06 DIEGO
Bueno, está de más decir que este matrimonio está siendo todo lo que no esperaba. Frente al espejo del vestidor miro el corte en mi labio y el moretón en mi ojo izquierdo. Santino no me dedicó ni un saludo antes de golpearme la cara. Cuando no se lo regresé, me dio otro en la boca.
—Maldito… ¿Ni un solo día pudiste mantener el pene dentro de tus pantalones? —El golpe llegó primero y el reclamo vino después.
—No es lo que parece… —Me cubrí con los brazos, pero el segundo golpe también llegó.
—Si no es lo que parece, dime, ¿qué es esto? —Levantó la pantalla de su celular y una foto mía con las dos putas del club me saludó. No fue Milene. Al menos no todavía.
—Hijos de puta. Los voy a matar. —Le estrellé el teléfono en el pecho a mi mejor amigo y ahora cuñado—. Ellos lo hicieron. Yo solo estaba tomando un trago; sé que no debí estar ahí, pero no pasó nada. Lo juro.
Me miró con los ojos entrecerrados y la mirada más acusatoria posible.
—Te lo advertí, cabrón —me gritó—. Mi hermana no se merece ni que aparezcas en esa foto. Tenemos un trato, idiota, pero no voy a dejar que le faltes el respeto a Milene. No a ella.
Lo sé.
—Agradece que Milene no se entere de esto, o sabrá Dios lo que te haré. —Demasiado tarde. Pensé, pero Santino no tiene por qué saberlo.
Me sacudo el recuerdo y me meto en la cama con solo un bóxer ajustado alrededor de mi cuerpo. A lo lejos se escucha una melodía que viene del piano de Milene.
Hoy es más intensa que ayer. Es diferente. Refleja todo lo que siente en este momento con cada nota. Es electrizante. Tan… hermoso. Me llena de algo que no puedo describir y me llega a lo más profundo de mi ser.
Recuerdo la cena y el cómo ver que Milene no estaba usando el anillo que compré para ella me movió más de lo que debería. Me doy cuenta de que realmente no conozco a mi esposa. Antes de la boda no había esta necesidad en mí de conocerla. Eso es lo que me tiene mal.
Esos ojos color cobre me decían que no sabía dónde lo había dejado. Casi me vuelvo loco. Y su reclamo… ¿Podría ser un indicio de sus acciones? No sería capaz. Ella se guardó hasta el matrimonio… Pero también sé que hay muchas otras maneras.
Maldita sea, el recuerdo de nuestra primera noche todavía me perturba. Mi pene todavía siente lo apretado de su centro. Abro los ojos nada más para ver una carpa delante de mí.
Fabuloso .
Me doy la vuelta y me tapo los oídos.
No tengo tiempo para esto. Tal vez sea mejor así: olvidar lo que pasó y enfocarme en lo que tengo que hacer. Solo tengo unos cuantos meses, menos dos días. Con ese pensamiento me quedo dormido.
Despierto mejor de lo que desperté el día anterior; me digo que es una buena señal. Salgo de la cama, me ducho y me preparo para el día. Y en ningún momento estoy pensando en mi esposa.
Sí, claro .
Salgo de mi habitación y no me molesto en ver en dirección a la puerta de madera sólida color caoba con molduras de relieve que tengo enfrente. No. Camino directo a la biblioteca para poner en orden la oficina que usaré para trabajar desde casa.
Me paro en seco con el sonido de una risita juguetona; se parece mucho a la de Milene, solo que a mí no me ha dado ninguna, así que no lo puedo jurar. Después viene una risa masculina y ahora sí deseo que sea Ana o cualquier otra niña del servicio.
—Gracias por traer mi anillo, Jorge. No tenía idea de dónde lo había perdido. —Sí, es mi maldita esposa, dándole sonrisas a…
¿Quién es ese Jorge? Mis puños están cerrados a mis costados, esperando averiguarlo pronto.
—No quiero meterte en problemas. Cuando lo encontré en la cama después de que te fuiste, creí que no debía esperar a nuestra próxima reunión para regresártelo. Así que aquí me tienes.
¿Una maldita cama? Dejo de escuchar porque la sangre me empieza a bombear tan fuerte en los oídos que no podría oír nada, aunque lo intentara.
¿Una maldita cama? ¿Próxima reunión?
Maldita Milene, eres igual que todas.
—No tenías que hacerlo, pero te lo agradezco. Ya que estás aquí… ¿te gustaría ver mi piscina? Quiero estar segura de que sea funcional para cuando empecemos la terapia en agua —dice, y por fin lo entiendo todo.
Ese es su terapeuta. Aun así, su voz no me dice que tenga más de cincuenta años, así que…
—Por supuesto. Guíe el camino, señorita.
Eso es todo. Salgo de mi escondite y llego a ellos de tres largos pasos.
—Señora Romano para ti. —El tipo no se inmuta; ni siquiera se sorprende el muy idiota. No tiene miedo de mí. Debería. No tiene idea de lo que soy capaz.
Todo lo contrario, pasa con mi esposa, quien se gira en su silla para darme la mirada más asesina que tiene.
Me daría risa si no estuviera tan enojado ahora mismo.
Le regreso la mirada y entiende el mensaje.
Creo que también quiere llevar la fiesta en paz, al menos por educación o por vergüenza.
Estrecha la mirada antes de relajarse y volver a ser una mujer imperturbable.
—Jorge, te presento a mi esposo, Diego Romano. —Me mira a mí—. Diego, este es Jorge. Mi terapeuta.
Extiendo la mano y estrecho la de Jorge. Quiero romper sus huesos por poner sus sucias manos encima de mi mujer.
Dios, ¿te estás escuchando?
Siento el momento exacto en el que me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Esto es temporal y no puedo desenfocarme de mi propósito. Suelto la mano del idiota y relajo mi postura.
—Veo que recuperaste tu anillo —le digo a mi esposa, quien enarca una ceja. Sí, yo tampoco entiendo mis cambios bruscos de temperamento.
—Así es. Ahora, si nos disculpas, tenemos algo que hacer. —Habla de una manera tan profesional.
—Sí, escuché lo de la terapia en agua. —Tal vez no debí decir que escuché su conversación; Milene agacha la cabeza y estoy seguro de que se está ruborizando. ¿Por qué es eso? ¿Siente vergüenza de intentar recuperar su vida?—. Bueno, sigan con lo suyo. Estaré en la oficina si me necesitas, cariño.
Quiero darme la vuelta y volver por donde vine, pero, impulsado por algo que no entiendo más que cumplir con mi contrato matrimonial… Doy un paso para quedar frente a Milene. Me inclino lo suficiente para poner uno de mis brazos en la silla y, con la otra mano, levantar su barbilla.
Me mira con los ojos muy abiertos y confundidos. Se ve hermosa así. Como… Trago saliva. Como esa noche. Entonces sigo mis instintos y la beso .
Beso a mi esposa porque puedo y quiero. Jadea por la sorpresa y aprovecho para sujetar su mandíbula mientras meto mi lengua hasta lo más profundo de su garganta; la saboreo por todas partes y no evito que mi cuerpo reaccione.
Solo por eso me detengo, para no caminar con una erección delante de ellos.
Pero antes de soltarla, muerdo su labio inferior hasta que gime.
MILENE
Su lengua llega a lugares que creía imposibles; me quedo muda cuando su mano me quema la piel mientras me sujeta de la mandíbula y me succiona el alma en ese beso posesivo y reclamante.
Me quedo callada mucho tiempo después de que desaparece por la puerta de la biblioteca, con la boca abierta y respirando entrecortadamente. No sé cuánto tiempo pasa, pero alguien se aclara la garganta detrás de mí y entonces lo recuerdo.
Jorge.
—Sígueme, por favor. —No me giro ni levanto la cabeza para verlo; en este momento, simplemente no puedo.
Media hora después, Jorge se ha ido por la puerta de mi casa y yo sigo con la sensación de ese beso en los labios.
—Maldito.
Hoy no tengo sesión, así que toca pasar todo el día en casa. Espero que en algún momento Diego aparezca; no sé lo que le diré, solo sé que necesito decir algo. Pero no lo hace; no aparece para la comida y tampoco para la cena. Está cumpliendo su palabra:
«Ni siquiera notarás que estoy ahí» .
El problema es que sí lo noto.
Me retiro a mi habitación completamente agotada. No es como que pueda hacer mucho físicamente, pero mentalmente estoy exhausta. La casa está tan silenciosa que solo se escuchan las llantas de mi silla.
Entro a mi cuarto y me paralizo. Porque parado junto a mi piano, con el cabello despeinado, las mangas de su camisa dobladas hasta los codos y la postura más relajada que puede tener, está mi esposo.
—Te estaba esperando —dice. Quisiera que su voz no provocara nada en mí, pero, maldita sea, lo hace. Su voz recorre cada centímetro de mi cuerpo como una caricia y lo odio.
—No veo para qué. —Agradezco que mi voz y mi cuerpo no reflejen lo que su simple presencia me provoca. Ruedo hacia mi armario; necesito poner distancia.
Cuando regreso, sigue parado en el mismo lugar, con la misma maldita postura relajada.
—¿Qué necesitas, Diego? —Dejo salir todo el aire de mis pulmones y lo miro a los ojos. Otro error.
—Hablar.
—Habla, entonces. —Coloco mi silla al lado de la cama; voy a esperar a que termine para por fin subir a ella y descansar.
No sé qué mira en mis ojos, pero se acerca a mí tanto que me obliga a levantar la cabeza. Odio que sea tan alto.
—¿Qué ha…?
Ya es tarde para preguntar. Me levanta de la silla como si no pesara nada y me sienta en la cama.
Mi cuerpo descansa automáticamente en cuanto siente lo suave del colchón.
Al menos mi cara ahora está al nivel de la suya; tarda unos segundos de más en soltar mi cintura y son los mismos en los que no puedo dejar entrar aire a mis pulmones.
—¿Qué necesitas? —De nuevo hago la pregunta. No me doy cuenta de cómo sale de mis labios hasta que Diego sonríe de lado .
—¿Te han dicho antes que eres jodidamente receptiva? —levanto la cabeza, pero no le doy el gusto.
Usa una de sus piernas para abrirse paso entre las mías; no hago nada para detenerlo.
Mi vestido del día se sube hasta la mitad de mis muslos.
No quiero bajar la mirada, pero soy obligada a cerrar los ojos y morderme el labio inferior cuando siento las manos de Diego tocando mis piernas como la noche de nuestra boda.
Esa noche que se niega a abandonar mi mente.
—Dime, Milene, ¿esa es la cara que pones cuando ese tal Jorge te toca? —Su pregunta me hace salir de golpe de la espiral en la que estaba.
Mis ojos se encuentran con los suyos y me doy cuenta de que no: no siento nada cuando Jorge me toca. Pero estoy segura de que mi esposo no tiene por qué saberlo.
—Esa información no es de tu incumbencia. —Le doy una respuesta seca.
—Ah, ¿no? —Su agarre se hace más fuerte, pero no llega a ser doloroso—. Yo creo que sí es de mi incumbencia si mi esposa se pone a gemir frente a otro hombre que no es su esposo.
Mis labios forman una línea recta y parece adivinar mi pensamiento, porque suspira y afloja el agarre.
—Mira, te prometo que no hice nada esa noche. Fue una broma por parte de mis amigos, no debí entrar a ese lugar. No he tocado a ninguna otra mujer desde… —Diego mira hacia otro lado, se calla y niega con la cabeza—. Desde el día de nuestro compromiso.
Su confesión hace algo en mis entrañas; no debería, pero le creo.
—No veo por qué debería de importarme dónde metes o no el pene. Esto… —Nos señalo a los dos—. Es falso. Necesitas mi apellido y todo terminará pronto. Y entonces, yo… seré libre .
No sé cuál es la emoción que cruza por su rostro, pero tampoco la quiero averiguar. Dejo de verlo, pero siento cómo su respiración cambia.
—Solo tienes razón en una cosa, Milene —gruñe, y no puedo evitar buscar su cara. El fuego que veo en ella no se parece a ninguno que haya visto antes—. Esto tiene una fecha de caducidad. Esa es la única verdad.
Quiero abrir la boca para replicar, pero antes de que pueda hacerlo, sus labios se estrellan con los míos.
Es un beso desesperado, incluso más que el que me dio por la mañana.
Mis manos suben a su pecho para alejarlo, pero termino sujetándolo de la camisa y no me doy cuenta hasta que mi espalda está completamente acomodada en el colchón y la imponente figura de mi marido está entre mis piernas.
Estoy perdida.