En Esta Vida No 04 MILENE
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04 MILENE

—¿Te guardaste para mí? —Su pregunta ronca me mueve todo por dentro; de una manera que no conocía hasta ahora. Hasta él.

Mi vestido de novia está roto y acumulado alrededor de mi cintura, mis pechos están desnudos y mi esposo me está preguntando si aún soy virgen.

Dios, ¿en qué momento llegamos a esto? Solo tenía que ayudarme con mi vestido.

No sé por qué, pero una parte muy dentro de mí, una que no había despertado hasta hoy, siente la necesidad de complacerlo.

Su primer toque me llenó de sorpresa, el segundo me provocó algo más fuerte; y aunque solo inició en mis piernas, lo sentí en todo mi cuerpo.

Después de eso, no sé lo que hizo conmigo hasta esa pregunta.

—Sí —le respondo lo que quiere oír, pero no me conformo con eso—. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Sus ojos se clavan en los míos, sus fosas nasales se dilatan, su lengua sale a humedecer sus labios y termina cuando la comisura de su boca se eleva en una sonrisa seductora.

Quiere tomarme .

Puede tomarme.

Va a tomarme.

Uso mis manos para llegar al centro de la cama. Entonces me acuesto y, sin dejar de ver sus ojos, le demuestro que también quiero esto.

Su pajarita es la primera que desaparece; después sus zapatos y su cinturón.

Su camisa corre el mismo destino que mi vestido: los botones vuelan por toda la habitación.

La arranca de su pecho y por primera vez puedo apreciar el arte que decora todo su cuerpo.

No tiene muchos tatuajes, pero los que tiene lo hacen ver increíblemente bien.

Sus abdominales marcados parecen rocas. Quiero tocarlo.

Con sus manos desliza mi vestido arruinado por mis piernas hasta que cae por completo al suelo, justo al lado de su ropa. No quiero ver hacia abajo cuándo se baja los pantalones y se queda solo en ropa interior.

Tiene especial cuidado cuando lentamente y sin quitar sus ojos de los míos, se sube a la cama y se instala entre mis piernas.

—Es tu última oportunidad para decirme que no quieres esto, Milene. Podemos esperar para tener sexo tanto como tú lo desees. —Su aliento ya está entrando en mis labios. No creo que nada me haga detenerlo—. Tú mandas.

En este momento podría decirme que estamos en la luna y yo le creería, pero no soy tonta, algo dentro de mí me advierte que mañana todo será diferente entre nosotros, así que voy a aprovechar esta oportunidad.

—Tómame ahora, Diego —le ruego en medio de un susurro.

Su sonrisa se ensancha y entonces su boca se estrella con la mía. Al principio no hay ritmo; es un beso desordenado. Ya no hay rastro de los besos tiernos que me dio para el público. Esto es para él, para mí, para nosotros.

Usa su mano para sujetar mi mandíbula y separar mis labios; entonces su lengua entra a mi boca buscando la mía.

Se frota con ella y hace movimientos que yo no puedo imitar, porque mi mente ha volado tan alto que solo puedo sentir.

Su lengua me golpea tan fuerte que lo siento en el centro de mi cuerpo.

La humedad se acumula en mi ropa interior y gimo en la boca de mi esposo, mientras mis manos por fin se atreven a tocarlo: primero la piel desnuda de sus hombros, lo duro de su cuello, y termino cuando enredo mis dedos en su cabello rubio oscuro. Tan grueso.

La mano que no está alrededor de mi cuello baja para amasar mis pechos necesitados de atención. En cuanto me toca, arqueo la espalda. Echo mi cabeza hacia atrás y Diego baja su boca a mi cuello. Me muerde el pulso y sigue bajando, lame mi piel, me besa en cada espacio disponible.

—¡Oh, mi Dios! —jadeo.

—Dios no, Milene. Diego —exige con voz ronca.

Busco su cara, veo a sus ojos azules, ahora encendidos, dilatados, oscurecidos de deseo. Deseo por mí. Asiento una vez y mi esposo me sonríe. Regresa su boca a la mía y esta vez lo hago mejor. O eso me digo a mí misma cuando mis movimientos igualan a los suyos y le robo un gemido.

Con una mano sostiene su peso sobre el mío y con la otra desciende por el valle entre mis pechos, mi estómago y mi ombligo. Hasta llegar al borde de mi encaje, mis piernas se abren instintivamente y, cuando regresa su vista a la mía, viene con una perfecta sonrisa de su parte.

Su mano sigue bajando y entonces, por fin me toca donde lo he sentido todo el tiempo: Diego frota mi sexo.

Se detiene en seco cuando siente mi humedad.

—Estás mojada. —No es una pregunta. Mira hacia abajo entre nuestros cuerpos y se detiene en sus dedos empapados.

Los lleva a su nariz y los respira, profundo—.

Delicioso —dice, antes de separar sus labios y lamer cada uno de esos dedos hasta dejarlos limpios—.

Mmm, y sabes aún mejor de lo que hueles. —Sonríe.

Yo observo todo con la boca abierta y los ojos nublados de deseo. Suelto un chillido en cuanto regresa su mano a mi sexo, buscando una entrada para tocarme sin nada de por medio. Encuentra mis pliegues y los acaricia de arriba hacia abajo. Lentamente, tortuosamente.

—¡Oh, Dios! —Otro gemido me hace llevarme la mano a la boca cuando creo que estoy siendo demasiado ruidosa.

—¿Qué fue lo que te dije, Milene? No es Dios —gruñe con una sonrisa burlona.

—Lo siento…

Sigue tocando la parte más íntima de mí, la que solo estuvo destinada a mi esposo. Él es mi esposo. Soy de Diego. Mierda, ese pensamiento me hace algo. Presiona fuerte cuando encuentra mi clítoris; entonces lo pellizca y yo grito.

—Mierda, Diego.

—Un poco mejor, pero no es suficiente —dice con una sonrisa burlona—. Ahora te voy a tomar tan profundo, hasta que solo puedas gritar mi maldito nombre, Milene.

«Por favor, sí, hazme olvidar, aunque sea por un momento, que perdí una parte de mí» .

No lo digo, pero lo atraigo a mi boca para un beso que le diga que estoy lista para que cumpla su palabra. El encaje desaparece y también la última prenda de ropa que a él le queda en el cuerpo.

No me atrevo a mirar en dirección de su entrepierna; parece darse cuenta, porque suelta una risita ruidosa.

—No mires abajo si no quieres, pero estoy a punto de hacer que lo sientas en cada parte de tu cuerpo.

Es un poco arrogante de su parte; pondría los ojos en blanco si no me sintiera tan bien con sus palabras. Diego se cierne sobre mí y por instinto cierro los ojos con fuerza .

—Relájate, Milene —me susurra en la concha de la oreja—. Hoy lo haré lento. —Lo único que escucho es que dijo «hoy» eso me confirma mi pensamiento de tener un matrimonio normal con él.

Siento su dureza en mi entrada. Su mano separa mis piernas aún más; lo hace suave, pero es lo último suave que hace conmigo, porque de un momento a otro, se hunde de un solo golpe dentro de mí. Y todo lo que esperaba sentir se hace realidad.

Diego tiene razón: lo siento en cada parte.

Abro la boca muy grande para gritar, pero su boca ya está en la mía, tragándose mi expresión de dolor.

Me quedo sin aire tratando de recomponerme del impacto; no funciona.

Todo me duele y lloro, pero no precisamente de dolor; lloro porque, después de tanto tiempo, me siento viva.

Me siento plena.

Diego se retira por completo, observa entre nuestros cuerpos lo que acaba de hacer, mira la sangre de mi primera vez manchando todo lo largo de su miembro viril. Yo hago lo mismo. Es largo, pero también es grueso. Con venas marcadas que palpitan al ritmo de su respiración agitada.

Diego sonríe y vuelve a estar dentro de mí, esta vez con más fuerza.

Jadeo y arqueo la espalda porque ya no hay dolor, solo una sensación de plenitud como nunca antes.

Siento su mirada sobre la mía y regreso del cielo para verlo.

Sigue con esa sonrisa, yo dejo escapar una lágrima traicionera que siento correr por mi mejilla.

Él se apresura a tomarla con sus labios.

—Lo siento si te hice daño, Milene —susurra la disculpa y me hace algo en el corazón. Sacudo la cabeza y uso mis manos para rodear su espalda. Clavo mis uñas en su piel con la siguiente embestida y sisea con fuerza.

—Más —exijo, entre jadeos.

—¿Más?

—Ahora quiero gritar tu nombre, Diego .

La sonrisa en su rostro me dice que tampoco quiere contenerse. Entonces lo hace… Me penetra con fuerza, toca cada fibra sensible de mi cuerpo y de mi alma también.

No pasa mucho tiempo cuando algo se construye desde el centro de mi estómago y, cuando baja su mano para tocar una vez más mi clítoris, exploto en mil pedazos.

Un grito desgarrado y tan liberador sale de lo más profundo de mi ser. Mis piernas son de gelatina y, por primera vez en… nunca, me siento completa.

Y todo es gracias a este hombre.

Mi esposo con fecha de caducidad.

DIEGO

Su grito me marca para el resto de mi vida. Milene llega al orgasmo y su grito es desesperado, liberador; lleno de algo que no puedo identificar, pero que también me hace algo.

Conmigo pasa algo similar: no es la primera virginidad que tomo, pero de alguna manera se siente como la primera. En realidad, se siente mucho mejor que nada que haya hecho. Mi pecho se hincha cuando miro su sangre pintando toda mi hombría.

Me siento su dios.

Cuando baja del subidón, todo su cuerpo se relaja, cierra los ojos y pierde toda su fuerza. Mierda, me vine dentro de ella y aún sigo duro.

Pero no voy a seguir cuando ella está al borde del desmayo. Me retiro lentamente, dejando un camino de besos desde su cuello hasta sus pliegues hinchados. Sin decir nada, salgo de la cama y abro la puerta más cercana; resulta ser su baño privado. Perfecto.

Entro y mojo una toalla con agua caliente.

Miro hacia abajo y los restos de mi semen mezclados con su sangre y su propio orgasmo hacen un desastre en mí.

Me limpio primero con otra toalla y regreso a la habitación.

Milene tiene los ojos cerrados y no se ha movido ni un solo centímetro desde su orgasmo.

Sonrío de lado y me digo que lo hice bien. Regreso a la cama, pero esta vez no me cierno sobre ella; me arrodillo entre sus piernas y la limpio lo mejor que puedo, después lanzo la toalla al cesto de la ropa sucia.