, y pasó otro minuto de completo silencio.

—¿También sabes la razón por la que se acercó a tu esposa? —Una ceja enarcada fue toda la expresión en su rostro.

Mierda .

Cuando salí de su oficina no tenía control de mí mismo. Quedó claro por la manera en la que poseí a Milene por lo que parecieron horas, hasta que juntos caímos completamente agotados y saciados.

No me preguntó nada; solo recibió lo que tenía para darle. Fue tan activa que por un momento me olvidé de lo que esta noche se había convertido en mi primer objetivo: vigilarla…

No puedo seguir un momento más en su cama sin que las mismas ideas de anoche me lancen en una espiral sin fondo. Así que me levanto sin escuchar sus protestas y salgo de su habitación.

La última vez.

Me lo digo a mí mismo. Entro en la habitación de enfrente con una ligera sensación de tener de vuelta el control de mi mente y de mi cuerpo.

Tengo el tiempo suficiente para entrar en la ducha, lavarme cada caricia y toque electrizante de mi esposa, y encerrarme en mi nueva oficina para trazar la primera etapa de mi estrategia.

Si ese idiota cree que puede conmigo… se metió con la persona equivocada. Y se lo haré saber más pronto que tarde.

Cabrón de mierda.

MILENE

¿Dónde estoy?

Es mi primer pensamiento cuando despierto hecha un desastre y en una cama vacía.

En mi cama vacía. ¡Dios! Me siento como si me hubieran atropellado.

Apenas recuerdo la intensa mirada de Diego cuando llegamos de la cena con los capos; me la había pasado mejor de lo que esperaba.

En ningún momento me sentí inferior a ninguno de ellos; Diego no los dejó.

Pero lo que pasó después de llegar a casa…

«Dime que me detenga». Sabía lo que vendría después, y sabía que solo tenía esa oportunidad para decir que no. Esos ojos decían todo lo que quería hacer para sacar su frustración. Debí detenerlo, pero no lo hice.

Me levanto con cada músculo de mi cuerpo adolorido y me dirijo a mi cuarto de baño; me decido por la tina y ahí paso la mitad de la mañana. Incluso tomo el desayuno dentro de la tina. Necesito el agua caliente para relajar y calmar el dulce dolor que creo me perseguirá por algunos días.

Para cuando salgo, no falta mucho para que llegue Jorge; la primera sesión dentro de la piscina estaba programada dentro de un par de días, pero me envió un mensaje muy temprano para adelantarla.

Y es justo ahí a donde me dirijo. Avanzo hasta la sala de estar y me detengo cerca de la biblioteca.

Me pregunto si Diego estará ahí, o si siquiera estará en casa.

—¿Necesita algo, señora? —No sé cuánto tiempo me quedé sumida en mis pensamientos, pero fueron suficientes para que el personal lo notara.

—¿Sabes dónde está mi esposo? —pregunto.

—Sí, el señor ha estado en su oficina desde que se levantó esta mañana y pidió que nadie lo molestara. —Una punzada de decepción me pica en el centro del pecho.

Ayer… bueno, no fue solo el sexo. Antes de la cena y durante ella parecía como si estuviéramos llegando a algo… civilizado, al menos.

—Ah. —Es todo lo que digo. Sacudo todos esos pensamientos y me concentro en lo importante—. Estaré en la piscina. En cuanto llegue Jorge, mi terapeuta, llévalo hasta allí.

Ana asiente con la cabeza.

—Como usted diga, señora. —No se me pasa que hace más de una semana nadie me dice señorita, a pesar de que yo les pedí que lo hicieran .

Una sonrisa involuntaria se dibuja en mi boca.

Con emociones nuevas que no me gustan y más pensamientos en mi esposo de los que debería tener, llego a la piscina cerrada y me quito la bata mullida, quedándome solo con el bañador puesto.

Nunca uso nada que revele mucho de mi piel; las cicatrices de mis rodillas y muslos son un recordatorio doloroso de ese día.

El peor día de mi vida.

No éramos el objetivo, o eso me digo a mí misma cada vez que lo recuerdo solo para hacer más llevadero el pertenecer a esta vida. Mi chofer no pudo esquivar al auto que se atravesó delante de nosotros y cuando me di cuenta ya estábamos de cabeza en el acantilado. Él muerto y yo… bueno.

Agradecí infinitamente la oportunidad que me dieron en la academia de música y arte. Había tocado el piano desde que mi hermano me regaló uno en mi decimosegundo cumpleaños; quedé enamorada de lo que se podía sentir con solo presionar una tecla del tamaño de un dedo.

Se sabe que, en este, el mundo en el que nací, las mujeres solo tienen dos propósitos: parir un heredero para dejar un legado y lucir hermosa al lado de tu esposo. Pero no yo. De algún modo tuve cierta libertad, y hoy sé que todo siempre ha sido gracias a mi hermano.

Nunca me atrevería a renegar de mi nacimiento. Tenía todo lo que podía pedir y mucho más, fui afortunada. Acepté mi destino desde muy chica, pero la música y el piano siempre fueron mucho más allá de mí. Si tenía eso, podía aceptarlo todo.

Mi recuerdo es interrumpido por los ojos marrones de Jorge y una sonrisa coqueta en su rostro. De un momento a otro me siento cohibida. Es la primera vez que alguien del sexo opuesto me ve con tan poca ropa. Bueno, además de Diego, que me ha visto completamente desnuda.

—¡Hola! Perdón, estaba distraída. No te sentí llegar. —Me disculpo hablando precipitadamente y bajo la mirada; creo que me he sonrojado un poco.

—Oye, Milene. Tranquila. —Jorge se agacha delante de mí, dejando su cuerpo al mismo nivel que el mío, y pone una mano en mi rodilla.

Es un toque profesional, incluso amistoso, pero no voy a negar que una parte de mi mente empieza a rechazarlo—.

Pareces un poco nerviosa, ¿por qué no entramos al agua para ir relajando el cuerpo?

Asiento, porque esto es lo que hemos venido a hacer. Me aseguro de que mi cabello esté bien sujeto y acerco la silla a la escalera con barra que instalé la semana pasada.

Es especial y me será de ayuda para entrar y salir del agua junto con mi silla.

Antes de que siquiera pueda pensar en acercar la silla a la nueva escalera, los brazos de Jorge me levantan y, por puro instinto, rodeo su cuello con mis brazos.

Me siento un poco avergonzada y la verdad es que no comprendo por qué. Como si le estuviera fallando a…

—Quita tus putas manos del cuerpo de mi esposa, o te las arrancaré del cuerpo con mis propias manos.

Diego… El sobresalto de mi corazón al escuchar su voz es lo de menos; son sus ojos los que me están haciendo temblar. Y no de miedo. Estoy tan absorta en la gigantesca figura de mi esposo caminando hacia nosotros que me doy cuenta muy tarde de que Jorge no tiene ninguna intención de soltarme. Dios.

—Diego, detente. —Saco fuerza de donde no la hay para enfrentar al hombre que hace menos de doce horas se desmayó en mi cama después de cogerme como un animal poseído, solo para desaparecer antes de que yo me diera cuenta.

—No lo voy a repetir —truena, una vez que está a pocos metros de nosotros. Sus puños están cerrados y listos para hacer una estupidez; su mandíbula tensa y la barba incipiente solo lo hacen lucir más aterrador. Y hermoso.

—Esta es una sesión privada. Jorge es un profesional y te pido que dejes este numerito y nos permitas trabajar tranquilos —pido con una calma que no tengo. De no ser por su mirada, que se estrecha con cada palabra que sale de mi boca, creería que no me ha escuchado en lo más mínimo.

—Privada. —No está preguntando, pero tampoco quita la mirada de donde me está sujetando Jorge. Intento parecer tranquila y demostrar que esto no es raro para nada.

—Jorge, ¿me das un segundo con mi esposo? —Mi voz es completamente pacífica, todo lo contrario, a lo que en realidad estoy sintiendo en estos momentos.

—Por supuesto, linda. Prepararé el equipo.

¿Linda? ¿En serio se pone a provocar a Diego? ¿Es que Jorge no ha entendido bien a dónde pertenezco?

No pongo los ojos en blanco porque en alguien tiene que caber la prudencia. Jorge empieza a bajar mi cuerpo a la silla cuando Diego, de dos largos pasos llega hasta mí y me arrebata de sus brazos.

—¡Ay, por Dios! —Jadeo con el movimiento.

Miro en sus ojos un destello de preocupación, pero rápido regresan a ese azul tormentoso.

Ahora son sus brazos los que me están sujetando al estilo nupcial y desearía con todas mis fuerzas no estar respirando su aroma almizclado—.

¿Se puede saber qué pasa contigo? —Espero a que Jorge esté a unos metros de distancia antes de continuar—.

Te estoy hablando, Diego. ¿Qué demonios estás haciendo?

—Cuidado con esa boquita, Milene. —Trago fuerte por el tono en el que dice esas palabras y maldita sea, entiendo que tengo que alejarme de este hombre. No hemos cumplido un solo mes de casados y ya controla cada reacción de mi cuerpo.

Esto se termina ahora.

—Yo hablo como se me dé la maldita gana. Te hice una pregunta. —Golpeo su pecho con mi puño, no le hace mucho, y él me fulmina con la mirada—. Tampoco me gusta repetirme, así que habla ahora.

—¿Qué hace ese hombre en nuestra casa?

¿Nuestra casa? Por Dios. Concéntrate, Milene .

—Te lo dije. Si hubieras puesto un poco de atención a lo que digo, lo hubieras recordado y no estuvieras aquí haciendo… lo que sea que estás haciendo.

Estoy tan cansada. Me duele todo el cuerpo y el tener a Diego tan cerca me intensifica el dolor en partes muy específicas.

—Claro que lo recuerdo, solo que no me dijiste a qué hora tenía que estar aquí. —Si no estuviera un poco mareada por el recuerdo de lo que me hizo anoche, podría jurar que está insinuando que él quiere estar aquí. En las sesiones. Conmigo.

—¿Disculpa? Estar aquí, ¿quién? —Frunzo el ceño y recibo una comisura de sus labios ligeramente inclinada hacia arriba. Lo odio.

—Yo, por supuesto, esposa. —Ahora es una sonrisa completa y, santa madre de Dios, debería ser delito que un hombre como él sonría así de pronto. Cosas como esas deberían venir con una advertencia, eso es seguro.

—¿Y a ti quién mierdas te invitó? —Esto se está saliendo de control. Yo estoy perdiendo el maldito control.

—¿Qué te dije de usar esa boquita para maldecir?

—No me… —Me detengo en el último momento cuando levanta una ceja en señal de advertencia—.

Esto no puede ser posible. —Inspiro por la nariz y retengo el aire el mayor tiempo posible—.

Diego, te juro que no estoy entendiendo qué es lo que estás haciendo aquí.

¿Por qué no empiezas desde el principio para que te puedas ir y yo pueda empezar con esto?

—Señalo la piscina, donde Jorge está con los brazos cruzados, esperando.

—Es fácil, Milene. Voy a entrar al agua contigo.

—¡Santa mierda!

—Te lo advertí —gruñe con los ojos entrecerrados y una sonrisa burlona en los labios. Después de eso, pega su boca con la mía y me destroza con el beso más fuerte que me ha dado nunca.