04 MILENE #2
Me permito admirar todo su cuerpo: es increíblemente hermosa. Esos mechones castaños enmarcando su cara y su piel lechosa, tan suave. Sigo bajando mientras me alejo de ella y llego a sus rodillas.
Mierda.
Tiene cicatrices, grandes cicatrices en cada una de ellas. Tienen una forma irregular y deforme. Dijo que toma terapia; me pregunto si algún día podré verla caminar como la reina que siempre estuvo destinada a ser.
Sacudo todos mis pensamientos sobre ella. Tomo mi ropa del piso y, para cuando salgo de su habitación, ya escucho su respiración uniforme.
Hay una puerta justo del otro lado del pasillo. Es una habitación sencilla, con cama grande y un gran armario. También tiene baño privado, así que me quedaré con esta.
También estaré cerca de ella.
Ignoro ese pensamiento y lo primero que hago es tomar una ducha. Sigo empalmado y se siente raro, así que debajo del agua uso mi mano hasta que estoy completamente saciado. Me vengo de nuevo por todo el azulejo en el momento exacto en que sus ojos color cobre aparecen en mi mente. Mirándome.
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Doy vueltas en la cama hasta que logro dormir un par de horas. Me levanto antes de que salga el sol y tomo otra ducha donde me obligo a masturbarme de nuevo para liberar algo a lo que no le encuentro sentido. Tengo un día muy ocupado y, con la mudanza, será mejor que empiece ahora mismo.
Salgo de mi habitación y miro la puerta del cuarto de Milene.
Recuerdo todo lo que pasó anoche y me arrepiento de alguna manera.
Ni siquiera tenía planeado consumar el matrimonio; el plazo se iría rápido.
Pero después de sentir lo receptiva que fue a mis caricias, no pude evitar acostarme con mi esposa.
Sacudo el recuerdo de mi mente y salgo de la que será mi nueva residencia por los próximos meses. Dejando instrucciones al personal de servicio para cuando lleguen todas mis pertenencias.
MILENE
Despierto sin entender lo que está pasando a mi alrededor; por un momento no reconozco ni mi habitación. Muy pocas veces, o tal vez nunca, me he despertado sintiéndome así, sin ninguna fuerza en mi cuerpo. Entonces, como un golpe de frente, todo lo que pasó la noche anterior, regresa a mi mente.
—¡Mierda! —Me siento en la cama y me miro desnuda debajo de las sábanas—. Tuve sexo con mi esposo.
La mancha de sangre en las sábanas lo confirma. Jadeo con las manos en la cara y dejo caer mi espalda en la cama de nuevo; un rico aroma almizclado se desprende con mi movimiento y un escalofrío me recorre el cuerpo. Rápido paso mi mano por el otro lado de la cama, pero está intacto.
Se fue.
—Bien, lo hicimos y ya. Fue solo sexo, consumamos el matrimonio, eso es todo. —No sé por qué tengo que convencerme a mí misma de que es así.
Me muevo y llego a la orilla de la cama cuando Ana toca la puerta antes de entrar. Apenas logro cubrirme con la sábana antes de que me encuentre desnuda.
—Buenos días, señ… —Se da cuenta de la escena y casi deja caer la bandeja con mi desayuno—. Lo siento mucho, señorita. ¡SEÑORA! Perdón. Regresaré en un momento.
Su cara está roja de vergüenza. Todos aquí saben que me casé hace menos de doce horas. Tal vez no esperaba que algo como tener una noche de bodas real pasara. A decir verdad, yo tampoco.
—Entra ya, Ana —le gruño—. Deja el desayuno donde siempre y ordena un poco mi habitación —le pido, mientras me dejo caer en la silla a un lado de mi cama y me dirijo al baño para tomar una ducha.
Cuando salgo, mi cama está perfectamente tendida con sábanas nuevas y no hay rastro de que alguna vez pasó lo que pasó. De no ser por el dolor que siento entre las piernas, me atrevería a convencerme de que fue solo un estúpido sueño.
A lo largo del último año he perfeccionado el arte de vestirme; ya lo hago tan natural que cualquiera podría decir que soy completamente normal. Lástima que no lo soy.
No sé nada de mi esposo ni antes ni después de regresar de mi terapia muscular. Tengo que ejercitar los músculos de mis piernas a pesar de no poder sostenerme en pie; solo así algún día será posible la reconstrucción. Llego tan adolorida a casa que lo único que quiero hacer es dormir .
Después de que Ana se lleva el plato con la cena que apenas toqué, le pregunto por segunda vez en el día por mi esposo. No sabe nada, además de que han llegado sus pertenencias y fueron guardadas en una de las habitaciones.
—Bien, parece que cumplirá su promesa de no hacerse notar —digo más para mí misma.
Pierdo por completo el sueño ya bien entrada la noche. Bajo de mi cama y me impulso en la silla hasta mi piano.
«—No sabía que tocabas el piano.
—Creo que conoces muy poco de mí, Diego».
Sacudo el recuerdo de la noche anterior y dejo que mis emociones se reflejen en cada nota que toco. No sé cuánto tiempo lo hago; solo sé que esta es la única otra manera que tengo de sentirme viva.
Escucho un ruido detrás de mí. Detengo mis dedos ya cansados. No alcanzo a girarme cuando la voz de mi esposo me sorprende.
—No te detengas, Milene. Es hermoso.
Su voz me provoca algo muy parecido a lo que siento cuando estoy tocando el piano; es como si su voz también entrara por mi piel y se paseara por mis venas.
Me giro lentamente para verlo y lo primero que noto son sus ojos dilatados, un poco entrecerrados; parece haber tomado.
Bajo a su boca y solo veo la imagen de todos nuestros besos.
Pero todo muere cuando sigo bajando y, en el cuello blanco de su camisa, encuentro un beso pintado con labial rojo barato.