En Esta Vida No 07 DIEGO
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07 DIEGO

—¿Qué haces? —me pregunta con la respiración entrecortada, sus hermosos labios abiertos soltando el aire de sus pulmones. Mis manos separan un poco más sus piernas para poner todo mi peso sobre ella—. Diego…

—¿Qué estabas haciendo cuando perdiste tu anillo? —Mierda, no he podido dejar de pensar en eso. Necesito saber si lo hizo.

Su rostro se transforma; ya no hay lujuria ni deseo. Me empuja con más fuerza de la que le creía capaz y se sienta en la cama.

—Ya te lo dije antes: no es de tu incumbencia. —Voltea la cara y cruza sus brazos al frente—. No te debo nada. Lo que querías de mí ya lo tienes. Pasemos estos meses siendo personas civilizadas y, al final del plazo, cortemos por lo sano.

Soy yo el que debería estar contento de que no espere un cuento de hadas de nuestro matrimonio, pero a la mierda si dejo que ese Jorge o cualquier otro la tenga.

Ahora es malditamente mía. La tomo de la barbilla y la obligo a verme; no la sujeto con demasiada fuerza, pero sí con la suficiente para que ningún intento de zafarse de mi toque le funcione.

—Te lo voy a decir una única vez, Milene.

—Pego mi frente a la suya—. Eres mi esposa.

Hiciste malditos votos en el altar y no soy de los hombres que comparten.

Si no quieres buscar a un nuevo terapeuta, te aconsejo que no vuelvas a permitir que ese idiota te toque, o te prometo que ya no tendrá manos para hacerlo.

Los ojos de mi esposa se abren como platos; su mandíbula se aprieta tanto que puedo oír el crujir de sus dientes. Está enojada.

—Lárgate de mi habitación —gruñe con los dientes apretados—. Nunca se te ocurra volver a entrar.

—Milene… —gruño un poco molesto.

—No. —Rápidamente me interrumpe, clavando un puño en mi pecho—.

¿Quieres cumplir los malditos votos? Adelante, pon la muestra.

Pero no te vuelvas a acercar a mí o a mis asuntos, porque te juro que te vas a arrepentir.

No conoces nada de mí, Diego. Esto no se trata de ti.

Fuiste tú, pero pudo ser cualquiera el que obtuviera un lugar en la mesa del jefe, y todo hubiera sido por mí. Por mi maldito apellido.

Ella no lo sabe, pero su coraje me tiene empalmado.

Esto no era lo que quería; en realidad no sé lo que quería cuando entré a su habitación.

Cierro los ojos y entiendo que esta noche no voy a ganar nada.

Salgo de su cama y camino hacia la puerta, pero no me voy sin mirar por encima de mi hombro para decirle:

—Este matrimonio es real. Así dure un mes, un año o toda la puta vida. —Eso último no sé por qué lo dije, pero el mensaje queda claro.

El resto de la semana me esfuerzo por no hacer nada que la pueda molestar; solo la veo durante las cenas y no compartimos más de dos palabras. Su anillo no vuelve a dejar su dedo y al menos eso me dice que es mía. Además de los constantes sueños en los que aparece encima y debajo de mí.

—Tenemos la cena con los capos la siguiente semana. —Es la primera oración de más de dos palabras que le digo en cinco días.

—No asisto a eventos públicos —me responde sin levantar la mirada de su plato .

—¿Por qué no? —Enarco una ceja y, por primera vez en muchos días, sus hermosos ojos cobrizos se encuentran con los míos.

—No lo hago y ya.

—Es importante —insisto.

—Para ti.

—¿Perdón? —Pone los ojos en blanco.

—Para ti es importante. ¿No te es suficiente lo que ya tienes de mí con este matrimonio? ¿Todavía necesitas que finja ser una esposa sumisa? —Su volumen se eleva con cada pregunta. Empieza a alejarse de la mesa, pero tomo su mano antes de que pueda hacerlo, como esa última vez.

—No es eso lo que quiero, Milene. Solo te pregunté por qué no lo haces; en ningún momento dije que te quería allí conmigo.

—¿Estás ciego? —De pronto sus ojos brillan con rabia—. ¿A cuántas personas de la organización has visto que me visiten, o que siquiera me llamen para saber cómo estoy?

No respondo.

—Exacto. Dejé de existir para todos desde… —Se calla y miro cómo traga con dificultad—. No importa. Diviértete en la cena.

No me di cuenta de que mi mano la había soltado, así que hace rodar su silla y se pierde por el pasillo que da a su habitación.

Una maldita semana y esto no es más que un maldito desastre. Me quedo en la biblioteca más de una hora después de la cena, tomando y meditando en cada palabra que ha salido de la boca de Milene esta noche.

Hace dos años de su accidente y ha estado sola desde entonces; la abandonaron, la dejaron luchar por ella misma. Sola. El vaso en mi mano cruje hasta que se rompe en mis dedos. No me molesto en mirar los daños; paso por encima de los restos cuando salgo de la biblioteca para ir a buscar a mi mujer.

Llego a su puerta y el final de una melodía melancólica en el piano me estruja algo en el pecho.

Sé que me pidió que no volviera a entrar, pero en este momento no tengo control de mí mismo.

Giro la manija y entro. Nota mi presencia, lo sé, su postura me lo dice.

No está usando su silla de ruedas; está sentada en el banco del piano.

Imagino cómo hace cada día para bañarse, cambiarse e ir de un lugar a otro sin ayuda.

Es fuerte, más de lo que yo creía. Y me gusta.

—Diego… —empieza con voz cansada.

—No les des el gusto. No dejes que te crean débil, porque no lo eres. —Suspira y por fin se gira para encontrar mi cara.

—Si me importara lo que piensen de mí… —dice, y veo lo agotado que está su espíritu.

Camino y pongo mis manos a ambos lados de su cuerpo sobre el piano. Me inclino; ella sigue mi movimiento tanto que puedo respirar el aliento que sale de su boca.

—No te importa, pero duele sentirse inferior, ¿verdad? —No dice nada, me mira a los ojos—. Ven conmigo a la cena y te prometo que no dejaré que nadie vuelva a hacerte menos.

—Soy menos. En este mundo lo soy —murmura, convencida de eso.

Regreso mi mano al frente para tomar su barbilla.

—No, no lo eres.

Los dos nos damos cuenta al mismo tiempo de la sangre que gotea de la mano que la sostiene. Maldigo internamente cuando ella abre mucho los ojos. Se lleva las manos a la boca y jadea.

—Dios, ¿qué te pasó? —Agarra mi mano y una gota roja moja su ropa de dormir.

—No es nada —digo sin darle importancia.

—¿Cómo que eso es nada? Estás sangrando. Dios. —Mira a su lado, toma una prenda de ropa del primer lugar que alcanza y la usa para envolver mi mano.

—Se ve más feo de lo que en realidad es —digo mientras niega con la cabeza. Que se preocupe por mí es… excitante.

—Entra a mi baño; debajo del lavabo hay un botiquín de primeros auxilios. Tráelo —me ordena, y su voz de mando me hace algo.

—Sí, mamá. —Me burlo de ella y pone los ojos en blanco.

Camino al baño y, cuando salgo solo dos minutos después, ya está en su cama con la silla de ruedas a su lado. De nuevo siento esa oleada de orgullo.

—Ven aquí —me pide.

Decido no contradecirla y dejo que cure mi mano. Se lo toma muy en serio cuando desinfecta el corte. Es profundo, pero no necesita puntos. Lo envuelve con una gasa y lo asegura con una cinta mariposa.

—Estarás bien, no dejes que se infecte —dice concentrada. No me está viendo a la cara y, sin embargo, yo no puedo hacer otra cosa que mirarla a ella.

—Gracias —susurro una vez que termina de guardar todo en la caja de nuevo.

—No fue nada —dice, pero una respiración entrecortada saliendo de sus labios me advierte que está nerviosa. Siempre que estamos en esta posición es así.

No hace nada cuando tomo el dobladillo de su bata y la levanto con la intención de pasarla por su cabeza.

—Vamos a quitarte esto. Está arruinada con mi sangre.

Me deja hacerlo, y ninguno de los dos se sorprende cuando debajo de eso no hay ropa interior. Traga saliva e intenta cubrirse, pero sostengo sus manos.

—Dime, Milene, ¿has podido olvidar nuestra noche de bodas? —pregunto con una sonrisa de lado—. Porque maldita sea, yo no. Ni un maldito segundo desde ese día.

Separa los labios y mi miembro que parece tener mente propia, me hace imaginar muchas maneras de usar esa boquita.

—No puedo olvidar lo apretado que es tu cuerpo y lo rico que me sentí enterrado hasta el fondo dentro de ti. —Mi esposa jadea—. ¿Y tú? ¿No piensas en mí cuando te tocas?

En cuanto digo eso, sus mejillas se ruborizan.

—Te tocas, ¿verdad?

MILENE

No puedo evitar que la vergüenza pinte toda mi cara. Él ya sabe la respuesta antes de que la diga. Su sonrisa de triunfo es lo que más me molesta. Me molesta que tenga razón.

—Lo hiciste, ¿verdad? —insiste con esa sonrisa aún más grande, pero no espera mi respuesta; sus manos suben desde mis rodillas y me acarician cada centímetro de piel al que tiene acceso. Después baja y acaricia la cara interna de mi muslo y… jadeo.

Sí, es solo su toque el que me pone así. Hace unos días dijo que nuestro matrimonio es real, mencionó sus votos en el altar. Y, aparte de la amenaza que les hizo a las manos de Jorge, no ha vuelto a actuar negativamente; al contrario, me dio mi espacio.

Hasta ahora, que insiste en que vaya a la cena de capos. ¿Qué es lo que quiere? No lo entiendo.

Sus manos siguen subiendo, lo intento, pero me es imposible resistirme al placer que él me enseñó y que, como bien dijo, he buscado después de nuestra noche de bodas.

—¿Te provocaste un orgasmo pensando en mí? —me pregunta, y la respuesta sale antes de que tenga el control de mi lengua.

—No pude.

Me arrepiento en cuanto salen las palabras e intento cerrar mis piernas; debí saber que no me dejaría. Sus manos rodean cada una de ellas y me lo impiden.

—¿No? —No continúa hasta que mis ojos regresan a los suyos—. Sabes que estoy del otro lado de la puerta, ¿verdad? Solo tenías que gritar mi nombre y me hubieras tenido aquí para ayudarte.

—Tal vez no quería que me ayudaras. —Recupero un poco de control en mí misma y cambio el tema, ignorando que estoy desnuda delante de él e ignorando también que mis pezones se han endurecido con su mirada—. Ahora dime, ¿por qué necesitas que vaya a la cena contigo?

Se da cuenta de lo que hago, pero no deja de acariciar mis piernas y subir un poco cada vez.

—Me di cuenta de lo mucho que odias tener que ver a todos hacia arriba. Te sientes inferior. —Sus palabras son suaves, pero eso no evita que mi cuerpo se tense.

—Entonces ahí lo tienes, ¿no? Ya está —digo, y hago un gesto con la mano para que se retire.

—Dije que entiendo lo que sientes, pero me falta decir por qué deberías ir conmigo. —Suelto un suspiro y espero a que continúe—. Deberías ir conmigo para que miren lo fuerte que eres.

—No soy fuerte —suelto en un arranque de vulnerabilidad.

Diego me toma de la barbilla con la mano lastimada.

—Maldita sea, lo eres. Estuviste sola desde tu accidente y no dejas de luchar; eres más fuerte de lo que yo pensaba, y también eres más fuerte de lo que tú piensas.

Y no deberías esconderte cuando puedes sonreír delante de ellos, responder a sus caras de mierda con esa radiante sonrisa que tienes.

Con esa imponente mirada que… —Se calla y traga saliva—.

Ven conmigo y te prometo que no dejaré que nadie nunca más te vuelva a hacer menos.

—¿Cómo harás eso? —pregunto frunciendo el ceño .

—Confía en mí —me pide. Quiero decir que no, pero… mi cabeza asiente. Es solo una cena; si sale mal, no tendré que acompañarlo nunca más y él no podrá obligarme.

—Iré contigo —termino.

Diego sonríe de oreja a oreja y podría jurar que el corazón me da un salto.

—Gracias, Milene. —Su mano baja por mi mandíbula hasta rodear mi cuello y llegar a mi nuca.

Entonces me acerca y deja un beso en mis labios.

Es un beso corto; no separo mis labios para él y él no intenta entrar, pero provoca una corriente eléctrica por todo mi cuerpo—.

Estoy muy comprometido con esto. —Nos señala—.

Y lo dije en serio antes: solo tienes que decir mi nombre y vendré a ayudar con lo que sea que necesites.

Abro la boca, pero me interrumpe antes de que pueda replicar.

—Lo siento, no es con lo que necesites, porque tú no me necesitas. — Wow , debo admitir que escucharlo decir eso se siente bien—. Pero di mi nombre y cumpliré con lo que sea que quieras y con lo que sea que desees.

Me da una última caricia y con eso suelta mis piernas; estas se sienten frías de inmediato. Sé cuáles fueron las intenciones de sus palabras, y me maldigo por querer que haga eso justo ahora. Después de todo es mi esposo.

¿Quién dice que yo no puedo sacar provecho de eso?

Ya está en la puerta cuando digo la única palabra que necesito para que él venga y me dé el placer que me enseñó, y el cual empiezo a creer que solo él tendrá el poder de provocar.

—Diego…