08 DIEGO
Escucho mi nombre salir de sus dulces labios cuando estoy a punto de salir de su habitación.
Si mi corazón no se saltó un latido con eso, es que no sintió nada en absoluto.
Me doy la vuelta solo para mirarla; aún desnuda, no se cubrió después de que le quité su bata manchada con mi sangre.
Sus pezones, pequeños, rosados y endurecidos, están pidiendo atención, estoy seguro de que no voy a descansar hasta hacer todo lo que ella me pida.
—¿Qué deseas que haga? —le pregunto sin parpadear; no quiero perderme ni un solo momento de esa perfecta vista.
—Dame un orgasmo —pide, y el que está por tener uno dentro de los pantalones como un puto adolescente en este momento soy yo.
Pasa un solo segundo y ya la estoy besando como un poseso, con mi mano empuñada en su nuca y con la otra pellizcando sus pezones. Un dulce gemido quiere salir de su boca, pero no la dejo; me lo trago como si fuera el manjar más dulce.
Creo que lo es.
Nunca fui de besar, y ahora he perdido la cuenta de cuántas veces he besado a mi esposa. Me subo a la cama arrastrándola conmigo; me tumbo a su lado porque, ahora que la tengo dispuesta, no quiero ir demasiado rápido. Necesito que esto dure.
Hace un sonido de queja cuando dejo de besarla. Me resisto las ganas de sonreír por lo hermosa que se ve frustrada.
—¿Qué te gusta? —le pregunto. El rubor sube por su cuello y al final se encoge de hombros.
—No lo sé, supongo que todo —dice, sin darse cuenta de lo que me hace.
—No me digas que todo, Milene, porque podría tomarlo como una invitación a tomar lo que quiero. —Abre su boca y sus ojos me buscan; es como si se estuviera preguntando qué es lo que quiero tomar de ella—. Pero tú lo dijiste: esto es para ti. Tú mandas y yo obedezco.
Sus labios carnosos se abren un poco más con mi declaración; puedo ver el calor salir de su boca. Está claro que no sabe o simplemente no quiere tomar la iniciativa, tal vez por vergüenza. No me voy a arriesgar a que se arrepienta. Me ha pedido un orgasmo y eso es lo que le voy a dar.
Tomo uno de sus pechos con mi mano, la sorpresa la hace jadear; expone su cuello y yo lamo desde la clavícula hasta la concha de su oreja.
—¿Te gusta esto? —pregunto con un susurro ronco.
—Sí —jadea.
—¿Y esto? —Pellizco su pezón antes de curar el escozor con mi boca. Mi mujer chilla y un escalofrío electrizante la recorre por todo el cuerpo.
—¡Oh, sí! —responde.
Sigo devorando su piel y bajo a tomar su pezón libre con mi boca; hago lo mismo, pero usando mis dientes con cuidado y luego la lengua.
—¡Dios! ¡Sí!
Milene es jodidamente receptiva y me encanta.
Quiero todos sus gemidos para mí. Solo para mí.
Algo me incita a rodear su cuello con mi mano mientras sigo bajando, dejando besos por todo su abdomen.
Chupo alrededor de su ombligo y continúo el descenso; cuando muerdo su montículo desnudo, arquea la espalda y presiona su cuello contra la mano que lo rodea.
Su grito se hace más fuerte cuando aprieto sutilmente el agarre en su cuello, y es maldita música para mis oídos.
Estoy tan duro que no creo que pueda soportar un minuto más.
Sigo bajando al mismo tiempo que ella regresa su espalda a la cama. Huelo su excitación; es dulce, como nada que haya probado antes.
Mierda, Milene, ¿dónde habías estado toda mi vida?
No lo digo, pero es exactamente así, como me siento. Lamo toda su hendidura y su cuerpo vibra debajo de mí. maldito infierno, me estoy viniendo en los pantalones. Chupo su clítoris y está tan cerca que puedo olerlo.
Introduzco uno de mis dedos en su centro apretado y eso es todo lo que necesita para venirse en toda mi cara. Con una última mordida en su botón palpitante se deja ir por el precipicio del placer; se viene en mi rostro mientras yo saboreo todo lo que tiene para darme.
Su cuerpo se relaja y su sonrisa es lo más hermoso que he visto en toda mi vida. Mierda, tengo apenas una semana con ella y ya no estoy seguro de que pueda dejarla ir alguna vez.
[***]
La siguiente semana hacemos de esto una rutina. Ella desaparece durante el día, cenamos juntos donde nos seguimos ignorando, pero al llegar a su habitación solo dice mi nombre y ya me tiene con la cara enterrada entre sus piernas.
Me estoy acostumbrando a venirme en los pantalones con la más mínima fricción de mi mano; sé que se da cuenta porque, cuando termino, se ríe de mí mientras mira la mancha húmeda de mi entrepierna.
No me pide que la penetre o que haga algo más, solo esto. Y claro que estoy feliz de darle orgasmos, pero ya me estoy cansando de solo venirme cuando me la como o cuando me masturbo pensando en ella en la ducha.
Esta noche es la cena con los capos. Tenemos el acuerdo silencioso de asistir. Eso es otra cosa: sigue sin entablar conversación, ni fuera ni dentro de su habitación. Me siento como su juguete de orgasmos. No me quejo, pero…
—¿Cómo va la terapia? —le pregunto de camino a la cena en la casa del jefe—. Escuché que mandaste instalar unas barras dentro de la piscina.
—Sí, la próxima semana empezaremos con ejercicios en agua. —Es todo lo que me dice.
No me atrevo a preguntar si hay algún avance o si tiene esperanza de algún día volver a caminar. En cambio, enciendo el radio y dejo que la música sea la que llene el silencio.
Pensar en que entrará a la cena usando su silla me provoca algo que no logro identificar.
Qué más quisiera que pegarla a mi cuerpo y llevarla conmigo, pero eso sería hacerla depender de mí y sé que lo odiaría más que usar esa silla.
No mentí cuando le dije que no dejaré que nadie la vuelva a hacer menos; solo quisiera saber la manera correcta de hacerlo.
Me estaciono y rodeo mi auto para sacar su silla y ayudarla a bajar. Hoy luce espectacular. Ese vestido azul-verde le queda perfecto a su tono de piel, su cabello está en un recogido elegante y no puede verse más preciosa. Y no solo en el exterior; su espíritu es tan hermoso como luchador.
—¿Estás lista para molestar a toda esta bola de idiotas? —le pregunto. Ella enarca una ceja, pero no esconde su sonrisa.
—Creí que amabas pertenecer aquí. —Intenta presionar un botón conmigo.
—Nadie que menosprecie a mi esposa puede ser digno de mi respeto.
MILENE
No voy a mentir diciendo que esas palabras no me dejaron sin habla. Diego tiene una manera de decir las cosas que me confunde la mayor parte del tiempo; por eso evito hablar con él. Lo último que puedo hacer es enamorarme de mi esposo.
Me ayuda a salir del auto, y es todo lo que hace. He notado que no intenta ayudarme a acomodarme; sus palabras de la otra noche, cuando dijo que yo no lo necesito, me dejaron pensando por mucho tiempo después de que se fuera de mi habitación.
—Además —continúa él—, estoy aquí porque es mi trabajo. Y porque es el lugar donde tengo que estar para demostrar que puedo liderar una ciudad.
Bien, olvidemos la parte que me hizo latir el corazón: aquí está la verdadera razón de su insistencia para asistir. Porque eso es a lo que aspiran todos; a que el jefe les dé el dominio de una ciudad o incluso más.
—Más te vale que logres lo que quieres, porque no volveré a salir si esto se convierte en un momento incómodo para mí —digo, recuperando la cordura por completo y mostrándome seria.
Me sorprende inclinando su cuerpo para estar al nivel de mi cara. No alcanzo a pensar nada antes de que ponga sus labios en los míos. Y aquí está otra vez, haciendo que mi control se tambalee.
—El momento incómodo será para ellos, bebé. Si tanto les molesta verte, me aseguraré de que pases frente a todos siendo la mujer más jodidamente hermosa y segura del lugar.
Jadeo cuando alguien detrás de nosotros se aclara la garganta. Giro la cabeza para encontrar la cara de mi hermano en completa consternación y confusión. Frunce el ceño mirando a mi esposo, quien se endereza y sacude las arrugas invisibles de su traje .
—Santino. —Saluda mi esposo con un asentimiento de cabeza. Mi hermano lo ignora y solo me saluda a mí con un beso en la mejilla.
—Estás hermosa, Milene. Me alegro mucho de verte aquí. —Me da una media sonrisa y una mirada de esas que solo tiene para mí, llena de cariño.
—Gracias —digo, igualando su sonrisa. Pronto me doy cuenta de la densa tensión que hay entre mi hermano y mi esposo. Solo me hace preguntarme qué mierdas ha pasado entre ellos—. ¿Por qué no entramos? Tengo un poco de frío —intervengo, siendo la más inteligente en este momento.
—Por supuesto, cariño, lo siento —dice mi esposo, y pone mi silla en marcha.
Llegamos los tres a la puerta y mi hermano es el que toca el timbre. Cuando entramos, juro que se hace un silencio colectivo. Quiero darme la vuelta y regresar por donde vine, pero mi esposo se inclina y susurra en mi oído:
—Recuerda, hay que hacerlo incómodo para ellos. No para ti.
Después toma mi barbilla y me besa delante de todos. No es un beso cualquiera y, si no fuera porque la sangre me bombea en los oídos, hubiera oído los jadeos de sorpresa de todo el mundo. Cuando por fin puedo respirar de nuevo, los latidos de mi corazón acelerado son lo único que se escucha.
—Sí, tremenda entrada, hermanita. —Santino le da una palmada en la espalda a Diego y mueve su cuerpo hacia la mesa de licores.
No me molesto en ver lo que todos están observando, sé que es a nosotros. Y vaya que me gusta dejarlos mudos. Diego dirige mi silla y no se detiene hasta que recorremos cada mesa. Yo congelo mi sonrisa cuando me toca extender mi saludo a cada hijo e hija de...
—¿Estás lista para elegir una mesa, cariño? —Diego me pregunta, y me cuestiono cómo se le da tan bien fingir aprecio y llamarme con esos apodos cariñosos. Guardo el pensamiento cuando asiento con la cabeza y dejo que me dirija a una mesa libre justo en el centro del salón.
—Mierda, aquí no, Diego. Todos pueden vernos —susurro sin deshacer mi sonrisa.
—Esa es la idea, cariño. —Toma mi barbilla y me besa de nuevo.
Si no escucho un jadeo femenino a mi espalda, es que no escuché nada en lo absoluto—.
Iré por bocadillos. Prepárate para responder preguntas; te van a abordar todas y cada una de las mujeres en este lugar.
—Sonríe como un idiota, y yo soy la idiota cuando se me seca la boca solo de ver esa sonrisa—.
Se van a preguntar cómo le hiciste para tenerme besando el suelo por ti.
—Ahhh, es que ellas no saben lo bueno que eres para mentir —digo, sin poder callar más lo que me ha estado molestando desde que llegamos.
Su mirada cambia, su mandíbula se tensa y sus ojos se dilatan.
—No, Milene. Lo que no saben es que nadie me ha sorprendido tanto como tú lo has hecho.
Con eso y un beso duro donde muerde mi labio inferior, como si estuviera molesto por lo que dije, se va a la mesa de licores.
No mintió. No han pasado ni dos latidos cuando mi mesa se llena de mujeres, viejas y jóvenes, preguntando por mi secreto para tener a Diego Romano así de enamorado.
Dios, no podrían estar más ciegas.
[***]
Al final de la cena necesito un trago fuerte para adormecer el dolor en mis mejillas; fingir una felicidad inexistente es tan cansado. Mi esposo parece darse cuenta porque lleva a mi lado una copa de champán .
—Esto servirá —le digo a nadie en particular antes de tomarla de un solo trago.
—Más despacio, cariño. No quiero aprovecharme de ti. —Su risa me hace sentir calor en muchas partes del cuerpo.
—Necesitarás más que esto para que puedas hacerlo. —Pongo los ojos en blanco, quitándole su propia copa y tomándola con elegancia. No lo puedo evitar, lo tengo en la sangre, supongo.
—Es verdad, no necesito una copa de champán, solo necesito mi lengua —expone alto y claro. Voy a replicar cuando el jefe de toda la organización se aclara la garganta a mi lado.
—Sí, yo no quería escuchar eso. —Siento que me ruborizo hasta los dedos de los pies.
—Ja. —Mi esposo se ríe y le dedica una inclinación de cabeza al hombre que dirige todo desde hace décadas—. No me puede culpar, jefe. Tengo a la mujer más hermosa y maravillosamente impresionante como esposa.
—Tienes razón. No puedo culparte. —Me extiende la mano. No puedo dejar al jefe con la mano estirada, así que hago lo mismo y miro cómo se lleva mis dedos a los labios y besa mis nudillos.
Juraría que el cuerpo de Diego se pone rígido a mi lado, pero debe de ser el champán que me hace ver cosas.
—Diego, me gustaría hablar contigo en mi despacho antes de que te vayas. —Pide el líder de nuestra organización usando un tono formal, pero todos sabemos que es una orden directa.
—Por supuesto que sí, voy detrás de usted. —Antes de que alguno de los dos dé un paso, Diego me devora con un beso posesivo. Por si a alguien le quedaba alguna duda…—. Enseguida vuelvo, cariño. —Me guiña un ojo y sigue a Vito Roselli.
Media hora después estamos subiendo a su auto para regresar a casa. Desde que salió de la oficina del jefe tiene esa arruga entre sus ojos.
—¿Malas noticias? —le pregunto en cuanto rodea el auto y se sube en su asiento. No me responde, pero el tic en su mandíbula me da todas las respuestas.
No digo nada más en todo el camino y esta vez no hay música que llene los silencios incómodos. Lo que sea que el jefe le haya dicho o pedido no puede ser bueno. Y creo que no estoy lista para conocer al Diego enojado, y menos por algo que yo no hice.
Dejo que me ayude a subir a mi silla y, en cuanto entramos a la casa, ruedo hacia mi habitación. Un segundo más en su presencia y creo que algo puede salir muy mal.
No alcanzo a cerrar la puerta de mi habitación cuando esta se abre detrás de mí. Diego, con el rostro furioso, entra y cierra de golpe. Lo primero que se quita es la corbata, después el saco, y los deja caer en la mullida alfombra. Empieza a desabotonar su camisa cuando su gruñido me sobresalta.
—Dime que me detenga —exige con la mirada fija en mí, con los dientes apretados y aún con esa arruga en su ceño.
Sé lo que tengo que hacer. Y sé lo que quiero hacer. Sé lo que va a pasar justo ahora y no tengo la fuerza para detenerlo.
—No.