05 DIEGO
Perdí todo el día organizando la maldita mudanza; no pude hacer nada en mi oficina. Cuando quise regresar a la casa de Milene —«mi casa»—, recibí un mensaje de mis amigos para encontrarnos en un bar.
Me dije que una copa sería buena para poner orden en mi cabeza después de la noche anterior. Para despejar esas ideas que mi mente me ha estado machacando todo el maldito día y para borrar la imagen de Milene entregándose a mí, que todavía me tiene con media erección.
Resulta que no me citaron en un simple bar. Es un club de sexo, como el que visité la noche antes de la boda.
—Mierda.
Debería darme la vuelta. Debería ir a ver cómo está Milene después de… bueno. Fue su primera vez y simplemente desaparecí.
No lo hago; entro al puto club con la esperanza de ahogar con alcohol lo que sea que sea este pensamiento. Encuentro a los chicos de la organización. A todos menos a Santino. Malditas gracias.
Pido un vaso de whisky antes de acercarme por completo a ellos. Me siento en uno de los sofás dentro de la zona VIP donde están los pendejos. Se empiezan a reír en cuanto me miran.
—Diego, ¿ tan pronto con problemas en el paraíso? —No me molesto en ver quién lo dice; está claro que todos serán unos idiotas esta noche.
—Putos, no me dijeron que era un club de sexo cuando me mandaron ese mensaje —gruño, pero no dejo que me afecte.
—Creímos que estarías enterrado en el cuerpo de tu esposa y que nos ignorarías. —Ese es el maldito de Pier. Lo fulmino con la mirada, porque él no lo sabe, pero eso es exactamente lo que mi cuerpo me pide hacer.
Espero a que llegue mi vaso de whisky para bebérmelo de un trago.
—Si alguno de ustedes vuelve a mencionar el cuerpo de mi esposa, les cortaré la lengua.
Todos saben que no hago amenazas en vano, y no sería la primera vez que hago un trabajo así para la organización.
Claro, este sería de índole personal. Todos levantan sus manos a modo de rendición y echan sus cabezas hacia atrás para tragarse las ganas de reír.
Los ignoro; yo solo vine por un trago, uno que de alguna manera se convierte en media botella.
Dos horas después, sigo viendo cómo mis amigos se cogen a una puta tras otra. Yo rechazo a las dos que intentan seducirme. No puedo evitar que una se acerque demasiado, así que la tomo del cuello y la arrojo al suelo.
—Oye, Romano, no es necesario que te pongas agresivo. Si no quieres fallarle a tu matrimonio tan pronto, mejor vete.
Sí, eso es justo lo que debí hacer desde el principio. No me molesto en dirigirle la mirada a ninguno de estos idiotas. Me levanto y camino hasta mi auto.
Me toma treinta minutos llegar a mi nuevo hogar; ya estaba manejando hacia mi departamento cuando recordé que ya no vivo ahí. Me quedo treinta minutos más sentado en el asiento de mi auto antes de salir. Hay algo en mi mente que no me deja en paz, y tiene todo que ver con la noche anterior.
Ya no estoy tan borracho cuando camino a la que elegí como mi habitación, pero antes de entrar, el sonido de una melodía fuerte me perfora el cerebro. Y el pecho también.
Milene.
Doy media vuelta y pego mi cabeza a la puerta por la que salí hace menos de veinticuatro horas.
Con la mano en el picaporte, espero a que la lúgubre pero emocional melodía termine, pero no lo hace; solo sigue y sigue, subiendo en intensidad y sentimiento.
Con eso, mi corazón también late cada vez más rápido.
Siento que me hago uno con la música y, cuando me doy cuenta, ya estoy dentro de la habitación de mi esposa.
Milene se percata demasiado rápido de mi presencia y se detiene.
No, por favor, necesito más de eso.
—No te detengas, Milene. Es hermoso —le pido, y noto el momento exacto en el que su respiración cambia.
Se gira lentamente y se encuentra con mi mirada; me siento drogado.
No sé lo que ella mira en mis ojos, pero la hace tragar saliva.
Después baja la vista a mi boca y quisiera no darme cuenta, porque yo también miro la suya y todo lo que pasó la noche anterior, lo que no me pude sacar de la cabeza en todo el puto día, regresa a ser lo único en lo que puedo pensar.
Pero algo pasa: el fuego desaparece de sus ojos y es reemplazado por rechazo y, aunque no me atrevería a jurarlo, creo distinguir algo de odio y decepción en su mirada.
¿Qué pasa? Quiero preguntar, pero es ella la que habla primero.
—¿No sabes tocar la puerta? —Auch. Si su tono cuando me reclamó que no la busqué desde el compromiso me había quemado el pecho, este tono es como un puto disparo en el corazón .
—Lo siento, estabas tocando tan apasionadamente que no quería interrumpirte. —Doy un paso más cerca, esperando que regrese a su estado anterior, en el que me desea.
—Pues ya lo hiciste. —Sí, parece que eso no va a pasar—. ¿Qué necesitas?
Nada. Todo. Verte. Que vuelvas a poner tus dedos en esas teclas.
—Nada en realidad. Acabo de llegar, yo… —digo, enderezando mi postura—. Ya me voy a dormir.
Doy un paso hacia atrás y me detengo. No sé por qué lo hago; ya dejó claro con su actitud que no quiere tenerme cerca.
—Cierra la puerta por fuera —me ordena y se da la vuelta para dejar de verme.
¿Qué hice? maldita sea ¿Es porque no estaba con ella cuando despertó? ¿Porque no la llamé en todo el día? ¿Esperaba eso? Sacudo las preguntas y salgo de su habitación antes de que haga otra cosa para quedar más abajo en su lista de personas favoritas.
Por fin entro a mi cuarto, más confundido de lo que pensé.
El alcohol se me ha salido por completo después de todo eso.
Me recargo en la puerta y veo que mis cosas ya están instaladas y toda mi ropa dentro del vestidor.
Voy en esa dirección para buscar algo para dormir; las luces se encienden automáticamente en cuanto doy un paso dentro y el espejo de pared completa me saluda.
Me acerco para desabrochar mi camisa y entonces lo veo.
—Puta de mierda. —Ahora lo entiendo todo.
Me arranco la maldita camisa del cuerpo y la arrojo a la basura. Siento el impulso de regresar a la habitación de Milene.
¿Para qué? ¿Para decirle que estabas en un club de putas, pero que no follaste con ninguna porque no podías sacarla de tu cabeza?
Maldita jodida mierda .
Toda la noche doy vueltas en la cama sin poder dormir. Cuando por fin me vence el sueño, no falta mucho para que los primeros rayos del sol aparezcan por mi ventana. Despierto sobresaltado por el ruido de una cortadora de césped; me incorporo y ya son más de las doce del día.
—Mierda —gruño y me levanto.
Entro a mi baño privado y me tomo la segunda ducha más rápida de mi vida. Me visto con algo casual; hoy dedicaré el día completo a ordenar un lugar donde pueda trabajar. Salgo y lo primero que miro es la puerta del cuarto de Milene.
Me acerco y recargo mi frente en ella. Doy tres golpes y espero su permiso para entrar, pero no hay respuesta. Pienso que es tarde, tal vez no esté ahí dentro. Sigo por el pasillo y encuentro a una muchacha de servicio.
—Oye, tú, ¿cómo te llamas?
—Soy Ana, señor —responde con una inclinación de cabeza.
—Ana, ¿dónde está mi esposa? —pregunto, buscando a mi alrededor.
—La señorita Milene salió.
¿Señorita? ¿Milene le pidió que la siga llamando señorita? No debería de importarme, pero, mierda, lo hace.
—¿A dónde fue?
—No estoy autorizada para decirlo, señor, lo siento.
Doy un paso en su dirección para dejarle claro que no puede ocultarme el paradero de mi esposa. Ni siquiera sé si tiene guardaespaldas. En ese momento, por la puerta principal, entra Santino con una cara de pocos amigos, que empeora una vez que se da cuenta de mi presencia.
Maldita sea. Milene se lo dijo .
MILENE
Me esfuerzo por pasar la mejor noche posible. Doy vueltas en mi cama por horas, hasta que por fin puedo quedarme dormida. Los sueños que van y vienen después de mi accidente no hacen mucho por mí.
A primera hora de la mañana, mando a cambiar de nuevo las sábanas de mi cama; seguía sintiendo ese aroma en el aire.
El suyo. Ya no lo quería. Salgo de mi habitación para dejar a las muchachas arreglar eso y desayuno en la cocina.
No tengo idea de si mi marido está en casa o no, pero no me importa; dijo que ni siquiera notaré su presencia y eso es exactamente lo que quiero.
—Ya está lista su habitación, señora. —Me informa Ana apareciendo por la cocina.
—Dime señorita, no me gusta el «señora» —le pido.
—Como usted diga, señorita.
Asiento con la cabeza. Aún faltan un par de horas para mi terapia, pero por primera vez en mucho tiempo no quiero estar en mi propia casa. Y eso ya es algo, considerando que ha sido mi lugar seguro por casi un año.
—Voy a salir. Si alguien pregunta por mí —y por alguien me refiero a Diego—, no tienes idea de dónde estoy.
—Sí, señorita.
Así también llamo a mi chofer y salgo de la casa que ahora tengo que compartir con un completo idiota.
Hay un plazo , me recuerdo. Puedo hacerlo.
Doy vueltas por la ciudad sin tener idea de a dónde ir. Ya no tengo la atención de mis padres y hablar de amigas… sería mentir. En la mafia no hay amigos. Termino llegando a mi terapia con una hora de anticipación .
Jorge, mi terapeuta, se ha convertido en una constante en mi vida; la única constante en realidad. Es solo unos años mayor que yo y está muy comprometido con lo que hace.
—Hola, Milene. Llegas temprano. —Jorge sale de la sala de terapias y corre a saludarme con un beso en la mejilla—. Mi asistente me dijo que estabas aquí. ¿Está todo bien?
Me gusta que siempre que me habla se pone en cuclillas para no estar por encima de mí. Creo que entiende lo que se siente sentirse inferior a los demás de un momento a otro.
—Salí temprano de casa y no tenía a dónde más ir. Lo siento, esperaré a que sea mi turno. —Me encojo de hombros y le doy una sonrisa tímida.
Encontré a Jorge en internet, en una de mis tantas investigaciones.
La primera vez que lo vi, sentí que ya me estaba esperando.
Esa sensación no la tienes todo el tiempo; fue por la época en la que me mudé sin que mis padres hicieran nada para intentar conservarme en la casa familiar.
Entonces me quedé, y lo he visto tres veces por semana desde entonces.
—De ninguna manera, Milene. Por favor, entra conmigo. Estoy cien por ciento disponible para ti. —Toma mi mano y se percata de una roca enorme en mi dedo anular.
Oh, no.
Olvidé quitarlo.
—¿Te casaste desde la última vez que te vi? —me pregunta con una emoción diferente en los ojos.
—Aamm, algo así.
—Bueno, ¿felicidades? ¿O no? —Me sonríe y ese pequeño gesto me hace sentir un poco mejor.
—No es importante. Es… —empiezo.
—No, no me lo cuentes si no puedes. Créeme, yo entiendo esa parte de la vida a la que perteneces y no soy nadie para juzgarte. —Se levanta y me extiende la mano para que lo siga.
Esa es otra cosa de la que nunca hemos hablado. Él sabe a dónde pertenezco. Y no sé si es solo por mi apellido o por algo más. Asiento con la cabeza y ruedo mi silla delante de él. Su sola compañía mejora mucho mi día.
En un par de semanas empezaremos con sesiones de terapia muscular dentro del agua.
Sabía que la piscina en casa serviría para algo; estaba esperando que esta etapa llegara.
Tengo mucha esperanza en los resultados.
En el peor de los casos, en poco más de seis meses, estaré en París buscando una reconstrucción de rodillas.
[***]
Llego a casa horas después, muriéndome de hambre. Entro con una cara muy diferente a la que tenía cuando salí hace unas horas. Ana se me acerca con una expresión de terror en el rostro.
—Señora, la cena ya está servida y su esposo la está esperando en el comedor.
Ah, sí. Ya recuerdo por qué me fui en primer lugar.
—Gracias, Ana. Yo me encargo desde aquí —digo y, con un suspiro pesado, ruedo mi silla hasta el comedor. No voy a dejar que nada me baje la moral. No hoy.
Entro, Diego está sentado en la cabecera de la mesa, recargando sus gruesos músculos en los reposabrazos de la silla y con las mangas dobladas hasta los codos. Sus venas saltonas sobresalen por encima de sus tatuajes. Parece que no está de muy buen humor.
Lástima.
Levanto la mirada para encontrar su cara y, además de su mirada dura, encuentro un moretón en su ojo izquierdo; también tiene el labio reventado.
Estoy segura de que no estaban ahí anoche.
Me instalo en mi espacio a su izquierda y espero a que nos sirvan la cena.
No digo nada y él tampoco. Está tomando un vaso de whisky y no estoy segura de que sea el primero que se toma.
Si tiene un vicio con el alcohol, es su maldito problema.
Pido una copa de vino rosado para acompañar la comida de hoy. Cuando me llevo la copa a los labios, los ojos de Diego se estrechan y me parece escuchar rechinar sus dientes.
—¿Dónde está tu anillo de bodas?
Miro mi mano y recuerdo que me quité el anillo cuando seguí a Jorge al salón de terapia. Cierro los ojos tratando de recordar dónde lo dejé, pero no encuentro una imagen en mi cabeza.
—Me lo quité —respondo, más tranquila de lo que de verdad estoy.
—Sí, eso es lo que veo, Milene. —Sube sus puños a la mesa—. ¿Te lo quitas cada vez que sales de casa? —gruñe la pregunta y se inclina en la mesa, más cerca de mí.
—¿Tú lo tenías puesto anoche? ¿O te lo quitaste antes de cogerte a otra? —Cierro los ojos y me arrepiento en cuanto las palabras salen de mi boca.
—¡Milene! No es lo que crees. Yo…
—No me interesa en lo más mínimo, Diego. —Lo corto—. Pero tal vez quieras tener cuidado con que mi hermano no se entere de tus actividades. A él le importa mucho más que a mí en lo que decidas invertir tu tiempo.
Ya perdí por completo el apetito. En este momento es cuando quisiera poder usar mis piernas para patear y correr como me venga en gana.
Me conformo con rodar hasta mi habitación y cerrar la puerta detrás de mí.